Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 8. No se quite mérito, señor Cartwright
34%

Capítulo 8. No se quite mérito, señor Cartwright

No se quite mérito, señor Cartwright

L a impresionante sala principal del Museo Rutshore estaba mucho más concurrida de lo que Annabelle había imaginado.

Entró en ella acompañada de Noailles y de sus padres, abriéndose paso con cierto esfuerzo entre el nutrido número de visitantes, sobre todo por el bastón y el caminar rígido del coronel Sanders.

Toda la alta sociedad londinense parecía haberse reunido allí y se movía de un lado a otro, entre vitrinas y atriles, con una copita de champán o un abanico en la mano.

En el aire flotaba la música suave de un cuarteto de cuerda que no alcanzó a localizar en un primer momento.

—Vaya... —dijo su padre—. Nadie puede negar que la exposición está siendo todo un éxito. —Miró alrededor—. Habrá que felicitar al joven Cartwright en cuanto lo localicemos.

—Quizá no sea posible —replicó lady Eve, quien en realidad quería decir que «ojalá no fuera posible».

Annabelle sintió su mirada de reojo. Ojalá sus padres no estuvieran allí.

Hubiera preferido que Noailles no los hubiera invitado, aunque entendía que era lo correcto.

Pero su madre estaba alerta, como siempre que podía encontrarse Oliver cerca.

—No exageres, querida —replicó su esposo, sin percatarse de lo que pasaba.

Señaló hacia unas grandes puertas abiertas: al otro lado podía verse una mesa engalanada en la que se servían té, pasteles y copas de champán, junto a toda clase de exquisiteces, con numerosas cubiteras en las que se mantenían botellas en hielo.

Varios camareros se ocupaban de atender con eficacia a los invitados.

Se avistaban también varios sofás y sillones, donde charlaban animadamente damas y caballeros—.

Ven, vamos a tomar una copa de champán y me siento un rato, que me duele la rodilla.

Dejemos solos a los jóvenes, que exploren por la sala.

—¿Quiere que lo ayude a llegar hasta los sofás? —preguntó Noailles, que ya había ido caminando delante, apartando a la gente—. Como ya ha visto, se me dan bien las tareas de escolta.

Lord Caltrey rio con ganas.

—No es necesario, pero se agradece, muchacho.

—¿Puedo contar con que cuidará bien de Annabelle, monsieur? —preguntó lady Eve, no demasiado satisfecha con la propuesta de su esposo.

El francés se llevó una mano al corazón mientras le dedicaba una elegante reverencia.

—Con mi vida, milady. Soy un caballero, y le recuerdo que Lancelot du Lac era francés. Como él, empeño mi honor en la causa.

—Oh, muy bien —replicó la mujer, complacida. Se alejaron hacia la zona de descanso y Annabelle rio.

—Lancelot du Lac no era francés, monsieur.

Noailles se llevó una mano al pecho, exactamente igual que antes, pero ahora fue muestra de sobresalto. Su rostro mostraba consternación.

— Sapristi! ¿Está usted segura?

—Por completo. Nuestra institutriz nos explicó la historia cuando éramos niñas.

—Había sido lady Deelright, pero optó por no mencionarlo; no quería embarcarse en explicaciones sobre antiguas institutrices convertidas en condesas—.

Lancelot era un caballero de la corte del rey Arturo.

—Sintió una oleada de tristeza—. Amaba a la reina Ginebra y aquello terminó bastante mal.

—Ya, eso creo que lo sabe todo el mundo... Pero ¿está segura de que no era francés?

—Completamente. La historia se escribió en Francia, de ahí el nombre, supongo, pero Lancelot pertenecía a la corte del rey Arturo, como le digo. A mí también me sorprendió saberlo, por eso me acuerdo.

Noailles suspiró.

—Milady, acaba usted de arruinar una de mis mejores razones para ser un caballero.

Ella arqueó una ceja. Empezaba a conocerlo.

—Algo me dice que usted ya lo sabía.

—En realidad, no tenía la menor idea. Las leyendas artúricas no son mi fuerte —reconoció él, lanzando una risita, y le ofreció el brazo—. Pero debe admitir que sonaba convincente.

Caminaron por la gran sala, comentando cuánto iban viendo.

El lugar estaba ciertamente precioso: las paredes habían sido cubiertas de grandes mapas, divididos por épocas.

Algunos estaban enmarcados y protegidos por cristal; otros, demasiado grandes para algo así, colgaban de estructuras de madera que permitían contemplarlos sin necesidad de acercarse demasiado.

Por lo que le contó Noailles —que leía ocioso el elegante tríptico que entregaban en la entrada—, en la exposición, llamada «El mundo visto a través del tiempo», había mapas auténticos, históricos y de gran valor, prestados para la ocasión por coleccionistas particulares y por otras instituciones; pero también había reproducciones fidedignas de piezas cuya fragilidad o valor hacía imposible su traslado.

La iluminación había sido dispuesta de manera que no deslumbrara las superficies protegidas.

Bajo las lámparas se distinguían costas, cordilleras, ríos apenas conocidos y nombres escritos en latín, francés, italiano o castellano.

En algunos mapas, las tierras parecían extenderse con una seguridad que no correspondía en absoluto a los conocimientos que habían existido cuando fueron trazados; en otros, los espacios en blanco recordaban cuánto había tardado el mundo en dejarse conocer.

Y también, que aquel era un trabajo que todavía no se había terminado del todo.

Había globos terrestres y celestes sobre sus soportes, algunos pequeños y delicados, otros de considerable tamaño. Una esfera armilar de latón dorado descansaba dentro de una vitrina, rodeada de instrumentos de navegación y astronomía. En otra, un astrolabio mostraba sus finos círculos grabados.

Pero lo que más le llamó la atención fueron los libros.

Varias vitrinas inclinadas contenían grandes volúmenes abiertos por páginas cuidadosamente escogidas.

En algunas podían verse mapas impresos; en otras, dibujos de ciudades, costas y regiones del mundo conocido.

Annabelle se detuvo un instante ante uno de ellos.

Las letras negras eran diminutas y las ilustraciones, a pesar de su antigüedad, conservaban una delicadeza extraordinaria.

—Parece imposible que alguien pudiera dibujar todo esto sin haberlo visto, ¿verdad? —murmuró.

—Yo hubiese sido incapaz incluso habiéndolo visto —replicó Noailles, y ambos rieron. Annabelle se volvió hacia él para continuar con la chanza, pero se quedó paralizada y la sonrisa se apagó en sus labios.

Oliver estaba al otro lado de la sala, junto al comisario de la exposición, hablando con un caballero de edad avanzada que acababa de preguntarle algo. Llevaba un traje oscuro y tenía aquel aire sereno y controlado que Annabelle encontraba tan atractivo y familiar.

Sus ojos se encontraron casi de inmediato.

El contacto solo duró un instante, una ínfima parte de un segundo, pero fue suficiente para que Annabelle sintiera que se le encendían las mejillas y se le aceleraba el corazón.

No habían vuelto a verse desde la noche en The Albany: tal como se había temido desde un principio, él no había hecho nada por contactar.

Eso era lo que más le dolía. Eso fue lo que le reprochó con la mirada en ese momento.

Oliver pasó la vista de ella a Noailles, y luego de vuelta. Su expresión no cambió. Si pensaba decir o hacer algo, no llegó a saberlo, porque otros dos hombres se acercaron a él y empezaron a hablarle.

—¿Se encuentra bien?

La voz de Noailles la devolvió a la realidad.

—Eh... Sí, desde luego. Perfectamente.

El conde miró hacia Oliver y luego la observó con una leve sonrisa.

—Por supuesto.

Annabelle le dirigió una mirada de advertencia, pero Noailles no perdió su aire divertido. Gracias al tiempo que habían pasado juntos, había adquirido con ella una confianza que, sin llegar jamás a la impertinencia, le permitía pequeñas bromas.

Continuaron avanzando por la sala —al parecer sin rumbo ni mayor interés en nada concreto, aunque Annabelle procuraba no perder de vista a Oliver, ahora rodeado por otros tres hombres que parecían estar felicitándolo— y se detuvieron ante una enorme reproducción de un mapamundi medieval.

Noailles dejó vagar la vista hacia otro libro expuesto en atril de cristal, que mostraba un mapa de África. Caminó hacia allí con las manos a la espalda y se inclinó ligeramente para examinarlo.

—Este parece interesante... —dijo.

Era un mapa antiguo, lleno de nombres, ríos y perfiles de costa que a los ojos de Annabelle resultaban casi imposibles de interpretar.

—¿Sabe qué estamos mirando? —preguntó ella, intrigada.

—Por supuesto. —Annabelle lo miró con sorpresa. Noailles sostuvo su expresión durante un par de segundos antes de señalar el cartel que daba la información y leerlo en voz alta—: Costa septentrional de África.

Ella no pudo evitar una risa.

—Ah.

—Lo lamento. Hasta ahí llega todo mi conocimiento cartográfico. Aunque reconozco que estaba usted tan expectante que he estado a punto de inventarme algo para no decepcionarla.

Annabelle asintió.

—Me había parecido que iba a explicarme algo.

— Mon Dieu ... No cometa el error de confundir mi seguridad con conocimiento.

Annabelle volvió a reír.

—Entonces ¿por qué lo ha escogido?

—Porque parece importante. —Agitó la mano frente al cristal que protegía el libro con el mapa—. Y porque está lleno de líneas. Cuando un hombre pone tantas líneas en un papel, supongo que debe de tener algo que decir.

Annabelle estudió el mapa con curiosidad.

—Creo que son costas.

—Eso sospechaba. —El conde inclinó la cabeza, estudiándolo con una concentración algo teatral. Annabelle suspiró. Casi le entró la risa—. Aunque no entiendo por qué algunas son tan precisas y otras no.

—Porque quienes las trazaron no conocían todas las regiones.

—Ah. —El francés frunció el ceño y se volvió hacia ella—. Entonces sí que hay algo que no entiendo.

—¿Qué?