Capítulo 16. Me temo que es el escándalo equivocado
Me temo que es el escándalo equivocado
—O h, mirad, ahí llega monsieur de Noailles —dijo de pronto su padre.
Annabelle apenas lo oyó. Su voz venía de muy lejos, de más allá del barullo de la charla y la música. Antes, envuelta en aquel algodón luminoso de la felicidad, le había parecido hermoso, un sonido lleno de armonía: ya no. Ahora todo formaba parte del caos, del estruendo, del mundo que odiaba...
Respiró con dificultad, con la sensación de que iba a escindirse en dos en cualquier momento.
Su cuerpo estaba inmovilizado, clavado en aquel salón de baile y paralizado por la costumbre, por el deber estricto de comportarse como le habían enseñado; pero, en su interior, se sentía sacudida por una urgencia terrible que la impulsaba a romper con todo y ayudar a Oliver, de inmediato.
Quería salir corriendo tras él para poder consolarlo y darle fuerzas.
Pobre Oliver... Sabía cómo debía sentirse, estaría destrozado. Su gran idea, aquella iniciativa algo loca, pero que le ofrecía la esperanza de una oportunidad con la que poder romper por fin las trabas sociales que siempre le habían impuesto, se había ido al infierno.
—Cariño... —susurró su madre, aprovechando que su padre había ido a recibir a Noailles—. Reacciona. Vamos. No sé qué pasa, pero todo se arreglará.
Si ella supiera... Annabelle miró un momento más hacia el punto donde Oliver había desaparecido entre la multitud.
Quería seguirlo, pero sabía que no era prudente provocar una confrontación con su padre.
¿Y si luego Oliver lograba encontrar una solución y ella había provocado una ruptura? Mejor esperar.
Se giró hacia donde indicaba su madre, con un suspiro.
El conde francés se estaba disculpando con algunos invitados por su retraso y llegó por fin hasta ellos.
Estrechó con gran efusividad la mano de lord Caltrey y besó la mano de lady Eve, que lo recibió con una calidez que no había mostrado con Oliver.
Annabelle la odió por ello.
—Monsieur de Noailles, qué bien verlo por fin —dijo lady Eve. Quizá él se dio cuenta de la tensión que flotaba en el ambiente, porque pasó una mirada de la madre a la hija antes de inclinarse gallardo a besar sus manos.
—Miladies, merezco sus reproches y lamento mucho haber llegado tarde.
Dado que ustedes son ingleses y se preocupan tanto por la puntualidad, me gustaría poder alegar algo fascinante al respecto, como que he estado salvando a la humanidad de sí misma, o al menos a su encantadora reina, pero me temo que no ha habido nada tan heroico.
Simplemente, me quedé dormido. No tenía nada que hacer hasta la hora de la fiesta y tanto tedio me abruma.
Lady Eve rio algo más animada.
—No tiene importancia, monsieur. Pero precisamente estaba a punto de comentarle a Annabelle que me extrañaba su ausencia.
La otra noche, durante la cena, dijo que mi hija le debe un vals desde la boda de lady Helen y lord Peter.
Seguro que todos estamos de acuerdo en que esta noche sería la ocasión ideal de saldar deudas.
Annabelle abrió mucho los ojos. ¡Como si tuviera ninguna gana de bailar ni valses ni polcas!
—Mamá...
—Vamos, querida. No seas descortés.
Noailles sonrió.
—A mí me parece una idea estupenda. Lady Annabelle, ¿qué opina? ¿Bailamos por fin ese vals? Le aseguro, por si guarda alguna duda al respecto, que soy un bailarín excelente.
Ella titubeó un momento. Su padre, que seguramente había esperado mayor entusiasmo, la miró sorprendido; su madre, preocupada. Pero si Annabelle dijo lo que dijo no fue por ellos, sino porque se planteó que quizá Noailles pudiera echarles una mano.
—Será un placer, monsieur de Noailles.
Lord Caltrey miró a ambos con satisfacción.
—Vaya, vayan a bailar, mi hija también es una excelente bailarina. Y luego tomen champán y diviértanse, que son jóvenes.
—Desde luego. —La sonrisa de lady Eve resplandeció sobre Annabelle.
Le decía a su hija, sin palabras, que olvidara el percance con Oliver.
Que no había ocurrido nada malo y que debía aprovechar al máximo la situación y disfrutar de la noche y el champán en compañía del hombre adecuado—.
¡Y hacen una pareja estupenda! Creo que tienen muchas cosas en común de las que hablar.
Mi hija siempre disfruta de sus conversaciones, monsieur. Diviértanse.
Annabelle y Noailles se alejaron hacia la zona de baile. No hablaron hasta estar seguros de que no podrían oírles, ya dando vueltas por la pista. Al menos, eso fue en el caso de ella. Quizá el francés tuvo otras razones.
En cualquier caso, los dos empezaron a hacerlo justo a la vez.
—Es cierto que baila usted muy...
—Es horrible, lamento lo que ha...
Se miraron y él rio. Annabelle casi llegó a sonreír.
—Adelante —dijo Noailles—. Usted primero. Creo que lo necesita. Está muy pálida.
—No era nada, solo disculparme por el comportamiento de mis padres —le dijo Annabelle, abochornada—.
Lo siento. Tiene que entenderlo, tengo ya veintitrés años y temen que me quede solterona.
Han intentado emparejarme con muchos caballeros, pero no han tenido mayor éxito y cada vez están más desesperados.
—Y no saben que usted no ha querido ningún cortejo por causa del señor Cartwright, ¿no?
Annabelle apretó los labios.
—Mi padre, no. Mi madre lo sospecha, en realidad incluso lo sabe, pero no quiere aceptarlo.
La mayor parte del tiempo se lo pasa ignorando el asunto y el resto se dedica a presionarme para que no haga tonterías...
y así no me quede solterona. La posibilidad de que me case con Oliver le resulta completamente impensable.
—Ya lo imagino —replicó Noailles con amabilidad.
Tardó un poco en continuar, con expresión reflexiva—.
En cuanto a lo de quedarse solterona, no se preocupe.
Algo así solo podría ocurrir si se lo toma usted con mucho empeño.
Es demasiado hermosa e inteligente, milady, además de cariñosa y muy leal.
Yo... Puedo asegurarle que son virtudes que cualquier caballero, cualquier hombre, estaría deseando encontrar en la mujer que pueda convertirse en su esposa.
Ella agitó la cabeza, algo abrumada.
—Me ve usted con buenos ojos.
—Veo los suyos. —Noailles sonrió—. Con chispas doradas.
El vals terminó. Las otras parejas empezaron a dispersarse, pero ellos se quedaron mirándose.
Sí, de no haber existido Oliver, quizá hubiera podido enamorarse de ese hombre, cada vez lo tenía más claro.
Qué curiosa vida esa, qué mundo extraño, en el que el corazón podía encontrar cobijo en distintos lugares.
Pero ella ya tenía el suyo.
—Es usted un buen amigo, monsieur. —Algo titiló en las pupilas del conde francés. Quizá lamentaba ser tan buen amigo y no poder ser otra cosa. Annabelle tomó aire. Esperaba estar haciendo bien, porque iba a confiar plenamente en él—. Por eso quería comentarle un asunto, de Oliver, que...
—¡Señora Cartwright! —Se oyó una voz.
Sobresaltada, Annabelle se volvió justo a tiempo de ver llegar a una mujerona vestida de seda negra y perlas de mediana calidad, armada con un abanico horroroso que se extendía varios centímetros con plumas negras.
La reconoció al momento: era la que había conocido el día de su boda, en la puerta de la casita que tenían alquilada.
¿Merryweather? Sí, eso era, la señora Merryweather.
Y con ella iba la señora Meade, la esposa del médico —también de negro, pero sin perlas ni abanico—, además de un grupito de damas, dos de ellas buenas amigas de su madre, para su desdicha.
Y la miraban entre alarmadas y ansiosas, como si olieran un escándalo...
—¡Mi querida señora Cartwright, qué suerte haberla encontrado! —siguió diciendo la señora Merryweather—. Deje que le diga que está usted encantadora esta noche, niña.
—Aunque siempre va preciosa, la verdad —aportó la señora Meade—. Tiene usted muy buen gusto.
—Sí, la señora Meade y yo lo comentamos cada vez que la vemos entrar o salir del número siete. Siempre va impecable.
—¿Y este es su esposo? —La señora Meade miró a Noailles con cierta censura, como hacía siempre con todo y con todos—. ¿Cómo era? ¿ Villenuf ?
—¿Mi apellido? —preguntó Noailles, desconcertado—. Villeneuve.
—Eso he dicho. Joven, es muy negligente de su parte permitir que su esposa no use su apellido. ¿Qué van a pensar sus hijos, el día en que los tengan? ¡Menuda situación absurda!
—¿Perdone? —dijo Noailles, cada vez más confuso.
—Que su esposa debería llevar su apellido, señor, como Dios manda.
—No sé, señora Meade, yo no creo que Dios mande llevar apellidos franceses. —Rio la señora Merryweather—. Si le digo lo que pienso, creo que opina que siempre es mejor un buen apellido inglés.
La otra arqueó ambas cejas.
—Cierto. Pero estoy segura de que tiene una razón clara para permitir tal desatino, porque no me parece bien. Es...
—Les digo que no es la señora Cartwright ni la señora Villeneuve —protestó una de las amigas de su madre, lady Gobbels—. Es lady Annabelle Sanders, la hija del conde de Caltrey. Lady Annabelle, dígaselo, por favor. Y él es el conde de Noailles, un amigo de la familia que...
—¡Sí! —exclamó la señora Merryweather, victoriosa, con los ojos clavados en Annabelle—. ¡Eso es! ¡Lo sabía! ¡Claro que era una lady! ¡Y casada con un conde francés! ¡Oh, querida, qué honor que hayan venido a vivir a nuestra calle!
—Pero ¿qué dice? —dijo otra de las amigas de lady Eve. Lady Gobbels agitó la cabeza, escandalizada, y se fue. Annabelle empezó a temerse lo peor. Aunque... ¿podía haber algo peor?—. ¡Lady Annabelle no está casada!
—¿Que no está casada? —La señora Merryweather y la señora Meade intercambiaron una mirada. Luego la miraron a ella y, finalmente, a Noailles—. Eso no es posible.
—Se lo aseguro. Verdad, ¿milady?
—Eh... —Fue todo lo que pudo aportar Annabelle.
—No está casada —insistió la amiga de su madre.
La señora Merryweather frunció el ceño.
—Pero... Viven en el número siete...
—Espera... Dijo que se llamaba Helen. Helen Cartwright —recordó la señora Meade.