Capítulo 12. Un lugar entre dos mundos
Un lugar entre dos mundos
A nnabelle y Oliver se estudiaron el uno al otro desde los extremos de la sala. Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
—Espero que no le guardes rencor —dijo finalmente Annabelle—. En realidad, es un hombre muy amable.
Oliver la miró con cierta incredulidad.
—¿Noailles, amable? No sé yo qué decirte. Para empezar, hoy me ha tendido una trampa.
—Una trampa bastante atenta, se diría. Lo ha hecho para que tú y yo podamos mantener esta conversación. Y lo ha hecho, pese a que..., bueno, mi padre tiene intereses en nuestro enlace.
—Ya lo sé. Me di cuenta en la boda de Helen y Peter.
Y él también está interesado, lo ha dejado claro sin mayor problema.
Por eso me extraña todo esto. ¿Se lo pediste tú?
—Ella asintió—. ¿Por qué? Te has arriesgado mucho.
Si llega a ser otro tipo de hombre, quizá se hubiese enfadado o hubiese utilizado la información para exponerte ante tu padre.
Hubiera podido complicarte mucho la vida.
—Pero él no es así. Y yo quería verte. Lo necesitaba. Dejamos muchas cosas por explicar aquella... aquella noche.
Oliver hizo una mueca.
—Así es. Pero podías haber contestado a alguno de mis mensajes, tan sencillo como eso. O haberme enviado tú uno. Me hubiese reunido contigo donde y cuando quisieras.
Ella parpadeó.
—¿Qué mensajes?
—¿Qué mensajes? Los que he dejado en tu casa, para empezar. Se los entregué al mayordomo. Prácticamente uno por día.
—Oh... —Claro, por supuesto. Su madre los habría interceptado. Oliver debió leer esa idea en su rostro, porque hubo un ligero cambio en su expresión. Se ablandó, de algún modo—. Lo siento.
—Ya. Perdona tú. No tienes por qué disculparte. Reconozco que se me pasó por la cabeza que los criados o tu familia los interceptarían, de modo que te envié un par más al apartado de correos que me sugeriste, pero tampoco hubo respuesta.
—Oh, no... —Annabelle se llevó una mano a la mejilla—. Desde que regresaste, no he vuelto a mirar.
—Me lo temía. Debí seguir mi instinto y contactar con Lorna, pero no quise ponerla en una posición más incómoda todavía, después de lo mal que lo pasó aquella noche. No estaba seguro de si seguía enfadada...
—Pero ¿qué dices? Lorna no ha estado nunca enfadada, Oliver, y menos contigo, ni que no la conocieras. Ella te quiere mucho, nos quiere a los dos, y me ha dado cobertura esta tarde, de hecho. Vendrá a buscarme en... —Comprobó su reloj de pulsera—. Hora y media.
—Oh, demonios... —Oliver se pasó una mano por el cabello—. Yo también la quiero, es como una hermana pequeña para mí. Pero también por eso, no sé si organizar esta locura ha sido buena idea. Si llegara a descubrirse, al final, podríais tener problemas las dos.
Annabelle dejó el bolso sobre una pequeña mesa junto a la pared y caminó hasta el centro de la salita.
—¿Y qué? Puede que no haya nada... apropiado en todo esto, o que monsieur de Noailles haya actuado un poco temerariamente, pero no me importa.
Ni me importa lo que quieran mis padres, si te digo la verdad, y te recuerdo que ellos no me han preguntado mi opinión, solo pretenden organizar para mí el matrimonio que ellos desean.
—Anna... Eso no es totalmente cierto.
—Sí que lo es. Noailles es agradable y no negaré que lo encuentro atractivo.
—Casi sonrió al ver un destello de celos en las pupilas de Oliver—.
Quizá en otras circunstancias hubiera podido haber algo entre él y yo, no lo sé, no podría negarlo en firme; pero lo mismo podría haber sido alguien detestable, y mis padres hubiesen insistido igual.
Él negó con la cabeza.
—Sé justa, Anna. Pese a todo, tus padres te quieren. Nunca te hubiesen propuesto a alguien detestable.
Annabelle apretó los labios. Eso era cierto, pero se negaba a dejarse aplacar.
—Es una pena que no me quieran lo bastante como para dejarme elegir a mí.
Pero da igual. No quiero hablar de eso ni de ellos.
Lo que quiero ahora, la razón por la que estamos aquí, es para hablar de nosotros.
De ti y de mí. —Oliver bajó la mirada. Debió de encontrar algo muy interesante en su mano derecha, porque la estudió por ambos lados—.
De lo que pasó la otra noche y de por qué te arrepentiste.
Él levantó los ojos de inmediato.
—¿Qué? ¿Arrepentirme?
—Sí. Cuando nos despertamos, lo dejaste muy claro.
—Sinceramente, no sé qué quieres decir.
—¿No? —Trató de hacer memoria—. Dijiste que cómo podía haber ocurrido ese «maldito desastre». —Sus ojos se llenaron de lágrimas, no pudo evitarlo. Aquellas palabras la atormentaban—. Dijiste que habías sido un idiota...
—¿Un idiota? Annabelle... —Por su expresión, Oliver debió caer en la cuenta de algo y soltó una carcajada breve, casi incrédula—. ¿Que me había arrepentido? ¿Cómo puedes haber pensado semejante cosa?
—¡Lo dijiste!
Él negó con la cabeza.
—No, nunca dije eso. Y, de hecho, yo pensé exactamente lo contrario, cariño.
Annabelle lo miró con sorpresa.
—¿Qué? ¿Lo contrario?
—Sí. Que eras tú quien se había arrepentido.
—¿Yo?
—Sí, tú. Solo hablabas de lo terrible que era llegar tarde a esa dichosa cena. No dijiste nada sobre nosotros, sobre lo que había ocurrido...
—¡Lorna estaba llamando a la puerta! Me sentía muy avergonzada.
—Lo entiendo. Por eso me maldije por haberme quedado dormido. A ese desastre me refería.
Ella abrió mucho los ojos.
—No...
—Sí. A eso y solo a eso. Era mi casa y tú habías tenido la valentía de ir, de demostrarme así tu...
—No supo completar la frase. Lo dejó estar—.
Y yo me dormí. ¡Me dormí! —repitió, como si todavía no pudiese creerlo—.
¿Sabes que hace años que apenas duermo? Poco y mal.
La costumbre de vivir en territorio salvaje, siempre alerta por lo que pueda atacarte.
Cuando volví a Londres, dio igual, no lograba pasar de una especie de duermevela.
—Oh, Dios mío...
—Pero contigo, me dormí. Profundamente, como no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo.
Y, al hacerlo, te puse en una situación inaceptable.
Me desesperaba verte así, tan alterada, algo que hubiera podido evitarse si te hubiese despertado media hora antes, y con una buena taza de té.
Hubiéramos reído, charlado. Quizá hubiéramos vuelto a hacer el amor.
—Annabelle parpadeó, entre la timidez y el deseo—.
Pero no hubo posibilidad porque fui tan idiota como para dormirme.
Annabelle negó con la cabeza.
—No fue culpa tuya.
—Pues durante todo este tiempo, es lo que he temido que pensaras.
Me hablaste con enfado al darte cuenta de la hora y te marchaste deprisa, sin despedirte, sin siquiera mirar atrás.
No volviste. No contestabas a mis cartas.
—Chasqueó la lengua contra los dientes—.
Admito que me dediqué a rondar por Caltrey House y te vi entrar y salir con Noailles.
Supuse que habías iniciado una relación con él.
Reconozco que estaba celoso, y que si he aceptado reunirme aquí hoy con él era más por preguntarle al respecto que por hablar de negocios.
Annabelle lo miró unos segundos con estupor y luego comenzó a reír.
—Pero..., pero... esto es absurdo. —Se llevó una mano a la frente—. ¡Qué estupidez! ¡Los dos estábamos pensando exactamente lo mismo del otro!
Oliver rio, divertido y aliviado.
—Menudo desastre estamos hechos.
—Así es. —Rieron unos segundos más, compartiendo con alegría aquella diversión. Cuando se calmaron, se miraron sonrientes—. Por suerte, soy una mujer adulta y sé lo que deseo de la vida. Siempre lo he sabido.
Él la observó con ojos entrecerrados.
—¿Y qué deseas, milady?
—Te deseo a ti. Te quiero a ti. Te amo a ti. —Se encogió de hombros—. Pero eso ya lo sabes. Ambos lo hemos sabido siempre.
Oliver asintió con gravedad.
—Desde que éramos niños, sí.
—Así es. Y lo que deseo ahora mismo es dejar de pensar en lo que está bien y lo que está mal, lo que corresponde que hagamos o lo que no.
Este lugar me gusta... —añadió, mirando a su alrededor con ojos brillantes—.
Es... no sé cómo explicarlo... Lo siento como un lugar entre dos mundos, el tuyo y el mío.
Un espacio que es solo nuestro, en el que no importa nada ni nadie más.
En el que pueda decirte con libertad que te amo.
—Oliver no replicó. La voz de Annabelle se hizo más profunda—.
Y lo he organizado todo para que me digas a mí que a ti te pasa lo mismo.
Oliver agitó la cabeza. De pronto, parecía atormentado.
—Sabes que sí... —susurró.
—Dilo.
—No sería adecuado.
Esa vez no pensaba permitirlo. Apretó los puños.
—Tu abuelo no está aquí, Oliver Cartwright.
Ni mis padres, por suerte. Ni nadie más que nosotros, maldita sea.
—Jamás maldecía, le parecía de muy mala educación.
Solo lo había hecho muy ocasionalmente de niña, por lo general cuando Helen y ella jugaban a ser los piratas que habían secuestrado a la hermosa lady Lorna.
Pero ese día, le salió de dentro—. Solo dilo.
—Lo del otro día no debió ocurrir... —Ella le frunció el ceño, dolida, y por fin Oliver se quebró—. Pero te quiero. ¡Te quiero! ¡Claro que te quiero! Perdóname, Anna. ¡Te amo más que a mi propia vida, y tú lo sabes! Es solo que...
—Ya lo sé. —Lo abrazó por el cuello y escondió el rostro contra su cuerpo. Oyó su corazón, fuerte y acelerado por mil emociones—. Ya lo sé.
Permanecieron tanto tiempo enlazados, aferrados el uno al otro en aquel abrazo firme, que Annabelle llegó a pensar que ya no podrían separarse jamás. Ojalá. No le hubiera importado morir así.
—Pese a eso, o precisamente por eso, no deberías estar aquí, Anna —musitó él cuando volvieron a mirarse a la cara. Oliver tenía los ojos llorosos. Ella le acarició la mejilla.
—Probablemente no.
—Sabes que no. Te arriesgas a que te vean, y tu padre se enfurecerá.
—Me da igual.
—No lo entiendes... No quiero que se enfade. No pierdo la esperanza de conseguir algo verdaderamente grande, algo que me...
—No hablemos de mi padre todavía, por favor.
—Frotó el rostro contra su pecho, en un gesto negativo.
Luego lo alzó para mirarlo a los ojos y sonreír—.
Has dicho que me amas, es lo único que importa.
—La sonrisa de Annabelle desapareció lentamente—.
Pero te vas a África... —Él no dijo nada—. ¿Por qué?
Oliver esquivó su mirada.
—Mi trabajo está allí. Yo... no puedo quedarme indefinidamente en Londres.
Annabelle asintió, decidida. Se dio cuenta de que había imitado un gesto habitual de Helen.
—Entonces iré contigo.
Oliver se quedó inmóvil.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no puedes. —Oliver negó también con la cabeza—. Sabes tan bien como yo que tu familia jamás lo aceptaría.
—Sí que lo harán. Sé que me quieren, y lo harán —insistió, con más confianza que seguridad. Él no pareció muy convencido, pero no replicó. Annabelle hizo una mueca—. Y si no lo hacen, tampoco me importa. No voy a permitir que decidan por mí. Y tampoco te lo voy a permitir a ti.
—No estoy decidiendo por ti, Anna. Estoy intentando protegerte.
Ella alzó la naricilla.
—Vaya, qué bien. Eso dirían ellos. Y te contesto lo mismo: no necesito que me protejas, señor Cartwright.
Por suerte, tengo mi propio dinero, la herencia que me dejó mi abuela.
Podría vivir bien, incluso aunque me desheredasen.
Hasta podría financiar yo esa dichosa expedición que te tiene tan interesado.
Pero si pongo yo el dinero, también iré. Es mi única condición.
—No digas locuras. No puedo convertirte en mi amante y llevarte por ahí a la aventura. El coronel Sanders dispararía su escopeta de caza en Inglaterra y me abatiría en África, por mucho que intentara esconderme tras un árbol.
—Ya soy tu amante.
—Sabes a lo que me refiero.
—Sí, a ser amantes. Y ya lo somos.
—No insistas en eso. No voy a llevarte así, como mi querida.
—No sería tu querida, sería tu jefa. Yo pagaría la expedición.
Él ahogó una risa amarga.
—Vale. Entonces pensarán que el mantenido soy yo.
Annabelle lo miró fijamente.
—Muy bien. Entonces cásate conmigo.
—¿Qué? —Oliver tardó un instante en reaccionar—. No hablas en serio.
—Pues claro que sí.
—Pero...
—Has dicho que no puedo ir contigo sin más, como amantes. Yo iría, y al infierno el mundo. Pero muy bien, si a ti te parece mal, lo corregiremos.
—No me parece mal. Me preocupa.
—Te preocupa. —Puso los brazos en jarras—. De acuerdo. Entonces, nos casamos.
Oliver cerró los ojos un momento.
—Annabelle...
—Podemos hacerlo en Londres. O donde sea, me da igual. No necesitamos una gran boda. Ambos somos mayores de edad y no precisamos pedir permiso a nadie. Para que lo sepas, he estado...
—¡Para! —exclamó él. Alzó también las manos en un gesto de contención. Annabelle lo miró con la boca abierta. La sentía llena de las palabras no dichas—. Para de una vez. No quiero que hagas esto así.
—¿Así cómo?
—Huyendo.
—¡No estaría huyendo! Pero ¿qué dices, Oliver? Estaría eligiendo, porque soy adulta y puedo hacerlo. Y estaría eligiéndote a ti —añadió, con tono de censura.
—Y yo me siento halagado. Pero no puedo aceptar que lo hagas. Sabes tan bien como yo que tu padre nunca te lo perdonaría. Y tu madre... Tú la quieres, por mucho que discutáis.
Annabelle apartó la mirada.
—Lo sé. Pero no voy a quedarme aquí sola. Otra vez, no. Ni siquiera por ella.
El silencio volvió a instalarse entre ellos. Al final, Oliver suspiró.
—Está bien, ven. —Le tendió la mano y ella la tomó. La condujo hasta el sofá junto a la chimenea, donde se sentaron—. Voy a contarte algo, Anna... Te pido la máxima discreción, por favor. Ni una palabra de esto a nadie, a nadie en absoluto, y menos a Noailles.
Ella lo miró sorprendida. Y preocupada.
—¿Qué ocurre?