Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 4. Buscando al señor Cartwright
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Capítulo 4. Buscando al señor Cartwright

Buscando al señor Cartwright

P eter y Helen partieron al día siguiente a bordo del Suffragette, el yate de vapor de los Swann, que lord Maximilian Swann, el conde de Deelright, había puesto a disposición de su hijo para la luna de miel.

Era una hermosa embarcación de unos cincuenta metros de eslora, con varios camarotes, amplios salones, comedor, biblioteca y una espaciosa cubierta desde la que contemplar el mar, además de un aparejo auxiliar de goleta que le permitía navegar a vela cuando las condiciones lo aconsejaban, o cuando simplemente lo permitían, porque tanto Peter como su padre eran muy aficionados a utilizarlo como velero con buen viento en altamar.

Nunca navegaban ellos solos, por supuesto. El capitán y la tripulación llevaban años al servicio de la familia y conocían perfectamente el barco, que había recorrido ya buena parte del mundo con el conde y lady Deelright, una mujer tan enamorada de los viajes como de las causas que defendía.

El propio nombre de la nave había sido elegido por ella sin la menor intención de ocultar sus convicciones.

Cuando estaban en el puerto, sobre todo en las ocasiones en las que celebraban algún evento social a bordo, verlo provocaba todavía alguna ceja levantada entre los caballeros más conservadores, pero Juliet siempre sostenía que era una excelente manera de recordar a todos —y, ciertamente, nunca había que desaprovechar la ocasión de hacerlo— que algún día las mujeres tendrían derecho al voto.

Annabelle acudió a despedirlos al puerto, con los marqueses de Terrace, los condes de Deelright y con sus propios padres. Lorna y ella se dieron la mano mientras veían alejarse el barco.

—Va a tardar mucho en volver —susurró Lorna, con tristeza.

—Pero va a ser muy feliz. Debemos alegrarnos por ello.

Lorna la miró pensativa y asintió, con una expresión adulta muy poco habitual en ella.

Oliver no fue. Según supo luego, había acudido temprano a Terrace House a despedirse y a llevarles información sobre algunos sitios que no debían perderse.

Le ofrecieron que fuera al puerto con ellos, pero alegó tener ocupaciones.

Annabelle supuso que lo había hecho para no volver a propiciar un encuentro con ella.

Más tarde, sentados para el almuerzo en Caltrey House, su padre sonrió.

—Me ha dicho Noailles que ayer fuiste muy amable con él durante la comida, Annabelle.

Le has impresionado gratamente. Bien hecho, hija mía.

Es un gran partido. —Annabelle captó la expresión satisfecha y esperanzada de su madre—.

Por cierto, querida, le he invitado a cenar mañana.

Espero que no te moleste la falta de tiempo.

Lady Eve sonrió.

—En absoluto, algo se podrá organizar. Ese joven siempre será bienvenido aquí. ¿Verdad, Annabelle?

Ella asintió apenas. Sus padres intercambiaron una mirada, pero no insistieron. Siguieron comiendo con tranquilidad, charlando sobre otros temas, y la dejaron con sus cavilaciones. Imaginó que estaban seguros de que tarde o temprano daría su brazo a torcer y de que, por fin, iban a casarla.

El resto del día, trató de pensar en cualquier otra cosa: en la boda de Helen, en las visitas que tendría que hacer aquella semana, incluso en el vestido que debía escoger para una comida en casa de los Baxter...

Todo resultaba inútil. Cada pensamiento terminaba conduciéndola de nuevo a Oliver. A su beso.

Y no era solamente el beso. Era su presencia.

La forma en que la había mirado después de tantos años, como si el tiempo transcurrido no hubiera conseguido borrar nada de lo que habían sido o sentido.

Annabelle había pasado la noche recordando cosas que creía olvidadas: los veranos de su infancia, las carreras por los jardines de Terrace House a escondidas de los marqueses y, más, del señor Cartwright, el mayordomo; las discusiones absurdas y aquellas aventuras de espías que entonces les parecían extraordinarias.

Y, por encima de todo, había recordado el día en que Oliver se marchó, cómo se sintió, cuánto lloró. Y solo pensar que iba a irse otra vez, quizá sin volver a verlo siquiera, se le rompía el corazón.

Lorna, acompañada de su doncella Emily, fue a visitarla a la hora del té y se dio cuenta de que algo le ocurría.

Se sentaron las tres en su rincón preferido del jardín, junto a la amplia rosaleda, y en cuanto las dejaron solas con el té servido —a Emily le encantaba que le permitieran tomar el té con ella, como decía—, Lorna se cruzó de brazos, pero sin decir nada.

—¿Vas a contarme qué ocurre o voy a tener que adivinarlo? —preguntó por fin, al cabo de un rato.

Annabelle levantó los ojos de la taza.

—No sé por qué dices eso. No pasa nada.

Lorna la observó con una expresión que dejaba claro que no la creía.

—Entonces llevas una hora mirando el té porque debe de ser particularmente interesante. Te estará hablando en chino.

Annabelle dejó escapar una pequeña risa, pero enseguida volvió a ponerse seria. Dudó unos instantes antes de hablar.

—Es por Oliver.

—Eso ya lo sé —replicó Lorna, y Emily puso cara de saberlo también.

—No, quiero decir...

Se detuvo, incapaz de encontrar una forma razonable de terminar la frase.

Lorna apoyó los codos sobre la mesa.

—Ay, Annabelle... ¿Por qué le das tantas vueltas, solo para encerrarte en ti misma? La pregunta es: ¿quieres verlo?

Annabelle la miró de inmediato.

—No debería.

—No es eso lo que te he preguntado.

Annabelle suspiró. Aquello fue precisamente lo que necesitaba para admitirlo.

—Sí. Claro que quiero verlo. Me muero por verlo...

Lorna sonrió.

—Pues déjalo de mi cuenta. Sé que los vikingos lo llevaron ayer a casa en su coche: les preguntaré dónde se aloja.

—Supongo que en un hotel.

—Supongo. Pero confirmaremos el sitio y le haremos... le harás una visita.

—¿A un hotel? —preguntó horrorizada Emily.

—Sí, y aunque muchos parecen no creerlo, las mujeres podemos ir solas a los hoteles, a visitar a caballeros, sin que tengamos intenciones de hacer nada malo.

—Emily puso cara de no estar muy segura de eso, pero Lorna no se dio cuenta porque se había vuelto hacia Annabelle—.

Mañana, para el té, pasaré a buscarte media hora antes.

Diremos que vamos a ir de compras. ¿De acuerdo?

Annabelle sonrió.

—De acuerdo.

Así lo hicieron. Lorna fue puntual, y ella y Annabelle, acompañadas de Emily, salieron de Caltrey House con la excusa de ir a Kensington High Street —donde afirmaron que podrían curiosear en Barkers, Derry & Toms y Pontings, los grandes almacenes que se habían convertido en una de las principales atracciones comerciales de la zona, además de en las numerosas tiendas que habían ido surgiendo a su alrededor—, aunque ni se acercaron por allí.

Se dirigieron directamente a The Albany, en Piccadilly, donde Oliver ocupaba un cómodo conjunto de habitaciones para caballeros solteros, y dejaron el coche en un lugar discreto, cerca de la entrada.

—¿El señor Burton no dirá nada? —preguntó Annabelle en un susurro, refiriéndose al cochero principal de Terrace House, cuando se alejaban.

—No. ¿No te has dado cuenta de que nos ha traído Joyce?

—Annabelle abrió la boca en un «¡oh!» mudo.

No, no se había dado cuenta. Ni había pensado en el tema del cochero hasta percatarse de que sabría dónde habían ido—.

Ya veo que no estás muy detallista esta noche.

Entonces, seguro que tampoco te has dado cuenta de cómo mira a Emily.

—¡Milady! —protestó la muchacha. Las otras dos se rieron divertidas—. No le haga caso, lady Annabelle. Joyce no me mira de ningún modo.

No le hicieron ni caso, por supuesto.

—Vaya, vaya, Joyce... —exclamó Annabelle.

—Sí. Qué vueltas da la vida... —añadió Lorna con una sonrisa—. ¡Y con lo buen mozo que es!

Emily se ruborizó.

—Eso no sé. No me he fijado.

—Mentirosilla...

—¡Oh, milady! —gimió la muchacha, cada vez más abochornada—. Yo no le hago caso, pero es verdad que siempre me espera por las mañanas para ir al mercado, y se empeña en llevarme la cesta.

—¡Oooh! —exclamaron Annabelle y Lorna—. ¡Joyce está enamorado! —siguió Annabelle.

—Sí. Porque solo los hombres enamorados llevan las cestas. —Rio Lorna—. Es una ley eterna que faltaba en las normas del amor de Helen. Ella no lo sabía porque nunca ha cargado con una cesta.

—¡Qué mala! —se escandalizó Annabelle—. Se lo voy a decir a tu hermana.

—Acusica.

Entre broma y broma a una apurada Emily, entraron en una cafetería que vieron, donde pidieron tres tés completos.

La doncella tomó el suyo observándolas en silencio, mientras Lorna fingía interesarse por una tarta que Annabelle apenas probó.

Las chanzas habían terminado, ya solo quedaba el asunto que las había llevado allí.

—Si vas a hacerlo —dijo finalmente Lorna en voz baja—, sube. Hazlo antes de que te arrepientas.

Annabelle la observó por encima de la taza que sostenía entre las manos.

—¿Y qué voy a decirle?

—La verdad, claro está.

—¿Qué dices? —Annabelle la miró con expresión de incredulidad—. No puedo presentarme allí y decirle que quería verlo.

—Claro que puedes. ¿Verdad, Emily?

La doncella se mostró alarmada.

—Yo me moriría de vergüenza, milady. Y mi madre también, si se entera de que hago algo así.

—Bah, no tendría que haberte preguntado. No eres nada aventurera. —Annabelle pensó que Lorna nunca se había parecido tanto a su hermana—. Vamos, Annabelle, no nos hagas perder más el tiempo. ¡Si lo estás deseando!

—Lorna...

—Annabelle...

Aquella vez fue ella quien tuvo que contener una sonrisa. Tenía razón, a qué negarlo, de modo que dejó a su amiga y a la doncella en la cafetería con la promesa de que no tardaría.

Al llegar a la entrada de The Albany que daba a Piccadilly se cruzó con un joven que salía cargado de libros, y apenas tuvo tiempo de inclinar la cabeza para evitar que le viera bien el rostro.

Annabelle siguió y se encontró en un patio interior, adoquinado y rodeado por las antiguas fachadas del edificio.

El ruido de la calle quedó amortiguado casi de inmediato, hasta el punto de que empezó a escuchar sus propios pasos.

Aquel lugar tenía una quietud peculiar, como si las paredes se esforzaran por separar la vida de sus habitantes del bullicio de Londres.

La pequeña garita de los porteros parecía formar parte de la misma arquitectura, y desde ella un hombre de mediana edad vestido con absoluta corrección vigilaba discretamente a quienes entraban y salían.

Annabelle notó su mirada fija en ella y avanzó en su dirección, procurando mostrar absoluta naturalidad.

O, al menos, que no se notase lo mucho que le temblaban las rodillas.

El portero, que estaba colocando unas llaves en un armarito de madera oscura situado junto al mostrador —supuso que tenía llaves de todas las habitaciones, como ocurría en los hoteles—, le echó una mirada de arriba abajo que valoró rápidamente su aspecto general.

Debió considerarlo más que aceptable, porque añadió una ligera sonrisa.

—¿Puedo ayudarla, señorita?

Por pura costumbre, pensó corregirle, decirle que el tratamiento debía ser el de «lady», pero se contuvo a tiempo. No quería dar ninguna pista sobre su identidad. Si su padre se enteraba de que había ido allí, la encerraría por el resto de su vida.

—Vengo a visitar al señor Cartwright —susurró, con voz nerviosa—. Oliver Cartwright.

Annabelle sintió que se le encendían las mejillas al pronunciar el nombre de Oliver, pero el hombre se limitó a indicarle el camino con absoluta compostura. Supuso que estaba acostumbrado a situaciones así. ¿Cuántas mujeres recibirían aquellos caballeros, con toda impunidad?

¿Y qué clase de mujeres serían? Se horrorizó al imaginar lo que habría pensado el portero de ella, lo que había supuesto que era... Desde luego, una dama, no. Estaba sola, sin doncella, y se atrevía a buscar a un caballero soltero en un lugar como ese.

Terrible.

Apartó semejantes ideas de su cabeza y se introdujo en el The Albany mirando a todos lados con curiosidad.

Había oído hablar mucho del sitio y las jovencitas de la Escuela de Señoritas de lady Acton habían elucubrado mucho al respecto.

Allí vivían caballeros que habían elegido aquel sistema de habitaciones para disfrutar de independencia y privacidad —lo que sin duda incluiría visitas femeninas, todo el mundo decía que los hombres eran así— sin renunciar a las comodidades de una residencia respetable.

Atravesó con paso nervioso una sucesión de pasillos y pequeñas galerías, comunicados por escaleras que conducían a los distintos conjuntos de habitaciones.

El edificio tenía algo de laberíntico, y, como le había pasado al entrar en su patio, el silencio que reinaba en sus corredores hacía que cada paso pareciera más ruidoso de lo que realmente era.

Cuando llegó frente a la puerta de Oliver, permaneció unos segundos sin atreverse a llamar. De hecho, pensó en regresar y, arrastrada por el pánico, hasta volvió a alejarse varios pasos, pero no tardó en volver.

—Tonta, tonta, tonta... —se dijo entre susurros.

Si se iba y Oliver abandonaba Londres sin volver a verlo, no podría perdonárselo.

¿Y si no se veían nunca más? ¡Qué idea más espantosa!

Si, dada la situación, decidía quedarse a vivir en África, ella se moriría.

Y si pasaba cualquier desdicha, mucho más.

Se mordió los labios y llamó con los nudillos.