Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 3. Esos amigos antiguos y nuevos
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Capítulo 3. Esos amigos antiguos y nuevos

Esos amigos antiguos y nuevos

D urante un instante permanecieron así, muy juntos.

Estaban tan cerca que vio cómo se dilataban las pupilas de Peter, que la estudiaban a la expectativa.

¿Brillaban estrellitas en el verde intenso de sus iris?

Esa impresión le dio. Qué hermosos eran esos ojos, fue lo primero que la enamoró de él.

No, lo segundo. Lo primero fue su sonrisa.

Lástima que luego se fuera a China y no volviera ni cuando ella iba a graduarse.

Eso le quitó todas las ganas de besarlo.

—Ha salido bastante bien. ¿No crees? —preguntó con ligereza.

Intentó apartarse, pero Peter no la soltó inmediatamente. Helen notó el calor de sus manos a través de la tela, en su cintura, y eso le produjo una sensación extraña.

—Estás loca —la riñó él—. Podrías haberte matado.

—No seas dramático.

—¡Estabas caminando por una cornisa y te has tirado al vacío! ¡Tengo derecho a mostrarme dramático!

—Bah. Es tan ancha que es más bien una repisa. —Rio—. Y ahora soy yo la poetisa.

—Helen...

Ahí sí había algo en su tono. No era solo preocupación. Era otra cosa. Algo más profundo que la obligó a cambiar de actitud.

—Vale, vale... —aceptó—. Tienes razón, perdona.

Al ver que los observaban varios criados —tres de ellos cargados con un colchón con el que ya no sabían qué hacer—, forcejeó para que la soltara y se apartó a un lado. Solo le faltaba que sus padres la encontraran retozando con Peter por la hierba. Menudo escándalo.

—No pasa nada —replicó Peter, siempre amable, aunque no pudo ocultar una mueca.

—Oh, vamos... No te pongas tan serio. —Le tendió la mano para ayudarlo a levantarse.

Él lo hizo, sacudiéndose la ropa. Helen se sintió diminuta a su lado.

Siempre había sido más alto que ella, varios centímetros, pero desde que dio un estirón a los diecisiete años, le sacaba casi una cabeza—. ¿Estás bien?

—Creo que sí. ¿Y tú?

—Entera y sin nada roto, creo... —Al recordar el desgarro, se tanteó el vestido y giró sobre sí misma, intentando verse la falda por detrás—. ¡Oh, Dios! ¡Pues sí! ¡Creo que se ha roto, y mucho!

—A ver...

—¡Peter! ¡Que me vas a ver las enaguas!

—No sería la primera vez. —Examinó el desastre y silbó—. Menudo roto... ¿Cómo te las has arreglado para hacer algo así?

—Oh, no... —gimió, palpando el desastre. Sí que era enorme, un siete de varios centímetros—. Mi madre me va a matar.

—Mira que eres exagerada. —Se miraron. Se sonrieron—. Por Dios... cómo te he echado de menos, lady Seraphina D’Arcy.

Helen sintió que se le enternecía el corazón. Aquel era su nombre de agente secreto, cuando tenían el Ministerio del Cuervo Silencioso, título grandilocuente de la oficina ultrasecreta del gobierno que habían creado en sus juegos.

Napoleon Noir , recordó con nostalgia. Qué gran trama para una novela de espionaje...

—Yo también me alegro mucho de verte, Agente P. —No supo qué añadir, así que empezó a andar hacia la casa con la mano sujetando el roto—. Me dijo lady Juliet que esta vez llegas para quedarte.

—Así es. —Peter aceleró para ponerse a su lado—. ¿Te alegra?

—Qué pregunta extraña. No me la habías hecho nunca.

—Juraría que eso es una reprimenda.

—No sé de dónde sacas semejante idea.

—Me lo dice mi intuición, que reacciona ante tu tono irónico... —Dado que ella no replicó a eso, Peter continuó—: ¿Qué tal ha ido todo por aquí? Supongo que tendrás mucho que contarme.

Helen bufó.

—Monté en bicicleta. Es lo más emocionante que he vivido hasta tirarme por una ventana, pero eso has llegado a tiempo de verlo.

—Vaya. —Se mantuvo en silencio un par de metros. Luego, habló con un tono algo evocador—. Conocí una mujer en París que iba en bicicleta. Usaba pantalones bajo la falda.

Helen se detuvo de pronto y lo miró con ojos brillantes.

—¡Oh, qué buena idea!

—Ahora lamento haberlo mencionado. Algo me dice que vas a hacer algo que no le gustará a tu madre.

—Eso ya ha ocurrido. Muchas veces.

—Lo sé. —Rio en voz baja—. Y de la mayoría ni se ha enterado.

Helen asintió. No podía ser más cierto.

—Pero ya no soy una niña —alegó, por alguna razón. Él la miró de reojo.

—Eso parece. —Helen retomó la marcha y él la siguió—. Por cierto, felicidades por el final de tus estudios.

—Ah, ¿te enteraste? —De nuevo, no pudo evitar cierto retintín—. ¿Y cómo? —preguntó al momento, frunciendo ligeramente el ceño—. Yo no te conté nada en mis cartas.

—No. Pero Juliet sí, me ha mantenido siempre informado.

—Así que lo sabía. Sabía que había terminado los estudios y cuándo le habían dado el título en el Bedford College.

Aun así, no se había tomado la molestia de aparecer para celebrarlo.

¡Oh, cómo lo odiaba!—. Por eso, felicidades...

Yo... —Se lo pensó y agitó la cabeza. Abandonó lo que fuera que iba a decir para repetir—: Felicidades.

—Gracias —respondió, con una tensión que no logró ocultar. Se apartó un paso, luchando contra las lágrimas—. Pero ya ves, aquí estoy, mano sobre mano. No me dejan ejercer.

—Lo sé. Lo siento, Helen. Es tremendamente injusto y... Ah, mira, ahí están tus padres.

Helen ya los había visto. Los habrían avisado del nuevo despropósito de su hija —apostaba por el señor Flynn o la señora Green; incluso por la chivata Rose— y habían acudido, cada cual desde donde estaba con sus quehaceres antes del té: su padre habría estado en su despacho, trabajando en sus asuntos del Parlamento, y su madre en la biblioteca o en la sala de música, leyendo o tocando el piano, según el humor.

Ese día no parecía que fuera muy bueno.

—¡Helen! —exclamó, aunque con la elegancia de siempre.

No en vano era una Dama Selecta. Lady Bethany Bowler había estudiado en Minstrel Valley, en la Escuela de señoritas de lady Acton, donde había conocido a la madre de Annabelle y a lady Juliet.

Eso quería decir que, por muy irritada que estuviera, siempre mantenía una sonrisa amable en los labios—. ¿Qué ha ocurrido, querida?

—Nada, nada... —dijo ella, con la mano a la altura de su trasero. Tenía que inventarse algo para poder ir a cambiarse. Y luego inventarse algo para explicar por qué se había cambiado.

Sus padres, por supuesto, leyeron todo ese conflicto en la expresión de su rostro y en sus ojos, muy abiertos, aunque no entendían exactamente qué pasaba.

—Pero ¿estás bien? —insistió su madre—. El señor Flynn nos ha dicho algo increíble sobre la cornisa de la fachada. Ya le hemos explicado que debe haberse confundido, que hace años que no eres tan atolondrada.

—Eh... Gracias, mamá —optó por decir. Un comentario neutral—. Y estoy muy bien, sí. No te preocupes.

—No sé yo...

—Peter, ya estás aquí... —Su padre optó por contemporizar, tendiendo su mano al joven—. Me alegro de verte. Tienes muy buen aspecto.

—Gracias, milord —replicó Peter, estrechándosela con entusiasmo. Siempre se habían llevado muy bien—. Ya tenía ganas de regresar.

—Lo entiendo. Recuerdo haber disfrutado enormemente durante la gira europea que hice también al terminar la universidad.

Pero volver fue mucho mejor. —Lo dijo sonriendo a su esposa, que replicó igual.

Qué armonía desprendían siempre sus padres.

Se veía que estaban felices juntos. ¿Podría ella conseguir algo así alguna vez?

Miró a Peter de reojo—. ¿Pasamos dentro?

Supongo que ya estará todo listo para el té.

Así lo hicieron, sin mencionar más el incidente, aunque Helen sintió la mirada de su madre, que indicaba que esa noche no se libraba de su visita en su habitación para pedir explicaciones.

Se excusó diciendo que tenía que ir a hacer algo urgente —seguro que todos pensaron que iba al baño, qué vergüenza— y subió corriendo al dormitorio. Rose estaba allí, sentada en una banqueta del vestidor, sacando brillo a las hebillas de sus zapatos.

—¡Chivata! —la acusó.

—¡Tuve que avisar! —protestó la muchacha—. ¡Ha estado a punto de matarse! Menos mal que lord Peter ha llegado a tiempo de salvarla —añadió sonriendo como una boba.

—¡Bah! No me hubiera hecho nada, de todos modos.

Habría rebotado elegantemente en los setos, hubiera rodado sobre la hierba hasta ponerme en pie con la gracia de una bailarina y ya está.

—Rio entre dientes al imaginar la escena mientras corría hacia la parte donde Rose tenía bien colgados y organizados los vestidos de tarde—.

Ven, anda. Date prisa y ayúdame. —Giró y Rose lanzó un chillido—.

Sí, se me ha roto la falda. ¡Ha sido un accidente!

—Oh, santo cielo... —Rose comprobó el alcance del daño. Debió considerarlo enorme, porque gimió—. ¡Es usted un desastre, milady!

—Me lo dicen mucho, pero raramente las doncellas. Al menos, a la cara. Aunque teniendo en cuenta que estás a mi espalda...

—No bromee, milady. Este vestido es insalvable, no podré disimular del todo ese roto, y usted no puede ir por ahí con remiendos. Aunque, quitando un poco de vuelo... —Se frotó la mandíbula—. Bueno, supongo que serviría, pero va a llevar mucho trabajo y no sé si le gustará el resultado.

—Bueno, pues lo dejaré a tu juicio. Quítamelo. —Rose procedió a ello. El vestido cayó al suelo como un charco de seda rosa del que Helen salió de un saltito, en ropa interior—. Ya está, es tuyo.

—¿Qué? —preguntó Rose, sorprendida.

—Que, si lo arreglas, es para ti.

—¡Oh, milady, no podría! ¡Es tan bonito!

—Tonterías. No te daría un vestido feo, ¿por quién me has tomado? Y seguro que lo puedes aprovechar.

—Ya lo creo que sí. ¡Gracias! —Se la vio muy contenta. Hasta intentó besarle la mano, cosa que Helen evitó con habilidad—. ¡Gracias de verdad, milady! ¡Tiene usted cosas muy bonitas, pero este vestido me encanta!

—Lo sé. Espero que lo disfrutes. —Le frunció el ceño—. Pero que sepas que no me gustó que te chivaras de lo de la bicicleta.

—¡Pero si yo no lo hice! —protestó Rose con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Se lo juro!

Parecía sincera. Al final, iba a tener que creerlo. Helen suspiró. Le constaba que, a veces, era demasiado impulsiva. Y si algo odiaba era ser, además, injusta. No lo soportaba y, sin embargo, en ese caso había juzgado a lo loco. Pobre Rose. Llevaba semanas pinchándola con eso.

—Muy bien, entonces, perdóname y olvídalo, ¿vale? Sé que a veces me pongo insufrible. Cuando era niña, tenía cierta justificación, pero sé que ahora... Bueno, lo siento.

—No se preocupe, milady. Ya sabe que yo la aprecio mucho.

—Y yo a ti. —Se le ocurrió una idea—. ¿Quieres hacer un juramento de lealtad eterna conmigo?

—¿Yo? —Rose abrió los ojos al máximo y sus mejillas se tiñeron de un suave tono rosado—. Oh, no sé si podría... Solo soy una doncella, milady.

—Tonterías, eso no importa. Todos podemos ser leales o no. ¡Mira don Quijote y Sancho Panza!

—¿Quiénes?

—Eh... No importa, ya te lo contaré, seguro que nos topamos con más de un molino por ahí.

Yo hice este juramento con mi amiga Annabelle y mi hermana Lorna, cuando teníamos catorce o quince años.

Me habría gustado terminarlo dando vueltas hasta caer mareadas, y que cada vuelta fuera un año de lealtad antes de la necesaria renovación, pero Annabelle no quería despeinarse y Lorna odiaba sentirse mareada, así que lo omitimos.

Pero como tú quieras. Si prefieres que lo hagamos...

La expresión de Rose fue todo un poema en sí. Carraspeó.

—No, no... me parece una buena idea. Omitirlo, me refiero...

—Perfecto. Dame un minuto, que los dos últimos versos deben hacerse sobre la marcha con el nombre de los juramentados, para que encajen en el mismo número de sílabas.

—Rose la miró sin comprender, bueno, ya lo entendería.

Helen se lo pensó un momento y se puso una mano en el corazón—. A ver, repite conmigo:

A la luz de un sol que mi frente corona

juro lealtad a tu excelsa persona.

Juntas, contra cualquier monstruo lucharemos,

hasta el aliento póstumo seguiremos.

Tus secretos guardo, los míos te entrego,

y, de chivarme, que me consuma el fuego.

Yo me llamo Helen y Rose tú eres,

una sola alma, si así lo quieres.

Tuvieron que repetir los dos últimos versos porque Rose los calcó literalmente y, claro, ella no era Helen. Rieron como tontas por la confusión y se abrazaron cuando terminaron.

—Ahora somos amigas —le dijo Helen—. Pero guardemos el secreto, porque la señora Green se enfadará.

—Y el señor Flynn dará uno de esos chillidos horribles. —Pusieron cara de horror y rieron de nuevo—. Gracias, milady.

—A ti, Rose. Estás siempre pendiente de mí y te lo agradezco. Hablando de eso... —Señaló los vestidos. No sabía ni cuál elegir. Que lo hiciera ella—. Ayúdame a vestirme, anda. Me esperan para el té.