Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 14. Se avecina un escándalo #2
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Capítulo 14. Se avecina un escándalo #2

La idea la llenó de felicidad, de orgullo.

Abrió con su llave y fue al saloncito. Supo al momento que Noailles había estado allí, porque había dejado sobre la mesita de la sala una caja envuelta en un papel muy bonito, de una pastelería francesa, con una tarjeta, según su costumbre.

Al lado, había una pluma. Se la habría dejado olvidada, tras escribir la nota.

Aunque solo lo veía en fiestas, en cenas en Caltrey House o en algún que otro evento al que acudía con sus padres, el francés solía pasarse por la casita, sobre todo por las mañanas, para dejar algo en la cocina, en la fresquera, o en la bodega. Era un hombre tan amable...

Annabelle había estado tentada de invitarlo a la boda, pero ni siquiera había llegado a proponérselo a Oliver.

Sabía que se negaría. Desde lo de su amigo de la Royal Geographical Society, el que difundió la historia de los diamantes, estaba muy susceptible con los secretos.

Además, ella misma reconocía que era mejor no extender la noticia más de lo necesario.

Ese día, la tarjeta decía:

Lady Annabelle:

Me he permitido traerles unos marrons glacés . Acaban de llegarme de París y he pensado que quizá les gustarían.

También les dejo un té nuevo que me han enviado, dicen que es exquisito. Está en la lata de siempre, en la cocina.

Bon appétit.

Noailles

Oyó el sonido de la puerta trasera y miró hacia el pasillo, por donde no tardó en entrar Oliver. Él sonrió y miró la nota.

—¿Qué es eso? ¿Otro detalle de monsieur de Noailles?

—Sí. Marrons glacés y té. Dice que es exquisito.

—Y seguro que es verdad. Ese hombre es un auténtico sibarita.

—Sí... —Le sonrió, dejando caer la nota sobre la caja. No tenía ningún hambre ni la tentaban los dulces. Al menos, no en ese momento—. Ya está.

Él se dio cuenta de a qué se refería y le devolvió la sonrisa.

—Ya está.

Annabelle soltó una pequeña carcajada.

—Ahora eres mi marido.

—Y tú mi esposa.

Le tendió la mano y la atrajo cuando Annabelle la tomó, y se fundieron en un abrazo que parecía el final perfecto para aquel largo y arduo camino que habían recorrido hasta llegar a ese momento.

Mientras se besaban —¡su marido, qué maravilla, estaba besando a Oliver, que era su marido, por fin!

—, Annabelle pensó que no tenían ninguna razón real para estar tan felices después de una ceremonia tan sencilla y tan secreta.

Que todavía estaba todo como cogido con pinzas, y les quedaba por delante una etapa muy dura, con una larga separación.

Y si estaba ya encinta, teniendo que pasar por un escándalo que podría resolver en cierta manera, al demostrar que estaba casada, pero que no dejaría de dejarle muchos sinsabores, sobre todo con sus padres.

Pero tal vez precisamente por eso estaban, felices. Habían conseguido aquello que durante tanto tiempo les había parecido imposible y, por primera vez, no tenían que preguntarse si iban a poder estar juntos.

Y tenían toda una noche por delante. Su primera noche.

—¿Quieres que prepare té, esposo? —le preguntó a Oliver. Él rio.

—No, seré yo quien lo haga. Soy un hombre moderno.

—Eso me gusta. Yo iré a...

El sonido del llamador los sobresaltó. Los dos miraron hacia el pasillo, como si pudiesen ver la puerta de la calle desde allí.

—¿Será Noailles? —preguntó Oliver.

—No, seguro que él tiene llave. Además, imagino que seguirá usando la puerta trasera, como tú.

—Cierto... —Volvieron a llamar—. Abre tú. Si alguien te ha visto, que no sepan que estás aquí con un hombre.

Annabelle asintió, se arregló la ropa, se retocó el cabello y fue a abrir.

En la entrada esperaba una mujer de mediana edad. Sonreía con amplitud.

—Querida, disculpe. Soy la señora Collins, la vecina de al lado. Su marido vino esta mañana a pedirme una pluma, para escribir un poema, al parecer.

—¿Mi marido?

Annabelle se quedó atónita.

—¿Mi marido?

—Sí, bueno, lo supuse. Un hombre moreno, alto, de ojos verdes, que se describió a sí mismo como «tremendamente guapo y muy francés».

Vino de aquí, así que supongo que es su esposo, querida.

—La mujer rio, ruborizada—. Deje que le diga que tiene usted mucha suerte, es un hombre encantador.

Por eso le dejé la pluma buena de mi difunto Bernard, ¿sabe?

Pero se le debe haber olvidado devolvérmela. Antes me pasé, pero no había nadie...

Annabelle recordó la pluma que había visto sobre la mesa, junto a la nota de Noailles. Debió de buscar algo con lo que escribir y, al parecer, al no encontrarlo en la casa, no se le había ocurrido mejor idea que irse a pedirle una pluma a la vecina más próxima.

Pero ¿cómo se le había ocurrido a ese hombre? Había roto la norma de usar la puerta de atrás, la que él mismo había propuesto... Y todo por querer dejarle aquellas pocas frases, qué atolondrado. ¡Muy propio de Noailles! Eso, y también el que luego se le hubiese olvidado devolver la pluma.

Se reiría de no ser porque le molestaba tener tanto trato con nadie, en una casita en la que, se suponía, iban a estar discretamente, sin llamar la atención. Menudo inconveniente.

Daba igual. Mejor no darle más importancia de la que tenía.

—Oh, sí, desde luego —replicó—. Un momento.

Cerró la puerta y volvió a la salita. Cogió la pluma mientras intercambiaba una mirada de circunstancias con Oliver, que estaba en el umbral del pasillo que llevaba a la cocina. Por si tenía que escapar corriendo por su salida trasera, supuso.

—Se irá enseguida, no te preocupes —le susurró.

Oliver asintió, aunque estaba evidentemente preocupado. Annabelle volvió a la puerta de la calle decidida a deshacerse cuanto antes de la señora Collins.

La vecina estaba en el mismo sitio y casi en la misma postura, como si no hubiera pasado el tiempo.

La única diferencia estribaba en que no parecía tan simpática como antes, pese a seguir sonriendo.

Era algo que se intuía más que otra cosa: quizá no le había gustado que la dejara fuera de aquel modo, sin miramientos y sin invitarla a pasar, como supuso que dictaba la buena educación entre vecinas; al haber vivido siempre en grandes mansiones, no estaba totalmente segura al respecto.

Annabelle no pudo por menos que comprenderla, pero no le era posible hacer otra cosa.

—Aquí tiene —le dijo, entregándole la pluma—. Gracias y...

—De nada, querida, faltaría más, un placer. —Mientras la cogía, más lentamente de lo que hubiera sido de esperar, lanzó un vistazo hacia el interior de la casa—. ¿No está su esposo?

Maldito fuera Noailles. Por su imprudencia, aquella mujer —y quizá todo el dichoso barrio— iba a terminar concluyendo que estaba casada con él. ¿Y ahora, qué hacía? Annabelle valoró a toda prisa qué respuesta exigía más explicaciones y optó por la más simple.

—No, ahora mismo, no.

—¿Y el poema?

Annabelle dudó, hasta recordar la excusa dada por el francés. Suspiró mentalmente.

—Precioso. No rima, pero se nota que le pone voluntad.

La mujer lanzó una risa que a lady Eve le hubiera parecido muy poco apropiada en una dama. Tampoco había sido tan terrible, pero sí un poco ruidosa.

—¡Ah, los hombres! —dijo la señora Collins, y la contempló con amable condescendencia—.

Son ustedes recién casados, ¿verdad? —Horror...

Annabelle logró esbozar una sonrisa evasiva mientras daba un paso atrás para cerrar la puerta—.

¡Qué época maravillosa! Por supuesto, imagino que su madre la habrá educado para saber llevar una casa, pero si necesita algo, lo que sea —agitó divertida la pluma—, ya sabe que vivo justo al lado.

—Muchas gracias...

—Como le digo, soy la señora Collins, Ada Collins.

Annabelle maldijo para sí. O cerraba la puerta de golpe, con la mala educación que implicaba, o tenía que presentarse de algún modo.

Buscó rápido un nombre que dar, y surgió un compuesto entre su mejor amiga y su marido.

—Encantada. Soy Helen Cartwright.

—Oh, querida, un placer.

Le tendió la mano y Annabelle se vio obligada a estrecharla.

Mientras lo hacía, dos figuras atrajeron su atención.

Las mujeres que había visto antes, yendo por la acera en una dirección, volvían ahora en la otra, y una de ellas, la fornida, cargaba con un perrito de pelo dorado.

Era diminuto y hubiera podido resultar encantador, pero tenía mal genio.

Miró a Annabelle, decidió que era una criatura hostil y empezó a ladrar con ganas desde varios metros.

Al oírlo, la señora Collins se giró.

—¡Ah, hola, señora Meade, señora Merryweather! ¡Y con el pequeño Cornelius! —saludó, alzando contenta una mano—. ¡Hermoso día! ¿Verdad?

—Así es, señora Collins, muy hermoso —dijo la mujer delgada, la que no llevaba perros ladradores llamados Cornelius. Observó a Annabelle con una expresión que intentaba ser cordial, pero parecía más cotilla que otra cosa—. Veo que está saludando a nuestra encantadora nueva vecina.

—Así es. Dejen que les presente a la señora Helen Cartwright. Ellas son la señora Thelma Meade, esposa del doctor Meade, vive dos casas más abajo.

—También está allí la consulta de mi marido, si necesita algo —se apresuró a decir la mujer.

—Muchas gracias —se obligó a contestar Annabelle—. Encantada.