Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 11. La pequeña conspiración de monsieur de Noailles #2
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Capítulo 11. La pequeña conspiración de monsieur de Noailles #2

—Deje usted de protestar, no sea desagradecido. Milady y yo hemos hecho esto porque deben hablar, señor Cartwright. Seguro que en eso estamos los tres de acuerdo, lo cual no deja de tener su gracia. —Carraspeó al ver que el otro no sonreía ni un poquito—. Aunque solo yo se la encuentre.

Annabelle se sentía tan nerviosa que se le escapó una risita, pero la expresión de Oliver la cortó de raíz.

—No me parece gracioso —dijo Oliver, aunque de inmediato se centró de nuevo en Noailles—. Me ha hecho venir hasta aquí creyendo que íbamos a hablar de dinero, monsieur. Y resulta que lo que está haciendo es inmiscuirse en mi vida privada y poner en entredicho la reputación de lady Annabelle.

—¡Oh, por favor! —Noailles se llevó las manos a la frente, en un gesto algo teatral, que quedaba más que adecuado en él—. ¡Yo pensaba que los franceses éramos más dramáticos que ustedes, pero empiezo a dudarlo!

—Yo también, ya que estamos —dijo Annabelle, empezando a enfadarse por la actitud de Oliver—. Como te ha dicho monsieur Noailles, estás siendo muy desagradecido, Oliver. Y te recuerdo, por si lo has olvidado, que mi reputación es solo asunto mío.

Él la miró dolido.

—Solo intento protegerte, Anna —le reprochó.

—Eso no es verdad. Creo que solo quieres protegerte a ti mismo. Te aterra la idea de que te pongan en tu sitio, porque así te educó tu abuelo. Por eso tenemos que hablar. Si es que te importo algo, por supuesto. De otro modo, podemos dar por concluida la reunión ahora mismo.

Oliver apretó los labios, como si no supiera qué más decir. Noailles pasó la mirada de uno a otro, dio una palmadita y retomó el liderazgo de la escena.

—No se preocupe, señor Cartwright, como le digo, mi engaño solo era una mentirijilla a medias.

Hablaremos de dinero, si es necesario, aunque sea otro día.

De hecho, si nadie más está dispuesto a invertir en su expedición, quizá lo haga yo, mi admiración por su trabajo es muy auténtica.

Pero antes creo que debería usted hablar con lady Annabelle.

Y no porque lo diga yo, sino porque usted quiere hacerlo, y ella también.

—Inclinó la cabeza a un lado—. Ojalá ella quisiera tener esa conversación conmigo, pero lamentablemente, no es así.

No desaproveche la suerte que tiene, mon ami .

Durante unos segundos, Oliver siguió sin decir nada, aunque pudo leerse cómo iban abriéndose paso los sentimientos en las fisuras de su expresión: un ligero temblor de la mandíbula, una mayor tensión en los labios, una vulnerabilidad en su mirada...

Finalmente, carraspeó.

—Tiene usted razón, y me estoy comportando como un idiota.

—Le dedicó una inclinación de cabeza—. Merci, monsieur.

Desconozco las razones de esta sorprendente amabilidad, ya que no nos conocemos y, bueno, por lo que tengo entendido y usted mismo reconoce...

—Se interrumpió buscando las palabras antes de hacer un gesto hacia Annabelle—.

Bien, si no me equivoco, somos adversarios, de algún modo.

— Non , croyez-moi , no lo somos, en absoluto.

—Noailles se encogió de hombros con ecuanimidad—.

Cuando conocí a milady sí me planteé la posibilidad, pero a ella la conozco ya un poquito y no peleo guerras que no puedo ganar.

Además, yo lo encuentro a usted admirable y seguro que lograré que me encuentre a mí simpático, de modo que también podríamos llegar a ser amigos. Si usted quiere, por supuesto.

Por fin hubo un chispazo de diversión en los ojos de Oliver.

—No veo cómo podría negarme.

—Si le soy sincero, yo tampoco. No luchemos contra el destino, pues.

La vida me ha enseñado a aprovechar las circunstancias del momento, siempre, y es lo que le aconsejo.

Sobre todo, cuando el viento sopla a favor, como es el caso.

Disfrute, mon ami. —Sus ojos lanzaron un destello curioso y su expresión se ensombreció.

Fue como si hubiese recordado algo desagradable, algo que había quitado el barniz teatral de aquel hombre, dejando a la vista que era, en definitiva, una persona, con su propia dosis de penas y oscuridad—.

Puede cambiar de dirección en cualquier momento.

—Eso es cierto. —Oliver asintió—. Gracias.

—No necesita agradecerme nada.

—Yo creo que sí.

Noailles rio.

— Très bien , dado que quiero congraciarme con usted, no seré yo quien le lleve la contraria, sobre todo porque he tenido la excelente idea de solicitar para ustedes dos juegos de llaves, para que puedan tener cada uno la suya.

Ahí están —añadió, señalando un cuenco de cristal—.

Hay llave de la puerta delantera, de la trasera y también de la bodega, pequeña pero muy selecta.

—¿Los dueños han alquilado la casa con bodega? —preguntó Annabelle sorprendida. Noailles se echó a reír.

—No. Pero yo les he dejado una buena botella de vino en el sótano, el lugar más fresco de la casa. —Rio—. Vino francés, por supuesto.

Oliver miró hacia allí, preocupado.

—Ya, es que... Es todo muy irregular. —Lanzó una mirada a su alrededor—. Disculpe que le pregunte, ¿de quién es esta casa?

Noailles arqueó ambas cejas.

—Oh... Pues lo siento, creo que era un apellido escocés: si le digo la verdad, fui incapaz de pronunciarlo en su momento, en el despacho del abogado, y ya no lo recuerdo.

Al parecer, eran los herederos de la anciana que vivía aquí, o algo así.

Pero, si le sirve, la he alquilado yo por un par de semanas.

Puedo alargar el plazo, pero no sabía si iba a gustarles.

—Es perfecta —susurró Annabelle, lamentando no poder quedarse allí a vivir. No necesitaba más para ser feliz. Oliver, aquella casita encantadora y la imagen de unas navidades hogareñas por delante. Noailles le sonrió con calidez, aunque hubo también algo, un destello de frustración quizá.

—Me alegro, ma chère .

—Me temo que no podemos aceptarla —terció Oliver, tenso.

Negó también con la cabeza al ver que ella lo miraba con reproche—.

Lo siento, Anna, pero no. Deberíamos irnos de inmediato.

Es muy arriesgado para la dama, monsieur, y es...

bueno, no puedo permitir que usted corra con los gastos de esta situación tan incómoda, monsieur.

Noailles chasqueó la lengua contra los dientes.

—Bueno, sugiero que al menos aprovechen hoy y hablen, ya que están aquí. Sería una tontería no hacerlo.

—Eso es verdad —dijo Annabelle. Oliver suspiró y asintió.

— Parfait —aplaudió Noailles—. Y nos ocuparemos del honor y todo eso en otro momento.

No se preocupe, mon ami , si finalmente deciden quedársela podemos hablar de dinero y organizar que usted pague los gastos —añadió, antes de que Oliver pudiera seguir protestando.

Esperó hasta verle un gesto de conformidad, aunque fuera renuente.

Luego, se volvió hacia Annabelle—. Hoy ha venido con lady Lorna, pero cualquier otro día, cuente conmigo, si lo necesita.

Diremos a sus padres que me la encontré por casualidad y que la convencí para pasar la tarde juntos paseando por Londres.

—La miró con intención, como si temiera haberla ofendido en algo—.

Si le parece bien y no tiene nada que objetar, claro.

—No, en absoluto. Es una buena idea.

— Très bien, ma chère . Espero que con esto sea suficiente para que aclaren lo que hay entre ustedes.

Eso sí, ya que quiere salvaguardar en lo posible la reputación de milady —le dijo a Oliver—, le aconsejo usar siempre el camino que le enseñé, por ese jardín trasero.

La mansión colindante está deshabitada y sería raro que le viese alguien.

—Pero...

—Hágalo por ella. Por si acaso. Es mejor que piensen que es una joven que vive sola a que la vean entrando y saliendo con un hombre, n’est-ce pas?

—Está bien... —aceptó Oliver, aunque fue evidente que aquello no le hacía ninguna gracia.

—Creo que eso es todo. Lo importante es que hablen. —Hizo un gesto galante hacia Annabelle—. Y si, tras hacerlo, necesitan huir a la aventura, sabe que puede contar conmigo.

—Lo sé. —Se sentía muy agradecida, y así se lo dijo también con los ojos—. Gracias, monsieur.

Curiosamente, no pareció muy complacido con aquel agradecimiento. Suspiró, ecuánime.

— Toujours à vos pieds , milady —se limitó a decir. El conde cogió su abrigo, su sombrero y su bastón y se acercó a la joven. Para sorpresa de Annabelle, tomó su mano y la besó con exagerada solemnidad—. ¿Necesita que pase a buscarla con un coche en algún momento?

Ella entendió entonces lo que estaba haciendo.

—¿Se marcha?

—Por supuesto. Soy un hombre de discreción exquisita y ustedes tienen que hablar.

Además, creo que ya he cumplido con mi labor como enviado de Cupido.

Seguro que todos estamos de acuerdo en que mi presencia aquí solo estorbaría —añadió mientras caminaba hacia una puerta, Annabelle supuso que daría a la cocina por lo que dijo a continuación—: De modo que saldré por detrás.

¿Quiere que vuelva luego, o que le mande un coche?

—No. Mi amiga Lorna vendrá a buscarme.

—Oh, parfait . Entonces, la veré pasado mañana por la noche, milady, su padre ha vuelto a invitarme a cenar.

Mientras, ya sabe, si necesita dar mi nombre, adelante.

Y, cualquier cosa, mándeme una nota al Savoy.

—Desde el umbral, volvió a saludar a Oliver—.

Un placer, señor Cartwright. Estaremos en contacto.

Oliver dejó escapar un suspiro.

—Por supuesto.

—Ah, supongo que nadie dijo que un hombre afortunado debía ser por fuerza un hombre alegre.

Noailles salió de la casa. La puerta se cerró a su espalda.

Oliver hizo una mueca. Annabelle y él intercambiaron una mirada incómoda.