Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 13. Muchos planes locos para unirnos #3
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Capítulo 13. Muchos planes locos para unirnos #3

—Pero tu padre...

—Mi padre no tiene que darme permiso —lo dijo con tranquilidad, casi con satisfacción—. Tengo veintitrés años, Oliver. Puedo casarme sin su consentimiento.

Él se lo pensó.

—No me gusta, no era lo que tenía planeado, pero... tras lo ocurrido, creo que no va a haber más remedio.

—Eso parece. Hay que amoldarse a los vientos de la vida, como dijo Noailles.

—¿Cuánto tardará eso?

—No lo sé, ni idea. Fred nos lo dirá. Pero espero que sea rápido.

—Se levantó y avanzó lentamente hacia él, hasta detenerse a un escaso paso.

Oliver la siguió todo el tiempo con los ojos—.

Lo importante es que, si obtenemos la licencia, no tendremos que anunciar nuestro matrimonio con semanas de antelación ni dar tiempo a que toda mi familia descubra lo que estamos haciendo.

Y a Lorna le va a encantar ser mi dama de honor.

—Rio, al pensar en algo—. ¡Y a Emily peinarme!

Oliver agitó lentamente con la cabeza.

—Has pensado en todo.

—He tenido unas cuantas horas para hacerlo, durante estos años.

Él pareció culpable.

—Y sabiendo eso, sabiendo cómo es mi vida, las separaciones que va a haber...

¿Estás segura de que quieres esto? ¿Compartir tu vida con un hombre que apenas vas a poder ver?

¿Pelearte con tus padres porque no vas a casarte?

¿Dejar que Londres te pueda llegar a considerar una solterona si no llego a tiempo de evitarlo?

Annabelle lo miró fijamente. No quería aquello ni por nada del mundo. No deseaba estar lejos de él ni un solo segundo más en el resto de su existencia. Pero tendría que conformarse, por su felicidad.

—De lo que estoy segura es de que no quiero que te marches a África sin saber qué va a ser de nosotros —se limitó a decir—.

Y estoy segura de que, si esperamos a que todo resulte conveniente para mi familia, quizá no lleguemos a casarnos nunca.

De modo que lo haremos así, y luego tú partirás a África y yo volveré a casa.

Si no se dan circunstancias... excepcionales, nadie de mi familia tendrá por qué saberlo hasta que llegue el momento adecuado.

Y, cuando regreses, podremos celebrar la ceremonia que todos esperan de nosotros.

Oliver se pasó una mano por el cabello, con un gesto de desaliento.

—Yo quería hablar con tu padre.

—Lo sé.

—Quería presentarme ante él como es debido, hacer las cosas bien...

—Y lo harás. Algún día. —Annabelle sonrió—. Pero primero serás mi marido.

Oliver soltó una breve risa.

—Es absurdo, menudo plan. ¿Te das cuenta de que estás proponiendo que nos casemos en secreto y después volvamos a comportarnos como si nada hubiera ocurrido, quizá durante años?

—Sí.

—Y lo dices con una tranquilidad alarmante.

Ella rio.

—Bueno, es que, si lo piensas bien, tu plan de la expedición podría parecer más absurdo aún: reunir financiación para ir a buscar unos diamantes en medio de la jungla del Congo, a ver si así tu apellido adquiere mayor relieve social y consigues que mi padre te conceda mi mano.

—Sabana.

—¿Qué?

—La región del Kasai está en el sur del Congo. Es sabana, no jungla. Por eso hay leones.

—Ah, vale. Gracias por la información, pero yo soy la parte de nuestra familia que va a quedarse en Inglaterra, sentada junto a la chimenea.

—Annabelle sonrió, se acercó hasta quedar frente a él y apoyó una mano sobre su pecho—.

Ahora, dejemos de discutir. No quiero marcharme enfadada contigo otra vez.

Oliver cubrió su mano con la suya.

—Yo tampoco.

Ella sonrió.

—Entonces, haz algo por arreglarlo.

El beso fue suave al principio, casi prudente, como si ambos necesitaran comprobar que aquello seguía siendo real.

Pero la cautela duró poco. Annabelle se abrazó a él, embriagada por la misma sensación que le producían las burbujas del champán; y Oliver la estrechó contra su cuerpo, besándola cada vez con más y más urgencia.

Cuando se separaron, Annabelle alzó el rostro para mirarlo muy de cerca. Se dijo que ese día se estaban cumpliendo todos los deseos pedidos a lo largo de muchos cumpleaños.

Era feliz.

—Voy a subir al primer piso, a buscar el dormitorio. Tú bajarás a la bodega a por esa botella de vino de la que habló Noailles y conseguirás también un par de copas. Eres un explorador, seguro que encuentras alguna por ahí.

Él soltó una risa.

—Seguro que sí.

Como suponía, no le costó nada encontrar el dormitorio, un espacio de tonos claros, bonito y elegante.

Cuando subió Oliver, ella ya estaba desnuda entre las sábanas de seda, esperándolo, y vio cómo los ojos azules de aquel hombre acostumbrado a contemplar las maravillas del mundo se enturbiaban por el deseo.

Oliver dejó la botella y las copas a un lado, tomó su mano y la besó.

La casa era encantadora, discreta y completamente ajena a sus respectivos mundos. No estaban las personas que se creían con derecho a decidir qué podían o no podían hacer.

Solo estaban ellos dos y los planes —más o menos locos, más o menos absurdos— con los que conseguirían construir su futuro.