Capítulo 9. El amor se abre paso a través de los tiempos.
El amor se abre paso a través de los tiempos...
A nnabelle y Noailles dejaron atrás el murmullo de la sala principal, y se internaron por un pasillo que conducía a diversas secciones del museo.
A través de las lágrimas que nublaban sus ojos, Annabelle vio una sucesión de puertas idénticas y luego dos más grandes, acristaladas y marcadas con carteles en los que se anunciaban espacios dedicados a Egipto y el Mediterráneo oriental.
Noailles entró en el primero —la joven supuso que lo eligió por pura casualidad, le quedaba más cerca— y la arrastró con él.
La sección dedicada a Egipto —que en realidad ocupaba varios pisos del edificio, comunicados entre sí por una estrecha escalera de caracol exclusiva de aquella zona— era la más grande del museo, y contenía su colección más completa y más antigua.
La primera vez que las llevó allí, lady Deelright les había explicado que eso se debía a que, en sus inicios, el Museo Rutshore había estado centrado casi por completo en la egiptología.
Eso tenía una explicación muy sencilla: el marqués de Rutshore que lo fundó —lord Edward Truswell, un hombre guapísimo a decir del retrato del elegante vestíbulo y que había enamorado a Lorna de pequeña— había sido un infatigable egiptólogo y un autor muy prolífico, además de espía para la Corona británica, si los rumores no se equivocaban.
A lo largo de su vida, lord Rutshore escribió varios libros, la mayor parte fruto de sus estudios e investigaciones históricas sobre el antiguo Egipto, pero también uno que las encantó, una especie de biografía novelada titulada Una tarde en el Támesis , en la que explicaba la forma tan sorprendente en que se habían conocido su esposa —lady Harriet, de soltera Waldwich Saint-George, hija del conde de Trammheran— y él, básicamente gracias a una apuesta y una venganza.
Lady Harriet tenía ascendencia francesa por parte de madre, y todos la llamaban lady Harry. Eso no solo las sorprendió, sino que las llenó de admiración. ¡Se dirigían a ella por un nombre de varón, qué atrevimiento! Lo hacía hasta su esposo, que en el libro se refería a ella como «Harry».
Además, aquella mujer tan poco convencional también había tenido su propio papel en el mundo erudito de la Historia.
Había escrito varios libros sobre egiptología, había traducido del francés muchos más y había realizado grandes aportaciones.
Había acompañado a su esposo en todos sus viajes e investigaciones, incluso había tenido alguno de sus hijos en Egipto, donde habían vivido durante largas temporadas.
Según el retrato que acompañaba al de su esposo en el vestíbulo, idénticos ambos en tamaño y relevancia, había sido una hermosa mujer de cabello y ojos negros, y mirada muy inteligente.
Annabelle la admiraba mucho. Nunca se había parado a pensarlo, pero de pronto se dio cuenta de que se sentía extrañamente identificada con ella: lady Harry también se había enamorado de un hombre incapaz de permanecer quieto en Inglaterra, un viajero a la búsqueda del conocimiento.
Pero lady Harry había optado por sujetar con fuerza las riendas de su vida y seguirlo allá donde fuera, sin importarle qué dijera nadie... Quizá ella debería tomar buena nota de esa decisión y actuar también en consecuencia.
Pero ¿estaría a la altura de algo así? Lady Harry sí, porque debía haber sido por demás magnífica.
Tal como se contaba en el libro de su esposo, hasta había descubierto a un espía francés al que conocían como el Dragón, una especie de Le Spectre .
¡Eso las había entusiasmado! Helen había querido incluirla como personaje habitual en las historias del Ministerio del Cuervo Silencioso, y no dejaba de lamentarse de que, al ser invierno y estar todo muy nevado —en aquel momento se encontraban cercanos a la Navidad—, le resultaba muy complicado imaginarse corriendo por las dunas del desierto mientras disparaba a diestro y siniestro perseguida por una horda enfurecida de mamelucos.
Annabelle habría sonreído con ganas ante aquellos recuerdos, pero estaba demasiado consternada.
Se limitó a dejarse llevar y apenas fue consciente de que la sala en la que entraron finalmente estaba llena de expositores de madera y cristal.
En ellos se mostraban numerosas piezas de pequeño tamaño: reproducciones de inscripciones, pequeñas esculturas, objetos religiosos y algunos dibujos de monumentos.
Noailles soltó su brazo y se detuvo junto a una figurita de la diosa Maat, tal como indicaba la tarjeta de su base.
—Siempre me ha interesado mucho Egipto —musitó el francés, estudiando la estatua con curiosidad, aunque Annabelle supuso que estaba dándole tiempo para recomponerse.
Se llevó una mano al ojo derecho, donde temía encontrar una lágrima.
El francés le tendió al momento un pañuelo impecable—.
Napoleón intentó conquistarlo, y aunque la campaña terminó fracasando, la expedición científica que la acompañó dejó como resultado su monumental Description de l’Égypte .
Mandó más de ciento cincuenta científicos, eruditos y artistas civiles, conocidos como los savants , o sabios, junto con cientos de grabadores.
¿Lo sabía? —Ella asintió. Juliet les había hablado de ello.
Noailles sonrió con amabilidad, intentando infundirle ánimos—.
Si le parece bien, podemos estar aquí un momento, charlando del pasado, lo único cierto que hay en nuestras vidas, hasta que se calme.
Y no se preocupe, si nos descubren, me casaré con usted.
La inesperada broma casi la hizo reír. Pero sí, aquello suponía un peligro real. Si los encontraban juntos, los rumores sacudirían como un terremoto todos los salones de Londres durante meses, y su boda sería requisito imprescindible si quería volver a ser aceptada en sociedad.
—Muy amable, pero no sería justo con usted, monsieur.
Mejor volvamos —pidió, empezando a dirigirse hacia la puerta.
No se sentía recuperada del todo, pero sí mucho mejor.
El problema iba a ser disimular frente a sus padres, que la conocían bien.
Y cada vez que recordaba que Oliver estaba planeando irse cuanto antes, sin que le importara nada lo que había ocurrido entre ellos, sentía un aguijonazo en el corazón.
Ojalá hubiese podido meterse en un rincón y dejar pasar el tiempo—.
Además, aunque se casara conmigo para salvar mi reputación, conozco bien a mis padres, y sé que no les gustaría pasar por semejante escándalo.
— Eh bien , a ellos hasta les gustaría que ocurriera, milady.
Si se tratara de algo ligero como esto, claro está, un escándalo menor, me refiero.
—Ella se paró en seco y parpadeó. Giró sobre sí misma y lo miró.
Noailles la observaba y se encogió de hombros con ecuanimidad—.
Su padre se mostró encantado con mi propuesta, ya se lo dije.
Y, desde la otra noche, cada vez que estamos a solas me pregunta si ya he hablado con usted, si va todo como esperamos...
—No quiero hablar de eso ahora, monsieur.
Él hizo una mueca.
—Yo sí. No de nuestra relación en sí, entiéndame, no pretendo presionarla en absoluto —añadió al momento, para calmarla—. Pero quiero... tener yo claras las cosas, seguro que lo comprende.
—Sí —reconoció Annabelle, sintiéndose un poco culpable. Lo había alentado un poco, solo por conseguir que la llevase a esa exposición. De algún modo, tenía la impresión de que había jugado con él—. Supongo que sí.
— Ma foi . Menos mal. Le aseguro que no estoy acostumbrado a dar tumbos tras nadie —eso era seguro.
Noailles era demasiado guapo como para haber conocido la amargura de un amor no correspondido; si ella no le concedía su atención, era porque su corazón ya estaba ocupado por Oliver Cartwright— ni, mucho menos, a molestar a ninguna dama con mis pretensiones.
Tenemos que hablar —insistió—. Pero antes, prefiero que se calme.
Podríamos charlar, sin más. —Miró alrededor—.
Dígame, ¿conoce esta parte del museo? ¿Hay alguna pieza egipcia que le guste especialmente?
Annabelle abrió la boca para descartar aquella propuesta de conversación banal —o cualquier otra—, pero cambió de idea y volvió a cerrarla.
Noailles no dejaba de tener cierta razón, necesitaba calmarse y no le apetecía nada volver para encontrarse con la mirada perspicaz de su madre, de modo que asintió.
Además, eso le sugirió una idea que los alejaría un poco más de otros posibles grupos de invitados al evento.
—Venga conmigo —le dijo con voz neutra, y lo guio hacia la escalera de caracol para ir a la sala de la planta baja en la que estaba la sacerdotisa Nefer-Anjet-Ast, la pieza más famosa del museo Rutshore, incluso a pesar de los muchos años transcurridos desde que la llevaron.
El sarcófago estaba abierto —la momia, de un tono muy oscuro, tenía los brazos cruzados sobre el pecho y parecía muy frágil y pequeña—, con la tapa a un lado para que pudiera admirarse la belleza de sus pinturas, aunque todo el conjunto estaba protegido tras una estructura de cristal.
También estaba allí dentro el templete canópico, la caja donde se guardaban sus vasos canopos.
Los de Nefer-Anjet-Ast eran pequeños jarrones con las tapas talladas con forma de cabeza humana, porque, al parecer, en aquella época del pasado egipcio, se hacían con el rostro del difunto.
Por eso, los de la sacerdotisa mostraban el rostro de una joven muy bella, cuyos ojos habían sido pintados de verde.
Lady Deelright les había explicado que en esos recipientes se guardaban por lo general las vísceras del fallecido tras la momificación, y luego Annabelle había leído al respecto en el librito que vendían en la entrada del museo, aunque no era un tema que le pareciese especialmente agradable.
Pero había llamado su atención el hecho de que Nefer-Anjet-Ast no había sido eviscerada, y que sus vasos canopos solo contenían semillas, papiros y la talla de un gato.