Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 11. La pequeña conspiración de monsieur de Noailles
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Capítulo 11. La pequeña conspiración de monsieur de Noailles

La pequeña conspiración de monsieur de Noailles

L a dirección que Noailles le envió a Annabelle la llevó hasta el número siete de una calle tranquila, alejada de las zonas más concurridas de Londres, pero habitada por gentes de buena posición.

Abogados, arquitectos, médicos... Ocasionalmente vio carteles con esos títulos en alguna que otra puerta.

Era uno de esos barrios con muchos árboles en los que las casas, la mayor parte de ellas adosadas, transmitían una discreta elegancia sin llamar demasiado la atención.

Fachadas de ladrillo rojo; puertas pintadas en colores sobrios, por lo general negro o marrón muy oscuro, y siempre equipadas con bonitos llamadores de bronce; pequeñas escaleras de piedra blanca que conducían hasta la sombra acogedora de las entradas; y pequeños jardines delanteros apenas separados de la acera por una verja baja de hierro forjado.

Muchos de ellos, en esos momentos del año, estaban rebosantes de flores, llenándolo todo de color.

La casa elegida por Noailles no tenía flores, solo un seto poco exigente, y estaba más o menos a mitad de la calle.

Era pequeña —minúscula, en comparación con Caltrey House—, pero tenía un aspecto agradable y cuidado, con las ventanas enmarcadas en piedra clara y unas macetas sin plantas colocadas a ambos lados de la puerta.

No parecía una casa destinada a una gran familia, sino un lugar pensado para dos o tres personas, poco más.

Annabelle supuso que debía de haber sido alquilada recientemente, tras estar tiempo cerrada, por el aspecto del jardín y las macetas, y porque no había nada en ella que revelara demasiado sobre quienes vivían allí.

—¿Quieres que te acompañe a la puerta, Annabelle? —preguntó Lorna, sentada a su lado.

Su bonito rostro transmitía una profunda preocupación.

Cuando le contó lo que iba a hacer, su amiga no intentó disuadirla —seguro que sabía que sería inútil—, pero sí que se empeñó en acompañarla, pese a sus protestas y sus negativas.

Para asegurarse de que no iba sola, se había presentado por sorpresa a la hora del almuerzo en Caltrey House —sus familias tenían confianza suficiente como para hacer algo así— acompañada de Emily y, nada más terminar, habían alegado que salían a dar un paseo y que tomarían el té por ahí.

Que no volverían hasta la hora de la cena, de hecho.

Se habían ido algo precipitadamente antes de que lady Eve repitiera la sugerencia de que, si iban a ir de compras, justo esa tarde podría acompañarlas y luego invitarlas a tomar el té donde quisieran.

Pero Lorna había alegado que ya tenían un compromiso con unas amigas de Minstrel Valley y habían salido precipitadamente.

Y allí estaban, en medio de una locura que podía tener consecuencias terribles.

—No, no te preocupes —respondió Annabelle con una sonrisa de aliento. La expresión de Lorna denotó cierto alivio. Normal. Si las veía alguien conocido... No quería ni pensarlo—. Va a estar Oliver, no hay nada que temer.

Emily, sentada enfrente, no pareció muy convencida. Se la veía nerviosa, pero eso ocurría siempre. Qué chica. Jamás haría nada que disgustase a su madre.

Ella sí. Ella intentaría cualquier cosa por estar diez minutos a solas con Oliver.

—Está bien —aceptó Lorna—. Pero esperaremos aquí un ratito, por si acaso. —Miró a Emily y ambas asintieron con convencimiento—. Y solo tienes que chillar, que entraremos a rescatarte.

—Y Joyce guarda una pistola bajo el pescante —aportó Emily—. Puede pegarle un tiro a quien usted mande.

Lorna la miró incrédula.

—No será verdad...

—Bueno, él no —explicó Emily, apurada. Como si Joyce se hubiese apropiado de algo ajeno—. No es suya. Va siempre en el coche. Órdenes del señor Burton. Por si surgen imprevistos.

—Ahora me entero... —replicó Lorna. Miró a Annabelle—. Pues si pasa algo, avisa, que entramos pegando tiros.

Annabelle rio.

—Por favor, ¿qué podría pasarme? Se supone que ahí dentro solo estarán Noailles y Oliver...

—Bueno, apenas conocemos a monsieur de Noailles —alegó Lorna—. Y es...

—Francés —terminó Emily con cara de susto.

—Un tanto atrevido, iba a decir yo —replicó Lorna, arqueando una ceja—. Pero sí, desde luego, es francés.

Annabelle rio, aunque sonó algo nerviosa.

—Sí que lo es. Pero también es un hombre muy amable que, en vez de enfadarse al descubrir que estoy enamorada de Oliver, se ha ofrecido a ayudarme por pura generosidad y... ¿Por qué pones esa cara?

—Porque no tiene sentido tanta amabilidad —afirmó Lorna, sin perder la mueca de incredulidad—. Recuerda lo que decía la tía abuela, lady Gormlaith.

—¿Qué? ¿Lo de que el mundo público no es lugar para las mujeres?

—¡No! Lo de que los hombres podían no querer a sus esposas, pero siempre querían dejar claro que eran de su propiedad.

—Ah, sí, —admitió Annabelle. Y a eso siempre le había encontrado un mayor sentido.

Pero no ese día—. Qué tontería. Yo no soy propiedad de nadie y, desde luego, no soy la esposa de Noailles.

Y te recuerdo que a tu tía la llamábamos «La Gorgona del Tartán».

—Emily abrió los ojos como platos—. Por algo sería.

—Vale —aceptó Lorna—. Pero tus padres han hablado con él del tema. Me lo dijo mi madre. Que Noailles les ha pedido permiso para cortejarte.

Annabelle suspiró.

—Sí, eso lo sé. Pero fue antes de nuestra conversación, antes de decirle que estoy enamorada de otro. Y él se lo ha tomado bien...

—O eso esperabas. —Annabelle apretó los labios. No podía negarlo. Lorna suspiró—. Todos quieren un matrimonio. Solo te digo que tengas cuidado, querida. No me fío de monsieur de Noailles. Es...

—Francés —repitió Emily, al ver que tenía dificultades en encontrar el término. Lorna y Annabelle intercambiaron una mirada y se echaron a reír.

—Sin duda alguna. Y los franceses se toman de otro modo estas cuestiones románticas. Noailles solo quiere ayudarme. —Lorna hizo una muequita, pero no siguió insistiendo—. Solo volved a recogerme en un par de horas.

—Perfecto. —Su amiga se ruborizó ligeramente—. Espero encontrarte esperando fuera, la verdad.

—Así será. Gracias, de verdad. —Se inclinó y la besó en la mejilla. También se inclinó hacia Emily y le acarició las manos—. A las dos. Sois las mejores amigas que una joven podría desear.

—Oh, milady... —susurró Emily, emocionada ante la idea de que la considerase una amiga. Hasta llegó a sonreír y la miró con algo cercano a la adoración que sentía por Helen desde que la salvó de un problema legal grave con un noble rencoroso.

Annabelle sonrió, se aseguró de que no había nadie por la calle, bajó del coche y se dirigió a la puerta.

Ya antes de llegar a la acera oyó la música.

Alguien tocaba el piano dentro de la casa, desgranando unas notas elegantes que reconoció al momento.

Era el Para Elisa , de Beethoven, una de las primeras composiciones que aprendió a interpretar.

Ella no era tan buena como Lorna, pero tampoco pretendía serlo. Le gustaba más el arco que el teclado.

Comprobó una vez más el número antes de llamar, golpeando con el aldabón de bronce.

La música se interrumpió al momento.

Fue Noailles en persona quien abrió segundos después, y quien le dedicó una reverencia verdaderamente gallarda.

—Milady... Hermosa, como siempre.

—Monsieur de Noailles —replicó ella, inclinándose también—. Galante, como siempre.

Él rio y se apartó para dejarla pasar, y Annabelle descubrió que el interior era todavía más acogedor de lo que había imaginado.

Un pequeño recibidor daba paso a una sala de estar amplia y luminosa, amueblada con sencillez, pero con buen gusto.

Había un sofá junto a la chimenea, dos sillones tapizados, una mesa baja y una estantería con algunos libros.

En una de las ventanas, unas cortinas claras dejaban entrar la luz de la tarde.

También había un piano de pared de madera de nogal muy brillante que reflejaba la luz que entraba por las amplias ventanas.

Sus apliques dorados y las discretas molduras de la caja le daban un aspecto elegante y acogedor.

Las teclas de marfil relucían bajo la tapa levantada —supuso que lo habría estado probando Noailles, porque Oliver nunca había aprendido a tocar ni mostrado interés por ello— y un pequeño atril sostenía una partitura abierta.

Para Elisa , de Beethoven. Por supuesto.

Le encantó el lugar, pero lo olvidó por completo al ver que, de pie junto a la chimenea de piedra blanca, estaba Oliver.

Annabelle ya se lo esperaba. Aun así, se detuvo un instante, sin saber bien cómo reaccionar. Por eso no le sorprendió que él también pareciera paralizado al verla allí. Lo atribuyó al momento tenso, a la timidez que sentían ambos... Al menos, hasta que empezó a hablar.

—Anna... —se corrigió al momento, adoptando una mayor formalidad—. Lady Annabelle... ¿Qué hace usted aquí?

No era precisamente el saludo que había esperado. Miró confusa a Noailles.

El francés carraspeó discretamente.

—Me temo que debo confesar que he engañado a nuestro amigo, milady.

Oliver frunció el ceño.

—¿Engañado?

—Sí. Verá, cuando le dije que tenía intención de presentarle a un posible inversor para su expedición en África, no fui totalmente sincero. No tenemos mucha confianza usted y yo... —Al ver el modo en que Oliver arqueó una ceja, se corrigió—: Ninguna, en realidad, ya que no nos conocemos.

—Y menos nos vamos a conocer si empieza engañándome.

—Sí, bueno... Lo lamento. Temí que le pareciese una... una osadía por mi parte el organizar este encuentro y...

—Por favor, deje de dar vueltas sin decir realmente nada —le interrumpió Oliver—. ¿Qué hacemos aquí? Ya me pareció extraño lo de la puerta trasera y que me trajera por ese jardín abandonado... ¿Y milady? —La miró a ella—. ¿Ha venido sola? Menuda locura.

—Me ha traído Lorna —replicó Annabelle—. No soy tan...

—Peor me lo pones. No dejas de implicarla en todo esto. Acabará teniendo problemas por nuestra culpa.

Antes de que Annabelle pudiera responder, Noailles dio un paso al frente y la señaló.