Capítulo 7. El conde de Noailles salva una cena muy incómoda
El conde de Noailles salva una cena muy incómoda
N o tardaron ni diez minutos, pero cuando Annabelle entró en el comedor, ya eran cerca de las nueve. Durante un instante se quedó inmóvil en el umbral, observando la escena. Sus padres y Noailles cenaban mientras mantenían una charla cortés: por lo que pudo entender, hablaban de la torre Eiffel.
—He oído decir que finalmente van a conservarla —comentaba lord Caltrey—. ¿Es cierto, Noailles? Creí que este era el año en que debía desaparecer, al terminarse la licencia de ocupación del terreno.
—En principio, sí. Como bien dice, la concesión termina este año. Pero después de veinte años los franceses nos hemos acostumbrado a la visión de esa torre, aunque algunos sigan considerándola una afrenta al buen gusto.
Lady Eve sonrió.
—¿Y usted qué piensa, monsieur?
Noailles sonrió.
—Que, a estas alturas, París me resultaría étrangement petite sin ella.
—¡Vamos, Noailles, recuerdo lo que pensaba en París! —exclamó lord Caltrey, riendo con ganas—. ¡Me sorprende mucho que se haya convertido en partidario de la torre!
—No necesariamente de la torre, pero sí de lo que representa y de lo que puede ofrecer. Cuando se construyó, parecía una extravagancia gigantesca. Ahora sabemos que puede servir para algo más que para que los turistas suban a contemplar todo París.
—¿Se refiere a las comunicaciones inalámbricas? —preguntó el otro, más serio e interesado—. He leído al respecto.
—Entre otras cosas, sí. La utilidad que la torre Eiffel puede tener para ese tipo de transmisiones, que forman parte del futuro nos guste o no, decanta la balanza a su favor.
—Se encogió de hombros con un gesto elegante—.
Que voulez-vous , la ciencia tiene la desagradable costumbre de encontrarles utilidad a cosas que primero nos han parecido absurdas.
Lord Caltrey soltó una carcajada.
—Entonces quizá debamos conservarla por prudencia.
—Yo lo haría. Aunque solo fuera para poder seguir discutiendo sobre ella en cenas tan agradables durante otros veinte años.
Los tres rieron, y Annabelle, detenida todavía junto a la puerta, aprovechó aquel instante para tomar aire antes de entrar.
Al verla, el francés dejó los cubiertos y se puso en pie con una sonrisa que, en otras circunstancias, habría considerado encantadora.
Su madre la estudió con una expresión en la que se mezclaron el alivio, la censura y la preocupación.
Su padre mantuvo el ceño ligeramente fruncido.
Nunca se ponía en pie en situaciones así, por su rodilla; lo malo fue que no dijo nada.
Tampoco se sorprendió. La regañina vendría más tarde, cuando la tuviera a solas.
—Lady Annabelle, qué alegría verla —dijo Noailles con una inclinación cortés, cortando el tenso silencio que se había instalado en el comedor.
Annabelle sintió que volvía a respirar, incluso que podía volver a moverse, y contestó con un gesto de la cabeza, agradeciendo sinceramente su respaldo, aunque también la cohibiera un poco—.
Está muy hermosa esta noche. Pero cuándo no...
—Gracias, milord.
—Vamos, ven, querida —terció lady Eve—. ¿Dónde te habías metido? Estábamos empezando a preocuparnos.
—Lo siento muchísimo, mamá.
Su madre sonrió con elegancia.
—No pasa nada —replicó, aunque el tono dejaba claro que sí pasaba—. Lo importante es que ya estás aquí. Siéntate.
Annabelle obedeció. El criado que estaba detrás de ella le acercó la silla.
Otro sirvió vino en su copa. Annabelle dio las gracias en voz baja y Noailles esperó a que terminara de acomodarse antes de volver a ocupar su asiento, que quedaba justo enfrente.
El movimiento fue tan natural y tan atento que Annabelle no pudo sino sentir un profundo agrado.
—Temíamos que se hubiera perdido en alguna de las innumerables maravillas de Londres —añadió él, con aquella elegancia casi teatral que parecía caracterizarlo.
Annabelle sonrió ante la broma, aunque sintió que un intenso calor le subía hasta las mejillas al recordar qué era lo que había estado haciendo.
—Me temo que he perdido por completo la noción del tiempo —logró decir—. No tengo excusa. Y menos habiendo un invitado.
Él le quitó importancia con un gesto.
— Ne vous inquiétez pas . Como francés, no concedo tanta importancia como ustedes a la puntualidad.
En fait , soy un firme convencido de que las personas que pierden la noción del tiempo y llegan tarde a una cita suelen estar haciendo algo bastante más interesante de lo que pudiera resultar cualquier plan previo.
—Ella parpadeó, sintiendo que aquel comentario le robaba el aliento.
Noailles arqueó ligeramente una ceja. Hubo algo en su mirada que la hizo sentir todavía más vulnerable.
Casi tuvo la impresión de que el francés podía leerle el pensamiento, y la suave sonrisa con la que acompañó su última frase no hizo sino acentuar la idea—.
L’important , milady, es que lo haya pasado bien.
—Mucho, gracias.
Annabelle se obligó a mirar el plato, temerosa de transmitir la oleada de imágenes que la acosaban.
Que sus padres o Noailles descubrieran que llevaba todavía en la piel el recuerdo de las manos de Oliver, del sabor de sus besos...
La memoria de los mil detalles de una habitación de la que acababa de salir hacía apenas unos minutos y que no olvidaría nunca.
—¿Quieres que te sirvan un poco de consomé, querida? —preguntó su madre—. Estaba delicioso. También hemos tomado filete de lenguado acompañado de patatas Anna y alcachofas salteadas, eso sé que te gusta...
—Sí, pero no, gracias. Me adaptaré a vosotros.
Dawson hizo una discreta señal a un criado que aguardaba detrás de ella.
Un instante después le colocaron delante un plato de perdiz asada, acompañada de puré de apio y patatas doradas, exactamente lo que estaban comiendo sus padres y Noailles.
En el centro, había fuentes con ensalada aliñada con mostaza.
—Menos mal —comentó Noailles con una sonrisa—. He estado comiendo tanto que temía que se hubiera quedado sin cena.
—¡Por favor, monsieur! —exclamó lady Eve con falso escándalo—. Dawson no permitiría jamás algo semejante.
—En efecto, milord —intervino el mayordomo con una formalidad que contrastaba con el buen humor de la mesa—. He ordenado que se conservara en su punto la cena de milady.
—Gracias, Dawson —dijo ella, sinceramente agradecida, aunque no tuviera ni pizca de hambre.
A pesar del aspecto apetitoso de la comida, no consiguió sentir el menor interés por ella.
Cogió el tenedor con cuidado, como si aquello pudiera demostrar que seguía siendo una persona perfectamente normal. Alguien integrado en ese mundo.
—De haber llegado a la hora, no tendríamos por qué estar todos haciendo equilibrios a su alrededor —dijo lord Caltrey, que finalmente no había podido esperar más—. Y ella sí es inglesa, Noailles. No tiene excusa.
—Caltrey... —lo censuró su esposa, con una sonrisa tensa.
—No sea tan duro con su hija —pidió Noailles—. Après tout , bien sabe Dios que todos somos humanos y hemos cometido errores.
Annabelle lo miró con curiosidad.
—¿Usted también?
—Mi querida mademoiselle, en especial yo. Sobre todo a medida que oscurece. Mi madre solía decir que el sol de París me había dado la vida, ya que nací a mediodía, en una jornada de primavera muy hermosa, pero que su noche me había echado definitivamente a perder.
Lord Caltrey soltó una carcajada.
—Eso explica muchas cosas.
—No estoy seguro de que debamos analizarlas delante de su hija, milord. Podría perjudicarme muchísimo.
Annabelle no pudo evitar sonreír.
—No se preocupe. Puedo ser tan condescendiente como su madre.
—Eso lo dudo, lady Annabelle. Como hijos, ambos sabemos que nadie es tan condescendiente como una madre. —Hizo un gesto amable hacia lady Eve—. Son amor personificado.
Eso le pareció muy bonito, y también a su madre, que sonrió emocionada.
—Es usted muy gentil —dijo lady Eve.
—Quiere mucho a su madre —añadió Annabelle. No era una pregunta, pero dio esa impresión. La expresión de Noailles varió ligeramente.
— Je l’aimais ... Por desgracia, nos dejó hace unos años.
—Oh. Lo siento mucho, de verdad. —Todos mostraron consternación en la mesa. ¡Qué metedura de pata! Annabelle miró con pena al francés—. Lamento mucho haberle traído recuerdos tristes.
— Non! Non, je vous en prie, ma chère . No tiene nada de qué disculparse. En realidad, me ha hecho el regalo de poder hablar de ella. —Cortó un trocito del ave antes de seguir—. Se reiría de saber que ahora echo de menos sus sermones.
—Seguro que lo sabe —lo animó lady Eve.
—Y que está muy orgullosa de usted —afirmó Annabelle.
No supo por qué había dicho eso, quizá simplemente porque era lo que le hubiera gustado a ella, de estar en su lugar. En cualquier caso, notó que su situación en la mesa cambiaba de algún modo. Noailles la miró con agradecimiento, su madre con cariño y su padre con aprobación.
—Vamos, come, querida —dijo, por primera vez con amabilidad—. Apenas has probado bocado.
Annabelle obedeció y siguió comiendo. La carne de la perdiz estaba tierna y delicada, el puré de apio tenía un sabor suave y encontró las patatas deliciosas, habían sido cocinadas en su punto; pero tan solo logró comer una pequeña parte mientras escuchaba la conversación que había vuelto a iniciarse, y observaba a hurtadillas al francés.
Noailles era un hombre atractivo, aunque eso ya lo sabía.
No de la misma forma que Oliver, al menos para ella, pero el francés poseía otra clase de belleza: la seguridad de quien sabía exactamente cómo comportarse en cualquier ocasión.
Aunque, pensándolo bien, no estaba segura de qué iba primero: si la seguridad nacía de saber que era hermoso, o si la impresión de belleza surgía de su seguridad.
Ambas posibilidades eran válidas por igual.