Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 2. Rescatando criaturas dulces y traicioneras
6%

Capítulo 2. Rescatando criaturas dulces y traicioneras

Rescatando criaturas dulces y traicioneras

E l gatito, pequeño y de un suave gris perla, se encontraba en la cornisa que recorría todo el exterior de Terrace House en una franja decorativa. Miró hacia abajo con lo que a Helen le pareció carita de susto y luego la miró a ella, con carita de pena.

—Pero ¡cabecita loca! —le dijo, con el mismo tono que había oído tantas veces mientras crecía, dirigido a ella—.

¿Qué haces ahí? —El gatito maulló con el aire digno de quien controla con elegancia cada detalle de su vida.

Qué suerte tenía. Ya le hubiera gustado a ella poder decir lo mismo—.

Sí, sí, mira qué indiferente ahora, pero bien que lloras cuando te ves solo, ¿eh?

—gruñó—. Ahora estás asustado. Tonto. —Papiniano respondió con otro maullido, esta vez más lastimero—.

Oh, por Dios... No llores. —Empezó a recogerse las faldas para subirse al alféizar.

Si se apoyaba allí y se estiraba lo bastante, quizá pudiera alcanzarlo.

No era capaz de decidir qué hacer con su futuro, pero, al menos, eso sí podía hacerlo—. Espera...

—¡Milady! —Sobresaltada, Helen miró hacia atrás. La doncella, Rose, seguía allí, con la misma cara de susto que Papiniano—. Pero ¿qué hace? ¡No sea loca!

—Eh... No te preocupes. Es solo un momento. Y no se te ocurra decir nada —le advirtió—. Sabes que lo odio. Chivata.

—¡Yo no me chivé!

Seguían discutiendo sobre lo ocurrido pocos días antes, recién iniciada la primavera, cuando cogió la bicicleta de Joyce, uno de los mozos de cuadra recientemente ascendido a su cochero personal, un muchacho discreto que la limpiaba con esmero cada domingo.

Helen la había observado más de una vez, fingiendo desinterés, pero midiendo la altura del sillín, la curvatura del manillar, la ligereza aparente de aquel artefacto moderno que prometía velocidad y libertad.

Aquella bicicleta llevaba semanas tentándola, apoyada siempre junto a las cocheras, como si aguardase pacientemente a que alguien tuviera el valor de desafiar las normas y montarla sin permiso.

Aquel día no lo pensó demasiado. La vio allí sola, abandonada por un momento, y algo en su interior —esa impaciencia que sus padres conocían tan bien— decidió por ella.

No fue fácil, la verdad. Al principio fueron torpes intentos, breves avances seguidos de tambaleos y casi caídas, las manos aferradas con demasiada fuerza, el corazón desbocado.

Pero aprendió rápido. Y cuando por fin logró mantener el equilibrio, cuando sintió que dominaba aquel movimiento nuevo, ya no quiso detenerse.

Ni siquiera los gritos escandalizados de Rose, que llegó justo a tiempo de verla alejarse, lograron detenerla.

¡Qué maravilla!

Salió del recinto de Terrace House casi sin darse cuenta, levantándose ligeramente la falda para no enredarse, dejando al descubierto enaguas y pololos mientras avanzaba por el camino riendo al viento.

No pensó en quién pudiera verla. No pensó en nada en absoluto, solo disfrutó de aquella inesperada sensación de libertad.

Y estaba convencida de que, pese a las miradas escandalizadas de la gente con la que se cruzó, nadie conocido la había visto.

Y, sin embargo, aquella misma noche, su madre la llamó a su habitación y, con una serenidad que resultó mucho más intimidante que cualquier grito, le pidió explicaciones. No quiso decirle quién la había acusado, pero, por pura lógica, Helen estaba convencida de que había sido Rose.

¡Al infierno las chivatas! ¡Eran peores que los espías franceses! Lorna, Annabelle y ella tenían un juramento secreto para prometerse lealtad eterna. Ellas jamás hubieran hecho algo así...

Trató de estirarse todo lo posible hacia Papiniano.

—¡No! ¡Milady...! —volvió a gritar Rose.

Pero Helen ya no estaba escuchando. No, no alcanzaba al gatito, y por más que lo llamó, no se movía, pobrecito, estaba demasiado asustado.

Visto lo visto, se encaramó al alféizar con decisión y, antes de que nadie pudiera detenerla, pasó una pierna al otro lado para apoyarse en la cornisa—. ¡Milady! ¡Baje de ahí ahora mismo!

—Solo es un primer piso —replicó ella, como si eso resolviera cualquier objeción razonable—. Ni te imaginas la de veces que fui por aquí de pequeña de una ventana a otra. —Frunció el ceño, ante un recuerdo repentino—. Aunque, en cierta ocasión, estuve a punto de caerme...

—¡Oh, Dios mío! —Rose echó a correr. Iba a chivarse, claro.

Estuvo a punto de llamarla para intentar impedirlo, pero sabía que sería inútil.

Lo mejor era proceder lo más rápido posible y poner a Papiniano a salvo antes de que llegasen sus padres.

Salió fuera, abandonó el alféizar y empezó a caminar por la cornisa.

No tardó en lamentar el impulso. Era verdad que, de niña, se había movido por allí con soltura, sobre todo para alardear ante Annabelle y Lorna —que eran unas miedicas, todo había que decirlo—, pero había crecido bastante desde entonces y no llevaba ni la misma ropa ni el mismo calzado.

Ahora, los pies apenas le entraban al completo y no había suficiente espacio como para darle cierta sensación de estabilidad, ni siquiera pegándose a la pared con todas sus fuerzas.

Además, el viento le revolvía el pelo y le agitaba las faldas, más largas y pesadas que las de la Helen de los trece años.

Se podía haber imaginado que el vestido iba a suponer un gran estorbo, de haberle concedido un par de segundos al pensamiento. Pero, claro, no lo hizo...

En todo caso, ella era una persona decidida.

Ya estaba allí, pegada al muro, avanzando con cuidado, y no tenían por qué cambiar las cosas.

Podría rescatar a aquel demonio de gato antes de que llegasen sus padres.

Y entonces, podría explicarlo todo y ellos...

bueno, la regañarían como siempre. Qué se le iba a hacer.

—¡Papiniano, ven aquí! —susurró. Con el ruido del viento, pensó que solo ella se habría oído a sí misma, pero el gato la miró. Parpadeó, considerando la propuesta y dio dos pasos en dirección contraria—. ¡Eh! ¡Vuelve aquí ahora mismo! ¡No me hagas enfadar!

Helen avanzó un poco más. Vale, la cornisa no era la de otros tiempos —ni sus pies y su figura al completo, para ser exactos—, pero tampoco resultaba peligrosa.

No del todo peligrosa, al menos. No si se ignoraban ciertos detalles, como que estaba húmeda y resbaladiza en algunos puntos y que los tacones de sus botines no eran lo más adecuado para moverse en semejante terreno.

—Papiniano, te digo que vengas —insistió, aunque no tenía claro cómo iba a cogerlo.

Intentar agacharse sería un suicidio, caerían los dos sobre los setos como patos abatidos en una cacería.

Ya podía imaginarse las risas de Annabelle y Lorna cuando se lo contase.

¡Menudo rescate!—. ¡Papi! ¡Te lo advierto, o vienes o no habrá cositas ricas en la cena!

Papiniano volvió a mirarla. A veces, el maldito gato parecía entender más que muchas personas.

Por ejemplo, en ese momento. Porque, sí, fue mencionar la cena y se dirigió hacia ella, con una tranquilidad insultante.

Helen pensó que se restregaría contra sus tobillos y esperaría ser rescatado; pero, para su consternación, pasó con elegancia por encima de sus botines, recorrió en un segundo la distancia que había logrado avanzar ella y saltó hacia el alféizar de la ventana abierta para desaparecer dentro del salón.

Helen se quedó inmóvil.

—Ah... Maldito bicho traidor... —Miró hacia la ventana.

Miró hacia abajo. Bueno, había llegado hasta allí, bien podía regresar por el mismo camino—.

¡Pues muy bien, estás castigado y no vas a tener golosinas!

—Papiniano maulló en protesta desde el interior—.

Sí, ya puedes denunciarme a las autoridades, porque no voy a...

Un tirón repentino casi la hizo perder el equilibrio.

Consiguió evitar caer a duras penas. ¿Qué había pasado?

Comprobó la situación con dificultad y comprendió que la falda se había enganchado en algo —quizá un trozo de piedra, quizá un hierro, un clavo o algo así— y no podía seguir.

Y para soltarse bien tendría que separarse de la pared, lo que la haría caer como un solo pato abatido. Gracias, Papiniano...

Estaba claro que tendría que hacerlo por las bravas.

Tiró un poquito. Nada. Tiró un poquito más. Se oyó un sonido a tela rasgada, pero no fue suficiente.

Y solo entonces tomó plena conciencia de su situación.

—Esto es... inconveniente —dijo, empezando a asustarse.

—¿Tú crees? — La voz llegó desde abajo. Un tono conocido, que le provocó un sobresalto—. No sé qué decirte. Yo lo definiría de otra manera.

Helen miró con cautela y, sí, claro, allí estaba lord Peter Swann, barón Hallwoke, hijo del conde Deelright, perfectamente compuesto con su abrigo largo, su sombrero de copa y su elegante bastón, sobre el que se apoyaba con cierta indulgencia.

Jamás habría pensado que pudiera estar más guapo que cuando se fue, pero lo había conseguido.

Peter se quitó el sombrero y le hizo una reverencia. Su cabello negro brillaba bajo la luz del sol y, tras alzarse, sus ojos verdes la escrutaron con aquella serenidad divertida que tanto lo caracterizaba.

Y su sonrisa... ¡Por Dios, qué sonrisa había tenido siempre Peter! Sintió que se derretía, como la primera vez que lo vio.

—Hola —dijo, tímida—. Vaya... Ya estás aquí.

—Eso parece. Pero veo que has salido a dar un paseo por tu cuenta.

—¡Nunca sería tan descortés!

—Oh. Me alegro. Entonces ¿se puede saber qué estás haciendo?

Helen consideró varias respuestas posibles. Ninguna parecía especialmente defendible.

—Rescatando a Papi —dijo, optando por la verdad.

Peter parpadeó.

—¿Papi...?

—Papiniano —repitió ella, con la misma naturalidad con la que cualquier otra persona habría dicho Mittens o Snowball, o cualquier otro nombre habitual entre las mascotas—. Se llama como el jurista romano, Aemilius Papinianus. Es mi gato.

—¡Menudo nombre! ¿De dónde lo has sacado?