Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 14. Se avecina un escándalo #3
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Capítulo 14. Se avecina un escándalo #3

—Y la señora Margaret Merryweather, viuda de un abogado muy conocido en Londres. Es la propietaria de la casa azul, justo frente a la de la señora Meade, cruzando la calle.

—Mucho gusto —dijo Annabelle, sintiendo que le temblaban las rodillas.

La señora Merryweather —la que le sonaba de haberla visto en algún lado— se quedó mirándola durante un segundo más de lo necesario.

—¿No nos conocemos, señora Cartwright?

—¿Conocernos? —Annabelle trató de parecer sorprendida—. No... no lo creo. —Sonrió, procurando controlar su expresión.

—¿Seguro? No sé, yo diría que sí. —La señora Merryweather frunció ligeramente el ceño—. Aunque quizá me equivoque. ¿No es usted lady...?

Annabelle lanzó una carcajada que cortó limpiamente la frase de la otra.

—¡Lady! Por Dios, qué más quisiera yo que ser noble. Pero solo soy la señora Cartwright, y desde hace muy poquito.

—¿Es usted recién casada? —La señora Meade sonrió con repentina ternura—. Mi esposo puede atenderla. Tiene mucha experiencia tratando a las damas y trayendo niños al mundo. ¡Y le puedo asegurar que no encontrará hombre más atento en toda Inglaterra!

—Oh... —dijo Annabelle ruborizándose—. Muchas gracias una vez más. Lo tendré en cuenta.

—Pues se parece sorprendentemente a alguien que conozco —insistió la señora Merryweather.

Como el perrito pataleaba inquieto, harto de sentirse aplastado contra su pecho generoso, lo dejó en el suelo, aunque sujeto por la correa—.

Pero lo cierto es que no es la primera vez que me pasa, no voy a negarlo.

Supongo que la edad se cobra su tributo.

—Yo diría que más bien se debe a su innegable éxito social, querida amiga —corrigió la señora Meade—. ¡Bien sabe Dios que conoce usted a demasiada gente en esta ciudad enome!

La señora Merryweather asintió con firmeza.

—Es cierto, señora Meade. Suelo acudir de vez en cuando a alguna cena o recepción, invitada por amigos de mi difunto esposo —le explicó a Annabelle, pese a que ella no había preguntado al respecto—, y es fácil acabar reconociendo caras sin llegar a conocer a las personas.

No había nada especialmente hostil en su tono, pero sí aquella curiosidad que Annabelle empezaba a reconocer demasiado bien. Debía irse cuanto antes o el asunto podía complicarse.

—Me pasa también, no se preocupe —atinó a decir.

—Es que la señora Meade tiene razón, Londres está lleno de gente —comentó la señora Collins.

Entonces el perrito volvió a ladrar —bendito fuera—, como si considerase que la conversación estaba durando demasiado, y su dueña tiró suavemente de la correa.

—Bueno, no queremos entretenerla, señora Cartwright. Seguro que tendrá muchas cosas que hacer.

—Desde luego. Buenas...

—Aunque —añadió la señora Meade, echando un vistazo a la fachada—, ahora que lo pienso, ¿no había alquilado la casa un francés?

—¡Es cierto! —afirmó la señora Collins y la miró sorprendida—. No había caído en ello. ¿Su esposo se apellida Cartwright?

Annabelle notó que se le helaba la sonrisa.

—No, no... —Se le escapó la risilla de cuando estaba nerviosa.

Las tres mujeres la observaban con intriga—.

Mi marido se apellida... —Buscó y lo primero que se le ocurrió fue el apellido de Noailles—.

Villeneuve. Pero es que he decidido quedarme con mi nombre de soltera.

Por... por mi padre. No le gustan los franceses.

—Ah. —Las tres mujeres intercambiaron una mirada. Fue un gesto breve. Apenas duró un instante—. No sé... Aunque sea por complacer a su padre, no me parece bien hacerle ese feo a su marido —dijo la señora Meade, con algo de censura.

—Pues a mí sí. Eso dice mucho de usted como hija, y es muy valiente por su parte —aprobó la señora Collins.

La señora Meade siguió mostrando disconformidad.

—Pero ¿qué ocurrirá cuando tengan hijos? ¿Qué sinsentido es ese en el que el padre tiene un apellido y la madre otro, como si fueran de familias distintas?

—Así lo hacen en el continente, tengo entendido —alegó la señora Collins—. Y que yo sepa, no han caído en la barbarie.

—Esa, señora Collins, es una opinión que no compartimos para nada en mi casa. Mi esposo dice que por eso el continente está cada vez más aislado. Al final, todo lo volverán a cubrir esas selvas africanas que tienen y se volverán salvajes, como cuando empezaron.

—¡Qué cosas dice! —Rio la señora Collins.

Parecían capaces de seguir con aquella absurda discusión toda la semana, incluso todo el mes, de darse el caso.

Mientras, la señora Merryweather seguía mirándola con fijeza.

Annabelle carraspeó. Era el momento de escapar, antes de meter la pata más todavía.

—Encantada de conocerlas, señoras. Perdón, tengo unas pastas en el horno. Buenas tardes a todas —dijo rápidamente. Cerró la puerta antes de que pudieran añadir una sola palabra y se quedó apoyada contra ella, respirando hondo—. Oh, Dios mío... Oh, Dios mío...

Oliver se asomó por la puerta de la salita con expresión preocupada.

—¿Qué ha ocurrido?

—Que creo que acabo de convertirme en la señora Cartwright delante de tres de las personas menos convenientes de todo Londres.