Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1) Capítulo 1. El que vuelve y la que nunca se fue
2%
Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1)

Lady Helen frente al mundo (Más allá del jardín 1)

Por Bethany Bells

© inepub.com

Capítulo 1. El que vuelve y la que nunca se fue

El que vuelve y la que nunca se fue

L ady Helen Bowler llevaba esperando toda una eternidad. Y no exageraba.

Eso sí, no era la suya una espera ociosa, más que nada porque Helen, siempre impulsiva y llena de energía, no sabía estarse quieta.

Por eso se había dedicado a observar el camino de entrada de vehículos a la mansión vecina —tenía que apoyarse en el alféizar de la ventana de su dormitorio y mirar hacia la derecha para poder verla—, imaginando posibles formas en que lord Peter Swann, barón Hallwoke, podría aparecer, tras casi dos años fuera.

Una de ellas, su favorita, incluía un apasionante asalto al carruaje por parte de unos bandoleros malencarados, a los que Peter hacía huir con buenos puños y admirable sangre fría, mientras ella le apoyaba pegando tiros desde la ventana.

¡Ja! Lo dejaba asombrado con su buena puntería y entonces ella le decía que era un auténtico patán y disparaba a sus pies, para obligarlo a alejarse casi bailando.

Pero la realidad siempre era terriblemente tediosa y, por más que lo desease, no iban a surgir bandoleros malencarados del jardín —ni ella tenía un rifle o lo que fuera necesario para alcanzarlos desde allí, por no hablar de que no tenía ni idea de cómo dispararlo—, de modo que al final abandonó aquella fantasía.

Apoyó el rostro en las manos, con los codos en el alféizar, y cerró los ojos para imaginar que se encontraba en algún otro sitio, porque ni siquiera estaba segura de querer verlo llegar.

¿Por qué tendría que ser así? Peter había estado casi dos años viajando. ¡Casi dos años enteros recorriendo el mundo! Y no había tenido el detalle de presentarse un mes antes, solo un mes, para celebrar con ella el final de sus estudios de Derecho...

Aunque, en realidad, Helen no había tenido celebración alguna.

No una de verdad, al menos. Nada comparable a lo que tuvo Peter en su momento, del que aún recordaba con envidia —por mezquina que eso la hiciera sentir— la cena especial con la que lo habían homenajeado.

La emoción que lo había embargado todo, las felicitaciones, las risas y aquel aire casi ceremonial con el que todo el mundo parecía haber entendido que comenzaba para él una nueva etapa, una parte importante de su vida, como ocurría con todo aquel que terminaba la universidad.

En el caso de Peter, al menos, todo el mundo parecía ver el cambio y entenderlo como algo para mejor.

Había acabado su infancia y su época juvenil, con los estudios y las diversiones; ahora lo esperaban la política, la vida pública...

Un mundo inmenso, en definitiva. Todo lo que quedaba más allá del jardín en el que habían jugado de niños.

Se habló de su futuro con naturalidad y alegría. Con expectación y esperanza.

En el de Helen, en cambio, todo había transcurrido en un silencio discreto, sin ruido.

Había habido exámenes, sí; duras semanas de estudio concentrado, de notas, de repasar casos y argumentos hasta el punto de verlos incluso al cerrar los ojos.

Y luego, un día, simplemente dejó de haberlos.

Nadie pareció considerar necesario señalar el momento ni darle una relevancia especial.

No hubo discurso emocionado ni brindis, ni siquiera una tarde especialmente dedicada a ello, con un simple té en su honor.

Su padre sí que la besó y felicitó, y le dijo que estaba muy orgulloso de ella, pero en privado, sin darle opción a alardear de su logro ante testigos.

—Sabes que debes ser discreta con todo esto, ¿verdad?

—le dijo, de hecho, en una conversación que jamás podría olvidar, por muchos años que pasasen.

El conde de Terrace estaba preocupado. Había felicitado con gran alharaca a Peter, pero cuando su hija lograba el mismo objetivo, lo único que hacía era llamarla a su despacho para darle un beso y decirle que estaba muy orgulloso y recordarle dónde estaban los límites.

—Sí —replicó, sin poder evitar que el reproche rezumara en su voz. ¡Estaba tan dolida!—. Claro que sé lo que se espera de mí.

Ella, que adoraba a su padre, sintió una abrumadora decepción.

Se apartó de su lado, para disimular, y se dirigió al gran ventanal que se abría hacia los jardines.

Durante unos segundos observó cómo la luz de la tarde caía sobre los setos y los árboles, y sobre los tejados de los edificios que quedaban más allá.

Su padre se colocó a su lado y la miró con ese gesto amable y serio tan habitual en él.

—Helen..., ¿ocurre algo?

Ella suspiró.

—He pensado que... —comenzó, con un hilo de voz.

No, así no conseguiría nada. Tenía que demostrar ser una mujer decidida.

Carraspeó y volvió a empezar—. He estado pensando...

quizá podría ofrecer mis servicios en un despacho de abogados.

No sé, un lugar donde el trabajo que aprendí a hacer no se quede solo en teoría. O como algo anecdótico e inservible.

El conde de Terrace chasqueó la lengua contra los dientes.

—Cariño, sabes que eso no es posible. Lo hablamos antes de que entrases en la universidad. Lo dejamos muy claro.

—Lo sé, sé que no puedo ejercer directamente, ni mucho menos tener un empleo remunerado.

—Se giró para mirarlo con decisión—. Pero he pensado algunas alternativas, siempre trabajando sin cobrar o enviando ese sueldo a alguna causa justa.

Está el despacho de Thompson pero esas señoras no son nobles, querida, por eso son más libres de hacer cuanto gusten.

La hija de un marqués no se puede presentar cada día a trabajar como una empleada más en un despacho.

Ni ahí ni en ningún otro lado, ni en secreto ni en público.

—No cobraría —insistió—. Así que no sería trabajar en sentido estricto. Sería... como ir de visita cada día.

—Sabes que eso no es cierto, cariño. Terminaría sabiéndose, lo contaría cada cual a su manera y se organizaría un buen escándalo.

Y en esta familia no queremos escándalos.

Tu madre y tu hermana no se merecen tener que pasar por algo así.

¿Te imaginas siquiera lo que sería para Lorna y sus expectativas de matrimonio?

Por no hablar de que yo tengo también mis intereses políticos, que se verían seriamente afectados.

No puede ser, Helen. Tienes que entenderlo.

Ya lo esperaba, pero oírlo fue más duro de lo que había imaginado. Contrariada, Helen dirigió de nuevo la vista hacia fuera, hacia el jardín y los tejados de más allá. Hacia aquel mundo que no estaba dispuesto a ceder un centímetro en cuanto a lo que ella soñaba con ser o hacer.

A su lado, su padre continuó, sin levantar la voz, pero con la contundencia de quien no quiere dejar lugar a dudas:

—Tu madre y yo quisimos que estudiaras, porque sabemos que...

bueno, que es algo bueno para ti. Ojalá Lorna también lo hubiera deseado.

Conocer mejor el mundo, comprenderlo y tener una mente despierta gracias a unos estudios es algo deseable, siempre.

Pero una cosa es que estudies; y otra, que trabajes.

En ese punto, no puedo ayudarte. No puedes trabajar, Helen —sentenció, firme—.

No es cuestión solo de nuestra reputación familiar, la de los Bowler, me refiero.

Algo como lo que planteas podría afectar a la carrera de Peter, tu posición en la sociedad, incluso tu futuro...

y no quiero que lo lleves todo al riesgo de la especulación o el escándalo.

Helen sintió un nudo en el estómago, una mezcla de frustración y entendimiento.

Sabía que detrás de cada palabra estaba la preocupación genuina de un hombre que amaba a su hija, que incluso la entendía.

Pero que, como había dicho, no podía ayudarla, porque lo que quería estaba más allá de lo que permitía su entorno.