Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 17. Conociendo un poco más a mamá #3
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Capítulo 17. Conociendo un poco más a mamá #3

—Supongo que con la fecha puesta y habiendo establecido las cuestiones económicas, no hay ninguna pega.

—¿Fecha? Más allá de un «seis meses», a ella no le habían dicho nada.

Annabelle los miró a los tres. Ninguno le mantuvo la mirada—.

Tu madre y yo estaremos sentados en el porche tomando un té, no os alejéis.

No quiero perderos de vista ni un solo momento.

—Pero... —empezó Noailles.

—Vamos —dijo ella, y se puso en pie. Empezó a caminar decidida hacia la puerta.

—Pronto descubrirá por qué de pequeña la llamaban «la coronela». —Rio su padre, que había recuperado cierta cordialidad con el francés. Ya ninguno de los dos parecía recordar los gritos y los bastonazos.

En cualquier otro momento, habría reído la broma, porque había disfrutado mucho de aquellos tiempos de su infancia, pero Annabelle no tenía ganas de reír.

Ni siquiera miró hacia atrás. Salió al exterior, bajó la amplia escalinata de piedra blanca que conducía al jardín y se internó por sus senderos.

Segundos después, oyó los pasos de Noailles siguiéndola, aunque le costó. Era muy sigiloso. Se detuvo a esperarlo.

— Bon sang! —dijo él al verle la cara—. ¿Está enfadada conmigo, milady?

—¿No debería?

—No lo sé... —Noailles se detuvo a un par de pasos—. Creo que ya nos conocemos lo bastante bien como para que tenga claro que solo he actuado para ayudarla. Je vous assure , esa ha sido toda mi motivación.

—De eso ya no estoy tan segura. —Se cruzó de brazos y lo encaró—. Creo que está llevando este asunto más allá de todo lo admisible. No me voy a casar con usted, Noailles. ¿Lo tiene en cuenta?

Pasó un segundo. Pasaron dos. Media docena.

El corazón de Annabelle empezó a palpitar cada vez más rápido. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué seguía allí, mirándola inexpresivo?

—Yo... —Le oyó decir por fin. Se mostró apesadumbrado—. Ah, nom d’un chien! Lo siento, milady, pero me temo que no va a tener más remedio.

—¿Qué? —Abrió mucho los ojos—. ¿Es una broma?

—Jamás bromearía con algo así. Pero vamos a tener que dar el paso para poder salvar su reputación. —Su voz se volvió más suave, comprensiva—. Verá... contacté hace días con el señor Cartwright. Pensé que querría usted que lo hiciera, que desearía que le trajera noticias.

Annabelle se sobresaltó y tuvo un instante de alegría.

—Desde luego. Pero ¿qué...?

— Je crains que el señor Cartwright tiene por fin su financiación y va a marcharse a África en los próximos días.

—¿Qué?

—Lo lamento. No me ha explicado los detalles, solo que todos sabemos que su reputación, milady, solo se salvará casándose conmigo.

No es un mal hombre, el señor Cartwright.

Algo sombrío, pero interesante. Por eso, por su generosidad, me ha pedido que le diga que casarnos usted y yo es la mejor solución y que le desea toda la felicidad del mundo.

—Noailles adelantó un brazo y, con un dedo, apartó un rizo.

Annabelle recordó un momento así, con Oliver—.

Vous êtes adorable, Annabelle... —siguió el francés con una voz más aterciopelada.

Se diría que estaba más pensando en la posibilidad de besarla que en lo que estaba diciendo—. No se preocupe, todo se arreglará.

Ella no conseguía salir de su asombro.

—¿Oliver le ha dicho que me case con usted? —repitió—. ¿De verdad?

— Bien sûr! Sabe que puede confiar en mí.

Seguía y seguía hablando, pero ya no lo escuchaba. Estaba mintiendo. Noailles le estaba mintiendo. Oliver jamás podría haberle dicho eso porque sabía que ella no podía casarse con nadie.

Pero ¿por qué? ¿Por ella? ¿Por Oliver? ¿Por sus padres...?

En realidad, no le importaba. El conato de amistad que había sentido por él se estaba deshaciendo a toda velocidad, como un trozo de hielo al sol.

De pronto lo odiaba, la sola idea de seguir allí con él, en la penumbra del jardín, le resultaba insoportable.

Y qué decir del propósito de casarse con aquel hombre.

Si nunca le había parecido posible, ahora que sabía que le estaba mintiendo, que quizá le había mentido antes, preferiría morir antes que permitir que la tocara.

Tenía que irse. Se marcharía con Oliver, quisiera él o no, pero no pensaba quedarse allí. Su lugar estaba junto a su esposo.

—Volvamos —le dijo a Noailles con voz ahogada.

El francés la miró sorprendido.

—¿No quiere seguir paseando?

—No. Solo quiero irme.

—Milady... ¿Es por él? No se disguste. No la merece. Yo le prometo que haré lo que sea necesario para que no tarde en olvidarlo. Voy a convertirla en la reina de París, a rodearla de lujo y esplendor y...

No debía decir nada, no debía dejar salir la rabia y descubrirse ante él, no estaba segura de cómo podría utilizarlo ese hombre retorcido y falso.

Mejor que siguiera pensando que todo era por su decepción por culpa de Oliver.

Le dio la espalda, dispuesta a no volver a hablar jamás con él, y volvió a la mansión, acelerando más y más en cada paso, hasta que convertirlos en una carrera que solo terminó tras encerrarse en su dormitorio.

Cuando fue su madre con la doncella para ayudarla a desvestirse, no quiso hablar del asunto. Estaba demasiado noqueada por lo ocurrido. ¿Cómo podía haber sido tan tonta? ¡Se sentía tan ridícula, tan estúpida! Tenía la sensación de haber caído en una trampa de la manera más burda.

Pero esa conversación con Noailles, el haber detectado su mentira, lo había decidido todo.