Capítulo 17. Conociendo un poco más a mamá #2
—¡Es cierto! Si lo que dices es verdad, si os ayudó y ahora está dispuesto a casarse por salvar tu honor, mejor me lo pones.
Eso significa que es un gran hombre, alguien muy noble, y que está muy enamorado de ti, querida.
¿Te das cuenta? Y si un hombre te ama de verdad, puedes llegar a amarlo, por muchos defectos que tenga, te lo aseguro.
Es justo lo que me pasó a mí. Al final, no te lo voy a negar y me consta que lo sabes, hace ya tiempo que quiero a tu padre.
—¿Qué dices, mamá? No, en absoluto, yo no quiero ni voy a querer a Noailles. Además, da igual. Aunque fuera el mejor hombre del mundo. Yo amo a Oliver, siempre lo he amado. ¿Lo entiendes?
Lady Eve frunció el ceño.
—Entiendo que siempre has estado encaprichada con él. Maldigo el día en que te mandé a Terrace House las primeras vacaciones, y ese año casi completo que pasaste allí cuando llegó Juliet.
—¿Qué dices? ¡Helen y Lorna han sido un regalo! Son mis hermanas.
—Eso pensaba yo, pero ya no lo tengo tan claro.
Y que Oliver Cartwright viviera en esa casa es lo peor que nos ha podido pasar.
¡Qué locura has cometido por su culpa! Por suerte, monsieur de Noailles ha aparecido para solucionar tu situación y es lo bastante generoso como para primar su interés por ti sobre...
, bueno, la terrible locura que has cometido.
—Por más veces que lo repitas, no será cierto.
No ha sido una locura, ha sido una elección.
Y puedo asegurarte que no me casaré con ningún otro, porque...
—Iba a contarle que ya estaba casada, pero tuvo miedo.
¿Y si su padre hacía funcionar sus contactos y desaparecía toda evidencia de la boda?
Una página rasgada en un libro de registro, y solucionado.
¿Serviría solo con eso? No estaba segura.
Pensó en la J de Joyce, en la firma de Emily, en el modo en que sacaba la puntita de la lengua, centrada en el esfuerzo de hacerla lo más bonita posible tras ensayar toda la semana.
En el modo en que la miró Oliver, justo antes de firmar...
Todo aquello podría desaparecer. O no. Le daba auténtico miedo abrir esa puerta, sin conocer las consecuencias. Mejor preguntarle antes a Oliver qué era lo mejor. Además, era su secreto, de ambos. Romperlo por su cuenta, sin haberlo consultado, le parecía una deslealtad.
Claro que, para consultarlo, debía verlo...
Pero ¿cómo conseguirlo? ¡Por Dios, odiaba aquel encierro! No se le permitía salir si no era acompañada de sus padres, ni siquiera le habían permitido todavía ver a Noailles, qué decir de plantear un encuentro con Oliver.
Ver a Noailles... ¡Esa noche iba a ir a cenar!
Estaba tan obcecada en dejar claro que no se iba a casar con él que no había caído en la cuenta de que era su amigo, y que podría pedirle ayuda.
Quizá lograría pasarle una nota para Oliver, o incluso podía buscar el modo de organizar un encuentro. Era un francés muy astuto.
El reloj dio repentinamente las siete y media y su madre se sobresaltó.
—¡Qué tarde! ¡Apenas queda tiempo para prepararnos! Te mandaré las doncellas, date prisa. —Le dio un beso en la mejilla—. Por favor, compórtate. No llegues tarde. No hagas que tu padre se enfade todavía más.
Aquella noche, Noailles se presentó cargado de flores para las damas y con un elegante bastón de ébano para el coronel Sanders, en cuya empuñadura de plata había hecho grabar el lema de los Royal Dragoons en los que había servido: Spectemur agendo , «Seamos juzgados por nuestros actos».
—¿Es una indirecta? —gruñó el padre de Annabelle, aunque se notaba que le había encantado el regalo—. Porque le aseguro que no dudaré en usarlo para volver a juzgarlo a usted por los suyos.
— Bien sûr , milord! —replicó Noailles de buen humor—. Solo he procurado asegurarme de que la próxima vez tenga el bastón adecuado.
La conversación trascurrió de forma bastante fluida, aunque Annabelle tuvo la impresión de que Noailles intentaba evitarla. Quizá estaba avergonzado por lo ocurrido, o no quería arriesgar su pantomima frente a sus padres.
En cualquier caso, los ánimos estaban lo bastante tranquilos como para que Annabelle se atreviese a decir:
—Papá, mamá, ¿podemos monsieur de Noailles y yo dar un paseo por el jardín? Podéis vernos en la distancia.
Noailles agitó las manos en el aire.
— Oh, non, ma chère milady , sería mejor seguir las instrucciones de su padre. Yo entiendo que estamos cumpliendo una penitencia.
Annabelle lo miró desconcertada. ¿Por qué hacía eso? El francés se había mantenido distante toda la cena. Había evitado todos sus intentos de pedirle indicaciones por gestos, algo. Parecía empeñado en cumplir con su papel de pretendiente perfecto. Nada más.
—Oh, por favor... —insistió—. Quisiera charlar un momento con mi prometido. ¿Es tanto pedir?
Sus padres intercambiaron una mirada. Lady Eve pidió con un gesto que fuera comprensivo. Lord Caltrey carraspeó.