Capítulo 6. Milady llega tarde a la cena
Milady llega tarde a la cena
U nos golpes en la puerta despertaron a Annabelle.
Parpadeó aturdida. Durante unos segundos no comprendió dónde estaba: la cama, las sábanas, el dormitorio en general, todo le resultaba por completo desconocido. Aturdida, vio a Oliver incorporarse de pronto a su lado, y el recuerdo de lo ocurrido regresó con toda su fuerza.
Antes de que le diera siquiera tiempo a alegrarse, volvieron a llamar.
—¡Annabelle! —Era la voz de Lorna—. ¡Annabelle! —Volvió a oírse—. ¡Annabelle, por favor! ¿Estás ahí?
Oliver la miró.
—¿Lorna? —dijo.
—Dios mío... ¡Oh, Dios mío! —Annabelle se incorporó de inmediato, buscando desesperadamente su ropa. Estaba dispersa por todas partes—. ¿Cómo he podido dormirme? ¿Qué hora es?
Oliver miró hacia la pared. Ella siguió el gesto y comprobó que allí había un reloj de madera tallada. Tuvo la respuesta incluso antes de oírla.
—Casi las ocho.
Ella sintió que la sobrecogía el espanto.
—¡La cena! —exclamó, y empezó a vestirse atropelladamente.
—¿Qué cena?
—¡En casa! ¡Mis padres...! —Se interrumpió porque no era momento para dar explicaciones sobre Noailles. Optó por una media verdad—. Mis padres tienen un invitado. Llegaré tarde y me van a matar.
—Pero... —dijo él, aferrando las sábanas.
Tenía la mandíbula tensa y estaba pálido como la cera. Annabelle supuso que ella estaba igual. No era para menos. Había despertado de un sueño maravilloso solo para verse atrapada en una pesadilla. Imaginó la cara que iba a ponerle su madre y, peor aún, la de su padre, y era para echarse a temblar.
—¡Annabelle! ¡Responde! —La voz de Lorna cortó la frase y a la joven le crispó más todavía los nervios—. ¡Annabelle! ¡Si no respondes iré a avisar a Scotland Yard!
—Oh, por favor... Sería ya lo último. Ve a hablar con ella, Oliver. —Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas—. Qué desastre.
—Voy. —Oliver se levantó, por fin, y parecía enojado.
Empezó a ponerse rápidamente la camisa y el pantalón—.
Maldita sea, cómo ha podido suceder este maldito desastre.
Soy un idiota. Un completo idiota. —Fue hacia la salida y abandonó el dormitorio con un seco—: Yo entretendré a Lorna, sal cuando estés lista.
Durante unos segundos, Annabelle no se movió. Sus palabras le habían helado la sangre en las venas, y se quedó mirando la puerta, con el corsé en las manos. ¿Significaba eso que Oliver se arrepentía de lo sucedido? Esa impresión daba. Que lamentaba lo que había pasado...
En realidad, si lo pensaba bien, había sido ella quien lo había propiciado todo.
Oliver siempre había sido muy estricto manteniendo las distancias.
Su abuelo lo había educado en el respeto absoluto a la diferencia entre las clases sociales, en la idea de que no eran algo permeable que pudiera transgredirse. Y ellos lo habían hecho...
Sintió un estremecimiento ante la idea. No era que le importase, siempre había sabido que buscar una relación con Oliver iba a suponer una auténtica guerra con todo su mundo.
Pero hasta ese momento, impulsada por el deseo, todo le había parecido sencillo y natural, incluso había estado envuelto en el atractivo del riesgo y la fortuna.
Ahora, calmada la pasión, solo quedaba frente a ella el campo de batalla. La lucha. Algo enorme, algo espantoso, casi imposible de asumir.
Sobre todo, si él se arrepentía.
No estaba segura de que pudiera perdonarle algo así.
Se había ido, años atrás, y no había vuelto por ella, sino por Peter y por esa exposición de mapas de la que había hablado.
No había luchado por ella cuando los encontró su madre, en la boda.
Y no hubiera intentado nada por verla, no habrían hablado ni habrían avanzado nada de no haber ido ella esa noche allí.
Todo lo había arriesgado ella, todo lo había impulsado ella. Si se arrepentía, no podría perdonárselo.
Si no peleaba a su lado, lo odiaría por siempre...
—Oh, Dios mío... —susurró, luchando consigo misma para que no se le rompiese el corazón.
No tenía más tiempo para más lamentaciones.
Terminó de vestirse, aunque fuera de un modo desaliñado, y contempló espantada su pelo en el espejo de la cómoda.
Eso no tenía arreglo. Buscó las horquillas entre los mechones enredados, se hizo un moño rápido de cualquier forma y se encasquetó el sombrero.
Ya se arreglaría algo más de camino. Miró el reloj: las ocho y cinco.
En Caltrey House ya estarían sentados a la mesa, preguntándose dónde se habría metido.
Sus padres estarían preocupados y se disculparían mil veces frente a un Noailles que intentaría contemporizar en lo posible.
Cuando salió por fin del dormitorio, Lorna la estaba esperando junto a la chimenea, con Oliver apoyado en el respaldo de un sillón.
No había oído que se dijeran nada, aunque supuso que al menos habrían intercambiado algún saludo —no había mucho más que añadir, dadas las circunstancias— y que Oliver le habría explicado que Annabelle se reuniría con ellos enseguida.
En cualquier caso, en ese momento no hablaban, pero tenían idéntica expresión de circunstancias. Lorna la miró ruborizada, con cara de saber lo que había ocurrido. Además, no preguntó, lo que Annabelle consideró la prueba definitiva.
—¿Vamos? —se limitó a decir su amiga—. Llegamos tarde a cenar, y tengo que dejarte en casa antes de ir a la mía.
Annabelle asintió. Cruzó el salón sin mirar a los lados, mucho menos a Oliver, y salió de sus dependencias seguida de Lorna.
En la entrada, agachó la cabeza al pasar cerca del portero, que las observó sin decir nada, aunque pudo sentir su desaprobación.
Annabelle se llevó una mano al moño desgreñado.
¡Por Dios! ¿Qué podía estar pensando aquel hombre?
¿Cómo se le había ocurrido ir allí, hacer semejante locura? ¡Se había vuelto loca!
En una esquina cercana esperaba Emily, que la miró con ojos de espanto.
—¡Oh, milady! —exclamó, y aferró con gesto belicoso el bolsito—. ¿Quién le ha pegado?
—No digas tonterías —la riñó Lorna. Posiblemente en otras circunstancias hubieran reído, pero no estaban los ánimos para ello—. Vamos, vamos...
Juntas volvieron casi corriendo al coche. Joyce las miró sorprendido desde el pescante.
—Es tardísimo. No sabía qué hacer, milady.
—No te preocupes —le dijo Lorna—. A Caltrey House, lo más rápido que puedas. No llames la atención.
—Desde luego, lady Lorna.
Annabelle subió la primera y Lorna se sentó a su lado; Emily, enfrente. Durante unos instantes, Annabelle permaneció con las manos juntas sobre el regazo, intentando controlar el temblor que todavía sentía.
—Tenemos diez minutos para arreglar el desastre —dijo Lorna, empezando a soltarle los botones del vestido. Cuando ella trató de impedirlo, explicó—: Déjame. Los has abotonado a la buena de Dios y creo que llevas mal puesto el corsé. Emily, ¿te ocupas del pelo?
—Por supuesto, milady —dijo la doncella, que había sacado un pequeño peine de plata de su bolsito—. Va a llegar impecable.
Lorna y su doncella trabajaron durante los pocos minutos del trayecto, pese al traqueteo del vehículo, y tenían razón: cuando el coche se detuvo finalmente ante la escalinata de Caltrey House, Annabelle volvía a tener el aspecto perfecto de antes.
No el mismo, porque el peinado era algo diferente —incluso más bonito, Emily era una maravilla con el cabello—, pero sí el de toda una dama.
Una que no parecía tener nada de lo que avergonzarse.
—Espera aquí, Emily —le dijo Lorna a su criada, y bajó con Annabelle para acompañarla hasta la puerta. En el camino, susurró suavemente—. ¿Qué ocurre, Annabelle? ¿No ha sido como pensabas?
Ella negó con la cabeza.
—No, no es eso. —Se detuvo, pese a las prisas. Ya llegaba tarde, qué importaban dos minutos más—. En realidad, ha sido maravilloso, Lorna. Pero creo que se ha arrepentido.
Lorna la miró sorprendida.
—¿Oliver te ha dicho eso?
—No.
—Ah... Qué susto. Entonces no te apresures en sacar conclusiones. Yo creo que estará confuso y asustado. Ya sabemos cómo es, y no es culpa suya. Fue educado para conocer su posición y no pretender nada más. ¿Es que acaso no recuerdas al señor Cartwright?
—Claro que sí. —Ambas se pusieron rígidas, como hacían de pequeñas, cuando bromeaban respecto al estricto mayordomo. Eso logró relajar un poco los ánimos y rieron un poquito.
—Por eso, no se lo tengas en cuenta. Lo conocemos bien, las dos, y ambas sabemos que te quiere y que no jugaría contigo. Dale tiempo.
Lorna buscó la mano de su amiga y la tomó entre las suyas. Annabelle bajó los ojos hacia sus manos enlazadas.
—Te quiero, Lorna —dijo con voz ahogada, temiendo echarse a llorar.
—Y yo a ti. —La retuvo todavía un momento—. Y espero que me lo cuentes todo mañana mismo.
—Vale. Pero no habrá detalles.
—¡Oh, por Dios! ¡Espero que no!
Ambas rieron.
—Debo irme —dijo. Lorna asintió. Annabelle le dio la espalda y entró en Caltrey House.
El señor Dawson, el mayordomo, salió a su encuentro en el pasillo, seguido de dos apuradas doncellas.
—Milord y milady ya están en la mesa, con su invitado, milady —anunció, serio, formal y respetuoso, pero con un eco de regañina—. Alice y Nora la ayudarán a prepararse.
—Gracias, Dawson —dijo, apática. No tenía ánimo ni para fruncir el ceño. Subió con las doncellas, que ya tenían preparado un vestido para la ocasión y la arreglaron rápido.
—Este no es el peinado que le hice, milady —dijo Nora, mirándola sorprendida a través del espejo.
—No. Me lo cambió Emily, la doncella de lady Lorna. Tiene buena mano, ¿verdad?
—Desde luego —admitió la muchacha sin ánimo de enfado, bendita fuera—. Tengo que hablar con ella.