Capítulo 2. Rescatando criaturas dulces y traicioneras #2
Helen sonrió ligeramente.
—Lo llevó un gran jurista, de los más influyentes en el mundo del Derecho. Prefecto del pretorio, asesor imperial... una mente jurídica extraordinaria. Se negó a justificar un crimen por conveniencia política y lo pagó con la vida.
—¿Y le pusiste su nombre a tu gato?
—Me pareció apropiado.
—¿Por qué?
Helen se encogió de hombros, aunque en su mirada había algo más deliberado.
—Porque creo que hay que recordar los nombres de todas las personas que hicieron lo correcto cuando no les convenía. No son tantas, y merecen nuestro agradecimiento.
Peter giró la vista hacia la ventana abierta. El gato estaba cómodamente recostado en el alféizar, perfectamente a salvo y observando la escena con interés.
Peter volvió a mirarla.
—Y, sin embargo, parece que tu Papiniano solo hace lo que le conviene a él en cada momento —dijo.
—Oh, sin duda —respondió Helen—. Pero es pequeñito, solo tiene cuatro meses. Confío en que, llegado el caso, esté a la altura de su nombre.
—¿Y si no lo está?
Helen miró al gato, que en ese instante decidió ignorarlos por completo y se volvió dentro.
—Entonces será como la mayoría de la gente. Pero no pierdo la esperanza. Por eso salí a salvarlo.
—Pues no sé... Yo diría que es él quien tendría que irte a salvar a ti.
—Sí, bueno... —Helen hizo un gesto vago—. La situación ha cambiado, me temo. Pero no tiene importancia.
—Me alegra saberlo. ¿Por qué no vuelves a la ventana? Así podré entrar y tomamos el té juntos.
—Eso quisiera. Pero se me ha enganchado el vestido.
—¿En serio? ¿Dónde?
—A la altura de... eh... la parte baja de la espalda.
Peter se echó a reír.
—Lo que no te pase a ti...
—¡Ha sido mala suerte!
—Una que solo afecta a las jovencitas que salen a caminar por repisas para salvar a gatos con nombre de jurista romano.
—No seas odioso. —Dio un tirón. Algo se rasgó más todavía. Estuvo a punto de caer—. Vaya...
—Ni te muevas —ordenó él, alarmado—. Perderás el equilibrio.
—No es que...
—¡MILADY! —Se oyó la voz del mayordomo. El señor Flynn llevaba ya unos años en el puesto, desde que se retiró el señor Cartwright, el abuelo de Oliver.
En ese tiempo, Helen no había logrado soportar aquel tono agudo y desagradable.
Vio al hombre, en la ventana del otro lado.
En su beneficio había que admitir que estaba pálido como el papel.
Tras él se asomó la señora Green, el ama de llaves, llegada también tras el retiro de la señora Rowling; y, por encima de su cabeza, Rose trataba de ver si ya se había caído, maldita fuera—. ¿Qué demonios hace ahí?
—Nada, no se preocupe, señor Flynn —replicó ella, con el mismo tono que hubiese empleado de haber estado sentada al fresco, en la pérgola del jardín—. Solo tomaba un poco el aire.
—¡Colchones, al jardín, rápido! —Esa fue la señora Green, que siempre era muy resolutiva.
Volvió al interior, casi chocando con Rose, mientras daba palmadas como loca, su costumbre para azuzar a la servidumbre.
Y, alguna que otra vez, incluso a Lorna y a ella—.
¡Colchones, rápido! ¡Coged de las habitaciones de servicio y sacadlos todos al jardín de inmediato!
¡Bart, busca a Joyce y dile que traiga la escalera grande!
—¡Sí, señora Green!
La puerta del salón de baile —la más cercana a aquel punto— se abrió de pronto y salieron varios lacayos y doncellas, y todos miraban hacia arriba con cara de espanto.
El jardín, hasta entonces un rincón hermoso y pacífico, no tardó en convertirse en un escenario de actividad frenética.
Criados corriendo, voces superpuestas, instrucciones contradictorias, empujones en carreras...
—¡Los colchones! ¡Los colchones!
—¡Ya van!
—Oh, maldición... —murmuró Helen. Abajo, alguien arrastraba algo pesado. Otro gritaba que no, que así no. Un tercero parecía convencido de que aquello requería intervención divina —. ¡Mis padres me van a matar! —Helen y Peter se miraron con cara de circunstancias—. Mejor me tiro ya.
—No lo dirás en serio... —Al ver su expresión, Peter se mostró por primera vez alarmado—. ¿Estás loca? Espera ahí. Ya traen los colchones, y creo que una escalera. No hay mucha altura, seguro que tenéis alguna que ayude y así no tendrás que arriesgarte a romperte algo.
—¡No voy a esperar! No quiero que mis padres me vean así. ¡Ayúdame!
—¿Y qué quieres que haga yo?
—No sé... Me tiro y me coges.
—Qué gran plan, milady. No se me habría ocurrido ni en un millón de años.
—¡Peter! Ayuda o calla.
—Pero es que es una locura.
—No. No hay tanta altura.
—Lo cual, curiosamente, rima con locura.
—¿Te has vuelto poeta en China? ¡Vamos! Son solo... ¿tres metros?
—Quizá cuatro. Y no pienso ayudar, me apartaré. Te vas a romper la cabeza.
—No lo permitirás.
—No apuestes por ello. —La señaló con un dedo—. No lo hagas. Helen, te lo advierto... No lo hagas.
—¡Voy a tirarme!
—Helen, no...
Saltó antes de que él pudiera repetir la orden, con más decisión que cálculo, sintiendo el desgarrón de la tela a su espalda.
Helen gritó. Los criados gritaron, resonando sobre todos ellos el alarido agudo del señor Flynn.
Ella cayó en un revoloteo de faldas, enaguas y moños deshechos; Peter apenas tuvo tiempo de soltar el bastón a un lado y colocarse bajo ella con los brazos en alto.
La recibió con un golpe seco que le arrancó todo el aire de los pulmones y los hizo retroceder un paso, dos, hasta perder el equilibrio sobre el césped húmedo.
Cayeron juntos, en un torpe enredo de extremidades sin elegancia alguna: él, de espaldas, absorbiendo la mayor parte del impacto; y ella, medio recostada sobre su pecho, aturdida solo un instante, lo justo para darse cuenta de que seguía entera.
Durante un segundo ninguno habló; luego él exhaló con esfuerzo, todavía sujetándola con firmeza, como si soltarla fuera, en sí mismo, una imprudencia mayor que la que acababan de cometer.
Helen parpadeó. Su rostro estaba muy cerca del de Peter. Con solo inclinarse un par de centímetros, podría besarlo.
Quería hacerlo...