Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 17. Conociendo un poco más a mamá
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Capítulo 17. Conociendo un poco más a mamá

Conociendo un poco más a mamá

L os primeros días de encierro fueron terribles.

Annabelle se sentía prisionera en su propia casa.

De la mañana a la noche estaba acompañada por su madre y por alguna de las numerosas doncellas de Caltrey House, nunca sola —excepto en las horas de sueño, en las que permanecía bajo llave—, y las comidas las hizo también en su dormitorio, totalmente incomunicada.

Así fue hasta que, tal como le contó su madre, su padre y Noailles llegaron a un acuerdo satisfactorio sobre la dote y otros asuntos económicos.

—Monsieur de Noailles vendrá esta noche a cenar —le dijo lady Eve, mientras las doncellas entraban en tromba para prepararle el baño—. Así podréis hablar de la boda. Es un hombre encantador, seguro que escucha tus propuestas.

—Es una suerte que alguien lo haga.

Su madre ignoró la impertinencia.

—Hay que reconocer que está muy enamorado —siguió diciendo mientras estudiaba los vestidos de Annabelle que le iban mostrando las doncellas.

Apartó con un gesto uno de seda azul, desdeñó otro de terciopelo verde...

Acabó señalando uno en suaves tonos marfil que combinaban muy bien con el cabello y los ojos de su hija.

Aprobó los botines a juego—. Él quería una boda inmediata, en un par de meses como mucho, pero nos hemos opuesto por completo. Eso daría más pie a los rumores.

—Por supuesto.

—Necesitamos dar un poco de margen a lo ocurrido y evitar tanto escándalo.

—Lady Eve dudó entre varios collares y eligió las perlas.

También para los pendientes—. Por eso, la boda tendrá lugar en seis meses y nuestra estrategia va a ser negarlo todo, por completo.

Tú nunca fuiste por esa casa, nunca has tenido nada que ver con esa gente y, desde luego, nunca has tenido relaciones de ese tipo... íntimo con tu prometido.

—No es mi prometido.

—No seas testaruda, Annabelle —la riñó su madre, enfadada—.

No tienes más opciones ni las vas a tener.

Ahora mismo tu nombre corre de boca en boca por todos los salones de Londres.

Los únicos matrimonios a los que podrías acceder son los que pudiera pagar tu padre, con lo que no sería gran solución, porque sabes cómo es la gente, nos miraría todavía con más desprecio.

Monsieur de Noailles, sin embargo, era antes una opción maravillosa, por nobleza y fortuna; ahora, resulta un auténtico milagro.

El que crea esa fea historia pensará que te valora lo bastante como para, pese a todo, casarse contigo.

Y el que no... —Se encogió de hombros—. En todo caso intentaremos que todos piensen así, que fue un rumor malicioso.

—No me importa, nada. No me estás escuchando...

—Basta de niñerías, Annabelle. Os casaréis en seis meses.

Eso nos dará tiempo a organizar la ceremonia en condiciones y, si todo va bien, como no habrá evidencias del escándalo, la mayor parte de la alta sociedad comprenderá que lo que se cuenta por ahí no eran más que difamaciones de gente que nos odia.

—La miró inquieta—. Y si surgen problemas... problemas que obliguen a adelantarla...

—Si estoy encinta, quieres decir.

—Ni lo menciones. —Lady Eve se cubrió los oídos con las manos y cerró los ojos—.

Ni siquiera pienses en ello. No atraigas la mala suerte.

Pero, para el caso de que surjan problemas, hemos pensado decir que reclaman a Noailles desde Francia, de modo que os casaréis rápido y te irás con él.

—Sonrió con un gesto algo forzado—. No te preocupes, yo iré contigo al continente.

—No voy a casarme con él.

—Te he dicho que basta de niñerías. Estás así por tu mala cabeza, de modo que no te quejes ahora. Ponte en pie y desvístete. Date un baño y se te pasarán todos los males. —Su madre se dirigió hacia la puerta—. La cena es a las ocho, procura...

—¡No tenía la casa con Noailles! —le dijo, antes de pensar siquiera en contarlo. La actividad de las doncellas se detuvo bruscamente. Su madre se quedó paralizada en el sitio—. No es con él con quien tuve una aventura. Solo fue quien nos ayudó.

Su madre giró sobre sí misma y la miró. Tenía los ojos muy abiertos, como si estuvieran viendo algo espantoso.

—Annabelle...

—Tú sabes con quién estuve.

—Calla. —Lanzó una mirada a las doncellas, que dejaron todo de golpe y salieron apresuradamente del dormitorio.

Lady Eve comprobó el pasillo y luego la puerta, asegurándose de que estaba bien cerrada, y caminó hacia ella, bajando la voz—.

Si de verdad quieres a ese muchacho, calla la boca.

¿Estás loca? ¿Crees que siento antipatía por Oliver Cartwright?

No, en absoluto. Pero sé que en esto no tiene nada que hacer.

Tu padre jamás consentirá en vuestra relación.

—No puede impedirla. Soy mayor de edad.

—Y él es tu padre, un hombre muy poderoso y... —Lady Eve se frotó las manos, nerviosa—. Tú sabes que puede hacerle las cosas muy difíciles a Oliver.

—Si lo hace, no volveré a hablarle jamás.

—Annabelle...

—Lo digo muy en serio. Si lo perjudica de algún modo, perderá a su hija. Y tú también, mamá, por consentirlo.

Lady Eve la miró dolida.

—¿Y qué quieres que haga yo?

—No lo sé. ¿Algo? —Annabelle se puso en pie y se le enfrentó, soltando aquello que siempre la había carcomido por dentro—.

Siempre te has sometido a él. Padre toma las decisiones, en todo.

Nunca lo entendí. Ni siquiera el hecho de que te lleve más de diez años lo justifica.

Lady Beth y lady Deelright eligieron esposos que las respetaban y las consideraban de igual a igual.

¿Por qué tú no? Las tres erais amigas. Recibisteis la misma educación en Minstrel Valley.

¿Crees de verdad que eres una Dama Selecta?

Lady Eve captó el desprecio en su tono, enrojeció y apretó los labios. Durante un momento, Annabelle pensó que iba a irse, pero no. Volvió junto a ella, la tomó del brazo y la llevó al diván que tenía al pie de la cama, donde se sentó a su lado.

No parecía enfadada. Más bien triste.

—No, supongo que no lo soy —susurró—. Supongo que eso también lo perdí.

—¿Qué quieres decir?

Lady Eve le lanzó una mirada profunda.

—Ya eres una mujer, Annabelle, creo que podemos hablar de eso. —Dudó un momento, frotándose las manos—. Yo no lo elegí, cariño. Mi padre me casó con él. Fue un acuerdo... necesario.

Annabelle parpadeó.

—¿Un matrimonio de compromiso? —Su madre asintió—. Oh, mamá...

—No, no lo lamentes. No siempre ha sido fácil, bien lo sabes, pero en el fondo es un hombre cariñoso. Sabes que nos quiere, a las dos. Y nosotras lo queremos a él.

—No digo que no. Pero raramente te ha consultado una decisión, mamá. Tú y yo no somos más que... adornos de lord Caltrey. O soldados rasos a las órdenes del coronel Sanders, en su otra versión. Esta es su casa, no la tuya ni, mucho menos, la mía. Yo no quiero eso.

Lady Eve se miró los dedos.

—Yo tampoco lo quería.

—¿Entonces? ¿Qué es lo que ocurrió, mamá? ¿Cómo permitiste que te anulara, que todo llegara a este punto?

—Tú.

—¿Qué?

— Ocurriste tú —repitió su madre en un susurro—.

Me planteé muchas veces dejarlo, enfrentarme a él, luchar.

Yo era distinta entonces, más como Beth o como Juliet.

Más ilusionada, segura de que había algo solo para mí esperándome en el mundo.

Pese a todo, pese a sentirme... así, seguía teniendo fuerza.

Sus ojos brillaban. Annabelle sintió un miedo profundo. Su madre no lloraba, su madre nunca lloraba.

—Mamá...

—Pero entonces llegaste tú —siguió ella, como si no la hubiera oído—.

Creciste en mi interior y lo llenaste todo de amor.

Podría haberme divorciado, lo pensé una vez, incluso se lo planteé a tu padre cuando...

cuando conocí a alguien a quien amé mucho...

—Annabelle la miró boquiabierta. ¿Su madre había amado a otro hombre?

Estaba cada vez más asombrada—. Pero me lo dejó muy claro: podía irme, pero con las manos vacías.

Tú te quedarías aquí. Y no pude dejarte...

Tras esa declaración final, se hizo un silencio tan profundo que el tictac del reloj se volvió atronador.

—¿Quién era ese hombre? —musitó Annabelle, al cabo de unos momentos—. El que amaste...

Lady Eve se encogió de hombros.

—Ya no importa, querida. Murió hace muchos años...

—Oh, mamá... —Llevada por un impulso, la abrazó con fuerza—. Perdóname. No lo sabía.

—Por supuesto que no, querida.

Permanecieron unos segundos en silencio. Hacía mucho tiempo que no se sentían tan cerca la una de la otra. Desde que era muy niña. Lo echaba de menos.

—Solo quiero un hombre que me quiera y me considere una compañera, una igual, mamá —musitó Annabelle—. Alguien con quien caminar hombro con hombro, no a quien seguir sumisamente. Alguien como los esposos de tus amigas, o como Peter. O como Oliver.

Su madre hizo una mueca.

—Sí, por supuesto. No me cabe duda de que el señor Cartwright está deseando ser tu igual.

Annabelle se apartó bruscamente, de nuevo en guardia.

—No lo digas así. Oliver no es ningún advenedizo.

—Pero tampoco es tu igual. Y pretende serlo.

—Oh, cómo odio todo eso. ¿Qué culpa tiene Oliver de la posición en la que ha nacido en el mundo?

—No es una cuestión de culpas, querida, es que el mundo es como es.

En todo caso, el escándalo es con monsieur de Noailles, y es tu matrimonio con él lo que se está anunciando.

¿Sabes lo que ocurriría si ahora dejamos que cambies de opción?

¿Si de pronto se hace público que te casas con el nieto de un mayordomo?

Ella apretó los labios.

—Que dirían que papá le ha pagado para salvar el honor de su hija.

—Exactamente. Oliver Cartwright nunca ha sido una opción, y ahora lo es menos que nunca.

Y tú debes lealtad a tu familia. ¡Por favor, si eres una mujer afortunada!

Monsieur de Noailles es muy atractivo, de una familia excelente, muy rico, y parece justo la clase de hombre que buscas: galante, valeroso, hasta heroico...

—Oh, mamá...