Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 13. Muchos planes locos para unirnos
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Capítulo 13. Muchos planes locos para unirnos

Muchos planes locos para unirnos

O liver permaneció unos instantes en silencio, como si estuviera escogiendo todas y cada una de las palabras que iba a utilizar antes de empezar a hablar.

—Verás —empezó por fin—, en mi primera expedición, nada más llegar al Congo, uno de los hombres que me acompañaban, un guía de la etnia chokwe, me habló de unas piedras que aparecían entre las gravas de un río, en la región de Tshikapa.

Según él, eran transparentes, muy duras y tenían un brillo extraño cuando les daba el sol.

Al principio no le di mayor importancia.

Las piedras curiosas no son precisamente una rareza en un lugar como aquel.

Ella asintió.

—Me lo imagino. Habrá cosas sorprendentes por ahí.

—Así es. Por eso, lo olvidé sin más. Pero tiempo después conocí a un prospector belga llamado Narcisse Janot. Trabajaba para la Forminière y había...

—¿La qué?

—La Forminière. Perdona, es la abreviatura de Société Internationale Forestière et Minière du Congo, una empresa belga dedicada a la exploración y explotación minera, especialmente en la región del Kasai .

— Esperó a que Annabelle asintiera, indicando que había entendido, antes de seguir—: Pues bien, monsieur Janot había encontrado una piedra que le había llamado la atención y me la enseñó.

Quería saber si yo había visto algo así, en mis viajes por el Congo.

Supuse que estaba intentando localizar algún yacimiento.

Le dije la verdad: que no. Ninguno de los dos pudimos asegurarlo entonces, pero yo sospeché de inmediato que podía tratarse de un diamante en bruto, uno impresionante, de buen tamaño, y creo que él también.

—¿Un diamante?

—Sí. Y, si unimos eso con lo del guía chokwe, creo que podría hacerme una idea de por dónde podría estar el yacimiento.

¿Entiendes? No estamos hablando de encontrar una piedra preciosa por casualidad.

Si realmente hay diamantes en esa región, lo importante es averiguar dónde aparecen, de dónde proceden y hasta dónde se extiende la zona en la que pueden encontrarse.

Eso requiere financiación, regresar allí y hacer un trabajo mucho más preciso que el que pude realizar entonces.

Ella asintió. Empezaba a comprender la importancia de todo aquello.

—Por eso estás tan empeñado en conseguir dinero y volver...

—Exacto. —Oliver se inclinó ligeramente hacia ella—. Y no te lo voy a negar: corre cierta prisa.

—¿Por qué?

—Porque... metí la pata. Escribí desde el Congo a un compañero de la Royal Geographical Society y le conté lo que me había enseñado Janot.

A diferencia de mí, que solo soy un aficionado, él es un buen gemólogo, y quería que me diese su opinión sobre la piedra, si tenía o no razones para mis conclusiones.

Se la describí a fondo, incluso se la dibujé, y no pudo darme una respuesta rotunda, pero sí muchas esperanzas.

Sin embargo, sé que no ha guardado el secreto que le pedí, porque, desde entonces, la noticia ha circulado más de lo que me habría gustado.

Y ahora hay gente interesada en averiguar exactamente qué vi o qué encontré.

—¿Gente interesada? ¿De la Royal Geographical Society?

—Sí, pero también otros. —Se encogió de hombros—. Representantes de distintos países.

—Pero ¿por qué lo harían? ¿Qué puede importarles? ¿No dices que la empresa es belga? El Congo pertenece a Bélgica, ¿no?

—Esa parte, sí. Al otro lado del río está el Congo francés, pero el territorio que nos interesa es el Congo belga. Aunque, para ser exactos, hasta el año pasado, técnicamente no pertenecía a Bélgica. Era el Estado Libre del Congo y su soberano era Leopoldo II.

—¿El rey de los belgas?

—El mismo. —Ella puso los ojos en blanco como lo habría hecho Helen.

Ambos rieron—. Sí, lo sé. Pero, créeme, no era lo mismo ser rey de Bélgica que soberano del Congo.

Durante muchos años, el canalla de Leopoldo II administró aquel territorio prácticamente como una posesión personal.

Pero cuando se descubrió todo lo que estaba ocurriendo allí...

—¿El qué? ¿Por qué lo llamas «canalla»?

—Eh... —Oliver dudó—. Vamos a dejarlo en que, durante años, el caucho y el marfil fueron explotados en el Congo en condiciones terribles, y los informes sobre los abusos cometidos contra la población acabaron provocando un auténtico escándalo internacional.

Algo espantoso. Atrocidades que no quieres conocer, créeme.

A mí me gustaría no haber oído hablar nunca de ellas.

—Annabelle palideció. No se atrevió a preguntar más.

¡Qué gente terrible había por el mundo!—.

Por eso Bélgica asumió finalmente la administración del territorio, aunque eso no significa que las demás potencias hayan perdido interés en lo que pueda encontrarse allí.

Annabelle asintió despacio.

—He oído o leído a veces noticias sobre el Congo en el periódico —admitió, recordando su álbum.

No lo mencionó, porque de pronto le pareció una idea infantil, como pensaba lady Eve, y le dio apuro.

Quizá se lo contase algún día—, aunque nunca les había prestado demasiada atención hasta hace poco, cuando empezaron a mencionarte.

Lo hubiera hecho antes, pero no sabía que estabas allí.

Peter me dijo que mapeabas por Benguela, en Angola.

—Ah, sí. Cuando él estuvo conmigo, sí. Estuvimos trabajando en la región de Benguela y después nos internamos hacia el interior.

Aquella expedición terminó allí, pero yo regresé más tarde para incorporarme a otra que se dirigía hacia el Kasai.

—Sus ojos se perdieron un segundo en algún recuerdo, como si estuvieran viendo de nuevo aquellos paisajes.

Suspiró—. La cuestión, volviendo al tema, es que la presión internacional se hizo demasiado grande.

Bélgica terminó haciéndose cargo del Congo y, desde octubre del año pasado, es oficialmente una colonia belga.

—Entonces ahora sí que pertenece a Bélgica.

—Sí. Pero el cambio es demasiado reciente como para que todos los demás países hayan dejado de interesarse por él. El Congo es enorme y sabemos muy poco de lo que contiene. Hay caucho, marfil, cobre... y ahora también, quizá, diamantes.

Annabelle empezó a comprender.

—Y si hay diamantes, todos querrán saberlo.

—Exactamente. Y no solo por los diamantes. Hay otra cuestión que complica las cosas.

—¿Cuál?

—Francia.

Annabelle arqueó las cejas.

—Pero ¿qué tiene que ver Francia con el Congo belga?

—Mucho más de lo que crees, porque resulta que Francia obtuvo en su momento un Droit de Préférence , un derecho de preferencia sobre el Congo belga.

Eso significa que, si alguna vez Bélgica cediera, vendiera o transfiriera parte de aquel territorio a otra potencia, Francia tendría derecho a reclamar preferencia.

—Y se lo quedarían los franceses.

—Eso es, aunque nada es tan fácil. En la práctica, sería algo...

complejo, pero no se puede negar que existe, y que ese acuerdo sigue siendo importante.

De hecho, el año pasado, cuando la debacle de Leopoldo II, mientras Bélgica se hacía cargo del Congo, franceses y belgas tuvieron que volver a ocuparse de esa cuestión.

Annabelle guardó silencio unos segundos. Lo miró inquieta.

—¿Crees que Noailles tiene algo que ver con todo eso?

Oliver hizo un gesto indeterminado.

—Si te digo la verdad, eso me temí yo al principio, cuando apareció repentinamente en la exposición de mapas, preguntando precisamente por uno de África.

Pero reconozco que sospeché solo porque es francés.

Ahora no sé qué pensar. Creo que es... demasiado francés.

—Ambos sonrieron—. Un espía auténtico hubiera disimulado más, supongo.

— Le Spectre no lo hacía.

—No, cierto. Émile de Rochefort, alias Le Spectre , era más francés que el Sena.

—Rio, seguro que recordando, como ella, los buenos ratos pasados con aquellas historias—.

Pero por muy simpático que resulte Noailles, y lo romántica que sea la idea de que se trate de un espía, dudo que tenga algo que ver.

Y, de hecho, los franceses me contactaron ya, al poco de llegar a Londres, intentando convencerme de que trabajase para ellos.

Gentes de la embajada en Londres, insistentes y mucho menos simpáticas, debo añadir.

No veo por qué tendría que actuar Noailles por otro lado.

Annabelle hizo una muequita, algo decepcionada. Una pena. ¡Hubiera sido tan emocionante!

—Bueno, pues eso significa que Francia está esperando su oportunidad para quedarse con el Congo belga.

—No exactamente. Como te digo, el asunto es bastante más complicado, pese al derecho de preferencia.

Pero sí quiere saber qué tiene Bélgica entre manos, para saber a qué atenerse.

Y si en una región todavía poco explorada aparece la posibilidad de que exista un yacimiento importante de diamantes, comprenderás que quieran averiguarlo antes de que lo haga cualquier otra potencia.

—¿Inglaterra, por ejemplo?

Oliver sonrió mientras abría los brazos con las palmas hacia arriba.

—Por ejemplo. Inglaterra, Francia, Bélgica, los estadounidenses... Cualquiera que tenga dinero suficiente para explotar una riqueza semejante tendría interés en saber dónde está.

—Y tú eres quien sabe dónde buscar.

— Creo que sé dónde buscar. Eso no es lo mismo. No allí. Ni te imaginas lo grande que es aquello.

—Pero tus mapas...

—Mis mapas pueden ayudar, resultan útiles.

Pero todavía no sé cuál es el lugar exacto del yacimiento ni su extensión, solo tengo unas pistas vagas.

Eso es precisamente lo que quiero descubrir y por eso hay que investigar.

Es como un maldito perro que se muerde la cola: para investigar el asunto necesito el dinero, pero no me dan el dinero para investigar como yo quiero.

Y no voy a ceder mis pistas a cualquiera. Ni de cualquier manera.

—¿Qué quieres decir?