Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 15. Le corbeau ne chante qu’une fois El cuervo solo canta una vez #2
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Capítulo 15. Le corbeau ne chante qu’une fois El cuervo solo canta una vez #2

Mantuvieron la distancia adecuada y siguieron los pasos con naturalidad. No hicieron nada que pudiera considerarse impropio, a no ser que el mirarse fijamente a los ojos pudiera considerarse así.

El problema era que ninguno de los dos podía dejar de sonreír.

Se miraban y parecía bastarles ese contacto para recordar lo ocurrido unas horas antes y lo que ocurriría al día siguiente, lo que sucedería por siempre, mientras siguieran respirando.

Cada vez que sus ojos se encontraban, Annabelle sentía que una alegría absurda burbujeaba en sus venas, una emoción intensa que no conseguía ni quería ocultar.

Oliver parecía encontrarse en una situación muy parecida.

Fue un error.

Cuando terminó la pieza, estaba tan feliz, se sentía tan fuerte gracias a todo aquel amor que compartía con Oliver, que Annabelle pensó en proponerle seguir bailando, y seguir así toda la noche, sin importar lo que pudieran decir los rumores.

Pero apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento cuando vio aparecer a su madre.

Lady Eve se acercó con una expresión perfectamente serena. Una lástima que su sonrisa no alcanzase sus ojos.

—Milady... —la saludó Oliver con una reverencia impecable. Lady Eve apenas le dedicó una mirada con aquellos ojos serios.

—Annabelle... —Aquella sola palabra hubiera bastado para que su hija supiera que algo no iba bien. No por el nombre en sí, sino por el tono empleado—. Ven conmigo, por favor.

Annabelle miró a Oliver. Él permanecía quieto e inexpresivo, pero lo conocía lo suficiente para saber lo mortificado que se sentía por aquel desprecio.

—Voy en seguida, mamá —se atrevió a decir, tratando de disimular lo furiosa que se sentía con ella.

¿Cómo osaba tratar así a un hombre tan bueno y tan noble como Oliver?

Ninguno de sus títulos, ninguno de sus nobles amigos, toda la ralea de aristócratas que llenaban en esos momentos el Salón Selecto le llegaban a la suela del zapato—. En unos minutos.

—No. Despídete ya, por favor —replicó lady Eve, intransigente—. Seguro que el señor Cartwright tiene asuntos propios que tratar en esta fiesta. Asuntos muy importantes que no tienen nada que ver contigo.

—Pero...

Nada, imposible. Lady Eve ya había comenzado a alejarse. Annabelle no tuvo más remedio que despedirse con una mirada de Oliver. Él seguía en el mismo sitio, inmóvil e inexpresivo, perdida toda alegría.

Annabelle se detuvo.

—No —dijo, rotunda.

No pensaba irse. No iba a dejarlo allí, solo y despreciado.

Su madre notó en su tono que no iba a salirse con la suya. Se volvió y la miró, entre el enfado y el desconcierto.

De pronto, de entre un grupo de eruditos barbudos que discutían en corro, apareció su padre con una copa de champán en la mano. Ese día no debía dolerle mucho la rodilla, porque parecía estar de buen humor.

—Oh, querida, qué bien que estás aquí —le dijo a su esposa, mientras le daba la copa. Y a ella le acarició la mejilla. Annabelle le sonrió. Su padre era un hombre dominante y estricto en las formas, pero cariñoso en el fondo—. ¿Dónde os habíais metido?

—Perdona, Caltrey, estábamos charlando de moda —replicó lady Eve. De pronto se mostraba algo nerviosa, y se sobresaltó más cuando lord Caltrey vio a Oliver.

—¡Ah! ¡El joven Cartwright! —Le tendió la mano, que Oliver estrechó al momento—. Me alegra mucho volver a verlo.

—Lo mismo digo, milord.

—Hace tiempo que quería preguntarle por sus viajes, ¿verdad, querida? —preguntó a su esposa, que se limitó a sonreír en respuesta—. He oído algunas cosas bastante interesantes sobre su trabajo en África.

—Desde luego. Estaré encantado de hablarle de ello.

—Tiene que venir a almorzar o, mejor incluso, a cenar un día a Caltrey House, porque la charla será larga.

—Rio con buen humor—. Yo pasé bastante tiempo en África, como sin duda sabe, aunque más al sur.

Me encantará saber cuánto tiempo ha pasado en el Congo y qué dificultades ha encontrado.

¡Yo recuerdo muchas! En África aprende uno muy pronto que un mapa puede ser una cosa, y el terreno, otra muy distinta.

Claro que para eso va usted allí, ¿no? Para ordenarlo todo como es debido.

—Así es, milord —replicó Oliver educadamente.

—Bien, bien... Debe de ser un trabajo extraordinario —comentó el conde—. Supongo que hace falta una enorme preparación.

Oliver intercambió una mirada discreta con Annabelle.

—Y bastante paciencia —dijo, por decir algo. Ella estuvo a punto de echarse a reír. Su padre sí que soltó una pequeña risa.

—Eso siempre es útil. Me gustaría conocer alguno de sus mapas algún día. Siempre me han interesado esas cosas.

—Será un placer enseñárselos.

—Por cierto, ¿cuándo piensa regresar a África?

—Dentro de poco. Unos días, unas semanas...

—¿Tan pronto?

—Hay trabajo que terminar. Y debo reunir financiación.

El conde asintió con cierta admiración.

—Eso sí que es tener vocación. Y dígame, ¿qué hay de cierto en eso de que los belgas han encontrado diamantes?

Annabelle sufrió un sobresalto. Oliver palideció a ojos vistas.

—¿Perdón? —dijo, con voz ahogada.

—Sí, ¿no se ha enterado? Pronto se hará público, pero ya se sabe en los corrillos que se ha confirmado que aquella piedra encontrada por una empresa belga hace un par de años era en realidad un diamante de buen tamaño.

Al parecer, eso abre excelentes perspectivas sobre la posibilidad de que haya un buen yacimiento en el Congo y...

Se interrumpió al ver que Oliver se ponía en marcha hacia la salida. Hizo unas reverencias en general y lanzó una mirada de entendimiento a Annabelle con la mayor cautela posible.

—Perdón, milord, debo comprobar esa información. Gracias por todo. Me alegro de haberlo visto. Miladies...

Annabelle lo vio alejarse a buen paso. Tuvo que hacer un esfuerzo increíble para no salir corriendo tras él.

—Qué gente más excéntrica, estos... exploradores —comentó su padre, sorprendido—. Aunque supongo que no se puede pedir mucha más educación. Cartwright tiene por momentos maneras de caballero, pero es un criado, al fin y al cabo; y luego se ha pasado años en la jungla, en estado salvaje.

Annabelle vio por el rabillo del ojo cómo su madre la miraba preocupada. Lady Eve intentó cogerle una mano en apoyo, pero ella se apartó. No podía soportar la idea de que la tocaran.

Todo su mundo se estaba derrumbando. Si el asunto de los diamantes se había frustrado antes de empezar, ¿qué haría Oliver? ¿Seguiría queriendo irse, aunque fuera sin esa pequeña esperanza de un triunfo cercano?

¿Y qué sería de ella, en ese caso?