Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 8. No se quite mérito, señor Cartwright #2
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Capítulo 8. No se quite mérito, señor Cartwright #2

—Si no conocían una región, ¿por qué la dibujaban?

¿No hubiera sido más lógico dejar esa zona de mapa en blanco?

—Annabelle abrió la boca para decir que no tenía ni idea, pero antes de responder él sonrió—.

Veamos qué nos cuentan los expertos. —Hizo un gesto hacia Oliver, que acababa de terminar su conversación con el comisario y estaba pasando cerca.

Annabelle sintió que el corazón le daba un vuelco—.

Excusez-moi, monsieur, ¿me permite un momento?

Oliver se detuvo. La miró a ella serio; a él, con intriga.

—Por supuesto —dijo.

—Me ha parecido que estaba informando a los visitantes. ¿Forma usted parte de la organización? Teníamos algunas dudas sobre unas líneas de este mapa y... —Los miró alternativamente—. Perdón. Ustedes ya se conocen, ¿no?

Annabelle tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la compostura.

—Sí. —Optó por presentarlos, qué remedio—. Oliver Cartwright, uno de los organizadores. Oliver, te presento a monsieur le comte de Noailles, un amigo de mi padre.

Los dos hombres se estrecharon la mano.

—Un placer, monsieur —dijo Oliver.

—Igualmente, señor. —Noailles se tocó la punta de la nariz con el índice—. Cartwright, Cartwright... ¿No han hablado de usted en los periódicos recientemente? El joven explorador que se ha internado en... no sé, algún rincón oscuro de África.

Oliver compuso una expresión de circunstancias.

—No se crea mucho lo que lee.

La sonrisa de Noailles adquirió cierto tinte sibilino.

—No suelo hacerlo, se lo aseguro. Pero se ha hecho famoso. Algo de unas rutas... No sé —Rio—, me pierdo por esas tierras.

—Unas rutas por África central —le ayudó Annabelle, recordando aquel artículo.

Sus ojos se cruzaron con los de Oliver, y se quedaron allí.

Lo conocía bien, pese al tiempo que había pasado lejos.

Estaba nervioso, tenso. Casi podía ver su alma al otro lado de aquellas pupilas tan azules—.

Las que podrían facilitar las comunicaciones hacia el interior del Congo.

—Oh. —Noailles se mostró educadamente asombrado—. Eso debe ser muy importante.

El tono, algo condescendiente, molestó a Annabelle.

—Lo es, sin duda —replicó, sin poder evitar que se notase su irritación—. El señor Cartwright ha encontrado pasos que podrían ahorrar semanas de viaje a través de un territorio muy difícil.

—Ah. ¿Eso es cierto? —preguntó Noailles, con mayor formalidad. Oliver se encogió de hombros.

—Sí. Pero suena más importante de lo que es.

—No se quite mérito, señor Cartwright. —Annabelle frunció el ceño—. Todo el mundo habla de la importancia de esos pasos.

—Lo sé. Pero la realidad es que todas las rutas del mundo han sido descubiertas en algún momento, y luego se convierten en lo que son de verdad: simples caminos, como tantos otros.

—Es el don de la oportunidad, sí. —Volvió a mirar de uno al otro. Parecía divertido con la situación, aunque con Noailles siempre ocurría lo mismo—. Veo que su relación es más íntima de lo que suponía.

Annabelle abrió mucho los ojos y se ruborizó violentamente.

—¿Por qué lo dice?

—Porque acaba de tutearlo, milady —replicó él, confuso—. Al presentarnos. Y porque, además de conocerlo bien, ha salido en su defensa ante un comentario quizá desafortunado que he hecho. Solo por eso. ¿Ocurre algo?

—No, no...

—Nos conocemos desde niños —explicó Oliver, saliendo en su ayuda, supuso—. Y milady siempre ha tenido la amabilidad de ofrecerme su amistad.

—Oh, entiendo. —Noailles sonrió comprensivo. Luego, como si aquel asunto no mereciera más atención, señaló el mapa—. Verá, señor Cartwright, estábamos intentando entender algo de este mapa. Y de otros, en realidad.

Oliver miró la pieza.

—¿Le interesan los mapas, monsieur?

—Ah... —Noailles usó su sonrisa más simpática—.

Como ya habrá deducido de nuestra conversación, no mucho.

Solo soy un noble parisino, señor Cartwright, y bastante urbanita, no un aventurero como usted —se disculpó—.

Lo único que me han enseñado a leer es poesía francesa que raramente entiendo y cartas amorosas.

—Señaló hacia el atril con el mapa en el libro—.

Reconozco que sus mapas me parecen... hermosos, intrigantes incluso; pero no estoy seguro de que eso pueda considerarse interés.

Oliver sonrió y asintió.

—¿Qué quería saber?

— Oh, oui , verá. Estamos intrigados... ¿Por qué los hombres dibujaban territorios que no conocían? ¿No hubiera sido mejor dejar esa zona en blanco?

Oliver contempló el mapa durante unos segundos.

—Eso lo hacían en sus mapas de trabajo, como lo hago yo.

Pero con estos querían mostrar a los hombres cómo era el mundo tal y como se conocía en el momento y necesitaban representarlo de alguna manera.

A veces utilizaban relatos de viajeros, cartas anteriores o información proporcionada por navegantes.

Y, cuando no tenían datos suficientes, completaban los espacios con lo que creían probable.

—¿De modo que podían equivocarse?

Oliver sonrió.

—Sin duda alguna. Constantemente.

—Vi un mapa que mostraba a California como isla —dijo Annabelle, al recordarlo, antes de darse cuenta de dónde y cuándo lo vio. Se interrumpió y tragó saliva, nerviosa—. No recuerdo dónde...

El francés la miró con curiosidad.

—Qué interesante. —Se volvió hacia el mapa y luego a Oliver—. Eso me tranquiliza. Durante unos minutos había pensado que el error era mío. Pero no: puedo seguir albergando el sueño de que Francia es el país más grande del mundo.

Tomado por sorpresa, Oliver soltó una breve carcajada. Eso terminó de romper el hielo entre ellos y empezaron a charlar con más confianza.

Inmóvil a un par de pasos, Annabelle los observó en silencio.

Había algo extraño en contemplar a ambos hombres hablando con naturalidad.

Noailles parecía divertido, aunque eso ocurría siempre; Oliver, aunque cauteloso, no estaba incómodo, lo cual era en cierta forma una novedad.

Congeniaban, estaba claro. Y por alguna razón, eso le provocó un cierto desasosiego.

Oliver trataba de mostrar normalidad; ella también. Sin embargo, cada vez que sus ojos se encontraban, había algo que ninguno de los dos podía ocultar. Y, por la pequeña sonrisa que mostraba el rostro de Noailles, Annabelle comprendió que no se le había escapado el detalle.

Un caballero de cierta edad y enorme barba se acercó a ellos. Llevaba en la solapa una pequeña medalla de la Royal Geographical Society que Annabelle reconoció enseguida.

—Señor Cartwright, ¿podría venir un momento? —pidió con amabilidad—. Lord Bellmart quiere hablar con usted.

—Sí, por supuesto. Voy en seguida. Van a tener que disculparme —les dijo a Annabelle y Noailles—. El deber me reclama.

—No se preocupe, señor Cartwright —replicó el francés—. No me gustaría monopolizarlo en un día tan señalado. Por cierto... ¿Lord Bellmart es el famoso filántropo?

—Sí... —admitió Oliver, y añadió algo a regañadientes—: Es muy posible que financie mi próximo viaje. —Annabelle se sobresaltó y él se dio cuenta. Quizá Noailles también.

—Oh. ¿Cuándo será eso? ¿También irá a África?

—Así es, volveré a África. El cuándo, todavía no lo sé. Hay muchas cosas que preparar.

—Comprendo. Muchas gracias por la charla. —Noailles le tendió la mano de nuevo—. En tout cas , por si no volvemos a vernos, ha sido un placer conocerlo.

Oliver se la estrechó.

—Igualmente. —Se inclinó y luego se volvió hacia Annabelle—. Milady...

Ella no contestó. Estaba demasiado consternada por la noticia de su próximo viaje. Iba a irse. No le importaba nada, absolutamente nada, lo que había pasado entre ellos ni lo que pudiera sentir ella. No la quería. Volvía a marcharse.

Logró mantenerse erguida e inexpresiva hasta que Oliver se fue. Luego, la pena la envolvió por completo y estuvo a punto de ahogarla. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Luchó por contenerlas.

—¿Milady? ¿Se encuentra bien? —le preguntó Noailles, escrutándola con atención. Parecía preocupado. Quería decirle que sí, quería sonreír y que nada de aquello le importase, pero no podía. Apenas era capaz de contener aquella marea de emociones. Sería horrible ponerse a llorar allí.

—Yo... —susurró—. Por favor, sáqueme de aquí...

El francés no perdió tiempo en pedir explicaciones. La tomó por el brazo y empezó a llevarla, con delicadeza, pero también con determinación, hacia una de las puertas laterales.