Capítulo 1. El que vuelve y la que nunca se fue #2
—Esta situación es ridícula. No entiendo por qué dejan estudiar si no me van a dejar ejercer. De verdad, odio el mundo.
—Vamos, no digas eso. —Su padre le pasó un brazo por los hombros—. Hay muchas otras cosas que puedes hacer en la vida. Mira tu madre.
Lo observó sorprendida.
—¿Ella quería estudiar?
—¿No te lo ha contado nunca? —Helen negó con la cabeza—.
Le hubiera gustado ser médico, pero tuvo que conformarse.
Si para un marqués es algo impensable ejercer una carrera de médico, ¿qué podría esperarse de una marquesa?
Imposible. —Claro, por supuesto. Un baremo distinto, dentro de la misma limitación—.
Pero ¿crees que es infeliz? ¿Que no le gusta su vida?
—No... —En la mente de Helen surgió la imagen de su madre. Lady Beth siempre mostraba una sonrisa serena y sus ojos brillaban—. Me consta que es muy feliz.
—Porque estamos nosotros, su familia. Me conoció, me quiso. Y a vosotras os amó con locura en cuanto nacisteis. —La estrechó con cariño—. Solo tienes que tener un poco de paciencia y darle una oportunidad a la vida, Helen. Pese a todo lo que va a exigirte, serás muy feliz, lo sé.
Helen no había sido nunca muy paciente. Ahora, con la edad, lo era un poco más —o, al menos, lo intentaba—, pero no mucho. Siguió mirando empecinada lo que había allá fuera, más allá del jardín.
—Odio el mundo —se limitó a repetir, y su padre no insistió.
Así fue la conversación con él, y el resto no fue mucho mejor.
Lorna y Annabelle escribieron felicitándola en una única línea y preguntando a lo largo de las cinco siguientes páginas si se animaría a ir a Minstrel Valley con ellas, a prepararse para triunfar en los salones londinenses.
¡Ahora que ya no tenía que aprenderse todas esas cosas tan aburridas, seguro que podía divertirse con ellas!
Eso fue todo lo que mencionaron al respecto. Nada más.
Y los de fuera... Con las amistades y conocidos había sido todavía peor. No lo dijeron, pero fue como si completar sus estudios no constituyera un hito, un mérito maravilloso, sino el fin de una excentricidad poco agradable y nada apropiada en una jovencita casadera.
No le sorprendió. No del todo, al menos; pero le dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Lo peor era que estaba enfadada con Peter. Mucho y por varias razones: porque él pudo celebrar sus triunfos; por no regresar para celebrar los suyos; por marcharse sin ella...
Por haber recorrido tanto mundo cuando Helen no se había movido del sitio.
Era una exageración, claro. Bien sabían en la familia que era la reina de las exageraciones, cuanto más grande, mejor.
Oyéndola, cualquiera hubiera llegado a la conclusión de que nunca había salido de aquel punto exacto de Terrace House, la mansión paterna —situada en Kensington Palace Gardens, una de las zonas más elegantes de Londres—, cuando en realidad había estudiado Derecho en el Bedford College, dentro de la Universidad de Londres, y hasta había ido muchas veces a visitar a Annabelle y a Lorna a Minstrel Valley, donde estaban internas en la Escuela de señoritas de lady Acton.
No solo eso, también había viajado en vacaciones: desde la casa de sus abuelos junto al Támesis hasta Edimburgo, pasando por Bath y por varias playas del sur.
Pero no había visto nada que quedara más allá de la costa inglesa, y Peter había estado por toda Europa, en la India y en China —allí pasó casi seis meses acompañado de su madrastra, lady Juliet, que en tiempos fue institutriz y había vivido varios años en esas tierras tan exóticas— y, luego, con Oliver, en América del Norte y del Sur, en África y en las selvas de Malasia. ¡Era todo tan injusto!
Y lo peor: la absoluta certeza de que el Peter que conocía, aquel muchacho encantador y tan cercano, no era el que iba a volver.
Todos aquellos paisajes asombrosos lo habrían cambiado, lo habrían hecho más hombre, más culto y más sabio, mientras que ella seguía siendo la misma.
Alguien que seguramente encontraría insulsa y sin mayor atractivo.
Y eso la aterraba.
Alguien entró en el saloncito, a su espalda.
—Milady, quizá sería más cómodo... —Oyó decir a Rose, su doncella personal desde hacía poco tiempo. Era un par de años más joven que Helen y tenían una relación muy cercana, aunque en esos momentos estuvieran peleadas, por el asunto de la bicicleta de Joyce.
—No importa —respondió Helen sin apartarse de la ventana—. Estoy bien. Además, si me siento, llegará.
Rose, que ya empezaba a conocer bien ese tipo de lógica ilógica, decidió no insistir.
Se acercó a la chimenea para avivar las llamas un poco.
La habían encendido no porque hiciera frío, sino porque Sócrates, el galgo gris de Peter, estaba ya muy entrado en años y siempre andaba buscando calor, tumbado al amor del fuego.
Peter se lo había dejado a ella al irse de viaje, «para que se cuidasen mutuamente en su ausencia», había dicho. Ahora tendría que devolvérselo y le daba mucha pena. Se había acostumbrado a su compañía.
Y, aunque Papiniano le mordía las orejas cuando lo encontraba dormido, y le saltaba al paso cada vez que podía, como si algo tan pequeñín como él pudiera cazar a un animal grande y anciano como Sócrates, estaba convencida de que el perro también iba a echarlos de menos.
Helen se apoyó en el alféizar. El aire de la primavera era dulce y cálido, y eso la alegraba. En solo unos pocos días, el jardín de Terrace House había dejado atrás la crudeza del invierno y se había puesto precioso, adornado por miles de tonos verdes y por el colorido de las flores.
Sus ojos se detuvieron en el seto con forma de conejo —al que Lorna había bautizado como Pinnie— y sonrió con nostalgia al recordar la escena de la pesca de la peluca de una institutriz que tuvieron, la señora MacFadden.
¡Y frente al hombre con el que acababa de iniciar una historia romántica, que se frustró en el momento!
Pobre mujer, Annabelle, Lorna y ella le habían hecho mil trastadas y aquella había sido la definitiva: tras eso decidió irse.
Meses después le habían escrito una carta pidiendo disculpas, pero nunca contestó.
Quizá se perdió la carta, no era algo tan descabellado...
Rio entre dientes al darse cuenta del término usado. Pobre señora MacFadden...
Al menos, aquello había tenido una parte buena, y era que la honorable señorita Juliet Hobbs, una antigua amiga de su madre, había sido contratada como nueva institutriz, lo que supuso un cambio drástico en sus vidas. Juliet —ahora lady Juliet, la madrastra de Peter— era maravillosa y...
De pronto, oyó algo... Parecía un maullido suave, como un llanto asustado.
Helen parpadeó. ¿Qué era eso, un bebé? Imposible, no había ninguno en la casa, que ella supiera. ¿Lo habría imaginado? Pero no. Volvió a oírse, esta vez más insistente. Venía de fuera, pero de cerca. Algo a la derecha.
—¡Oh, no! —Se asomó ligeramente... y allí estaba—. ¡Papiniano!