Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 19. ¡O mía o de nadie, hermosa mademoiselle Blythe!
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Capítulo 19. ¡O mía o de nadie, hermosa mademoiselle Blythe!

¡O mía o de nadie, hermosa mademoiselle Blythe!

L as habitaciones de Oliver estaban a oscuras y parecían vacías.

Annabelle cerró la puerta y permaneció inmóvil unos segundos.

Había imaginado aquel momento varias veces durante el trayecto.

En todas las versiones, entrar en The Albany era el final de la parte peligrosa.

Después solo tendría que esperar a Oliver cómodamente instalada en el sofá.

Incluso, hasta se había planteado que se prepararía una buena taza de té para celebrar el éxito de su fuga.

Y cuando él apareciera, se besarían y le explicaría que no podía quedarse en Caltrey House ni un minuto más.

Que tenía que marcharse y debían reivindicar su matrimonio de inmediato, para evitar que su padre hiciese algo terrible y definitivo al respecto.

Que si el joven iba a algún lugar, ella iría con él.

Sencillo. Al menos en teoría.

Pero, en la práctica, volvió a oír un ruido.

Annabelle dejó la bolsa en el suelo, colocó la flecha en el arco y entró con cuidado, intentando distinguir algo en la penumbra.

Apenas había tenido tiempo de cerrar y avanzar un par de metros, cuando vio la luz de una linterna, y una forma oscura que salía de una de las puertas del fondo, la del dormitorio.

Annabelle tensó la flecha en el arco y retrocedió con cuidado un paso. No hizo ruido, aunque el corazón empezó a golpearle con fuerza en el pecho, retumbando en sus oídos.

La figura pasó a pocos metros sin verla, en dirección a la mesa de comedor. La luz de su linterna mostró a Annabelle que había papeles por todas partes, cajones abiertos y libros desplazados.

Aquel hombre estaba registrando el sitio a fondo.

Annabelle tensó el arco y disparó. La flecha pasó junto a la cabeza del desconocido y clavó el sombrero en la pared.

—No se mueva —le advirtió, colocando rápido otra flecha—. Ni siquiera se atreva a respirar.

El hombre se quedó inmóvil... pero solo un momento. De pronto, movió la linterna para apuntarla con el potente haz de luz y la cegó.

Annabelle parpadeó, intentando recuperarse, pero antes de que le fuera posible, el individuo la sujetó, le arrebató el arco con un tirón seco y la arrastró sin miramientos hasta una de las sillas, donde la obligó a sentarse.

Entonces, la soltó. Y, casi al momento, se oyó el clic de la luz.

Annabelle volvió a parpadear. Cuando por fin recuperó la vista, abrió los ojos al máximo.

Armand de Villeneuve, conde de Noailles, la miraba desde su posición junto a la pared. Todavía tenía la mano en el interruptor. En la otra, sostenía su arco.

—¿Noailles?

—Me temo que sí. Pardon por la... bueno, la violencia, ma chèrie .

—El francés contempló su sombrero. Estaba limpiamente clavado contra un cuadro que mostraba un tormentoso paisaje marino.

Después se volvió hacia ella con un destello de admiración en la mirada—.

Milady, buena puntería... Me quito el sombrero.

Y se echó a reír. Tuvo el valor de hacerlo.

—¿Qué demonios hace usted aquí? —le preguntó indignada.

Noailles miró la bolsa de viaje y el arco que sostenía en la mano, seguro que sacando unas conclusiones que no le hicieron demasiada gracia. Lo dejó sobre la mesa y se encogió de hombros.

—Contestaré a su pregunta si me responde antes a otra. —Ella apretó los labios, pero terminó asintiendo—. ¿Cómo lo supo?

—¿El qué?

—Me descubrió la otra noche, en el jardín —replicó él, sin atisbo de su teatralidad habitual. De hecho, parecía una persona distinta: el hombre que había atisbado ocasionalmente en el pasado—. Sé que lo hizo, que supo que le había mentido. ¿Cómo? ¿Qué pasó? ¿Qué hice mal?

Annabelle hizo una mueca.

—Metió la pata —le dijo, alzando la naricilla—. Ni se imagina cuánto. Pero no se merece la respuesta a esas preguntas. No voy a decirle nada, milord.

Él la estudió pensativo. Serio.

—No soy su enemigo, lady Annabelle. De hecho, aunque no lo crea, sigo siendo su mejor baza y mantengo mi propuesta de matrimonio.

Ella arqueó ambas cejas.

—Se ha vuelto loco...

— Non. —Noailles avanzó hasta quedar a un par de pasos y la observó con los brazos cruzados.

Annabelle se obligó a no retroceder en la silla, aunque se sintió algo intimidada—.

Ambos sabemos que su reputación está totalmente rota, milady.

Es lamentable, pero es así. Todo el mundo piensa que somos amantes y llevo días sembrando por ahí la idea de que, pese a todo, pese a haber disfrutado ya de sus encantos, voy a casarme con usted.

—Es un canalla...

— Allons donc! Soy un hombre que siempre consigue lo que quiere.

—Inclinó la cabeza a un lado—. A estas alturas, ya ni siquiera se salvaría si se casara con Cartwright, ni siquiera con la bendición de su padre.

Tiene que casarse conmigo o se convertirá no en el cotilleo del año, sino en el del siglo. ¿Lo entiende? Me necesita.

Annabelle lo miró con amargura.

—No lo comprendo, de verdad que no —le dijo al fin—. ¿Qué consigue usted con todo esto?

—¿No lo sabe? —Ella negó con la cabeza. Las aletas de la nariz de Noailles temblaron ligeramente—. La consigo a usted, por supuesto.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿A mí?

Noailles sonrió.

—¡O mía o de nadie, hermosa mademoiselle Blythe! —Se miraron. Annabelle estaba tan aturdida que no sabía ni qué decir—. Me gustó su historia. ¿Sabe? Creo que adoptaré el alias de Le Spectre .

¿Alias? ¿Para qué? Su mente anotó aquello, pero no supo darle sentido. Se sentía demasiado confusa por lo que estaba ocurriendo.

—Usted no me ama —atinó a decir.

Noailles hizo un gesto indiferente.

—El amor, milady, es distinto para cada cual. Si no le importa, yo decidiré por mí.

—No, no me ama —insistió ella. Negó también con la cabeza—. Es imposible. Alquiló para nosotros una casita sabiendo que yo iba a... iba a...

Él esperó todavía un momento. Debió darse cuenta de que no sería capaz de decirlo, porque lo completó por ella.

—Que iba a acostarse allí con otro hombre.

Annabelle enrojeció. Estuvo a punto de decirle que no era necesario hablar con tanta crudeza, pero prefirió que pensase que ya era una mujer de mundo.

—Así es. Si me amara, jamás lo hubiera consentido.

—Verá, soy de la opinión de que la virginidad está sobrevalorada —dijo él, con un elegante encogimiento de hombros.

Luego la escrutó con fijeza, divertido por su rubor—.

Estoy convencido de que ahora es usted mucho más interesante de lo que lo era el día de la boda de su amiga.

Cuando le dio aquel beso tan torpe, pero tan apasionado, a Cartwright.

Annabelle parpadeó. ¿El beso? ¿Cómo podía saberlo? ¡Estaban solos! Pero no... Recordó haber tenido la impresión de que había alguien en el pasillo —más que nada, el movimiento de una sombra—, justo antes de besar a Oliver. Entonces pensó que sus nervios la habían engañado.

Pero no...

—Nos vio... Me siguió y nos vio.

—Así es. —Se inclinó y acercó el rostro al de ella. Qué distinto parecía al Noailles que había creído empezar a conocer... Como un camaleón que hubiese pasado de un árbol a una roca—. Pero no la seguía a usted. Aunque ya había empezado a interesarme.

¿No la seguía a ella? ¿Entonces?

Oliver, claro...

Francia. Los diamantes.

Al final, sí que era un espía. Era Le Spectre .

—Ha estado jugando con nosotros... —dijo, empezando a desmoralizarse. Todo empezaba a encajar. Recordó otro detalle y se sobresaltó—. ¡La pluma! ¿Lo hizo aposta? La pidió y la dejó allí adrede, para provocar un encuentro con las vecinas...

Él rio entre dientes.

—Eso salió especialmente bien, le aseguro que no esperaba un resultado tan rápido y tan eficaz.

No fue difícil encontrar un barrio apropiado, donde hubiera gente que podría conocerla, aunque mi intención era ir atrayendo la atención sobre usted poco a poco.

Pero ya ve, no fue necesario hacer más. Allí la vieron entrar y salir, y también a mí.

A quien no vieron fue a nuestro querido señor Cartwright.

Annabelle asintió lentamente.

—Por eso nos sugirió que entrase por la puerta trasera.

— Bien sûr! Resultó bastante fácil de convencer. Yo también usaba esa puerta para salir, casi siempre. A usted la veían llegar y suponían que yo seguía dentro.

El muy maldito se creía muy ingenioso, lo decía su sonrisa. Annabelle agitó la cabeza, perdida entre el enfado y el desconcierto.

—Pero no entiendo... ¿Todo eso para poder dañar mi reputación?

—No, milady. Aunque me ha servido por partida doble, la causa principal era mantener al señor Cartwright lejos de aquí.

Ella lo comprendió al momento.

—Es usted el que ha estado registrando estas habitaciones.

—Sí. —Arqueó una ceja, sorprendido—. ¿Lo sabía Cartwright?

—Sí. Lo dedujo de algunos detalles.

Noailles puso mala cara.

—Vaya. Me molesta que se diera cuenta, es un hombre detallista, no suelo cometer errores.

—Ya... —Lo miró con reproche, sin saber por qué se sentía tan dolida—. Así que todo fue una gran mentira.

Un brillo cruzó los ojos del francés. Abrió la boca para responder.

La puerta principal se abrió, casi sin ruido, y los dos miraron hacia allí al mismo tiempo.

Oliver se asomó con cautela. Llevaba una carpeta en la mano. Al verlos, se relajó de forma evidente. Miró el sombrero clavado en la pared. Tardó menos de un segundo en comprender lo que estaba sucediendo. O al menos, esa impresión dio.

—Buenas noches —dijo—. ¿Interrumpo algo?

—No —contestó Noailles—. Pero llega tarde al espectáculo. La dama tiene una puntería excelente. —Rio—. Quelle femme extraordinaire!

—Ya veo. —Oliver cerró la puerta—. Annabelle, ¿estás bien?

—Sí. Este canalla estaba registrando tus cosas.

—Ya lo suponía. Al parecer todo el mundo entra aquí cuando quiere.

—Yo le cogí la llave al portero —admitió Annabelle.

—Lo sé. Me ha dado la copia de seguridad. ¿Y usted? —Volvió a centrarse en el francés—. ¿Cómo ha entrado?

Noailles sonrió con un gesto de ligera disculpa.

—Oh, yo tengo llave de todas partes.

—Ya me lo imagino. —Oliver tomó aire y lo afrontó directamente—. ¿Qué quiere?

—Eso también lo sabe. Y estoy harto de buscarla, sinceramente. No me haga enfadar.