Capítulo 20. Ahora. el mundo
Ahora... el mundo
D esde primera hora de la mañana, aquel muelle del puerto de Tilbury había sido un hervidero de hombres y mercancías.
Las grúas se elevaban y giraban como enormes esqueletos de hierro y, de cuando en cuando, alguna de ellas chirriaba al levantar una carga que parecía demasiado pesada para sus brazos metálicos.
Había carros cargados de cajas, barriles y sacos, marineros dando voces y estibadores que descargaban mercancías sin prestar atención a nada que no fuera su trabajo.
Más allá, el Támesis avanzaba ancho y gris bajo un cielo cubierto. El humo de los vapores se mezclaba con una niebla que parecía aferrarse a la superficie del agua y, a intervalos, una sirena grave hacía vibrar el aire.
Annabelle —con un nuevo traje de viaje de tono tostado, el salacot cubierto por un velo para protegerse el rostro y el cuello, y con el carcaj y el arco a la espalda—contemplaba aquel espectáculo con una extraña sensación de irrealidad.
Hasta hacía muy poco, África había sido para ella poco más que una palabra. Una palabra que aparecía escrita en mapas o en historias de exploradores; una palabra que hablaba de lugares remotos y que le hacía pensar, sobre todo, en Oliver.
Ahora tenía delante un barco que iba a llevarla hasta allí.
El Meridian permanecía amarrado junto al muelle, oscuro y enorme, con sus chimeneas elevándose por encima de la cubierta y una hilera de pequeñas ventanas que parecían diminutas desde tierra. Del interior del buque llegaban golpes sordos y continuos. Los hombres preparaban todo para la partida.
Annabelle suspiró y caminó por el muelle en dirección a su marido. Oliver se encontraba junto a los baúles.
Iban a viajar con menos equipaje del que Annabelle habría considerado razonable para cualquier otra ocasión, pero aun así parecía que habían conseguido llenar media cubierta.
Había arcones de ropa, sombrereras, cajas de libros, mapas, instrumentos de todo tipo, incluido un telescopio, algunas provisiones y todo aquello que Oliver había considerado imprescindible para una expedición que, en realidad, todavía no sabía exactamente cuánto tiempo iba a durar. Años, probablemente...
—No, no. Ese ahora, no —indicó Oliver al estibador que se disponía a cargar uno de los baúles—. El de cuero marrón va encima.
El hombre asintió y volvió a inclinarse sobre la carga.
Annabelle lo observó mientras daba otras instrucciones.
Le gustaba verlo así, animado por la emoción del viaje inminente.
Del reencuentro con tierras por cartografiar, de sus horizontes por descubrir.
Inmerso en toda aquella actividad, parecía distinto.
O quizá era más Oliver Cartwright que nunca...
Vio que Lorna y Emily se acercaban por el muelle. La doncella había estado recuperándose de la llorera en el coche. Lorna, por su parte, había intentado no llorar desde que se reunieron por la mañana, y a cada momento daba la impresión de que estaba perdiendo la batalla.
—No pienso hacerlo, de ningún modo —afirmó, mientras se secaba una lágrima con un pañuelo—. No voy a llorar.
Annabelle sonrió.
—Llevas llorando desde que salimos de Londres, Lorna.
—Un par de lágrimas no cuentan. Sobre todo, teniendo a Emily al lado.
La doncella redobló su llanto. Annabelle soltó una pequeña risa, pero enseguida se le humedecieron también los ojos.
—No llores más, Emily. Y cásate, así tendré una razón para volver. Recuerda que me has prometido que seré tu dama de honor.
—¡Oh, milady! —sollozó la muchacha. Señaló a un lado, a los montones de equipaje, y empezó a alejarse—. Voy a ocuparme de que no le aplasten los sombreros.
La miraron marcharse.
—Ha querido dejarnos solas —susurró Lorna.
—Sí —admitió Annabelle.
Se abrazaron con fuerza.
—Voy a avisar a Helen en cuanto pueda —murmuró Lorna, entre su cuello y su pelo, apretujadas ambas—. Le mandaré un telegrama.
—Lo sé. Hazlo, por favor.
—Pero ya sabes que, si decide que tiene que ir al Congo para comprobar que estás bien, no habrá manera de impedírselo.
—Entonces será mejor que vaya preparándome para recibir visitas. Espero la tuya.
Lorna se separó de ella por fin y la miró fijamente.
—No sabes lo que me gustaría. Te vas tan lejos...
Annabelle sonrió. Siempre había pensado que su mejor amiga era Helen, pero no: Lorna también lo era. Quería por igual a las dos hermanas. Ambas eran maravillosas.
—Mi hogar siempre será tu hogar, Lorna Bowler —dijo. Una de esas frases que podían sonar grandilocuentes, excepto cuando surgían del corazón.
Las dos entrelazaron las manos. Esta vez, Lorna no pudo borrar una nueva lágrima.
—Mi hogar siempre será tu hogar, Annabelle Sanders —replicó en el mismo tono. No había nada más que decir.
Emily regresó junto a ellas. Había estado ayudando con las últimas cosas y llevaba el rostro enrojecido. Al verlas abrazadas, se echó a llorar otra vez.
—No puedo creer que se vaya —murmuró.
—Yo tampoco —contestó Lorna.
Emily miró a Annabelle.
—Prométame que escribirá. Ahora puedo leer las cartas. Hasta se las puedo leer en voz alta a Joyce.
—Te escribiré, no lo dudes.
—Bien. Aunque sea una carta pequeña.
—Te escribiré cartas enormes. —Rio—. Y recordaré que las va a leer Joyce.
Oliver se acercó a ellas.
—Creo que ya podemos subir, Anna.
Ninguna de las tres respondió. De pronto, Lorna lo abrazó con fuerza. Él pestañeó, emocionado.
—Cuídate mucho —le dijo Lorna—. Y nunca olvides que aquí tienes a una hermana.
—Lorna... —dijo él, acentuando el abrazo—. Gracias por todo. Te has arriesgado mucho por nosotros.
—No hay de qué. Y no te preocupes. No estaba Helen aquí para hacer las locuras, tuve que recoger el testigo.
Todos rieron. Oliver miró el reloj.
—Annabelle...
Ella asintió.
—Ya voy.
Fue entonces cuando se oyó el ruido de un carruaje que se aproximaba por el muelle a buena velocidad.
Al principio no le prestó mayor atención. En aquel lugar llegaban vehículos continuamente. Sin embargo, el coche se detuvo demasiado cerca y el cochero descendió para abrir la puerta.
Annabelle sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Oh, no.
Lorna miró espantada hacia el coche.
—¡Tus padres!
Annabelle asintió.
El primero en aparecer fue su padre.
El coronel Sanders bajó con dificultad, apoyándose en su bastón viejo, y Annabelle se preguntó si habría quemado el que le regaló Noailles, tras su repentina desaparición de Londres.
Algo que, por lo que le había contado Lorna, había disparado los rumores a niveles inimaginables.
Era poco probable que la buena sociedad se olvidara del asunto, ni siquiera en una década.
A ella no le importaba, pero a su padre, sí. Su expresión era dura y su rostro parecía aún más envejecido que la última vez que Annabelle lo había visto. Lady Eve descendió después.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
Annabelle dio un paso hacia ellos.
—Mamá. Papá...
Su madre la miró y se le llenaron los ojos de lágrimas. Annabelle sintió que se le rompía el corazón. Había discutido mucho con ella, no estaba de acuerdo en algunas de sus decisiones, pero era la mujer que la había criado con amor. Le había dado todo lo que tenía. Había renunciado a todo por ella.
—Annabelle —dijo, dando un paso en su dirección. No se atrevió a más.
El coronel, en cambio, permaneció inmóvil.
Oliver se acercó a Annabelle, pero ella le hizo un pequeño gesto para indicarle que esperara.
—¿Qué hacéis aquí? —les preguntó—. ¿Cómo habéis sabido...?
Su padre respondió con frialdad.
—Tu... marido nos envió un aviso.
Annabelle se volvió hacia Oliver. Este le ofreció una expresión de disculpa.
—Lo hice hace unos días. Quería que pudieras despedirte, que pudieran despedirse todos, si así lo deseaban. Yo no tengo familia y me pareció importante. —Su voz denotó un gran pesar—. Pero ya había llegado a pensar que no vendrían.
—No quería venir —dijo lord Caltrey, y miró furioso a su hija—. No tendría por qué haber venido. No tenías que haberte marchado. ¿Cómo te atreves a desafiarme así, Annabelle?
—Papá...
El coronel apretó la mandíbula.
—No voy a discutir contigo aquí. Sube al coche. Volvemos a casa.
—¡Caltrey! —protestó lady Eve.
Se hizo un profundo silencio. Annabelle sintió la inquietud de Oliver. Si lo deseaba, podría irse, él no la retendría. No era como su padre, y eso era bueno. Aunque lo quisiera, no deseaba a su lado un hombre como él.
Respiró hondo.
—No.
La respuesta fue tan tranquila que pareció irritarlo todavía más.
—Annabelle, esto no es un viaje a la casa de una amiga. Vas a África con un hombre al que yo no he autorizado a casarse contigo y que ha decidido arruinar su vida y la tuya al mismo tiempo.
—No me está llevando a ninguna parte. Voy porque quiero.
—No digas tonterías. Eres una niña caprichosa. No sabes ni lo que quieres. No entiendo cómo no creces de una vez.
—No lo soy —replicó ella manteniéndose firme—. No te has dado cuenta, pero he crecido y soy una persona adulta. Y lo que yo no puedo entender es que sigas pensando que puedes decidir por mí.
El coronel miró a Oliver.
—¿Y usted? ¿No tiene nada que decir?
Oliver sostuvo su mirada.
—Solo que la quiero, milord. Amo a su hija y haré cuanto esté en mi mano para mantenerla a salvo.
—¿Llevándosela a una sucia jungla?
—Es la sabana —replicó ella, y al momento lamentó haberlo dicho, preguntándose si su padre sabría que había leones.
Habiendo luchado en la guerra de los bóeres, supuso que sí; además, lo vio palidecer.
Tomó la mano de Oliver—. Y es mi decisión.
Me he casado. ¿No podrías felicitarnos y desearnos lo mejor?
Su padre cerró los ojos durante un instante.
Luego, se volvió hacia su esposa, que había permanecido en silencio todo aquel tiempo, mirando a su hija como si intentara memorizar cada detalle de su rostro.
—Sube al coche —ordenó el coronel Sanders—. Nos vamos.
Lady Eve no se movió.
Seguía con los ojos fijos en Annabelle.
—¿Eve? —llamó su esposo—. ¿Me has oído?
—Perfectamente, Caltrey —replicó ella, y su actitud denotó una firmeza que nunca empleaba con él—. Te he oído, pero no voy a hacerlo. No hasta que te despidas como es debido de tu hija.
El coronel la miró con incredulidad.
—Yo ya no tengo hija.
Lady Eve palideció. Se enfrentó a él sin ningún miedo. Annabelle no recordaba haberla visto así jamás.
—Entonces, yo ya no tengo marido.
—¿Qué?
—Tienes dos opciones. Perdonar y despedirte, con todo el dolor que eso supone, de esa hija que amas y a la que vas a echar mucho de menos, o darle la espalda y pasar el resto de tu vida llorándola a escondidas.
El coronel dio un bastonazo al suelo.
—¡No voy a hacerlo!
Lady Eve no se arredró. Frunció el ceño y se acercó todavía un paso más.
—Entonces te lo diré de otro modo. Puedes terminar este día teniendo una hija de viaje y una esposa a tu lado, ayudándote a pasar el mal momento. O puedes terminarlo solo, sin hija y sin esposa.
—¿Estás amenazando con dejarme?
—Por supuesto que sí. Si le das la espalda a nuestra hija, es lo que haré.
El coronel la observó como si acabara de descubrir a una desconocida en el lugar de la mujer con la que llevaba tantos años casado.
—¿Y qué vas a hacer?
Lady Eve tragó saliva.
—No lo sé. Irme a África con ella, si me acepta. Viajar por mi cuenta, en caso contrario. Comprar una casita. —Se encogió de hombros—. Cualquier cosa.
—No sabes lo...
Pero ella, que no lo había interrumpido en más de veinte años, lo hizo con una voz tranquila, fría y controlada.
—Lo único que sé es que, si le das la espalda a nuestra hija, ya no eres el hombre que aprendí a amar. Y te aseguro que no quiero vivir con el que ha surgido en su lugar.
El silencio que siguió fue más profundo que cualquier discusión.
El coronel bajó lentamente la mirada hacia las maderas del muelle. Annabelle vio cómo su mano se cerraba alrededor del bastón. Tenía los nudillos muy blancos por la pura tensión.
Cuando volvió a levantar la cabeza, la dureza había desaparecido de sus ojos.
—Ven aquí.
Annabelle no necesitó más.
Corrió hacia él.
Su padre la recibió entre sus brazos y la rodeó con una fuerza que no parecía compatible con su pierna dolorida ni con su edad. Annabelle apoyó la cara contra su hombro y comenzó a llorar.
—No quería perderte —murmuró él—. Y he estado a punto, viejo tonto. Perdóname, pequeña.
—No me vas a perder. Nunca, papá.
—Eso no lo sabes. África está demasiado lejos.
—Es solo un lugar, papá.
—Para una madre y un padre, un lugar tan lejano nunca es solo un lugar. Es un lugar malditamente lejano.
Annabelle rio y se separó de él.
—Volveré. O me encargaré de avisaros cuando tenga todo organizado, para que vengáis con nosotros.
El coronel intentó sonreír.
—Más te vale.
Lady Eve se acercó entonces y abrazó a su hija. Lloraba sin disimulo.
—Escríbeme en cuanto llegues. Quiero saberlo todo de ti. Todo.
Annabelle sonrió entre lágrimas.
—Te lo prometo.
Su madre acarició su rostro. Volvió los ojos hacia Oliver.
—Y usted cuide de ella, señor Cartwright... Oliver.
Oliver inclinó la cabeza.
—Con mi vida.
El coronel bufó.
—No empiece con promesas heroicas, Cartwright. Y le aconsejo que haga el favor de dibujar bien sus mapas. Si mi hija se pierde en una de sus dichosas junglas, iré a buscarlo a usted primero.
Oliver sonrió.
—Lo tendré en cuenta, milord.
El coronel miró a Annabelle.
—Vuelve.
—Volveré.
Esta vez no hubo reproches, solo abrazos.
Lorna lloraba abiertamente. Emily también. Annabelle consiguió separarse de sus padres, aunque tuvo que hacerlo dos veces, porque su madre volvía a abrazarla cada vez que daba un paso hacia el barco.
Más tarde, desde la cubierta, Annabelle vio a Lorna y Emily junto a sus padres. Lorna levantó un pañuelo. Emily hizo lo mismo.
El Meridian comenzó a separarse lentamente del muelle.
El movimiento fue casi imperceptible al principio. Después, poco a poco, el espacio entre el barco y tierra aumentó. Las figuras del muelle fueron haciéndose más y más pequeñas, hasta que ya no distinguió ni siquiera a la gente amada. Las grúas, los almacenes y los carros empezaron a quedar atrás.
Annabelle permaneció junto a la baranda.
Su madre seguía allí, podía sentirla. Su padre también. Lorna continuaría agitando el pañuelo con fuerza. Emily estaría llorando.
Annabelle levantó una mano. Ya no los veía, pero los sentía. Los sentiría siempre.
El Támesis se abrió delante de ellos. El aire tenía un olor distinto allí, lejos del muelle, y el humo de las chimeneas se extendía por todas partes como una bruma, mientras el barco avanzaba lentamente hacia el estuario.
Oliver se colocó junto a ella. Durante un rato no hablaron.
Annabelle apoyó las manos sobre la baranda y contempló el río. Oliver rozó una mano con la suya. Ella entrelazó los dedos con los de él.
—¿Y ahora?
Oliver miró hacia el horizonte. Sonrió.
—Ahora... el mundo.
Y, esta vez, Annabelle no estaba contra el mundo.
Viajaba con él.