Capítulo 19. ¡O mía o de nadie, hermosa mademoiselle Blythe! #2
Se miraron durante un par de segundos, en los que todo quedó claro entre ambos. Al final, Oliver bufó.
—Por Dios, Noailles. ¿Es que no sabe que los belgas han hecho público que han encontrado diamantes?
Noailles frunció el ceño.
—Me consta, sí. Pero a mí me han encomendado conseguir la información y, por lo que sea, todavía la quieren.
—¿Todavía?
—Así es. De hecho, les ha entrado una extraña urgencia, no sé por qué, así que se nos ha acabado el tiempo, este feliz interludio que hemos vivido milady, usted y yo, y tengo que mostrarme menos cortés que en otras ocasiones.
—Sacó una pistola y le apuntó—. Por favor, no me haga disparar, monsieur Cartwright. No me apetece nada. O me lo dice o...
—Ah, por Dios. Sabe tan bien como yo que no va a hacerlo. Tendría que asesinar también a Annabelle.
Algo pareció palpitar en el verde cristalino de los ojos de Noailles, pero supo controlarlo.
—No le aconsejo que me ponga a prueba —masculló.
—No lo haré, entonces. —Oliver arrojó el sombrero sobre un sofá y avanzó para darle la carpeta—. Tenga. También he hecho una copia para usted. Tanta dedicación merece un premio.
Noailles lo estudió con suspicacia.
—¿Qué es esto?
—Lo que buscaba, por supuesto. Son todos los datos, todas las referencias, que tengo sobre la localización de los diamantes del Congo belga. Cójalo y váyase.
El francés trató de disimular su sorpresa. Movió la pistola en un pequeño círculo.
—No. Ábralo. Muéstreme lo que hay.
Oliver se encogió de hombros y obedeció. Le mostró los mapas que había habido dentro, además de varias hojas con anotaciones de todo tipo. Entre otros, el dibujo de una piedra atrajo la atención de Noailles. ¿Sería el famoso diamante encontrado por monsieur Janot? Annabelle supuso que sí.
Con una ligera agitación, un nerviosismo desconocido en él, el francés le arrebató a Oliver la carpeta y comprobó por sí mismo el contenido.
Hizo una mueca.
— Merci —dijo—. Qué amable, monsieur Cartwright. Al parecer debí pedírselos por favor desde el principio.
—No se los hubiera dado.
—Ya... —Noailles chasqueó la lengua contra los dientes, contrariado—. ¿Puedo preguntar dónde los tenía escondidos? Lo he revisado todo a fondo mil veces. Y no tiene usted ningún otro lugar, otro escondite...
—No. Tras la traición del que consideraba un amigo en la Royal Geographical Society, decidí tener un mayor cuidado.
Todos los datos estaban aquí. —Se señaló la cabeza; luego, la mano se volvió hacia la mesa, donde abarcó con un gesto los mapas apilados—.
Y las referencias que podían conducir hasta ellos estaban dispersas entre otros mapas, simulando formar parte de otras mediciones.
Me temo que no tenía usted ninguna posibilidad.
Noailles puso cara de circunstancias.
— Nom d’un chien! —Agitó los documentos—. Gracias.
—De nada. Insisto en que dudo de que ya le sirvan de algo —continuó Oliver mientras se quitaba la chaqueta, quizá para indicar que no temía ninguna bala—.
La reunión a la que acabo de asistir tenía precisamente ese objetivo.
Dar todos los datos disponibles a los gobiernos interesados y a varias instituciones.
Que nadie pueda apropiarse de la información antes de que los demás sepan lo que está ocurriendo.
Noailles entrecerró los ojos.
— C’est entendu . En todo caso, como le digo, mi misión solo era conseguirlos.
—Pues ya los tiene. Váyase o dispare.
Noailles dejó escapar una pequeña sonrisa.
— Allons , mon ami . Eso último sería terriblemente incómodo para todos.
Estaba usted en lo cierto, esperaba no tener que disparar.
—La pistola descendió definitivamente. Annabelle respiró aliviada.
Noailles se volvió hacia ella—. Pero antes de irme, me gustaría intentar convencerla de que no cometa una estupidez, milady.
—¿A qué se refiere? —preguntó ella.
—A la locura de marcharse con él, claro está.
—Hizo un gesto hacia la bolsa de viaje y luego hacia Oliver—.
¿Se ha parado a pensar de verdad qué le espera?
África. Expediciones por tierras salvajes.
Caminos que no son caminos. Noches durmiendo donde se pueda.
Barro hasta las rodillas. Enfermedades. Peligros.
Incertidumbre. Créame, yo lo conozco, he estado allí.
Es muy duro. Usted es hija de un conde...
—Noailles...
—No, escuche, yo... —El francés tomó aire y empezó a acelerar mientras hablaba, intentando convencerla—. Milady, lamento mucho lo ocurrido. Es cierto que mi relación con usted empezó por pura necesidad de la misión…
—Usted lleva años utilizando a mi padre, ¿verdad? —lo interrumpió ella sin contemplaciones.
Él titubeó.
—No. No tanto. Sí que tuve cierto... asunto con él en París, donde recibí el encargo de conseguir una copia de unos documentos que estaban bajo su custodia...
—Annabelle lo miró con ojos entrecerrados, y él carraspeó antes de seguir—.
Pero no había vuelto a verlo. Sin embargo, como quedé en muy buenas relaciones, tanto con él como con lady Caltrey, al comprobar que el señor Cartwright iba a ir a una boda y descubrir el nombre de su padre entre los invitados, encontré un modo de acercarme.
—Entiendo... Y simuló mi cortejo.
—No, en realidad, no. Ni siquiera yo comprendo qué me ha pasado desde que la conocí, lady Annabelle.
—La miró casi enfadado—. Flirtear con usted era parte de un juego necesario, nada más.
No hubiera debido ser nada más, Pero el asunto creció y creció como una bola de nieve girando enloquecida, y ha seguido haciéndolo.
La tarde que pasamos en el Museo Rutshore, hablando de aquella momia...
—Nefer-Anjet-Ast.
—Eso. Aquella tarde, estuvo usted magnífica y yo solo podía pensar en besarla.
Entonces supe que debía parar la maldita bola de nieve, o me aplastaría.
Y no podía pararla porque tenía que conseguir la información...
—Hizo una mueca—. O eso me decía, pero en realidad, sé que ya no quería que parase.
No quería... —Escrutó con cierta censura a Oliver—. Usted lo sabía.
Él asintió.
—Era muy evidente.
—Sí, bueno... Se me fue de las manos, me consta.
Y entiendo que resulte difícil creerlo, teniendo en cuenta todo lo ocurrido, pero le aseguro, milady, que lo que siento por usted es real.
Y le ofrezco más que Cartwright, mucho más.
—Esta vez lo miró con una sonrisa de disculpa—.
No es nada personal. De hecho, debo admitir que le tengo a usted una particular simpatía.
—Se lo agradezco.
—Usted y yo podríamos haber sido amigos. Y seguro que está de acuerdo conmigo en que África no es lugar para una dama.
Oliver titubeó, tomado por sorpresa.
—Depende de la dama —dijo, evasivo. Noailles rio entre dientes.
—Veo que no contaré con usted de aliado.
Da igual. Soy mejor opción. —Dio un paso hacia Annabelle—.
Sabe tan bien como yo que sus padres no le aceptarán, pero estarán encantados de verla casada conmigo.
No tendría que renunciar a nada. Seguiría teniendo su casa, su posición, su familia, su vida.
De verdad que me ofrezco a casarme con usted —insistió—. Solucionemos esto del mejor modo.
—Está usted loco.
—Es posible. —Mostró una expresión vulnerable.
Annabelle se preguntó si sería auténtica—.
La noche en que habló con tanta amabilidad de mi madre, o esa tarde en el museo, cuando me contó esas historias, con aquella flor y aquel primer beso...
Perdone que me repita, pero no sé cómo me contuve.
Ya le digo que quería besarla, quiero hacerlo ahora mismo.
Y creo que usted no es inmune a mis encantos —añadió, con un eco juguetón del antiguo Noailles que resultó algo forzado—. Podemos seguir todo como lo hemos...
—Soy la señora Cartwright —dijo de pronto Annabelle, con tono cortante. Él parpadeó.
— Pardon?
—Que soy la señora Cartwright. Oliver y yo nos casamos hace varias semanas. Por eso supe la otra noche que me había mentido. Él no podía haberle pedido que se casara conmigo. Era imposible que pudiera hacerlo.
Él tardó un segundo en comprender.
—Ah. —Agitó la cabeza—. Entonces está claro que he perdido.
—Nunca tuvo opciones —replicó Annabelle con cierta amabilidad.
—Supongo que no. No se puede luchar contra un amor que se ha cultivado durante años, n’est-ce pas ?
—Ella asintió y él apretó la mandíbula—.
Me voy con auténtica envidia. Nunca me había pasado.
Por si no se dan cuenta, es mi forma de reconocer que he perdido.
—Abrió la puerta—. Adiós, lady Annabelle.
Pese a todo, Annabelle no pudo evitar sentir cierta pena. Echaría de menos sus bromas y aquel modo ligero de pasar por la vida.
—Adiós, Noailles.
El francés miró a Oliver.
—Cartwright.
—Noailles.
Y salió.
La puerta se cerró en silencio detrás de él.