Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 10. ¿Hay algo especial entre el señor Cartwright y usted?
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Capítulo 10. ¿Hay algo especial entre el señor Cartwright y usted?

¿Hay algo especial entre el señor Cartwright y usted?

A nnabelle lo estudió intrigada. El tono de la conversación había cambiado otra vez. Ya no hablaban de Egipto.

—¿Qué pregunta? —inquirió sin comprometerse.

Los ojos verdes de Noailles parecían de pronto hechos de puro acero. La escrutaron sin vacilación.

—¿Hay algo especial entre el señor Cartwright y usted?

Annabelle sintió que el calor le subía al rostro de inmediato.

—¿Especial? No sé a qué se refiere...

— Allons donc , milady... —protestó él. Se apoyó en la vitrina de costado y se cruzó de brazos con aire falsamente ligero—. Le he pedido que sea sincera conmigo. Sí que lo sabe. Claro que lo sabe.

Annabelle bajó la mirada hasta sus manos, que se frotaban nerviosas una contra la otra. Noailles esperó. No parecía divertido, en absoluto, pero al menos tampoco la juzgaba. Solo le daba tiempo.

Ella suspiró. ¿Por qué no? Quería desahogarse. Hablar con alguien de aquello.

—Tiene que entender que Oliver Cartwright forma parte de mi vida desde hace muchos años —susurró. Él asintió. No dijo nada—. Helen, él, Peter, Lorna y yo pasábamos mucho tiempo juntos, desde niños.

—¿Cuántos años tenían cuando se conocieron?

—Diez, creo, la primera vez que fui a pasar una larga estancia en Terrace House, por los viajes de mis padres. Oliver tenía doce. Peter llegó algo más tarde.

—Eran unos niños...

—Así es. Oliver era el nieto del señor Cartwright, el mayordomo de Terrace House en esa época.

—Lo recordó, en algún verano perdido: un chico alto y delgado, con su densa mata de cabello rubio pajizo y sus ojos azules—.

Cuando era pequeño le dejaron acudir a clases con mis amigas Helen y Lorna, en el aula de la mansión.

—¿En serio? Muy generoso por parte de los marqueses.

—Lady Beth y lord Walter siempre lo han sido.

Pero tenga en cuenta que el señor Cartwright era una institución por sí mismo en la mansión, llevaba mucho tiempo al frente de la servidumbre.

Su hija y su marido viajaron a América, para abrirse camino allí, y le dejaron a Oliver con la idea de reclamarlo tras establecerse en Nueva York, pero su barco naufragó y ellos...

No se supo más. —La expresión de Noailles mostró un pesar auténtico, no algo meramente cortés—.

En Terrace House todo el mundo quería al pequeño Oliver, no hubo más niños que él hasta nacer mis amigas...

—Hizo un gesto de disculpa—. Quizá lo estoy aburriendo.

Pero creo importante que entienda cuál es nuestra relación.

—Por supuesto. Además, usted no me aburriría nunca.

—Es usted muy amable. También un poquito mentiroso.

O tremendamente optimista. —Ambos rieron—.

Esa era la situación cuando yo llegué, con diez años.

Oliver era algo mayor que nosotras, ya le digo, me lleva un par de años, pero no se hacían grandes distinciones.

Por eso estuvimos así, compartiendo aula y juegos hasta la llegada de lady Gormlaith.

—¿Lady Gormlaith?

—Una tía abuela de Helen y Lorna. —Recordó lo que le había contado Helen sobre el dinero: que los marqueses no tenían apenas y habían llegado a un acuerdo con aquella odiosa mujer para acogerla y que luego le dejase su herencia a las niñas.

Había sido una confidencia muy secreta, de las juramentadas con poema y cruz sobre el corazón, y no lo hubiese contado nunca en ningún caso.

Además, le habían inculcado desde siempre que hablar de dinero era una completa vulgaridad—.

Era escocesa y, al llegar, también era un tanto... odiosa.

—Con ese nombre no me extraña.

—No sea malo. Le aseguro que, con los años, mejoró mucho.

Pero sí que en aquel momento, al llegar, era muy soberbia y se puso furiosa al ver que las jóvenes hijas del marqués consideraban como si fuera un hermano al único niño de la servidumbre.

Exigió que acabasen semejantes confianzas, aunque, gracias al marqués, Oliver pudo seguir yendo a las clases.

Annabelle se dejó llevar un momento por el recuerdo de aquellos tiempos.

Estaba convencida de que correspondía a aquella época la forma que tenía Oliver de afrontar el asunto de su condición inferior.

Debió ser muy duro para un niño, acostumbrado a sentirse querido, a ser uno más, verse relegado de pronto.

Que se le recordase —como sin duda hizo su abuelo con ahínco, viendo el disgusto de lady Gormlaith— que los nobles eran caprichosos, y lo mismo te aceptaban como uno más, que te recordaban cuál era tu auténtico puesto.

—Un millón de francos de oro por sus pensamientos —dijo Noailles.

Ella parpadeó y le dedicó una sonrisa.

—Está empeñado en tirar su dinero por conocer cosas que no tienen demasiada importancia, monsieur.

—Todo en esta vida tiene un valor relativo, milady. —Se sonrieron—. Me hablaba usted del señor Cartwright niño.

—Sí. Cuando yo llegué, Helen y Lorna ya habían empezado a espantar institutrices, así que las clases no eran continuadas...

—Creo que no quiero más detalles del tema —dijo Noailles divertido.

—Hace bien, créame. Sobre todo Helen era muy creativa en los tormentos a las institutrices, y yo colaboré bastante.

Pero bueno, intentamos que la relación con Oliver se mantuviera como siempre.

Solíamos escaparnos los cuatro a un rincón tras el invernadero para pasar el rato con algún juego de tablero o con los naipes, pero cada vez resultaba más complicado.

Además, casi enseguida empezó a trabajar de lacayo, y su abuelo se empeñaba en darle tarea todo el día.

Noailles arqueó una ceja.

—Cartwright fue lacayo...

—Así es. Su abuelo quería darle una profesión y pensó en la suya, así que empezó a prepararlo para mayordomo.

Pero resultó ser un chico inteligente. Desde muy temprano mostró mucha habilidad para «el dibujo, la orientación y la observación del terreno», así se lo oí decir a lord Walter.

No sé dónde descubrió que eso era una profesión; solo me enteré que con, no sé, catorce años, ya iba tres tardes por semana a la escuela de San Edmund, en Chelsea, para asistir a clases de cartografía y dibujo técnico.

—¿Seguía trabajando de lacayo?

—Sí, desde luego. Trabajaba y, esos días, estudiaba.

En realidad, pudo hacerlo porque lady Beth le consiguió una tarifa reducida, o eso dijeron.

Yo creo, igual que Helen y Lorna, que los marqueses fueron los que pusieron la diferencia, sin mencionárselo al señor Cartwright, o al propio Oliver, que eran muy orgullosos y se habrían negado.

Noailles asintió.

—Tiene mucho mérito.

—Desde luego. Ya ve, podía haber heredado un buen puesto en la servidumbre, pero decidió cumplir su sueño.

Le gustaba. Una vez me dijo que, para él, los mapas eran otra forma de contar historias.

Siempre soñó con viajar —susurró, preguntándose como tantas otras veces si no estaría siendo egoísta con aquel empeño que tenía por retenerlo.

En Londres, Oliver era como un pájaro exótico en una jaula: estaba atrapado, anhelando poder alcanzar el cielo—.

Mapeó todos los alrededores de Terrace House y también hacía los mapas para el Ministerio del Cuervo Silencioso.

—¿El Ministerio del Cuervo Silencioso? ¿Qué es eso?

—Eh... —El nombre le había salido de forma natural, pero sintió un poco de apuro al explicarlo con una risilla entre dientes—. Verá, jugábamos a espías, en clase de francés. Para que aprender francés resultase divertido y no lo más tedioso... Oh, perdone.

Noailles arqueó ambas cejas, divertido.

—No se preocupe, lo entiendo. Y está bien aprender divirtiéndose. ¿En qué consistía su juego?

—Oh, pues... Todos éramos agentes de la Corona, teníamos nombres secretos de lo más rocambolescos, y luchábamos encarnizadamente contra el pérfido Émile de Rochefort, alias Le Spectre .

— Le Spectre ... qué buen alias.

—¿A que sí?

—¿Y cuál era su alias, milady?

—Yo era la señorita Morwenna Blythe. —Hizo un gesto coqueto y se llevó una mano al recogido, como retocándolo—. Siempre elegante y siempre bien peinada. —Ambos rieron—. Y Oliver era El Vizconde Sombrío. Con el artículo siempre en mayúscula también.

— Mon Dieu! Ese sí que es malo.

—¡Cierto! Eso le dijimos Helen y yo muchas veces.

Pero al principio no se lo tomó en serio y luego optó por no cambiarlo.

Aunque peor todavía era el de lord Peter, El Agente P.

También con el artículo en mayúscula, creo recordar.

—Volvieron a reír, con ganas. Qué bien le estaba sentando recordar todo aquello con Noailles.

Qué hombre más agradable era—. Vivimos muchas aventuras, las inventábamos unos u otros, pero hubo una en concreto que fue... fabulosa.

Noailles la miró casi con ternura.

—Apuesto a que la preparó el señor Cartwright.

—Vaya... —Annabelle se ruborizó, aunque aceptó divertida la ligera pulla—. Pues ganaría la apuesta. Sí, la preparó él, se le daba bien crear aventuras y hacía unos mapas preciosos.

—¿De qué iba? No acabo de hacerme una idea...

—El que tenía el encargo de crear la historia la preparaba, luego nos poníamos todos en la situación e íbamos siguiéndola. Resolvíamos las escenas tirando un dado.

—Suena divertido.

—Lo era, mucho. En esa historia seguíamos la pista de Le Spectre hasta la ciudad costera de Saint-Malo, donde Le Spectre me persiguió de cerca por todo el Phare des Bas-Sablons, con una alianza de boda en la mano, jurando que me amaría por siempre y que teníamos que casarnos.

Noailles lanzó una carcajada.

—Debió ser espectacular.

—Lo fue más cuando, atrapada arriba de todo, no me quedó más opción que entregarme o lanzarme al mar.

Jugábamos con dado, como le digo, y solo con un uno me salvaba, pero lo hice, salté, agarrando con fuerza mi sombrero y gritando...

—Trató de hacer memoria. La frase volvió con facilidad—: «¡Por Inglaterra, por la reina, por el Ministerio del Cuervo Silencioso! ».

Noailles rio hasta doblarse.

—Pobre Le Spectre —dijo—. Qué cruel fue usted. ¿Y sacó el uno?