Capítulo 13. Muchos planes locos para unirnos #2
—Pues que muchos quieren la información y están dispuestos a invertir, pero no aceptan el modo que yo quiero controlar el asunto.
Los franceses de la embajada, por ejemplo: querían contratarme para guiar una expedición en busca de los diamantes.
También me ocuparía de cartografiar toda la zona.
Pagaban bien. Hasta me ofrecieron un pequeño tanto por ciento de la explotación, si es que al final hay algo.
—¡Oliver! —exclamó ella, contenta—. ¡Pues eso era lo que querías! Y si es una mina de diamantes, puedes hacerte muy rico. —Al ver que no esbozaba sonrisa alguna, perdió la suya—. ¿No?
—No exactamente... No me fío de los acuerdos que dependen de que siga vivo tras haberlos llevado donde se supone que quieren llegar.
África es despiadada. Nadie se sorprendería si vuelven y dicen que al guía se lo comió un león o que se despeñó en una grieta.
—Ella lo miró con sobresalto—. Que luego ellos, por casualidad, encontraron un yacimiento.
—Oh, qué espanto...
—La gente que negocia a esos niveles es muy peligrosa. Además, si vamos a eso, también me han llegado ofertas similares desde la Royal Geographical Society. Y hay otras asociaciones y países interesados, algunos con posibles ganancias mejores. Pero no voy a trabajar con ninguno de ellos.
—Pero... No comprendo, llevas semanas buscando financiación.
—Pues sí. La he buscado por todas partes.
—Se encogió de hombros—. Y con poco éxito, debo añadir, porque ya he descubierto que tener un nombre que todavía no tengo pesa mucho cuando se trata de conseguir financiación, más incluso que unos diamantes que podrían o no existir.
Solo he tenido estas propuestas que te digo, pero me niego a aceptar sus condiciones.
—Desde luego —asintió Annabelle con firmeza—. Si van a decir que se te comió un león... Queda totalmente descartado trabajar con esos criminales.
—No, no es solo por eso... —Oliver se levantó y caminó unos pasos, tomando espacio.
Annabelle pensó que seguramente a alguien como él, acostumbrado a recorrer extensiones enormes, le resultaba ya difícil permanecer tanto tiempo quieto y sentado.
La contempló desde su nueva distancia—. Verás, la gente como yo trabaja por lo general cartografiando en expediciones ajenas, ya sean privadas o de la Royal Geographical Society o cualquier otra institución.
Es lo que he hecho siempre. Pero no es lo que quiero ahora.
Quiero que alguien financie mi expedición.
—Pero si dices que todos quieren financiarte...
—No. Quieren contratarme , que es distinto.
Quieren que vaya con ellos, con un equipo ajeno, liderado por alguien de los suyos, y les muestre el lugar.
Así lo controlarán todo, desde el gasto del dinero en el lugar hasta la última decisión sobre el terreno.
Yo no quiero eso. Esta tiene que ser mi expedición, mía, Anna.
Soy yo quien está buscando esos diamantes.
Si consigo regresar al Congo, será para volver a la zona del Tshikapa, localizar exactamente el lugar donde pueda estar el yacimiento y cartografiar toda la región.
Ella asintió.
—Encontrar los diamantes y documentarlo todo.
—Eso es. Pero necesito hacerlo por mi cuenta, con mi propio equipo.
Algo que resulta muy costoso, ya te puedes imaginar.
Yo no tengo ese dinero. Y, como todavía no tengo un nombre, tengo difícil conseguir financiación.
—Su mirada se oscureció—. Además, sospecho que me están perjudicando por ahí, alguno de estos aspirantes a conseguir doblegarme para sus intereses.
Cada vez que consigo algo, el respaldo de un filántropo o cualquiera interesado en mi propuesta, alguien interviene y el asunto se va por la borda.
—¿Lo dices en serio?
—Por completo. —Hizo una mueca—. Pero no tengo pruebas.
—Ya... —Annabelle meditó el asunto un momento—. Pero ¿por qué no aceptar el trato de la Royal Geographical Society? Tú eres miembro desde hace años. Ellos no dirían lo del león y seguramente te dejarían organizar cosas...
Oliver negó con la cabeza.
—Pero no sería mi expedición, y me exigen muchos detalles antes de arriesgar tanto dinero.
Ya he contado más de lo debido, lamento mucho haber escrito aquella carta por la que se filtró la información y no quiero compartir más hasta estar seguro de lo que tenemos entre manos.
Ya he pagado la novatada, no volverá a ocurrir.
Tengo claro que, si otros conocen todos los detalles, encontrarán la manera de organizarlo sin mí. No lo dudes.
Annabelle arqueó una ceja.
—¿Y qué esperas conseguir? No entiendo la diferencia, la verdad. ¿Es que vas a explotar tú las minas de diamante? ¿O quizá vas a venderles los mapas por más dinero, cuando los tengas?
Oliver sonrió ligeramente.
—No, no... Si no dispongo de dinero para una expedición, imagina para hacerme cargo de una mina de diamantes.
No, en absoluto. Pero, date cuenta: si consigo financiación para mi grupo, uno realmente mío, que sea «la expedición del explorador Oliver Cartwright», y logro localizar con él exactamente el lugar del hallazgo, cartografiar la zona y regresar con pruebas, podré presentar los resultados al Gobierno británico y a las sociedades científicas.
Las presentaría yo, no otro con mis mapas y mi información, que es lo que ocurriría de ir simplemente contratado para guiar y mapear.
—Oh, claro. —Lo entendió de golpe—. Sí, ahora lo comprendo. Ese otro se llevaría los méritos.
—Exacto. Y es importante porque, si consigo hacer las cosas bien, dejaré de ser un explorador relativamente desconocido y pasaré a ser el hombre que ha localizado una de las grandes riquezas minerales de África. ¿Te das cuenta?
Annabelle tardó unos segundos en responder. Se sentía extraña, como al borde de un descubrimiento importante.
—Quieres hacerte un nombre.
—Sí. Exactamente, eso quiero. Eso es lo que me impulsa a volver a África, lady Annabelle Sanders.
—Oliver le clavó una mirada intensa antes de añadir, con una sinceridad tan evidente como dolorosa—: Porque, cuando vuelva, quiero estar en una posición diferente.
No quiero presentarme ante tu padre como tendría que hacerlo ahora, en que no soy más que el hombre que ha conseguido que su hija se enamore de él sin que le importen ni ella ni las consecuencias.
—Sí que te importo. Te importa todo, por eso estás como paralizado en el tiempo.
—Es un buen modo de decirlo. Pero él no lo vería así, sabes que, de enterarse, se indignará.
No. Así no. Por eso todo esto, por eso quiero volver a África.
Deseo pararme ante él y poder decirle que tengo una carrera, una fortuna propia y un futuro próspero que ofrecerte.
Quiero que, cuando le pida tu mano, tenga alguna posibilidad de que me diga que sí. Por mínima que sea.
Ella lo miró aturdida. Así que por eso lo hacía. Por ella. Por estar en mejor posición a la hora de presentarse ante lord Caltrey. Llena de ternura, Annabelle sintió que algo se le encogía en el pecho. Suspiró.
—¿Y cuánto tiempo pretendes que espere?
Él se encogió de hombros.
—No lo sé, Anna. Hasta que vuelva.
—Eso puede ser mucho tiempo. Años. Y no tienes ninguna garantía de que todo salga como esperas.
—Ninguna, es cierto.
Ella apartó la mirada, algo avergonzada por lo que iba a decir.
—¿Te das cuenta de que podría estar...? Bueno, ya sabes.
—Encinta, sí. —Ambos carraspearon y miraron la chimenea—. Tener relaciones contigo antes de tiempo es una complicación con la que no había contado. Intenté evitarlo, pero... no pude.
Annabelle hizo una mueca, dolida.
—Entonces sí que te arrepientes.
—No, en absoluto. Ni siquiera por eso. —La miró con intensidad—. Y no pienso renunciar a nuestra... intimidad.
Ella sonrió, aliviada.
—Yo tampoco. Con lo cual, volvemos al mismo punto: tenemos que casarnos. No puedes irte a África dejándome sola, a expensas de descubrir dentro de uno o dos meses que espero un hijo. No puedes, Oliver.
—Pero...
—Lo sé. Quieres pedirle mi mano a mi padre. Quieres hacer las cosas bien. —Annabelle hizo una pausa—. Y eso es precisamente lo que me lleva a proponerte otra posibilidad: casarnos de inmediato.
Oliver frunció el ceño.
—¿Qué dices? Eso es imposible.
—No, no lo es. Solo necesitamos una licencia especial.
—¿Una licencia especial?
—Sí. Para casarnos de inmediato. Te lo acabo de decir.
—Anna...
—No, escucha. He estado informándome. Como seguramente sabes, en Inglaterra, si una pareja quiere casarse por la Iglesia, normalmente se anuncian las amonestaciones durante tres domingos consecutivos. Es una forma de que cualquiera que conozca algún impedimento pueda hacerlo saber antes de la boda.
—Sí, desde luego.
—Pues, aunque no lo creas, existe la posibilidad de obtener una licencia que dispensa de esas amonestaciones.
Y hay una todavía más excepcional, la licencia especial, que permite celebrar el matrimonio sin tener que esperar esos plazos y, además, escoger el lugar y el momento de una manera que una boda ordinaria no permite.
Oliver la miró con creciente incredulidad.
—¿Y tú puedes conseguir una de esas?
—Puedo solicitarla. Y mi situación no es precisamente la de una muchacha que intenta casarse a escondidas contra la voluntad de su familia.
Soy mayor de edad y soy hija de un conde.
—Annabelle se encogió ligeramente de hombros—.
No creo que conseguirla vaya a ser el obstáculo que imaginas.
Además, contaremos con buena ayuda legal.
Seguro que en el despacho de abogados donde trabaja Helen nos echan una mano con la gestión.
Puedo hablar con Frederick Fletcher, el vikingo que trabaja allí.
Él la contempló durante unos segundos, encontrándose entre la preocupación y la incredulidad.