Capítulo 18. Esta sí que es una fuga como Dios manda
Esta sí que es una fuga como Dios manda
A l día siguiente, se le permitió enviar una nota a Lorna, para invitarla a tomar el té.
Estaba leyendo junto a su madre en el dormitorio cuando llamaron a la puerta y se asomó una doncella.
—Milady, lady Lorna está abajo —le dijo a lady Eve—. ¿Le digo que espere en la salita?
Annabelle vio que la expresión de su madre se ensombrecía.
—Sí. Dígale que ahora bajamos y...
No podía consentirlo. Si no conseguía estar a solas con Lorna, no lograría organizar su huida ni avisar a Oliver de la situación.
Le cogió una mano.
—Por favor, mamá. Por favor. Llevo muchos días sin verla. Deja que hablemos un ratito.
La expresión de lady Eve se endureció todavía un poco más antes de empezar a suavizarse. Suspiró y le hizo un gesto afirmativo a la doncella.
—Tráela aquí —ordenó. La chica se fue. Annabelle se frotó el rostro con las manos. Iba a conseguirlo, iba a poder hablar con Lorna. Quizá incluso trajera un mensaje de Oliver. Ojalá fuera así.
—Gracias, mamá —susurró.
—No me las des —replicó su madre—. A cambio quiero que seas sensata con todo este asunto.
Te lo pido por favor. No entiendo por qué no quisiste despedirte de monsieur de Noailles.
No te creas que no me di cuenta. Vendrá otra vez mañana y pasado iremos al teatro para que os vean juntos y felices.
Quiero que seas amable y considerada con él.
Que le des una oportunidad. Te conviene. Vas a casarte con él.
No quería hacerlo, ni siquiera quería ya volver a ver a Noailles en lo que le quedaba de vida, pero si se lo decía, quizá no la dejara hablar con Lorna. Iba a tener que volver a mentir.
—Está bien. Lo haré.
Lady Eve sonrió contenta y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias, hija. Te aseguro que es lo mejor para ti. Tu padre y yo solo pensamos en eso.
Una nueva llamada a la puerta, más urgente, dio paso a Lorna. Venía seguida de una ansiosa Emily.
—¡Annabelle! —exclamó Lorna, y se lanzaron una hacia la otra para abrazarse con fuerza.
Emily se quedó a un lado, sin atreverse a unirse al gesto, pero Annabelle sintió su mano, acariciando tímidamente su manga.
De no haber estado presente su madre, la habría atraído con ellas, pero no quería ponerla en un compromiso.
—Oh, querida, cómo lo siento —gimió Lorna. Oyó el sollozo de Emily.
—Lo sé...
Se separaron, con los rostros cubiertos de lágrimas. Lady Eve estaba a su lado, con los brazos cruzados, y las miró con disgusto. Las tres muchachas se colocaron en fila, con las cabezas gachas.
—No creas que no tengo claro que Annabelle no hubiera podido hacer esa locura sin tu ayuda, Lorna —dijo lady Eve, enfadada—.
Y no pienses que no tendrás tu castigo. Hablaré con tu madre de todo esto en cuanto pueda.
Estoy segura de que se te van a quitar las ganas de colaborar en semejantes proezas.
—Lo siento mucho, lady Eve.
Annabelle vio que su madre se ablandaba. Quería mucho a Lorna. De pequeña pensaba que la quería incluso más que a ella. No era verdad, pero sí parecido.
—Está bien. No debería dejaros solas, pero voy a confiar en vosotras. —Se dirigió hacia la puerta—. Bajad cuando os avisen del té. Hoy lo tomarás abajo con todos, Annabelle.
—Sí, mamá —dijo ella.
—Sí, lady Eve —respondieron Lorna y Emily. La condesa arqueó una ceja a Emily, que se apresuró a añadir una reverencia con un precipitado «lady Caltrey», y se fue.
—Oh, qué terrible situación —exclamó Lorna—. No llores más, Emily. No solucionamos nada con eso.
—Es que no puedo evitarlo —sollozó la doncella—. No soporto que me riñan.
—Ay, pobrecita. —Annabelle le pasó un brazo por los hombros y la condujo a los sofás. Se sentaron allí las tres, con Emily en medio, y hablaron de lo ocurrido y de lo espantoso de aquel encierro.
—Oliver está intentando ponerse en contacto contigo —le dijo Lorna, bajando el tono—. Pero no se lo permiten. Ni siquiera me lo permitían a mí. Viene cada día a Terrace House, para saber si sé algo. Quiere que organicéis una reunión.
¡Por fin! Annabelle se sintió exultante de felicidad.
—Gracias, Lorna...
—¿Y monsieur de Noailles? ¿Lo has visto?
Sintió la rigidez que le producía ahora ese nombre. En cuanto lo pensaba, su cuerpo reaccionaba con indignación. Oírlo era todavía peor.
—Sí, anoche. Y me ha mentido.
—¿Qué? —Lorna y Emily abrieron progresivamente los ojos al escuchar el modo en el que el francés se había delatado a sí mismo sin saberlo—. ¡Oh, qué ser infame! Ya decía yo que no me inspiraba confianza. Es una pena. Estos días parecía el prometido perfecto.
—¿Qué quieres decir?
—¿No te lo ha dicho tu madre? Ahora mismo, pese al escándalo, eres la joven más envidiada de todo Londres.
Noailles ha empezado a aparecer en todas las fiestas y cuenta a todo el mundo que se va a casar contigo por todo lo alto.
Que eres la mujer más maravillosa y que ahora entiende que Inglaterra sea el faro del mundo, ya que él por fin ha visto la luz.
—Oh, por Dios... —Annabelle bufó, lamentando no poder cegarlo de una bofetada—. Nadie puede negar, ahora mismo, que sea el hombre más histriónico de Londres.
—¡Y guapísimo! —suspiró Emily, que seguramente no sabía qué significaba histriónico y lo había supuesto sinónimo de «amabilidad» o algo así. Annabelle y Lorna la miraron, y se alarmó—. ¡Pero también lo es el señor Cartwright! ¡Mucho!
Lorna rio.
—No sigas, que al final vas a poner celosa a lady Annabelle.
—¡Oh, no pretendía...! —exclamó Emily, cada vez más horrorizada por lo que iba diciendo. Eso al menos las hizo reír un poquito. Luego se abrazaron las tres y lloraron un rato más.
—¿Qué le digo a Oliver, entonces? No sabe si debe presentarse aquí por las bravas para contarles la verdad a tus padres o cómo prefieres hacer.
—Tengo un plan —admitió Annabelle—. Pero no estoy segura de que quieras ayudarme...
Lorna dudó.
—No sé... Miedo me das.
—Tengo que irme de Caltrey House, y lo antes posible.
Quiero reunirme con Oliver y, a su lado, anunciar nuestra unión.
Quiero evitar que mi padre pueda hacer algo para...
hacer desaparecer mi matrimonio. Sé que si hay alguna posibilidad, lo hará.
Lo que sea, antes de que su hija haga lo que considera una boda inconveniente.
Lorna y Emily la miraron pálidas.
—¿Y qué puedo hacer? —preguntó su amiga.
—Tengo que irme de noche. Necesito que me vengáis a buscar con el coche, y me llevéis a The Albany.
—Pero... Si me descubren ayudándote a escapar así, me matan.
—Al ver la tristeza de Annabelle, claudicó—.
Oh, está bien. Qué importa un escándalo más.
Hablaremos con Joyce, desde luego. ¿Cuándo quieres ir?
Ah, Oliver hoy estaba ocupado —añadió al recordarlo—.
Algo de la Royal Geographical Society, creo.
Le he dicho que tenía cara de cansado y me ha contestado que, encima, hoy iba a tener un compromiso hasta tarde.
—Bueno... —dijo decepcionada. No era cosa de estar esperando a las tantas con su equipaje en la calle, a ver si volvía—. Pues esperaré a mañana.
Emily puso cara de disculpa.
—Tiene que ser hoy, milady. Me temo que, mañana por la mañana, Joyce se va con el grupo que viaja a Escocia con lord Terrace. ¿No se acuerda, milady?
Lorna puso cara de circunstancias.
—Claro que sí. Pero no sabía que iba Joyce.
—Sí... —suspiró—. Van en tren, pero el señor marqués siempre lleva el coche en su vagón —le explicó a Annabelle—, para moverse cómodamente donde sea; y como el señor Burton está con ciática, va a ir Joyce en su lugar.
Él está contento porque dice que supone una gran oportunidad, pero yo no.
—Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Vamos a estar muchos días sin vernos.
—Pues vaya... —dijo Lorna—. No sabía eso, pero sí que mi padre se va mañana. Yo cogeré el tren con mamá la semana que viene. Vamos al castillo de lady Gormlaith. Es por lo del testamento. Tengo que ir a meter los pies en el arroyo.
—Ah, sí...
—Lo siento, querida.
—Bueno, pues tendrá que ser esta noche.
—Pero recuerda que Oliver tenía un compromiso hasta tarde...
—No importa. Yo tengo que ir a última hora. Cuando ya se hayan dormido todos. Quizá ya haya vuelto. Hasta prefiero esperar sentada en la escalera. —Recordó el armarito de las llaves, en la garita del portero—. Y si no, quizá haya alguna solución... ¿Quedamos a medianoche?
Emily apoyó la propuesta, igual que Lorna, pese a la expresión de susto que la siguió toda la tarde.
Una vez que hubo acuerdo, bajaron a tomar el té.
El resto del día, cena incluida, permaneció en su dormitorio, tratando de no mirar el reloj; al menos, mientras su madre estuvo a su lado, bordando. Cuando, llegadas las diez, se retiró, le dio un beso en la frente.
—Que descanses, hija. Y no te preocupes. Vas a ser muy feliz, lo sé.
Ella también lo sabía. Iba a serlo porque iba a irse con Oliver. Se sintió un poco culpable por las mentiras, pero no era error suyo, sino de sus padres. En cuanto estuviera todo bien atado, les avisaría y trataría de retomar la relación. Con su madre no sería difícil; con su padre...
Las doncellas la prepararon para dormir y se metió en la cama. Esperó a que la casa quedara completamente en silencio.
En realidad, no era un silencio absoluto, eso era algo imposible en una casa grande y antigua como Caltrey House ni siquiera a horas tan tardías.
Pero daba igual, se conformaba con que todo el mundo se hubiese retirado a sus habitaciones, ya estuviera durmiendo o no.
Que no anduviera rondando por los pasillos, apagando lámparas o cerrando contraventanas.
Pasadas las once y media, Annabelle se levantó y se vistió.
Incluso se puso el abrigo y los botines antes de empezar a preparar sus cosas.
No había hecho nada antes porque no necesitaba demasiado.
Un vestido adecuado para viajar, otro de repuesto, ropa interior, algunas prendas más por si acaso; un poco de dinero, documentación... Lo imprescindible.
Y, por supuesto, no pensaba marcharse sin su arco. Por si acaso terminaba en África, enfrentándose al famoso león de la sabana.
Comprobó las flechas y, cuando el reloj marcó las doce menos cinco, se echó el carcaj al hombro, cogió su bolsa de viaje y salió del dormitorio.
Procuró ser muy sigilosa mientras bajaba, aunque oyó más de una vez cómo se quejaba alguna madera bajo sus pies.
Por suerte, no llegó a llamar la atención y nadie la detuvo.
Ni siquiera la puerta trasera que utilizó hizo demasiado ruido.
Annabelle salió al exterior y la recibió una brisa fresca y agradable.
Sentía una pena extraña: aquella había sido su casa —aunque a ratos sentía también como tal a Terrace House— y se iba como un ladrón en la noche.
Volvió a recordarse que ya solucionaría las cosas con sus padres. Tarde o temprano...
Eso esperaba, al menos.
Lorna y Emily la esperaban en el punto acordado, fuera de la verja principal. Joyce estaba en su pescante. El pobre tenía cara de cansado, pero sonrió.
—¿Todo listo? —preguntó Lorna en voz baja. Annabelle asintió. Su amiga la miró preocupada—. ¿Estás segura de lo que vas a hacer?
Annabelle se quedó pensativa un instante.
—No. Ni siquiera estoy segura de que vaya a salir bien.
Lorna soltó un suspiro.
—Eso es exactamente lo que una persona sensata quiere oír antes de ayudar a alguien a escapar de su casa.
Annabelle sonrió.
—Gracias por tu confianza.
Subieron al coche. En pocos minutos estaban en The Albany. Annabelle, Lorna y Emily estudiaron la entrada por la ventanilla.
—¿Qué hacemos? —preguntó Lorna.
Annabelle suspiró.
—Tenéis que distraer al portero.
—Vale, ya me imaginaba tanto como eso, pero ¿cómo?
—No sé... Pero os lo tenéis que llevar por el pasillo de la derecha. Debo tener tiempo para ir por la izquierda. Si veo que su llave está en el armarito, será que no ha vuelto, así que la cogeré y lo esperaré dentro.
—También podemos esperarlo aquí, si quieres —ofreció Lorna, aunque se la veía preocupada. Annabelle lo comprendía bien. Cada segundo fuera de Terrace House podía suponer que descubrieran la escapada y conducir al desastre.
—No, ni hablar, ya os he complicado demasiado. No puedo teneros aquí durante ni sé cuánto tiempo. Me conformo con que despistéis un par de minutos al portero. Luego, os vais.
—Muy bien. —Lorna la abrazó con fuerza—. Avísame con lo que sea, ¿vale?
—Descuida. —Oyeron un gemido. Emily estaba llorando. La atrajeron y la abrazaron también. A saber cuándo volverían a verse.
Luego, Lorna adoptó una expresión determinada. O casi.
—Vamos a ello, Emily.
—Sí, milady...
Fueron las dos delante y Annabelle se quedó a una distancia, cargada con sus cosas y escondida en las sombras. Vio cómo Lorna y Emily se dirigían con paso firme al portero, que las miró sorprendido.
—¿Señoritas? ¿Qué hacen aquí a estas horas? ¿Puedo ayudarlas en algo?
—Eso espero. Soy la señorita Kitty Proust. Mi hermano Chesterton se aloja aquí. Necesito verlo urgentemente.
El portero parpadeó.
—¿Chesterton Proust?
—El mismo. Es una urgencia.
—Desde luego. Pero me temo que aquí no se aloja ningún caballero con ese nombre.
—¿Qué me dice? Yo misma estuve en sus habitaciones cuando se instaló. —Lorna empezó a caminar hacia la derecha—. Estaban por aquí.
—¡Eh! —El portero salió de la garita—. Por favor, señorita, no puede pasar. Le aseguro que no hay nadie con ese nombre.
—¿Cómo que no? —Le lanzó una mirada entre la sospecha y la acusación directa—. ¿Dónde está mi hermano?
—¡Señorito Chester! —gritó Emily, casi llorando—. ¡Ay Dios, milady, que nos lo han secuestrado!
—Eso parece, pero no soy milady. Solo señorita.
—Oh, perdón, milady.
—¡Señoritas, por favor! —exclamaba el portero, tras ellas. Se oyeron protestas y sonido de puertas, gente a la que habían despertado y preguntaba enfadada qué estaba ocurriendo.
En cuanto desaparecieron por el pasillo, Annabelle salió de las sombras y se dirigió al pequeño armario donde sabía que se guardaban las llaves.
Estaba la de Oliver.
La cogió y corrió hacia el pasillo de la izquierda. Subió por escaleras y se movió por aquellos laberínticos corredores hasta llegar al sitio.
Estaba metiendo la llave en la cerradura cuando oyó un ruido dentro. Algo muy ligero, pero evidente. ¿Estaba ya Oliver? Pero... imposible, ella tenía la llave. ¿O quizá había más de una? No tenía ni idea.
Recordó lo que le había contado, que habían entrado de algún modo. Sacó una flecha del carcaj para tenerla a mano, preparó el arco y terminó de girar la llave en la cerradura.
Por suerte ni eso ni la puerta al abrirse hicieron ningún ruido.
Estaba siendo una noche muy silenciosa.