Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 16. Me temo que es el escándalo equivocado #3
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Capítulo 16. Me temo que es el escándalo equivocado #3

—¡Noailles! ¿Qué pasa aquí? ¿Qué es lo que están conspirando ahí? —No contento con el primer zarandeo, lo cogió por la pechera—. Lo que han dicho esas mujeres es cierto, ¿verdad? Maldito canalla...

—¡Padre! —exclamó Annabelle, intentando interponerse. Su madre también trató de sujetar a su esposo. Lo hizo con la mayor discreción posible, pero cada vez había más gente pendiente de lo que estaba sucediendo.

—¡Caltrey! —exclamó lady Eve—. ¡Por favor! Nos están mirando.

—¿Y qué? En pocas horas el escándalo habrá llegado a cada rincón de Londres.

—Annabelle se cubrió el rostro con las manos.

¡Por Dios! ¡Todo Londres iba a pensar que era amante de Noailles!

¿Cómo podía haberse metido en tal lío?—.

¡Maldito canalla...! ¡Le he abierto las puertas de mi casa, le he ofrecido entrar en mi familia, y a cambio pone en entredicho la reputación de mi hija!

—Lo zarandeó con más fuerza todavía, pese a no tener mucha estabilidad.

No contento con eso, le dio un bastonazo—. ¡Debería retarlo a duelo!

—¡No digas locuras! —gimió su esposa—. ¡Y para ya, Caltrey, por favor! Vamos a una salita. Vamos... Por favor...

Lord Caltrey miró alrededor, enrojeció furiosamente al ver a los más cercanos, todos mirando y cuchicheando entre ellos, y entró un poco en razón.

Empujó a Noailles hacia la salida más cercana y, seguidos de lady Eve y Annabelle, abandonaron el salón de baile.

Avanzaron por un pasillo transitado por poca gente y se metieron en una habitación pequeña, con un sofá y un par de sillones frente a la chimenea.

Un par de cuadros, una estantería con libros y algunos objetos de adorno completaban su decoración.

—Y, ahora... —Annabelle vio horrorizada cómo su padre daba otro par de golpes a Noailles con su bastón—. ¡Más le vale tener una explicación en condiciones, maldito cabrón! ¡Si ya sabía yo que todos los franceses eran unos pervertidos!

—¡Ay! —El conde alzó las manos, como si se sometiera a un atracador que le apuntase con una pistola—. ¡Ay! ¡ Allons , milord, le juro por mi honor que mis intenciones siempre han sido las más nobles, las más puras e inefables...!

—¿Cómo se atreve a decirme eso, después de lo que ha hecho?

— Pardon! Yo... Solo puedo alegar que estoy tan enamorado de su hija que no vi otra forma de sobrellevar mis sentimientos.

Pero le juro que estoy dispuesto a cumplir con honor para solucionar del mejor modo esta situación.

Haré lo que digan, estoy dispuesto a casarme con ella en cuanto lo consideren oportuno.

—¡Deja de golpearlo, Caltrey! —pidió lady Eve—. ¡Por favor, te lo ruego! ¡Basta! ¡Seamos civilizados!

No fue buena idea. El iracundo coronel Sanders la apartó a un lado y descargó dos bastonazos más sobre el francés, que se protegió como pudo con los brazos.

—¡Seremos civilizados cuando yo lo diga!

—Su esposa se mordió los labios y guardó silencio mientras él apuntaba a Noailles con la punta del bastón bajo la barbilla, como si fuera una espada—.

Debería matarlo ahora mismo, pese a todas sus promesas de rectificación.

Al menos me quedaría la satisfacción de haberlo hecho.

—Oh, por Dios... —gimió lady Eve.

Hubo un momento de tenso silencio en el que Annabelle hasta llegó a pensar que quizá podría hacerlo, que podría matar a Noailles de un mal golpe en la garganta o algo así. Pero, por suerte, la tensión disminuyó poco a poco.

El coronel bajó el bastón. Miró a Annabelle.

—Niña egoísta e insensata. Ni siquiera entiendes la magnitud del daño que le has hecho a nuestro apellido. Pese a todo, aunque haya boda y todo se solucione del mejor modo posible, habrá comentarios.

—Pero...

—¡Cállate! No quiero volver a oír tu voz.

—Annabelle tragó saliva. El coronel Sanders se volvió hacia Noailles—.

Estoy seguro de que hablo en nombre de mi esposa cuando le digo que no podemos negar lo mucho que nos ha decepcionado, Noailles.

Nada de lo que haga restaurará nuestro buen nombre.

Del mismo modo, nada de lo que haga logrará que yo vuelva a considerarlo un amigo.

Noailles inclinó la cabeza.

— Oui . Lo comprendo, milord.

El coronel hizo una mueca. Su pierna mala tembló. Debía dolerle mucho.

—Iniciaré las gestiones de inmediato. Se casará con mi hija o lo mataré yo mismo, ¿está claro?

— Très bien , milord. Perfectamente claro.

—Bien. Nada de más salidas, nada de confianzas. Se acabó todo eso. Si quiere ver a mi hija, desde hoy hasta el día de la boda, será cuando yo diga y bajo mi estricta supervisión. Y llevaré una pistola, se lo advierto.

Noailles asintió.

—Lo entiendo, milord.

—Eso espero. Jamás voy a olvidar lo ocurrido. Pero si está dispuesto a corregir su comportamiento, estoy seguro de que podremos llegar a convivir. Ahora, a casa. —Miró a lady Eve y a su hija—. Las dos. De inmediato.

Trastabilló al dar un paso. La condesa fue a ayudarlo, pero él la apartó con un manotazo al aire y salió por sí mismo, aunque fuera cojeando de un modo alarmante. Ella se limitó a seguirlo. Annabelle también.

Desde el umbral echó un vistazo hacia atrás.

Solo, en medio de la salita, Noailles le dedicó una sonrisa.

No parecía un hombre derrotado.