Capítulo 7. El conde de Noailles salva una cena muy incómoda #2
Oliver era distinto. Cuando se encontraba fuera de su terreno, tendía a replegarse, como si su primer instinto fuera pasar inadvertido; Noailles hacía justamente lo contrario. Parecía capaz de convertir cualquier habitación en su territorio.
Su padre se quejó de su rodilla y Noailles y él iniciaron una conversación sobre la guerra de los bóeres de la que Annabelle se desconectó por completo y se dedicó a repasar punto por punto lo que le había ocurrido ese día y qué podía hacer, si es que había algo que hacer, para salvar su relación con Oliver.
Cuando retiraron la carne, llegaron los postres.
Sirvieron melocotón Melba, crema de vainilla y una fuente de fruta fresca.
Annabelle escogió el melocotón, más por hacer algo que por apetito, sin prestar apenas atención a la charla, dominada en esos momentos por Noailles y su padre.
Oía sus voces como si llegaran de muy lejos, pero no escuchaba lo que decían.
—No parece muy interesada en la conversación —observó Noailles de pronto, y tenía mucha razón. Había perdido el hilo y no estaba atenta. Ni siquiera sabía de qué habían estado hablando. ¿Seguían con la guerra de los bóeres?
—La verdad, no me extraña. —Su madre le echó un capote con una sonrisa cómplice—. La pobre lleva toda la vida oyendo una y otra vez la historia de la rodilla del coronel Sanders.
Oh, de modo que habían estado hablando de la rodilla derecha de su padre... otra vez. Annabelle suspiró, reprochándose su falta de empatía.
—Lamento molestarte con mis cuitas, hija mía —gruñó el conde.
—Yo soy la que lo lamenta, padre, discúlpame. —Agitó la cabeza—. Estoy cansada.
Noailles sonrió con amabilidad.
—¿Ha hecho mucho ejercicio hoy?
Por su mente pasó una sucesión de imágenes tan tórridas como intensas: Oliver y ella rodando sudorosos entre las sábanas, atrapados en aquella vorágine imperiosa que exigía una satisfacción.
Había estado a punto de morirse al llegar al clímax, las dos veces.
Solo pensar en aquel torrente de placer, sintió que todo su cuerpo se tensaba, ansioso por recibir más.
Noailles y ella se estaban mirando, y lo vio parpadear. ¿Acaso había visto un atisbo de todo aquello en sus pupilas? ¿Había captado alguna de esas imágenes? Sus mejillas se llenaron de calor. Espantada, apartó la vista.
—No... —consiguió balbucir.
—¿Estás bien, Annabelle? —preguntó su madre. Oh, por Dios, claro que no. Iba a morirse allí mismo en cualquier momento.
—Sí... —masculló. Los ojos de Noailles parecían haberse vuelto de acero—. Perfectamente.
El francés sonrió y la tensión pareció disolverse poco a poco.
—Lo decía porque sus padres me han hablado de su afición por el tiro con arco —dijo, con tranquilidad—. Y que incluso ha ganado a jóvenes que han competido en los Juegos Olímpicos de Londres. Mis felicitaciones.
Annabelle sonrió, esta vez con un sentimiento de satisfacción que consiguió apartar por un instante todo lo demás.
—Oh... Oh, gracias, sí. No tiene importancia.
—Discrepo. Tiene mucho mérito.
—Ya lo creo que sí —intervino su padre, orgulloso—. Es realmente buena.
El francés la miró interesado.
—¿Nunca se ha planteado competir?
—Oh, no —contestó también su padre—. Una hija mía no va a estar en boca de todos.
Noailles pareció confuso.
—¿Ni siquiera por algo bueno?
—Para una joven, no hay nada de bueno en estar en boca de todos, Noailles.
—Pero...
—No se preocupe —intervino ella—. Para mí nunca ha dejado de ser una afición. Tampoco me ha importado.
—Bueno... Pero que conste que la admiro, milady, y que me ha quedado claro que, si alguna vez huyo de usted por cualquier causa alocada, tendré que correr mucho y tratando de que no disponga de un arco a mano.
—¡Qué cosas dice, monsieur! —dijo lady Eve, alarmada en serio por semejante imagen. Pero Annabelle no pudo por menos que reír.
La conversación continuó unos minutos más y Annabelle consiguió participar en ella sin sentir que cada palabra podía delatarla.
Noailles no volvió a hacer ninguna referencia que pudiera interpretar como una alusión a lo ocurrido ni su mirada indicó nada fuera de lo común.
Simplemente mantuvo la conversación ligera y agradable a la que los había acostumbrado.
Más tarde, lord y lady Caltrey animaron a Annabelle a que acompañase a Noailles en un paseo por el jardín mientras preparaban su coche para regresar al hotel.
Aunque se sentía algo tensa, no vio cómo negarse, de modo que, seguidos de cerca por una de las doncellas, caminaron junto a las begonias, los pensamientos y las azaleas.
Al pasar junto a los rosales, Annabelle acarició una de las flores de forma inconsciente. Sus pétalos eran suaves, aterciopelados, pero rozó sin querer el tallo y sintió la quemazón del rasguño de una espina.
—¿Se ha hecho daño? —preguntó él, deteniéndose a su lado al percibir su sobresalto.
—No, no es nada. Gracias.
—No hay de qué. Solo tiene que darme la orden y me batiré a muerte con el rosal, por muy arañado que termine. Aunque sospecho que su madre se molestaría si provoco un desastre en su jardín.
Ella rio.
—Sospecho que no será necesario tal despliegue de gallardía, monsieur. Pero quedo agradecida igualmente.
—Bien. —La miró con una sonrisa—. Ha sido una noche muy agradable, hacen que me sienta como en casa, gracias.
—Ella asintió en agradecimiento—. Espero que mañana se encuentre mejor, lady Annabelle, porque tenía pensado preguntarle si querría dar un paseo conmigo por Hyde Park.
Me han hablado mucho del lugar, pero aún no lo conozco.
Lo miró sorprendida.
—Oh, es un parque precioso, pero no sé si yo seré la persona adecuada para enseñárselo... Además, no sé si será apropiado.
— Bien sûr . Lo será, si usted consiente.
—Su voz adquirió un tacto diferente, más profundo—.
Milady, no negaré que mi intención esta noche era plantearles la posibilidad de cortejarla.
Antes de la cena, mientras la esperábamos, le he pedido permiso a su padre para hablar con usted, y él se ha mostrado muy satisfecho por ello.
—Adelantó una mano con gesto pensativo y rozó con la punta del dedo una rosa.
Incluso en la penumbra, se veía que era perfecta, muy bonita, y apenas tembló bajo aquel toque—.
Tenía la esperanza de que a usted también le agradara la idea.
—Pero... usted y yo apenas nos conocemos.
—No, por supuesto que no. Y no pretendo imponerle mi presencia ni obligarla a nada en absoluto, milady —añadió rápido, alzando una mano, como intentando tranquilizar a una gacela asustada—.
Solo le propongo que nos conozcamos un poco más, para ver si podría surgir entre nosotros una relación que nos hiciera felices a ambos.
Ella siguió negando con la cabeza.
—Me temo...
—Un paseo mañana. Quizá tomar el té pasado, ir al teatro...
Dentro de unos días tengo invitaciones para un evento cultural que tal vez le interese, en el Museo Rutshore.
Una muestra de mapas antiguos que a lo mejor sea interesante.
—Rio, aunque con poco convencimiento—. Aunque diría que no es el mejor plan que ofrecer a alguien a quien se desea empezar a cortejar...
El corazón de Annabelle había dado un brinco.
Esa muestra debía ser la que había mencionado Oliver, esa en la que iba a participar.
Y, hasta ese momento, no se había planteado cómo iba a poder volver a verlo.
Dudaba de que él se presentase a buscarla y ella no podía regresar por sus habitaciones, no podía pedirle a Lorna otra vez lo mismo, sobre todo teniendo en cuenta el susto que le había dado al tener que subir a buscarla.
No, no podía volver por su cuenta por The Albany.
Pero bien podía asistir al evento de Oliver y encontrarse con él allí, a ver qué pasaba.
Solo tenía que esperar un par de días y confraternizar un poco con Noailles.
No parecía algo tan difícil. Tenía el raro don de hacerla sentir cómoda.
Y había dejado claro que se trataba de un hombre amable, educado y muy ingenioso.
A diferencia de Oliver, se dijo con amargura, la hacía reír.
—Está bien —le dijo. El elegante coche del francés apareció entonces por el sendero, traqueteando ruidosamente en la noche, y se encaminaron hacia él mientras Annabelle pensaba en lo complicada que se había vuelto su vida—. Mañana iremos a Hyde Park.