Capítulo 4. Un té con cortejo incluido
Un té con cortejo incluido
B ajó en pocos minutos, con Papiniano entre los brazos. El gatito se dejaba llevar contento; sabía que era la hora del té y que siempre le daban cosas ricas.
Sus padres y Peter estaban en el saloncito que utilizaba la familia cuando estaba a solas, una muestra de afecto hacia el joven barón Hallwoke.
Sócrates estaba también allí, con la cabeza apoyada sobre los pies de Peter, que lo acariciaba con expresión melancólica.
Supuso que lo habría visto viejito. Era mayor, y dos años para él eran mucho tiempo.
Una vez que Helen se reunió con ellos, lady Beth sirvió el té con aquel aire ceremonial que había aprendido en Minstrel Valley, y miró con reproche a su hija cuando esta usó el platillo de su taza para ponerle un poco de leche a Papiniano.
—Helen... —la reconvino.
—Estamos en familia —alegó ella—. Y Papi ha pasado algo de miedo hoy.
—Estoy segura de que habrá sido una aventura apasionante. —Los ojos de su madre se detuvieron un segundo de más en su vestido. Antes iba de rosa, ahora de un azul violeta muy claro, del mismo tono de sus ojos—. Ya me la contarás más tarde.
—¿Y el joven Cartwright? —preguntó lord Terrace, para cambiar de tema—. ¿Cómo está? ¿Y dónde?
Peter tomó la taza con cuidado.
—Bueno... Pues, cuando nos despedimos, le sugerí que me escribiera a Londres, porque iba a ser difícil que me llegara correo a América, y al venir me he encontrado con tres cartas.
—¡Tres! —exclamó lady Beth.
—Sí, estuve fuera más de lo esperado —replicó Peter, y parecía contrariado por algo.
Quizá era que no quería volver, consideró Helen, con cierta inquietud—.
Pero vaya, su última carta es de hace dos semanas, así que puedo decir con bastante seguridad que sigue en el África oriental británica, cerca del interior, trabajando con un grupo que intenta completar mapas de la región del monte Kenia. En un lugar llamado Nyeri.
El padre de Helen asintió.
—Nyeri, sí. He leído al respecto en los periódicos, y el otro día lo comentaban unos caballeros de la Sociedad Geográfica que son miembros de mi club.
—¿Qué es? —preguntó ella.
—Un asentamiento pequeño, más base que ciudad, por lo que entendí. Desde allí parten hacia zonas que aún no están bien definidas en los mapas.
—Así es —asintió Peter—. Y a Oliver le espera mucho trabajo. África es... ¿cómo lo diría? Inmensa. Con paisajes muy distintos.
—Debe ser preciosa —dijo lady Beth.
—Desde luego. Yo solo estuve con él un par de meses, y por la costa, apenas me adentré, pero puedo asegurar que es un lugar bellísimo.
Oliver está feliz marcando en sus mapas llanuras, bosques, pendientes abruptas...
Avanzan, por lo general, siguiendo cursos de agua, y hay que tener en cuenta que, allí, los ríos cambian sin previo aviso en época de lluvias y obligan a replantearlo todo.
—Debe de ser muy duro —dijo Helen.
—Sin duda. Calor difícil de soportar, una humedad pegajosa y una tendencia general de todo lo que los rodea pueda resultar hostil.
Lady Beth arqueó ligeramente las cejas.
—Qué... estimulante, supongo.
Peter asintió, divertido.
—Él lo encuentra maravilloso.
—Por supuesto que lo encuentra maravilloso —afirmó Helen—. Yo también lo haría.
—Bien lo sabemos —replicó su madre con suave reproche.
Peter rio.
—Sospecho que yo no opinaría igual. Me gusta viajar, es maravilloso, pero prefiero hacerlo como un caballero y no como un explorador.
Lo que viví en la costa africana, con un campamento bien montado y la atención continua de un ejército de trabajadores, es lo más que puedo soportar de la vida aventurera. Él no.
—Cuéntanos alguna anécdota —pidió Helen.
—Pues, veamos... Oliver me describe en sus cartas una jornada en la que apenas avanzaron seis millas porque uno de los porteadores enfermó y tuvieron que detenerse.
Y otra en la que recorrieron el doble, solo para descubrir que el curso del río que seguían no coincidía con nada de lo que figuraba en sus cartas, y tenían que volver atrás.
—Eso sí es descubrir mundo por las malas —afirmó lord Terrace.
—Ya lo creo. También menciona el frío nocturno en altura. Dice que no lo esperaba, que el contraste con el calor del día es... poco razonable.
—¡No puedes irte a la jungla a ser razonable! —Helen sonrió, imaginándose en una aventura por la jungla africana, haciéndose amiga de los leones y corriendo con... bueno, con cualquiera de los otros bichos que corrían por África—. Aquello debe regirse por unas reglas muy distintas —musitó.
Peter asintió.
—Te aseguro que sí.
—Pero no es peligroso lo que hace, ¿verdad? —preguntó lady Beth.
—Me temo que, en cuanto te sales de los mapas conocidos, todo se vuelve peligroso, querida —replicó su marido.
—Oh... Claro, por supuesto. Pero me refiero a que irá bien acompañado, con guardias armados y demás precauciones.
—Sí, desde luego —la tranquilizó Peter—.
El grupo al que pertenece va muy bien protegido.
Lo patrocina lord Lancaster, que es miembro de la Sociedad Geográfica.
—Lord y lady Terrace asintieron aprobatoriamente—.
Además, en teoría, su trabajo no es nada arriesgado, se limita a cartografiar el terreno a medida que avanzan.
En la práctica, según sus propias palabras, consiste en internarse en la zona en blanco del mapa y discutir con hombres que están convencidos de que saben exactamente dónde se encuentran hasta conseguir que entiendan que están varios kilómetros al sur.
Helen dejó escapar una risa suave.
—Seguro que está disfrutando mucho.
Lady Terrace asintió.
—Es lo que siempre quiso hacer.
Hubo un breve silencio, no tenso, pero sí incómodo. Helen giró la taza entre los dedos.
—¿Va a volver?
Peter tardó un segundo más de lo habitual en responder.
—Dice que sí —contestó al fin—. Pero no ahora. Lo hará cuando deje de resultarle interesante seguir haciendo lo que hace.
—Entonces tardará —musitó Helen, pensando con pena en Annabelle. Siempre decía que le daba igual, pero ella sabía que no era cierto. Que Oliver siempre sería importante para ella.
Miró a Peter con disimulo. ¡Habían sido tan felices mientras crecían! ¿Por qué tenían que haberse complicado tanto las cosas?
El conde dejó su taza.
—Yo lo entiendo. Se trata de una experiencia muy interesante, toda una aventura que recordará por siempre.
—Desde luego... —La conversación podría haber continuado en ese tono, aunque cambiasen de tema, pero algo en la forma en que Peter se incorporó ligeramente indicó que no lo haría—.
Milord —dijo entonces, dirigiéndose al conde con la formalidad precisa—, si me lo permite, me gustaría hablar con usted a solas.
El silencio que siguió fue inmediato y elocuente.
—Por supuesto —respondió el padre de Helen, levantándose—. Si nos disculpan, miladies.
Ambos hombres abandonaron la estancia. La puerta se cerró a sus espaldas y hasta el aire pareció cambiar. Helen se sentía atrapada en el tiempo, como uno de esos insectos que se veían en la resina.
—Bien, Helen —dijo la condesa, con suavidad—. Creo que no es necesario fingir que no sabemos de qué están hablando.
Una petición formal para cortejarla, sí. Ambas lo sabían. Helen dejó escapar una leve exhalación.
—No, supongo que no. Pero no lo entiendo. No me ha pedido permiso para hablar con papá.
Lady Beth rio con suavidad.
—Vamos, querida... Todos sabemos desde hace años que este momento llegaría. ¿No jurabas a los trece años que estabais prometidos y que te casarías con él tras fugarte a una isla exótica de la Polinesia? Me parece lógico que Peter haya dado por cumplido ese requisito.
Helen hizo una muequita.
—Supongo que sí...
—¿Por qué dices eso? —Su madre apoyó con cuidado la taza en el plato—. ¿Acaso no quieres que lo haga?
No había presión en la pregunta. Solo interés. Helen agitó la cabeza.
—No es eso. Como bien dices, es... lógico. Todos lo estábamos esperando. También yo.
—¿Eso es todo?
Helen dudó un instante, no por falta de ideas, sino porque ninguna terminaba de fijarse lo suficiente antes de ser desbancada por la siguiente.
—Es adecuado —añadió—. Previsible.
La condesa la observó con atención.
—Siguen sin parecer palabras especialmente entusiastas, hija mía.
Helen esbozó una leve sonrisa.
—Tampoco son negativas.
—No. Pero tu gesto no anima a ver el lado positivo del asunto, precisamente. —Otra pausa. Lady Beth empezó a preocuparse—. Helen, querida... ¿lo deseas o no? Nadie va a obligarte a casarte con Peter, si no es tu voluntad. ¿Acaso ya no te agrada?
Helen alzó la vista.
—Sí. Sí me agrada, mamá, claro que me agrada.
—Pero estaba tan enfadada... Se sentía dolida, traicionada.
Y si no se había presentado para su graduación, demostrando lo poco que le importaba el asunto, ya podía suponer cómo sería su vida a su lado.
Lo más emocionante sería elegir un nuevo sombrero.
No le estaría permitido aspirar a mucho más—. No es eso.
—¿Entonces? —Lady Beth arqueó las cejas, animándola a contestar—. ¿Acaso no puedes imaginar tu vida a su lado?
Ahí tardó un poco más en responder.
—Puedo imaginarla —dijo al fin—. Con total claridad.
—Pero...
Helen hizo una mueca con los labios.
—Pero ese es precisamente el problema. No sé si yo quiero esa vida, mamá. No, en realidad estoy segura de que no la quiero.
La condesa no reaccionó con sorpresa. Solo asintió levemente, como si hubiese previsto esa respuesta.
—Ya lo sé, te conozco. Pero, cariño, no vas a poder tener la vida que deseas.
No puedes. Nos hiciste muy felices, a tu padre y a mí, con tu deseo de estudiar.
Pero, como mujer de esta época, debes entender que no vas a lograr nada enfrentándote al mundo.
Tu misión, querida, es hacer lo que puedas para que tus hijas y tus nietas tengan mayores opciones, igual que tú has podido ir a la universidad gracias a mí, y a mi madre, y a tantas mujeres antes...