Capítulo 16. Me temo que es el escándalo equivocado #2
—¿Qué ocurre aquí? —Para horror de Annabelle, el primero en llegar fue su padre. Iba seguido de su madre, que venía hablando con la amiga desaparecida, las dos con cara de escándalo—. ¿Qué tonterías están diciendo, señoras?
—Ha habido un error... —dijo la señora Gobbels.
—Eso parece —declaró la señora Merryweather con el ceño cada vez más fruncido—. Pero no por nuestra parte. ¿Nos vamos, señora Meade? Creo que ya he oído todo lo que me quedaba por oír en este mundo.
—De aquí no se va nadie hasta que me expliquen qué pasa —bramó lord Caltrey. Nunca había sido tanto el coronel Sanders—. Y por qué miran con censura a mi hija. ¿Cómo se atreven, señoras?
—Caltrey, baja el tono —pidió su esposa. Al final, iba a organizarse otro escándalo con la trifulca en el sitio.
—Mi esposo era abogado, milord —le dijo la señora Merryweather a lord Caltrey, y como era tan fornida, dio realmente miedo, no por sus palabras, sino por la posibilidad de un ataque con su abanico—.
De modo que, si pretende intimidarme, se equivoca de mujer.
Que le explique su hija el asunto. Es tan escandaloso que no quiero tener nada que...
—Su hija nos dijo que estaba casada —intervino la señora Meade—.
Que era la señora Helen Cartwright. Y tiene una casita alquilada en nuestra calle con este hombre.
—Señaló a Noailles con un dedo justiciero—.
¡Se ven allí, se hacen pasar por matrimonio!
¡Qué vergüenza! ¡Si la pobre señora Talbot levantase la cabeza... !
—Vámonos, señora Meade —dijo la otra.
Se alejaron, muy tiesas, del brazo. Con ellas se fueron las supuestas amigas de su madre, que las miraron con cierto desdén y algo de regocijo. Por supuesto, los rumores no tardarían en correr por todas partes, y con la peor intención.
Lord Caltrey tardó unos momentos en reaccionar. Entonces, los miró alternativamente con el ceño fruncido.
—¿Es cierto lo que han dicho?
Annabelle apretó los labios. Noailles suspiró.
— Oh, d’accord . Tendremos que admitirlo y asumir las consecuencias, chérie . —Se irguió cuan alto era—. Su hija y yo nos amamos. Tenemos una relación desde hace unas semanas. Y hemos alquilado una casita...
Annabelle lo miró con horror.
—¡Noailles! Pero ¿qué dice? ¡Eso no es cierto!
Por toda réplica, el francés la cogió con firmeza por el codo. Hizo un gesto a los desconcertados condes.
—Un momento, por favor. —Se llevó a Annabelle un par de metros, lo justo para hablar en susurros—. Es lo mejor, ¿no se da cuenta, ma petite ? Sea como sea se va a organizar un buen escándalo con este asunto y debemos proteger en lo posible al señor Cartwright...
—¿Protegerlo? —Annabelle lo miró asustada—. ¿Qué quiere decir?
—Cartwright es un gran hombre, pero un hombre sin título ni linaje.
Y, peor, un hombre pobre. Depende de su reputación para conseguir financiación para sus expediciones.
O, al menos, para que lo contraten. Ya tiene suficientes problemas, ¿cree que alguien querrá colaborar con él si llega a saberse que ha deshonrado a la hija de un conde?
—¡No me ha deshonrado!
—Es lo que dirán. Y lo sabe bien.
Annabelle apretó los labios. Sí, claro que lo sabía.
La alta sociedad no perdonaría jamás algo así.
A ella le harían mucho daño con sus rumores y su ostracismo, pero a él...
A él lo destrozarían. Los hombres que sufragaban las expediciones en las que trabajaban los cartógrafos como Oliver eran en buen número aristócratas o personas de gran fortuna, y muchos de ellos tenían hijas.
Nadie volvería a contratarlo y nadie le confiaría su dinero para una expedición.
Noailles observaba su rostro desde muy cerca. Seguramente vio que sus argumentos iban abriéndose paso, porque asintió con lentitud.
— Exactement , milady. Todo eso, por no hablar de lo que pueda hacer su padre. ¿O cree que no hará nada?
Ella lo miró inquieta.
—¿A qué se refiere?
—Su padre fue militar. ¿No se le ha pasado por la cabeza que lo rete a duelo? ¿A ese atrevido, petulante e imprudente nieto de un criado, que ha tenido la osadía de convertir a la hija del coronel Sanders en su amante? Le aseguro que querrá matarlo con sus propias manos.
—Él no haría eso.
—Al tiempo. Seguramente hasta me retará a duelo a mí antes de que abandonemos este sitio. ¿Qué se apuesta?
—Qué tontería. Sabe usted que tiene mal una rodilla.
—Eso no impedirá que dispare, solo que no acierte. O sí. ¿Quiere provocar una situación de esa gravedad? ¿Quiere ver cómo se matan el uno al otro?
Ella titubeó.
—No...
—Pues sígame el juego. Cuando hablemos con Cartwright, decidiremos qué hacer. Pero no lo lancemos a los cascos de los caballos antes de tenerlo claro. Ganemos tiempo hasta hablar con él.
—Pero...
No dio tiempo a más. Su padre se acercó enfadado y tiró de un brazo del francés, forzándolo a girarse en su dirección.