Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 14. Se avecina un escándalo
63%

Capítulo 14. Se avecina un escándalo

Se avecina un escándalo

D urante los días siguientes, Annabelle y Oliver pasaron juntos todo el tiempo que les fue posible.

La pequeña casa que había alquilado Noailles para ellos había dejado de parecerles un escondite provisional y se había convertido, casi sin darse cuenta, en un auténtico hogar.

Allí, en el número siete de aquella calle tranquila, Annabelle podía olvidar durante un tiempo que era la hija única de los condes de Caltrey, y Oliver olvidaba constantemente que era un hombre al que la sociedad londinense jamás habría considerado adecuado para ella.

En alguna ocasión pudieron almorzar juntos —todo dependía siempre de las posibilidades de Lorna de cubrirlos—, pero por lo general tomaban el té y hacían el amor, sin importar realmente el orden.

Sentados en el sofá o tumbados en la cama, podían hablar de cualquier cosa: discutir sobre los mapas, reírse de sus propias preocupaciones —algo que solo podían hacer si estaban juntos— y, sobre todo, disfrutar de toda aquella felicidad que todavía les parecía un tanto irreal, como si formara parte de un sueño del que podían despertar en cualquier momento.

Un sueño que se hizo más profundo, más intenso, con su boda.

La ceremonia tuvo lugar unos días después, en una pequeña iglesia situada en una zona tranquila de las afueras de Londres que eligieron con mucho cuidado.

No había más flores que los sencillos ramilletes de margaritas que llevaban la novia y las dos damas de honor.

Tampoco había gran número de carruajes esperando cerca de la puerta, como había ocurrido en la boda de Helen, ni invitados atestando bancos y hasta el último rincón de la nave de la iglesia.

A cambio, había una gran paz, un silencio profundo y una percepción mística casi palpable, algo que producía una extraña sensación de maravilla. Annabelle no había experimentado nunca tan cerca la presencia de Dios.

La iglesia era sencilla y antigua, situada junto a un pequeño cementerio en el que las lápidas —algunas muy antiguas, de piedra oscurecida y recubierta de musgo— se inclinaban entre la hierba, unas hacia las otras, como si se estuviesen susurrando secretos que no querían compartir con los vivos.

Como dedicaron varios días a comprobar la zona, sabían que, a aquella hora de la mañana, apenas había movimiento en los alrededores y, precisamente por eso, les pareció perfecta.

Annabelle llevaba un vestido sencillo, sin nada que hubiese llamado la atención al salir de Caltrey House ni de quien la viera llegar a ninguna parte.

Eso sí, al menos era blanco, y muy bonito, pero no era el que habría elegido para su boda.

En todo caso, no necesitaba encajes ni joyas ni una larga cola para convertir aquel momento en algo especial.

Y con ver a su lado a las sonrientes Lorna y Emily, que actuaban de damas de honor además de como testigos, sentía la ceremonia completa.

Resultaba curioso y divertido verlas tan emocionadas.

Emily, que le había hecho un recogido precioso con margaritas formando una especie de redecilla, no había dejado de llorar desde el día en que le preguntaron si quería formar parte de la ceremonia.

—¿Yo, milady? —había dicho, incrédula, justo un segundo antes de que cayese la primera lágrima—. ¡Oh, cuando se lo cuente a mi madre! ¡Yo, de dama de honor y de testigo en la boda de una lady!

Annabelle se había pasado horas recordándole que la boda era un secreto y que no se lo podía decir ni a su madre ni a nadie, hasta que lo hicieran público. Aun así, no confiaba demasiado en que la muchacha guardase silencio al respecto, pero no había mucho más que pudieran hacer.

También participó como testigo un emocionado Joyce, que llevaba ese día su traje de los domingos y no dejaba de sonreír a la doncella. Lorna y Annabelle intercambiaron más de una mirada, divertidas.

—«De una boda sale otra boda» —le susurró Lorna. El viejo refrán podía tener razón. Al fin y al cabo, fue en la boda de Helen donde ella se decidió a besar a Oliver.

Cuando llegó el momento, ante el altar, casi mareada por tantas emociones, Annabelle miró a su prometido.

Siempre había sabido que terminarían así, que ese era su destino, desde que se habían conocido siendo unos niños, la primera vez que fue a Terrace House a quedarse un tiempo con Helen y Lorna.

Desde el momento en que vio a Oliver Cartwright con su traje de lacayo, tan serio, tan servicial con las hermanas Bowler, tan sensato y, a la vez, tan soñador, su corazón le había pertenecido.

Y todo el camino recorrido había sido tan solo una búsqueda de ese momento, de esa unión.

La ceremonia fue muy breve. Sencilla, como habían solicitado al sacerdote, un anciano de sonrisa amable que se había sentido honrado y divertido cuando solicitaron celebrar allí la boda.

Llegado el momento de pronunciar sus votos, Oliver carraspeó.

—Anna, no sé qué nos espera en el camino de la vida ni cuánto tendremos que luchar para conservar lo que hoy empezamos, pero sí tengo una cosa clara: te elegiría una y otra vez como mi compañera para recorrerlo.

En cualquier circunstancia y en cualquier existencia que se me pudiera otorgar.

Te prometo que, mientras esté a tu lado, nunca tendrás que preguntarte si te quiero, y que, mientras tú me desees a tu lado, los mapas no tendrán sentido, porque solo existirá un lugar en el que quiera estar.

—Oh... —Se oyó el gimoteo de Emily.

Annabelle sintió que la emoción le cerraba durante un instante la garganta. Le costó empezar, pero luego salió sorprendentemente fluido.

—Oliver, tampoco puedo prometerte que nuestro camino vaya a ser fácil.

Pero te he elegido libremente a ti para recorrerlo, con todo lo que eres y con todo lo que venga después, y seguiré eligiéndote cada día, estés aquí o al otro lado del mundo.

—Le sonrió, viendo que las pupilas de Oliver estaban veladas por lágrimas contenidas—.

Mientras dibujas tus mapas, recuerda siempre que yo camino a tu lado, estés donde estés, y que todas las direcciones terminarán reuniéndonos exactamente en el mismo lugar. Es nuestro destino.

El sacerdote terminó la ceremonia y ellos firmaron el registro junto a sus tres testigos. Joyce escribió una J un tanto torpe, lo que hizo que Lorna y Annabelle intercambiaran una mirada y un gesto ligero en el que acordaban que, antes de terminar el año, Joyce sabría leer y escribir correctamente.

Emily firmó con esmero, sacando de la boca la puntita de la lengua.

—Ha estado ensayando durante días para que le quedase bonita —le susurró Lorna a Annabelle—. Cuando llegó a Terrace House tampoco sabía ni leer ni escribir y...

—¡Oh! —exclamó Emily alarmada—. ¡Me ha quedado mal! ¡Ay! —Miró al sacerdote—. ¿Puedo repetirla?

—No, pequeña —dijo el hombre, divertido—. Pero, si te sirve, a lo largo de mi vida he visto auténticos borrones. Y tu firma no está nada mal.

—A mí me parece preciosa —dijo Joyce.

Annabelle miró el libro. La letra de Emily era algo infantil, pero bonita, y tan solo había tenido un problema en el final de la floritura con la que la envolvía.

—Coincido con Joyce, está preciosa —le dijo a la apurada Emily, apoyando una mano en su hombro para animarla, y apretó el contacto con cariño—. Te lo agradezco mucho, querida. Espero poder hacer de testigo en tu boda, algún día.

—¡Oh! —exclamó Emily, olvidando por completo la firma. La miró con ojos brillantes—. ¡Milady! ¡Mi madre se morirá de la emoción!

—Espero que no —dijo Lorna, riendo de buen grado—. ¡Tu boda se convertiría en un funeral!

—Algo que casi pasa en la boda de Helen. —Rio Annabelle al recordarlo. La doncella las miró horrorizada, pero se le pasó nada más salir, por algo que le dijo Joyce al oído.

Fueron a comer a un bonito restaurante que habían visto cerca —Oliver se empeñó en pagar el convite completo— y, después, se dirigieron a la estación, donde Lorna y Emily cogieron el tren a Minstrel Valley.

Tanto Lorna como Annabelle habían dicho en sus casas que iban de visita a la escuela y que pasarían la noche en el pueblo.

De ese modo, los recién casados podrían contar con una noche de bodas tranquila, en la casita de Noailles.

Joyce los acercó a un par de calles y luego volvió a Terrace House.

Ellos preferían dirigirse a la casa por separado, como hacían siempre: ella entraba por la puerta principal y él usando la puerta trasera que le había indicado Noailles el primer día, cruzando a través del jardín de una pequeña mansión deshabitada.

Era un buen modo de entrar, jamás había visto a nadie.

No había testigos de que él hubiese estado nunca en la casa.

Una buena precaución —no podía negar que el francés era un hombre muy astuto—, porque ese día Annabelle se cruzó en la acera, justo al llegar a la valla de hierro forjado que delimitaba su jardín, con dos damas que ya había empezado a conocer del vecindario.

De hecho, estaba segura de que había coincidido en alguna que otra fiesta con al menos una de ellas, la más fornida —era impensable que semejante mandíbula cuadrada con aire de bulldog o su cuerpo bajo y achaparrado pasasen desapercibidos—, pero no estaba segura. Mejor simular no conocerse de nada.

Las dos mujeres inclinaron la cabeza al paso, en un saludo cortés, pero sus rostros no eran amables, precisamente, y en cuanto se alejaron empezaron a chismorrear entre ellas.

Annabelle apretó los labios. Esperaba que ninguna fuera amiga de su madre.

Y, de serlo, que no la hubiera reconocido. Eso supondría un desastre.

—No tiene por qué —masculló mientras cruzaba la cancela y se dirigía a la escalinata de entrada—. Ya soy una mujer casada.