Capítulo 5. Lady Annabelle va un paso demasiado lejos
Lady Annabelle va un paso demasiado lejos
S egundos después, fue Oliver quien abrió.
Estaba en mangas de camisa y las llevaba arremangadas.
También tenía suelto el cuello. Olía a jabón y al aroma con regusto de madera y limón de alguna fragancia masculina.
Los rizos dorados de su cabello, desordenados como si hubiese estado revolviéndolos pensativo, caían sobre su frente de un modo desordenado y casual que aumentaba su atractivo.
Esa informalidad y la sorpresa de su rostro hizo que Annabelle se arrepintiera de su osadía durante exactamente un segundo.
—¿Annabelle...?
—Yo... Hola.
Oliver la miró como si tratara de decidir si aquella visita era real.
—¿Qué... qué haces aquí?
Ella tragó saliva.
—Si te digo la verdad, no lo sé. No tengo ni idea.
Al menos, aquello consiguió arrancarle una sonrisa.
—Eso parece una pésima manera de empezar cualquier conversación.
—Cierto. Y si no dejas que me siente, me voy a desmayar. Será un modo pésimo de terminarla. Es broma —añadió al momento—. No me voy a desmayar, pero me tiemblan mucho las rodillas. Necesito urgentemente una silla.
La mirada de Oliver se llenó de ternura. Con un gesto elegante, se apartó para dejarla pasar.
Las habitaciones eran sencillas, y no había demasiadas cosas de adorno —como solía ocurrir en los alojamientos de paso—, pero sí las suficientes como para percibir en ellas la presencia indiscutible de Oliver Cartwright.
Annabelle pasó lentamente la vista por el sitio pensando que todo parecía hablar de los lugares que Oliver había recorrido.
Su salacot estaba colgado de un perchero, en un rincón, junto a una larga bufanda y con una chaqueta de codos remendados con refuerzos.
Se preguntó si la habría llevado en todos aquellos viajes.
La estancia principal se dividía en una pequeña mesa de comedor redonda con media docena de sillas distribuidas aquí y allá, y un saloncito con sofá y sillones frente a la chimenea, que estaba apagada.
Sobre la mesa alta, junto a una taza de té que todavía humeaba, había un par de pilas de libros y varios mapas, algunos enrollados y sujetos con cintas, pero también un par de ellos extendidos bajo pequeños objetos para impedir que se cerraran: un cenicero, lo que parecía la piedra redondeada de un río, un par de figuras de porcelana con forma de cuervos en distintas posiciones...
También vio un cuaderno abierto con anotaciones, una pluma, instrumentos de medición y varias cartas.
Y su caja de dibujo técnico, la que le regaló el día en que cumplió Oliver quince años...
Era una caja de madera forrada de terciopelo, con espacios hechos a la medida de los elementos que contenía. Una regla articulada, compases metálicos, una escuadra de hueso y plumillas que se encajaban en un mango.
Avanzó hacia ella y la acarició.
—Todavía la tienes —dijo. Esperaba un «Siempre la tendré» por su parte, pero Oliver no dijo nada—. Menos mal. ¡Me costó casi una libra entera!
Eso lo hizo reír.
—Caramba. Sí, claro que la tengo. Me ha acompañado por todo el mundo. Fue un regalo que me encantó.
—No lo pareció en el momento.
—Sabes que sí. Como sabes que hubiera debido devolverlo. De haber sabido mi abuelo que aceptaba algo de ti, no me hubieseis vuelto a ver el pelo. Me habría puesto a pulir toda la plata de Terrace House en el sótano, una y otra vez, hasta cumplir los cincuenta años.
Ella abrió mucho los ojos.
—¡Terrible destino!
—Sin duda. —Ambos rieron—. Siéntate, por favor. —Oliver le señaló el pequeño tresillo junto a la chimenea—. ¿Has tomado el té? Acabo de hacerlo, ¿quieres una taza? Y tengo algunas galletas de canela...
—No, gracias. Ya lo he tomado —replicó mientras se acomodaba, muy tiesa, en uno de los sillones. Oliver permaneció de pie unos segundos, indeciso, hasta que terminó sentándose frente a ella, en otro sillón.
Agitó la cabeza.
—Te juro que jamás hubiera imaginado que vendrías.
—Yo tampoco.
Él sonrió.
—Eso empieza a parecer una costumbre tuya.
Annabelle bajó la mirada, entre avergonzada y divertida.
—No te burles.
—No me estoy burlando. —Oliver tomó aire—. Me alegra mucho, muchísimo, que hayas venido, Anna. Temí que no volviéramos a vernos, y no me hubiera gustado que quedara la cosa así.
Aquellas palabras tan sencillas hicieron que el corazón de Annabelle acelerase en su pecho. Alzó de nuevo los ojos.
—Vernos o no depende de nosotros. De lo que estemos dispuestos a luchar.
Oliver hizo una mueca ante el reproche y Annabelle contuvo las ganas de gritarle, de sacudirlo hasta hacerlo reaccionar. ¿Por qué no luchaba por ella? ¿Por qué no se indignaba como ella? ¿Por qué no le decía que la amaba, y al infierno el mundo, así se condenasen?
Pero era una Dama Selecta. Se movía por el mundo tal como le habían enseñado, consciente de sus posibilidades y de la necesidad de mantener el control de toda situación dentro de las normas.
Optó por dar un rodeo.
—Estoy aquí porque ayer no tuve ocasión de preguntarte muchas cosas —dijo, llenando el silencio que se había creado entre ellos.
Oliver asintió.
—Puedes hacerlo ahora.
—Muy bien. —Dudó un momento, planteándose seguir un orden, pero no le fue posible.
Las preguntas salieron a trompicones—. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte en Londres?
¿Solo has venido por la boda de Peter? ¿Qué lugar, de cuantos has conocido, te ha gustado más?
¿Por qué has tardado tanto en volver? —Sintió el corazón en la garganta cuando añadió—: ¿Pensaste alguna vez en nosotros?
Oliver no respondió enseguida.
—Estaré en Londres unos pocos días, mientras ayudo en esa exposición de mapas que te mencioné, la que va a tener lugar en el Museo Rutshore.
Por eso, no, no he venido solo para la boda de Peter, aunque lo hubiera hecho en todo caso.
—Pero no había ido por ella, eso quedaba claro.
Annabelle se frotó las manos en el regazo—.
He visto lugares bellísimos, elegir uno supondría dejar otros que me han impresionado, así que te diré que no me resulta posible contestar.
He tardado en volver porque... Bueno, ya lo sabes, a qué darle vueltas. Y, sí. He pensado mucho en nosotros.
A esas alturas, ella esperaba ya cualquier cosa menos aquella respuesta tan directa. Al menos eso le dio esperanzas.
—¿Muchas veces?
—Más de las que debería.
Annabelle sintió que el corazón le daba un vuelco. Miró la chimenea, vacía y limpia, como su vida. Qué pensamiento absurdo.
—¿Y qué vamos a hacer, Oliver? —susurró.
—No lo sé, Anna. ¿Acaso podemos hacer algo?
La forma en que lo dijo hizo que Annabelle sintiera una punzada de tristeza. El silencio que siguió fue largo pero no incómodo.
Se levantó despacio y se acercó a la mesa para estudiar los mapas.
—Enséñame dónde estuviste desde que te fuiste de aquí.
Oliver se puso en pie, se colocó junto a ella, escogió uno de los mapas enrollados y lo extendió sobre la mesa.
Era un mapamundi bonito, bien trabajado, pero lo que más llamaba la atención era que estaba lleno de cuidadosos trazos de tinta de distintos colores, que se entrecruzaban y se alejaban unos de otros como una intrincada red.
—Aquí lo he ido señalando todo —le dijo. Puso un dedo sobre Londres—. Desde el día en que salí de aquí, contratado como ayudante del cartógrafo jefe de la expedición organizada por sir Richard Hills, miembro de la Royal Geographical Society. Y fuimos hasta aquí...
A lo largo de los minutos siguientes, le señaló algunas regiones, explicándole el recorrido que había seguido, los ríos que había remontado y las montañas que había tenido que atravesar.
Annabelle contempló aquellos trazos —todo bien organizado, en un conjunto que resultaba realmente bonito— que se extendían por el mapa y comprendió de pronto la magnitud del viaje: allí donde ella solo veía nombres de países, fronteras y manchas de color, Oliver había dejado meses de su vida.
Él hablaba con paciencia y Annabelle se dijo pensativa que algunas cosas no habían cambiado.
Por ejemplo, Oliver seguía gesticulando cuando algo le entusiasmaba; seguía sonriendo de aquella manera apenas ladeada cuando iba a aportar una información que sabía que era importante; y todavía tenía la costumbre de mirarla unos segundos antes de contestar cuando ella le hacía directamente una pregunta, como si necesitase ese tiempo para organizar su mente.
Annabelle escuchaba, pero cada vez le costaba más concentrarse en las líneas trazadas sobre el papel.
Oliver estaba a su lado.
Tan cerca que podía percibir su calor. Percibía su aroma. Crispó los dedos en el esfuerzo de contenerse y no tocarlo.
—Aquí —dijo él, siguiendo un relato mientras deslizaba un dedo hasta detenerse en un punto—. Exactamente aquí. Pasé varias semanas en esta zona. Un infierno de calor sofocante y mosquitos.
—Suena de verdad espantoso. —Annabelle se inclinó para ver mejor el punto en el mapa—. ¿Estabas tú solo?
—No, no. Éramos cuatro. Ir solo hubiese sido una temeridad.
—¿Tenías miedo?
Él asintió con ganas.
—Ya lo creo que sí. Muchas veces. No he visto nada tan oscuro y amedrentador como las noches en la jungla. La vida allí no se detiene: oyes sonidos de todo tipo y todos te asustan.
Annabelle sonrió.
—Quizá yo habría sido útil. —Claro que sí.
Tener al lado a alguien que te amaba siempre lo era, pero no quiso decirlo así y buscó otro modo—: Habría podido abanicarte o llevarte agua para que no pasases tanto calor.
Y hubiera espantado a los mosquitos. Y hubiera montado guardia con mi arco.
—Hizo un gesto con los hombros—. Soy muy buena tiradora, ¿sabes?
Oliver soltó una risa.
—Por supuesto.
—No te rías.
—Nunca me reiría de una propuesta tan heroica.