Capítulo 15. Le corbeau ne chante qu’une fois El cuervo solo canta una vez
Le corbeau ne chante qu’une fois: El cuervo solo canta una vez
L a noche de bodas fue maravillosa. Quizá por eso, volver a la rutina, con su secreto, resultó especialmente difícil.
—¿Qué tal en Minstrel Valley, querida? —le preguntó su madre, al día siguiente, nada más entrar en Caltrey House.
—Muy bien, mamá —replicó ella tratando de simular normalidad, algo que le resultaba muy difícil, con el corazón al galope en su pecho.
Intercambiaron sendos besos y su madre la estrechó con cariño.
—Espero que le dieras recuerdos de mi parte a la señorita Lypton —le dijo.
—Por supuesto... —replicó, intentando mantener el aplomo. Odiaba mentir, pero se recordó que no le quedaba otro remedio—. Anoche estuvimos charlando hasta tarde. Voy a descansar un poco.
—Bien. Por cierto —la oyó añadir, cuando ya empezaba a subir la escalera—, esta noche viene a cenar monsieur de Noailles.
—¿Otra vez? —se le escapó, girándose. Su madre la miró sorprendida.
—Yo... Sales mucho con él últimamente. Pensé que estabas contenta con la situación, y que podíamos contar con el cortejo en firme.
—Sí, bueno... claro.
Volvió a darle la espalda y subió todo lo deprisa que podía hacerlo una dama sin llamar demasiado la atención. ¿Por qué se alteraba? Mejor que pensaran que la estaba cortejando Noailles a que empezaran a buscarle otra pareja, ¿no? Qué infierno era todo aquel asunto.
Unos días después, Annabelle acudió con sus padres a The Source Soirée, la gran velada benéfica anual de la Royal Society of Arts, Letters and Science, que ese año se celebraba en el elegante Salón Selecto, muy vinculado a la Escuela de Señoritas de lady Acton de Minstrel Valley.
A diferencia de lo que le ocurría con otros eventos, iba contenta porque esperaba encontrar allí a muchas viejas amigas de la escuela y, por supuesto, a Oliver.
La llamaban The Source Soirée porque, según los miembros de la sociedad, todo conocimiento nacía de una misma fuente; aquella noche, cada año, se reunían con el mayor esplendor de la sociedad londinense para asegurarse de que nunca se secara.
Era, en definitiva, una fiesta situada entre lo opulento y lo formativo, pensada para establecer contactos entre diversas ramas culturales, pero, sobre todo, para la recaudación de fondos destinados a toda clase de proyectos, entre los que estaban incluidos varios de la Royal Geographical Society.
Por eso, cuando Oliver recibió una invitación, ambos se alegraron. Iban a coincidir allí y ese día se verían dos veces: en la casita y, luego, en la fiesta. Todo un lujo.
The Source Soirée era una de esas reuniones en las que Annabelle estaba acostumbrada a desenvolverse con facilidad.
Había música, conversaciones eruditas o sociales que se mezclaban unas con otras y grupos de invitados que iban moviéndose ociosamente de sala en sala para saludar al mayor número de conocidos posible.
Las damas, por lo general —solo unas pocas mantenían conversaciones de otro tipo en grupos de varones que las aceptaban con condescendencia—, formaban corrillos en los que se hablaba de los vestidos más elegantes o de las novedades románticas de la temporada, y los caballeros se repartían entre quienes hablaban de política, quienes discutían sobre negocios y quienes parecían mucho más interesados en saber quién había ido acompañado de quién.
Oliver llegó poco después que Annabelle. En cuanto entró en el salón, ella advirtió que varias jóvenes volvían discretamente la mirada hacia él, y no pudo evitar sentirse orgullosa. Era su marido, el hombre que la amaba, y resultaba evidente que no pasaba desapercibido.
Esa noche vestía un traje oscuro absolutamente impecable, con una camisa blanca y una corbata de seda anudada de aquel modo moderno y elegante que le había enseñado ella.
El excelente corte del traje marcaba sus hombros y su figura esbelta, y llevaba el cabello peinado a la perfección, aunque los mechones rebeldes de siempre parecían empeñados en recordarle al mundo que aquel hombre estaba mucho más acostumbrado a los caminos de África que a los salones de Londres.
Annabelle lo contempló durante unos segundos, satisfecha. Sí, Oliver Cartwright estaba muy atractivo aquella noche. Y, por alguna razón que no quiso analizar demasiado, le agradaba comprobar que las demás damas presentes en aquella fiesta tan selecta también lo habían descubierto.
Se encontraron en las mesas para refrigerio y él se ofreció gentil a servirle una copa, como hubiera hecho con cualquier otra dama.
Se sonrieron y Annabelle pensó que resultaba difícil comportarse como si aquella tarde no hubieran estado tres horas haciendo el amor y tomando té con pastas en la cama.
Oliver se inclinó ligeramente hacia ella.
—Esto es un infierno. —Así que le estaba pasando lo mismo—. Toda esa gente por aquí rondando, hablando de cosas muy científicas y muy serias, y yo solo soy capaz de pensar que estoy deseando besarte y quitarte la ropa.
—¡Oliver! —exclamó ella escandalizada. Miró alrededor. No, nadie más que ella lo había oído.
—¿Qué? Es la pura verdad... —Chocó su copa de champán con la de ella con un tintineo casi inaudible en medio del barullo de conversaciones y música—. Eres mi esposa y no puedo tocarte. Eso me vuelve loco. No sé si ha sido tan buena idea lo de casarnos en secreto.
Annabelle lo miró, divertida.
—Esta tarde no decías eso.
—Tú tampoco.
—No soy yo la que se arrepiente de nada, amado esposo.
—No me arrepiento. Pero estás bellísima y me queman tanto los dedos que creo que el champán va a entrar en ebullición.
Ella rio.
—Pues será mejor que no ocurra, esto está lleno de científicos que querrían estudiar de inmediato el fenómeno. —Se inclinó hacia él para añadir, con tono insinuante—: Tendrás que esperar a mañana.
—Ya... —Oliver se quedó unos instantes en silencio—. Ahora en serio, tengo algo que contarte.
Aquello hizo que Annabelle dejara de sonreír.
—Eso no suena demasiado bien.
Era la financiación, seguro. Había conseguido el dichoso dinero y se marchaba.
Y pasaría otra vez años sin verlo, eso para el caso de que la vida fuera amable con ellos y no murieran, él en la jungla —bueno, en la sabana, comido por ese odioso león que ya no podía olvidar— o ella en el sofisticado Londres.
—No, ciertamente. —Oliver contempló su copa y suspiró—. Estoy casi convencido de que han entrado en mis habitaciones.
—¿Que han entrado? ¿A robar, quieres decir?
—De eso no estoy seguro. En realidad, no he echado nada en falta, y eso que guardo una buena cantidad de libras en uno de los armarios, sin mayor seguridad. No han tocado el dinero, pero han revisado mis papeles. Mis documentos, mis mapas...
—¿Estás seguro?
Lo vio vacilar.
—Casi. Verás, cuando trabajo, tengo ciertas costumbres adquiridas con los años.
No necesito recordar dónde he colocado cada dato porque los ordeno siempre de una manera concreta, según el territorio, la fecha y el origen de la información.
Esta mañana he encontrado uno de los mapas ligeramente desplazado y una hoja colocada debajo de otra que debía estar encima.
Y es la segunda vez que me ocurre, como poco.
Hace un par de semanas me di cuenta también de algo así.
Es muy posible que haya habido más registros sin que yo me haya percatado.
Annabelle frunció ligeramente el ceño.
—¿Podrías haberte equivocado tú? —sugirió, como posible explicación.
Él asintió.
—Podría.
—Y, sin embargo, no lo crees.
Oliver negó con la cabeza.
—No. Más bien creo que alguien ha estado buscando algo. Alguien que ha sido muy cuidadoso, pero al que se le han escapado un par de detalles.
Annabelle lo miró con atención.
—¿Y crees que está relacionado con los diamantes?
Oliver se encogió de hombros.
—Es la conclusión más lógica. Es lo único de valor que tengo, y lo sabe demasiada gente.
Ella asintió, pensativa. Permanecieron un par de minutos en silencio, cada cual en sus reflexiones.
— Le corbeau ne chante qu’une fois —murmuró Annabelle, recordando otros tiempos.
—El cuervo solo canta una vez —tradujo Oliver, con una sonrisa que bailaba en las comisuras de sus labios.
Aquella frase se había convertido en el santo y seña de su grupo de agentes de la Corona, el Ministerio del Cuervo Silencioso.
Él llegó a la conclusión esperada—. ¿Crees que es un caso de espionaje? ¿Por los diamantes?
—Helen te hubiera dicho que sí.
—Ya. —Agitó la cabeza—. La quiero mucho, pero está un poco loca.
—¡Oliver! —protestó ella siguiendo la broma—. De eso nada. No te metas con mi amiga o pediré el divorcio. Y ella es mi abogada, te lo advierto.
Él se echó a reír.
—Lo tendré en cuenta. —La orquesta del Salón Selecto empezó a tocar las notas de un vals.
Oliver le quitó la copa con delicadeza, la dejó a un lado junto con la suya y le ofreció la mano—.
¿Bailas conmigo, milady? —preguntó. Annabelle dudó apenas un instante antes de aceptarla sonriente.
Juntos fueron hacia la pista y se unieron a las parejas que ya habían empezado a girar.
—Veo que sigues siendo un excelente bailarín —le dijo Annabelle.
Oliver sonrió.
—Tuve las mejores maestras.
Eso no era totalmente cierto, pero Annabelle lanzó una carcajada al recordar las veces que Helen, Lorna y ella lo habían utilizado para ensayar los distintos bailes, en los tiempos en que soñaban con su primera temporada. A él y a Peter, cuando apareció en sus vidas.
—No creo que aprendieras mucho de Helen.
—No —reconoció él con sencillez—. Y no puedes divorciarte de mí por eso, ella hubiera respondido lo mismo.
Ambos rieron y se dejaron llevar por la música y el momento.
Oliver apretó con discreción la mano con la que la sujetaba por la cintura, y ella sintió que le ardía la piel en esa zona.
En respuesta, hizo más presión con la mano que sostenía la de él, un gesto delicado pero que dejó claro de algún modo que estaban entrelazados, unidos para siempre.