Epílogo. Una mansión que contiene todos los mundos
Epílogo
Una mansión que contiene todos los mundos
E l calor empezaba a ceder sobre aquella parte de África cuando lady Annabelle salió a la galería con su hijo de la mano.
El pequeño Horatio llevaba un sombrero demasiado grande para su cabeza y caminaba con cuidado de que no se le cayera.
Cada poco se detenía para señalar alguna cosa que había llamado su atención: una mariposa, un pájaro entre las ramas o cualquier movimiento entre la vegetación que, en su opinión, mereciera ser investigado. Estaba descubriendo el mundo.
Annabelle lo contemplaba con una sonrisa, aunque sintió una punzada de pena cuando el niño tiró para soltarse y así poder avanzar solo. Algún día lo haría.
—¡No te alejes demasiado! —le dijo ahora, porque todavía estaba a tiempo de hacerlo.
El niño volvió la cabeza.
—¡Papá ha dicho que puedo!
—Tu padre dice muchas cosas.
—Y casi siempre tengo razón —intervino Oliver desde el otro extremo de la galería.
Annabelle se volvió hacia él.
—No estoy yo tan segura. Pero sí que elegiste bien a la hora de casarte.
Oliver se echó a reír.
Hacía ya un par de años que aquella casa se había convertido en el hogar de los Cartwright. Y no estaban solos. Los condes de Caltrey habían terminado instalándose allí también, algo que, en otro tiempo, Annabelle habría considerado absolutamente imposible.
Su padre había descubierto que volver a África, establecerse allí, no había resultado tan terrible como se había temido en un primer momento. O quizá había descubierto algo mucho más importante: que, en realidad, era feliz allí donde estaba su familia.
Y, contra todo pronóstico, el coronel Sanders y Oliver habían acabado convirtiéndose en grandes amigos.
Al principio, su padre había tardado bastante en aceptar aquella amistad. Pero los días compartidos, las expediciones, las largas conversaciones y, sobre todo, la evidencia de que Oliver cuidaba de Annabelle y la quería habían hecho el resto.
Ahora podían pasar horas hablando de mapas, caminos, animales, individuos y lugares que Annabelle apenas sabía situar sobre un papel.
A veces los escuchaba desde la galería y le costaba recordar que había habido un momento en el que aquellos dos hombres habían pensado que jamás se aceptarían el uno al otro. Más bien sonaban como un padre y un hijo.
Se llevó una mano al vientre.
Su segundo hijo estaba creciendo deprisa y, desde hacía semanas, Oliver había desarrollado una certeza absoluta respecto a él. Estaba empeñado en que sería una niña. Ojalá... Annabelle lo estaba deseando, pero no quería hacerse ilusiones.
—Te aseguro que tengo una intuición —le había dicho Oliver justo la noche anterior, cuando charlaban contemplando las estrellas.
—Tu intuición también te dijo que la última tormenta duraría dos días.
—Duró casi dos.
—Duró cuatro.
Oliver sonrió.
—Detalles.
Annabelle se echó a reír sola, al recordarlo. El viento sopló como si quisiera compartir su alegría, y agitó su pelo. Alzó el rostro hacia el cielo e inspiró profundamente.
Era feliz.
Desde la casa llegó entonces la voz de su padre.
—¡Annabelle! ¡Annabelle!
Ella se volvió.
—¿Qué ocurre?
El coronel Sanders apareció en la puerta de la galería apoyándose en su bastón nuevo, uno que se había tallado él mismo con una rama africana. Los años no habían conseguido que caminara mejor, pero sí habían suavizado considerablemente su expresión. Parecía más joven que en Londres.
—Han enviado un hombre desde el puerto. Dice que el barco ha llegado. —El rostro de Annabelle se iluminó—. No tardarán en estar aquí.
—¡Qué bien! ¡Estoy deseando verlos!
Su padre sonrió y se inclinó para besarla en la mejilla.
—Lo sé.
Annabelle volvió dentro y empezó a dar las últimas órdenes a los criados.
Todo debía estar perfecto: iban a tener visitas, y con suerte se quedarían una larga temporada.
Helen y Peter habían sido los primeros en decidirse y Lorna había querido acompañarlos.
También llegarían los padres de Helen, y los de Peter.
Era la primera vez que todos iban a reunirse allí y Annabelle llevaba semanas imaginando aquel momento. Iba a ser maravilloso.
Aunque, en realidad, la gente que amaba siempre estaba con ella.
Y tenía toda una vida por delante.