Capítulo 9. El amor se abre paso a través de los tiempos. #2
Por lo demás, todo el lugar estaba decorado con frescos que cubrían por completo las paredes.
En ellos, imágenes muy realistas ilustraban sobre cómo debió ser el mundo en el que vivió la joven sacerdotisa, desde los palacios impresionantes que podían ser de Tebas o Menfis hasta los campos verdes del delta, pasando, por supuesto, por las asombrosas pirámides con su esfinge.
Incluso se la veía a ella, a la joven Nefer-Anjet-Ast, en lo que podía ser la entrada de un templo lleno de esplendor, tal como la había imaginado el artista a partir de los rasgos que podían deducirse de la momia: una mujer bellísima, de larga cabellera negra, piel dorada y ojos muy verdes, que miraba serena al frente, ataviada con su parafernalia religiosa.
El viento agitaba con suavidad el lino blanco de su túnica y la luz de un sol perdido arrancaba destellos de sus joyas de plata y daba intensidad al lapislázuli.
Desde aquel fresco, Nefer-Anjet-Ast contemplaba a sus visitantes envuelta en una extraña quietud, indiferente a los restos que descansaban cerca.
Como si no tuviera ninguna relación con ellos, porque era eterna.
Noailles avanzó impresionado hacia el retrato de tamaño natural.
—Tiene... tiene los ojos verdes... —susurró, casi reverente, como si él no los tuviera también de ese color. O como si ningún antiguo egipcio los hubiera tenido, cuando era evidente que sí, aunque se tratase de una rareza.
Pero Annabelle sabía que era algo que sorprendía siempre: en pleno 1909, con las novelas coloniales y las ilustraciones de moda dictando cómo debía lucir una mujer del Nilo, el público general solo imaginaba miradas de un negro profundo.
La de Nefer-Anjet-Ast rompía todos los esquemas de la época, los estereotipos de pieles oscuras y ojos azabache que llenaban las crónicas arqueológicas de los periódicos.
—Así es. —Annabelle señaló hacia donde podían verse varios textos expuestos en vitrinas de cristal. Junto a cada papiro estaba su traducción—. Lo supieron por los textos. Aunque los vasos canopes daban una idea.
Él asintió.
—¿Quién es? —preguntó con un susurro reverente.
—Se llamaba Nefer-Anjet-Ast, que significa «Belleza viva de Isis». Era sacerdotisa de Isis. En la entrada venden un librito con su historia. Descubrieron muchas cosas interesantes cuando le hicieron la autopsia.
—¿Le hicieron la autopsia, en serio? —Noailles se mostró sorprendido—. ¿A una momia?
—Sí, no es algo tan raro, créame. Esto ocurrió...
no sé, por 1830, si no recuerdo mal. —Él se mostró impresionado.
Habían pasado más de setenta años—. Entonces encontraron ese pergamino.
—Señaló de nuevo hacia las vitrinas con los textos, aunque esta vez indicó uno en concreto—.
Ahí puede leer unas palabras escritas hace miles de años.
Noailles, que evidenciaba un genuino interés, no se hizo de rogar. Se dirigió hacia allí y clavó los ojos en el texto.
«Escuchad, oh, Dioses, yo, Neb-J(ilegible)e —¡Vida, Salud, Fuerza!
—, Horus encarnado, Toro Poderoso, Señor del Alto y el Bajo Egipto, escribo esto de mi propia mano y os digo que esta es Nefer-Anjet-Ast, mi (ilegible).
Su amor fluye por mi cuerpo como el gran río por la Tierra Negra, y mi corazón sufre por su ausencia.
¡Mirad! La pena es un mar profundo (en el que) se ahoga.
»¿Por qué la rechacé, cuando no podía vivir sin ella? ¿Por qué no impuse lo que me dictaba el corazón sobre todo lo demás? Qué inmenso pecado cometí, profundo como el gran río... ¡Era un regalo de Isis! Merezco el castigo de este sufrimiento.
»He aquí lo aprendido con inmensa amargura: jamás debe despreciarse un obsequio, y menos uno tan precioso como el amor. Ahora, me consta que lo cambiaría todo, absolutamente todo, solo por sentir otra vez (ilegible) de su mano en la mía y regresar al día (ilegible) primer beso.
»¡Qué felicidad! El mundo brillaba a mi alrededor y lo creía todo posible. Nefer-Anjet-Ast llevaba una flor en el cabello. Su perfume (me envuelve) como entonces. (ilegible) los jardines.
»Sabed, Dioses, que era perfecta. Que sus inmensos ojos verdes, grandes como Ineb-hedy, impresionaron al mundo, y yo me moría por verlos. Era hermosa, era única. Por eso, os la envío tal cual la amé y os confío a vosotros su eternidad. Proteged su Ka, proteged su Ba.
»Cuidadla hasta que me (ilegible) en los campos de cañas, para compartir con ella la vida de los millones de años».
—De modo que nuestra joven Nefer-Anjet-Ast fue protagonista de un romance —dijo Noailles.
—Así es. Por lo que sé, vivió muy poco, pero debió disfrutar de momentos maravillosos. Y tuvo un gatito llamado Miu. —Sonrió nostálgica—. Mi amiga, lady Lorna, adoraba en particular esa parte de la historia y ha bautizado Miu a un buen número de sus gatos.
—¿Ha tenido muchos?
Annabelle rio.
—Oh, sí. También los adora, casi tanto como lo hacían en Egipto —añadió, bromeando.
Noailles sonrió con cierta condescendencia.
—¿Y qué parte de la historia le gusta más a usted?
Ella parpadeó. Sus ojos volvieron a los restos de la sacerdotisa. ¡Era tan difícil imaginar que había sido una persona! Que se había movido, reído y sentido como lo hacía ella misma en ese momento. Que había tenido ilusiones y había amado.
Y sin embargo...
—Que una vez, se puso una flor en el pelo y le dieron su primer beso...
—musitó con voz queda. Hubo un momento de silencio.
Cuando volvió los ojos hacia Noailles, se sorprendió por la intensidad de su mirada.
Casi tuvo la impresión de estar ante otro hombre: uno menos superficial, más intenso.
Incluso más oscuro, pero también más real.
Se sintió incómoda; carraspeó y buscó rápidamente otra cosa que decir—.
Esa palmera... —indicó, caminando hacia la puerta acristalada que daba a un precioso jardín.
En su centro crecía una palmera de buen tamaño, muy hermosa— es la llamada «Palmera Milenaria».
—¿Milenaria?
—Sí. Es una de las atracciones más visitadas del museo.
Verá, como ya le dije, es llamativo el hecho de que Nefer-Anjet-Ast no fuera momificada de la forma habitual.
Y, por eso, en los vasos canopos —los señaló con un dedo— no estaban sus vísceras.
Al principio pensaron que estarían vacíos, pero no: encontraron un pergamino y la estatuilla del gatito Miu, además de semillas de flores y de palmeras.
Todos ellos eran símbolos de su amor. —Noailles miró hacia el exterior con gravedad.
Las largas hojas de la palmera se movían suavemente con la brisa—.
Ese árbol, esa palmera que ve, nació de una semilla que permaneció dormida durante milenios. Un milagro.
Durante un momento, los dos miraron hacia el exterior en silencio.
—Yo no sé si creo en Dios —dijo de pronto el francés, con aquella seriedad tan poco habitual en él, pero que Annabelle ya había atisbado en un par de ocasiones—. En realidad, sé que no. Sin embargo, en momentos así, hasta yo debo reconocer que existe lo maravilloso.
—Sí... No hubiera podido decirlo mejor.
Él asintió.
—¿Y las otras semillas?
—Por lo que sé, no consiguieron fructificar ni en el excelente invernadero que tiene este museo ni en Oxford, donde intentaron recuperarlas de mil maneras distintas.
—Qué pena. ¿De qué eran?
—No recuerdo... Espere, igual lo dice aquí. —Caminó hasta la cartulina que informaba sobre los vasos canopos y leyó con rapidez—. Sí. Semillas de jazmín árabe, de lirios y de narcisos.
—Vaya... Hubiese sido impresionante tocar y oler esas flores milenarias.
—Sí. Bueno, al menos tenemos la palmera. Y la historia de Nefer-Anjet-Ast, que no se ha perdido.
— En effet . —Le sonrió—. Yo le agradezco mucho que me la haya contado, es fascinante. Merci .
—De nada. Ha sido un placer.
— Oui ... —Suspiró y se cruzó de brazos—. ¿Se da cuenta de que su historia habla de que el amor no conoce de niveles sociales? ¿Que se abre paso, porque sí, a través de la moral, del tiempo o de las convenciones de cada época?
Annabelle apretó los labios.
—Supongo... —susurró.
Noailles le ofreció una sonrisa amable.
— Alors , teniendo eso en cuenta, voy a hacerle una pregunta muy sencilla y a la vez muy complicada, milady, y le ruego por favor que sea sincera en su respuesta.