Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 5. Lady Annabelle va un paso demasiado lejos #2
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Capítulo 5. Lady Annabelle va un paso demasiado lejos #2

—Sí lo haces. Olvidas que soy la hija del coronel Sanders y piensas que habría sido un estorbo si hubiese ido contigo a África —replicó Annabelle, recuperando de pronto su aire desafiante—.

Pero, para que lo sepas, soy una buena tiradora de arco.

Mi padre nunca ha querido que compita de manera oficial, considera que no es apropiado que una joven de mi posición se dedique a exhibirse en competiciones públicas, aunque, curiosamente, fue él quien me enseñó en los inicios, cuando probé suerte un día, por casualidad, y resultó que tenía talento. Se me daba bien.

—¿En serio?

—Desde luego.

—¿Y qué edad tenías? Al empezar...

—No sé, unos dieciséis años, creo... Fue el verano que mis padres decidieron que lo pasara con ellos en Caltrey Manor, en vez de con Helen y Lorna, como iba siendo habitual, por los viajes diplomáticos de mi padre.

—Sí —asintió Oliver, con aire apesadumbrado—. Lo recuerdo. Aquel fue el primer verano en que te fuiste. Helen y Lorna no paraban de llorar.

—Sí. Yo también lloré mucho al principio, pero al menos descubrí el arco y eso me entretuvo.

Hasta me unió más al coronel, porque, pese a su negativa a lo de competir de un modo oficial, ya te digo que siempre ha sido él quien más me ha animado a entrenar.

De modo que practico de vez en cuando, sobre todo cuando voy a Caltrey Manor.

—Qué cosas... Nunca lo hubiese imaginado.

—Hay muchas cosas de mí que no sabes, Oliver Cartwright.

Y ya te digo que no soy mala —añadió, ufana, animada por el destello de admiración que percibía en los ojos del joven—.

Para que lo sepas, hasta he tenido ocasión de competir, en pequeños torneos organizados en fiestas privadas, con algunas de las arqueras que participaron en los Juegos Olímpicos de Londres.

No puedo decir que las haya vencido siempre, por supuesto, pero sí unas cuantas veces.

Mi padre no lo dirá nunca en público, pero se siente muy orgulloso de ello.

—No me extraña. —Oliver sonrió—. Yo también lo estoy. Y, si te gustaba, debiste intentar llevarlo a competiciones públicas. Eres mayor de edad, podrías hacerlo.

Annabelle se encogió de hombros.

—No es algo tan importante en mi vida, solo una afición.

Hasta ahora no lo había considerado realmente útil ni lo suficientemente atractivo como para dedicarle tanto tiempo.

Pero ahora sí. Volveré a entrenar, mejoraré al máximo.

De ese modo, si alguna vez vuelves a marcharte, ya sabes que podrías llevarme contigo.

—Le dedicó una sonrisa orgullosa. Oliver estaba en verdad impresionado.

Eso era bueno. Alentó una chispa de esperanza.

Quizá pudiera convencerlo de que la llevase con él—.

Podría defenderte de los leones y hasta de los elefantes.

—Eso parece...

Se miraron. Annabelle tragó saliva. Nerviosa, apartó las pupilas y las centró sobre el mapa. El mundo parecía enorme. Se inclinó sobre él y deslizó un dedo por África, desde el centro a la derecha, preguntándose qué selvas o qué criaturas estaría rozando.

—Si se me hubiera permitido demostrártelo, habrías descubierto que soy bastante más útil de lo que imaginas —musitó.

La mano de Oliver cubrió la suya, y también detuvo su corazón. Annabelle levantó el rostro hacia él y se encontró de nuevo con sus ojos.

El tiempo se detuvo.

Ella pensó que ya no había un mapa entre ellos, del mismo modo que ya no los separaban todos aquellos miles de kilómetros. Estaba sucediendo lo que había deseado durante años, pero de pronto no sabía qué hacer con aquella cercanía, y a Oliver parecía ocurrirle lo mismo.

Después él levantó la otra mano y le apartó suavemente un mechón de cabello que se había soltado junto a su rostro.

El gesto fue tan dulce, tan delicioso, que Annabelle cerró los párpados sobrecogida.

—Cuando éramos niños... —murmuró Oliver, y dejó la frase en suspenso.

—¿Sí? —lo apremió ella.

—Deseé un millón de veces poder hacer esto. Pero nunca me atreví.

Annabelle abrió los ojos.

Oliver la estaba mirando desde muy cerca, y de una manera que ya no tenía nada de infantil.

Ella sabía que debía apartarse, que era esa clase de momento del que debían huir las jovencitas, según le habían enseñado.

No lo hizo.

—¿Vas a atreverte ahora, Oliver Cartwright? —preguntó, con cierto desafío. O quizá era una súplica—. Yo ya me atreví en su momento, en la boda de Helen y Peter. Y me he atrevido a venir hoy aquí. Pero te juro que no daré ni un solo paso más si tú no te arriesgas también.

Los ojos de Oliver titilaron. Luego, se inclinó despacio, dejando que fuera ella quien decidiera si aceptar o no el beso.

El contacto fue suave, casi inseguro al principio.

No tenía la urgencia del que se habían dado dos días antes, pero sí la misma pasión y una gran dosis de curiosidad.

Oliver sabía a menta y, lejanamente, al té que había estado tomando.

Era cálido y dulce, y por demás tierno. Annabelle se preguntó si oiría el retumbar de su corazón, que se agitaba estremecido en su pecho.

Cuando se separaron, Annabelle permaneció muy cerca de él.

—Hay chispas doradas en tus ojos —murmuró Oliver.

Eso la hizo pensar en Noailles. Sonrió.

—Eso me han dicho.

—Yo quería decírtelo hace mucho. —Apretó los labios un momento—. ¿Quieres que nos detengamos?

Annabelle apoyó una mano sobre su pecho y sintió el latido acelerado bajo la camisa. Parecía responder a la cercanía del suyo.

—No. Y ahora mismo no quiero pensar en nada que esté más allá de estas paredes, Oliver. Ni en tu mundo ni en el mío. Solo existimos nosotros.

Oliver cerró los ojos un instante, como si aquella confesión hubiera terminado con el último resquicio de prudencia que le quedaba. Y, cuando volvió a besarla, ya no hubo duda entre ellos. La tomó en brazos, cargándola sin mayor esfuerzo, y la llevó al dormitorio.

Todo se aceleró en cuanto la depositó sobre la cama.

Parecían compartir la misma urgencia por besar cada centímetro de piel, por apartar cada prenda: todo estorbaba entre ellos, entre sus manos y sus labios, entre sus respiraciones.

Annabelle sabía que todo aquello iba en contra de cuanto le habían enseñado, pero le daba igual, todo le daba igual.

Pensó que el sexo era como un largo camino hacia el otro, hacia la persona amada.

Solo quería llegar al centro de Oliver y que Oliver llegara al suyo.

Se encontraron al final en un arrebato, en una negrura de placer intenso que la tomó por sorpresa y la maravilló.

Más tarde, cuando todo quedó en silencio y sus corazones se calmaron, Annabelle permaneció junto a Oliver, con la cabeza apoyada sobre su hombro y un brazo cruzando su pecho desnudo.

¡Había sido todo tan maravilloso! Ni rastro de todo el miedo que había imaginado al pensar en lo que sería tener relaciones íntimas con un hombre.

Conocía los misterios del sexo desde jovencita, cuando lady Deelright les explicó el tema con delicadeza, tras descubrir que Helen creía estar esperando un bebé por un beso accidental intercambiado con Peter.

En aquel entonces sí que le había parecido horrible la descripción de todo el proceso. Y ni siquiera cuando Helen le contó que se había acostado con Peter, meses antes de la boda, y le insistió en lo extraordinario que era, llegó a creerlo del todo.

Pero sí, había sido extraordinario. Por una vez, Helen no había exagerado. Y ella se sentía envuelta en una languidez deliciosa.

—¿En qué piensas? —Oyó decir a Oliver en la penumbra.

Annabelle sonrió.

—En que seguramente esto ha sido una terrible idea.

—Es probable.

—No deberías estar de acuerdo tan rápido.

Oliver soltó una risa baja.

—Entonces diré que ha sido una idea excelente.

Ella coreó su risa y se giró para mirarlo de cerca, las mejillas sobre la almohada, las narices a punto de tocarse.

—Eso está mucho mejor, señor Cartwright —replicó—. Además, me da igual. Ya me arrepentiré mañana de lo que sea.

—¿Mañana?

Ella soltó una pequeña risa.

—O quizá pasado mañana. Depende de si me convences de la demora...

Oliver volvió a reír y le besó suavemente el cabello, luego su mejilla, luego su cuello... Y mientras la rodeaba con sus brazos, volvió a deslizarse sobre ella.

—Entonces me esmeraré por ganar tiempo.

La idea era maravillosa. Annabelle se dejó llevar y Oliver y ella volvieron a hacer el amor, con esa mezcla de ternura y pasión con la que había soñado durante tantos años.

Por primera vez desde que había vuelto a verlo, no pensó en lo que los separaba, sino en todo aquello que los unía.

Y se quedó dormida.