Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 10. ¿Hay algo especial entre el señor Cartwright y usted? #2
46%

Capítulo 10. ¿Hay algo especial entre el señor Cartwright y usted? #2

—No. Saqué un cinco. —Intercambiaron una expresión de alarma con las cejas bien levantadas—.

Pero entre las normas del juego también estaba que, si se realizaba una proeza que todos aplaudían, se consideraba exitosa, así que, como todos aplaudieron, me salvé de los arrecifes y pude nadar con toda la rapidez que me permitieron mis bonitos botines con tacón y mi precioso vestido provisto de polisón flotante, hasta el barco donde me esperaban mis compañeros.

—Así debe ser. Un acto heroico debería triunfar siempre.

—¿A que sí? Fue emocionante. El Agente P y El Vizconde Sombrío disparaban cañonazos a Le Spectre para que no pudiera alcanzarme, mientras el espía francés disparaba a su vez su pistola contra mí al grito de «¡O mía o de nadie, hermosa mademoiselle Blythe!».

Noailles aplaudió con ganas.

—Me va a disculpar si, como francés, me pongo del lado de Le Spectre , milady. Ese tipo tenía las ideas claras.

—Ya lo creo. Y la aventura era estupenda.

Se llamaba Napoleón Noir porque, según la historia de Oliver, el emperador francés no murió en Santa Elena.

Por resumir, descubrimos que, tras administrarle una última dosis de láudano y tiza, su fiel cirujano Lemoine le aplicó un procedimiento especial.

Mediante una combinación de éter, hielo traído de la mismísima Groenlandia y bobinas de cobre templado en mercurio, el cuerpo imperial fue sumido en lo que los informes científicos llamaban «Reposo Galvánico».

Una suerte de catalepsia inducida en la que la conciencia quedaba suspendida, el cuerpo inalterado y la voluntad latente. ¡Seguía con vida!

— Sapristi! Pues esta vez, tendremos más cuidado en Waterloo. —Rieron. Noailles agitó la cabeza—. La literatura se ha perdido un gran creador de historias.

—Ya lo creo que sí.

Compartieron unos segundos más aquel momento divertido. Cuando se acabaron las risas, se miraron en silencio.

—¿He contestado a su pregunta? —dijo ella.

Noailles asintió.

—Me temo que sí. Me ha dicho mucho más de lo que esperaba, en realidad.

Ahora sé que usted lo ama. Y sé que él la amaba ya entonces, cuando creaba esas historias para usted.

—Suspiró resignado—. En realidad, ya lo sabía.

Me he dado cuenta desde el primer momento, cuando se han visto en la sala de la exposición.

Ella vaciló.

—Entonces ¿por qué me lo ha preguntado?

—Porque quería saber si estaba equivocado.

Realmente lo deseaba, llámeme presumido...

—Se encogió de hombros—. Además, creo acertar también al decir que usted considera imposible una relación con él.

—Ella negó con la cabeza, pero sin demasiado convencimiento—.

Conozco a su padre, milady. Dudo que jamás acepte como yerno a alguien sin título. Ambos lo sabemos.

Annabelle no supo qué decir.

Noailles caminó hacia el sarcófago y contempló con pena los restos de Nefer-Anjet-Ast.

—Me gusta su historia —murmuró— porque demuestra que así es el amor. No sabe de rangos ni le importa el nivel social de nadie. Solo sobresalta el corazón y llena de luz el mundo.

Annabelle sonrió débilmente.

—Veo que ya lo ha probado.

— Non , la verdad. —La miró de reojo—. Hasta ahora, no me había interesado ninguna mujer.

Ella se mordió los labios y decidió no preguntar al respecto.

—¿Volvemos con todos? —propuso en su lugar—. Ya me encuentro mejor, le agradezco mucho lo atento que se ha mostrado.

Noailles volvió la cabeza hacia ella. Fue todo el movimiento que hizo.

—Yo puedo ayudarla. Ayudarlos, mejor dicho.

—Annabelle lo miró sorprendida. Como no sabía qué decir, permaneció callada—.

No pretendo entrometerme —continuó él—. Y tampoco quiero que crea que mi ofrecimiento significa que espero algo a cambio.

Me gusta conversar con usted. La admiro.

Y, después de conocerla un poco mejor, prefiero que sepa que estaría encantado de contar con su amistad antes que forzarla a una relación que está claro que no le interesa.

Annabelle sintió que algo se aflojaba dentro de ella.

—Lo lamento...

— Voyons , no tiene por qué. Así son las cosas del corazón, los franceses lo sabemos bien.

—Noailles prosiguió con absoluta naturalidad—: Yo soy un enamorado del amor, milady.

Siempre me ha fascinado ese sentimiento tan...

embriagador, tan intenso, capaz de provocar guerras.

Todos hemos oído hablar de Troya. Y, por lo que me ha contado de —comprobó el nombre.

Lógico: al principio costaba retenerlo— Nefer-Anjet-Ast, ella estaría de acuerdo conmigo.

El amor es lo más grande que posee la humanidad.

—Eso suena muy romántico.

—Oh, ma chère mademoiselle , por supuesto que sí —dijo él, llevándose la mano al corazón e inclinándose con gracia—. Soy francés.

La respuesta fue tan sencilla que Annabelle volvió a sonreír.

—No he podido por menos que percatarme de ello —replicó. Los dos rieron con suavidad.

Después, Noailles bajó la voz.

—Si el señor Cartwright y usted tienen un problema, quizá necesiten hablar a solas para resolverlo.

Annabelle se quedó inmóvil.

—No sé a qué se refiere...

—¿Otra vez con las mentirijillas? Creí que ya había confianza suficiente entre nosotros.

—Noailles avanzó hacia ella, aunque se quedó a varios pasos—.

Claro que lo sabe, milady, pero se lo diré con toda claridad de todos modos: me refiero a que usted y él tienen algo pendiente, hasta a mí me ha quedado claro, y bien sabe Dios que no suelo ser el más perspicaz con las historias de amor.

—Alzó ambas manos con las palmas hacia arriba—. Al menos, con las ajenas.

Ella dudó, pero terminó asintiendo. No tenía sentido negarlo.

—Sí, es cierto —admitió apesadumbrada—. Necesitaría hablar con él y solucionar algunos... equívocos que han surgido entre nosotros. Pero me temo que nuestros mundos no suelen coincidir. Solo en ocasiones como esta, y ya ha visto que apenas hemos tenido tiempo de charlar.

—Y siempre ha sido en público.

—Y siempre ha sido en público —coincidió Annabelle.

—Y no pueden quedar de algún modo más privado, o más conveniente... Quizá en Hyde Park...

No tuvo ni que considerarlo.

—Oliver no querría. Podrían vernos.

—Ya... ¿Y en algún lugar discreto? No sé dónde se aloja el señor Cartwright, aunque supongo que será en algún buen hotel.

—No, no, está en el The Albany, en Piccadilly. —Se mordió los labios. ¿Por qué había dicho eso? Le había dejado claro que sabía dónde se alojaba, casi reconociendo que había estado allí. Se ruborizó bajo su mirada—. Yo...

—No puede volver por allí —dijo Noailles con sencillez.

Annabelle tomó aire.

—No, no puedo. —Recordó aquella noche terrible, cuando Lorna y ella salieron mientras el portero las observaba en silencio. ¡Qué vergüenza!—. Sería demasiado arriesgado.

—Comprendo. —El francés volvió a moverse, pensativo, y finalmente tamborileó los dedos sobre una vitrina que tenía al lado—. Yo podría organizarlo.

Ella lo miró, sorprendida.

—¿Lo dice en serio?

— Absolument, ma chère. Podría encontrarles un sitio en el que estar a solas con comodidad. Una casita discreta, por ejemplo. Podría alquilársela por un par de semanas.

Annabelle tragó saliva. ¡Eso sería ideal, por completo! Oliver y ella, solos en una casita discreta, soñando con que fuera su hogar...

Pero no entendía aquel comportamiento tan amable por parte de alguien a quien, claramente, estaba rechazando.

—¿Por qué haría algo así?

El francés sonrió.

—Porque creo que hay ocasiones en las que un hombre debe tener la inteligencia suficiente para apartarse del camino, y un corazón lo bastante generoso como para ayudar a otros a recorrerlo. Sobre todo cuando afirma que aprecia sinceramente a los demás. Y, créame, yo la aprecio.

Annabelle bajó los ojos.

—No sé si debería aceptar —susurró.

—Entonces no lo haga.

—Pero...

—Solo piénselo, lady Annabelle... Yo hasta admito que soy un idiota monumental por ayudar a un adversario en las lides del amor, pero que voulez-vous ... —Le dedicó una reverencia—. Noblesse oblige , milady.

—No es usted ningún idiota. Es usted muy amable y empiezo a considerarle un amigo.

—Se lo agradezco. Eso, créame, lo compensa todo. Y ahora sí, ¿le parece si volvemos? —Sin más, el francés comenzó a caminar hacia la puerta—. Esperemos que no nos estén buscando por todas partes... Ya no me sentiría cómodo teniendo que casarme con usted sabiendo que ama a otro.

Annabelle alzó una mano.

—Espere. —Noailles se volvió y ella respiró hondo—. Sí. Por favor.

Noailles no preguntó nada más. Simplemente sonrió.

—Entonces déjelo en mis manos —dijo.