Epílogo. Las cosas que no podían hacerse
Epílogo
Las cosas que no podían hacerse
H elen entró en el comedor de Terrace House junto a Peter y sus hijos.
Antes de la comida habían pasado por el jardín de la casa vecina, donde descansaba Sócrates bajo una pequeña lápida gris que decía:
¡Atención, viajero!
Aquí duerme
SÓCRATES
Era parte del Ministerio del Cuervo Silencioso, un agente valiente y leal.
Ahora descansa, pero siempre vivirá en nuestros corazones.
Los años habían suavizado la tristeza, pero, siempre que iban allí, Peter volvía algo más callado y ella terminaba buscándole la mano y apretando sus dedos con cariño. Y él sonreía, sobre todo desde la llegada de Edward, Sephy y William... y también de Platón, el nuevo galgo gris de la familia.
La comida transcurrió entre conversaciones ligeras, discusiones infantiles y constantes intentos de William por apropiarse de toda la cesta del pan.
Helen apenas intervenía. Estaba demasiado intrigada por aquella convocatoria familiar.
Nadie había querido explicar por qué habían insistido tanto en reunirlos aquel domingo.
Cuando sirvieron los licores, lord Terrace dejó la copa sobre la mesa.
—Bien, creo que ya podemos hablar.
Helen suspiró.
—Eso nunca anuncia nada bueno.
Lo dicho levantó un coro de risas, algunas algo nerviosas.
—Depende para quién —replicó lady Beth sonriendo.
Helen dudó un instante.
—En realidad... yo también tenía algo que contar. —Miró a su padre—. Aunque quizá espere. No quiero quitarte el protagonismo. ¿Qué nos tenías que decir? ¿Alguien de la familia va a ser por fin primer ministro?
—Yo no creo —dijo Peter, que se había negado las dos últimas veces que se lo propusieron.
—Lo que tengo que decir no va de eso —replicó lord Terrace—. Pero prefiero saber antes qué tienes tú que decir.
Ella tomó aire.
—Pues que estoy pensando en cerrar el despacho.
El «Bowler y asociados» llevaba ya varios años abierto, desde que se retiró la prohibición para que las mujeres ejercieran como abogados. Helen siempre se había mostrado muy orgullosa de aquel logro, de haber conseguido su objetivo.
Por eso, su anuncio provocó un pequeño revuelo inmediato.
—¿Qué? —Peter frunció el ceño—. ¿Por qué demonios ibas a hacer eso?
—Porque me han contado lo de Harold Perkins. —Peter hizo una mueca—. Tu carrera política está empezando a verse perjudicada por mi trabajo, no lo niegues. Y no pienso convertirme en un arma para tus enemigos.
Peter negó despacio.
—Helen, no hace falta que sacrifiques nada. En serio, no. Si alguien tiene que apartarse, seré yo.
—¿Qué? Ni hablar.
—Hablo en serio. Tú has luchado muchísimo contra todo un sistema para ejercer. Yo, en cambio, siempre lo he tenido mucho más fácil.
—Peter...
—Verás... Es cierto, mi carrera está siendo perjudicada. Por eso he pensado incluso en retirarme de la política.
—¡¿Qué?!
Ahora sí, toda la mesa estalló en protestas. Edward preguntó si eso significaba que iban a ser pobres; Sephy quiso saber si entonces su padre escribiría libros; William, ajeno al drama, siguió comiendo pan.
El conde de Deelright carraspeó con visible impaciencia e intercambió una mirada de entendimiento con lord Terrace.
—Antes de que os retiréis ambos del mundo civilizado, quizá deberíamos dar nuestra noticia. Una noticia muy importante.
El silencio fue inmediato.
Lord Terrace miró a Helen directamente.
—Querida hija, tienes que saber que tu nombre ha sido considerado para un nombramiento judicial. Y estamos convencidos de que te otorgarán el puesto.
Helen tardó varios segundos en comprender las palabras.
—¿Qué...?
—Es un puesto real —añadió el conde de Deelright—. Y muy serio. Tienes muchas posibilidades de llegar muy lejos. Siempre has sido luchadora, Helen.
Ella se quedó inmóvil.
Durante años había luchado por estudiar, trabajar y existir en un mundo empeñado en recordarle constantemente que no debía hacerlo. Había soportado burlas, escándalos, rumores y puertas cerradas.
Y ahora aquello.
—Dios mío... —susurró.
Peter la observaba con auténtico orgullo y lady Juliet y lady Beth tenían los ojos llenos de lágrimas. Helen sintió que todo estaba, por fin, en su sitio.
Qué inmensa felicidad.
Edward fue el primero en romper el silencio.
—Entonces mamá será juez...
—Jueza —corrigió Sephy inmediatamente.
William abrió mucho los ojos.
—¿Y puede mandarnos a prisión?
—Solo si robas pan —respondió su hermana.
William abrazó su trozo con expresión horrorizada, mientras las risas llenaban el comedor de Terrace House.
Y Helen pensó que, después de todo, cada golpe de pedal había merecido la pena.