Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 3. El señor Cartwright sigue siendo igual de sensato #2
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Capítulo 3. El señor Cartwright sigue siendo igual de sensato #2

Se dirigió hacia la puerta y la joven se vio obligada a seguirla, aunque lanzó a Oliver una última mirada antes de cruzar el umbral.

Él la observaba inexpresivo.

Al ver que se quedaba parada, su madre la tomó del brazo y tiró de ella por todo el salón de baile e incluso más allá, hasta llegar al exterior. Esperó para hablar, hasta estar segura de que nadie iba a poder oírlas.

—¿Estás loca, Annabelle? No quiero que vuelvas a hacer algo así. Nunca. ¿Me has oído? —Ella guardó silencio, aunque no pudo evitar una mueca—. Sabes tan bien como yo que, de haberos encontrado solos alguien ahí, se hubiera organizado un escándalo. Y no quiero ni imaginar las consecuencias.

Hubieran tenido que casarse. Eso hubiera estado bien. Una pena que no hubiese ocurrido.

Pero no se atrevió a decir nada. Siguió empeñada en su silencio.

—Me consta que os conocéis desde niños —continuó su madre, con un tono más amable—.

Y sé lo que significó para ti. Pero él ya no es un niño y tú tampoco.

No puedes permitirte comportarte como si nada hubiera cambiado.

Y tienes ya veintitrés años. Hemos tenido mucha paciencia, pero estás cerca de convertirte en una solterona, y eso no puede ser, Annabelle.

Tu padre y yo no lo vamos a permitir. Si te comportas como una niña, te trataremos como una niña.

—¡Yo no me comporto como una niña! —protestó finalmente, indignada.

—¿No? Yo creo que sí. Solo una niña guardaría todos esos recortes de prensa relacionados con Oliver Cartwright.

—Ella se sobresaltó. ¿Cómo podía saberlo?

¡Había escondido el álbum en su rincón secreto, al fondo del armario, tras un tablón suelto!

No lo sabía nadie, excepto una de las criadas, Lily, que le conseguía los periódicos del día anterior antes de que los tirasen si no le había resultado posible comprarlo a ella misma, algo que prefería hacer para que sus padres no se enterasen de aquella costumbre—. Con flores incluidas.

Annabelle estuvo a punto de ocultar el rostro tras las manos, como si con eso pudiera escapar de la situación del momento. Pero no podía, claro. Ni podía negar lo dicho por su madre.

Era cierto, coleccionaba todas las noticias que se publicaban sobre Oliver o relacionadas con la exploración del país en que estuviera, últimamente África, donde se había pasado un par de años largos, quizá tres.

Annabelle había creído que estaba en Angola, pero no.

Una de las últimas noticias de su colección anunciaba sus éxitos en alguna larga aventura en el Congo.

NUEVAS RUTAS EN EL CORAZÓN DEL CONGO

El explorador británico Oliver Cartwright, miembro de la Royal Geographical Society, que participa en una expedición cartográfica por el interior del Congo, ha comunicado el descubrimiento y levantamiento de varias rutas hasta ahora ausentes de los mapas europeos.

Entre ellas destacan dos pasos que permiten atravesar una extensa zona de difícil acceso y establecer comunicación entre territorios que hasta ahora aparecían separados por una amplia región inexplorada.

Cartwright, que ha dedicado buena parte de su expedición al levantamiento de mapas y al estudio de las vías naturales de comunicación, ha señalado que la información obtenida podría modificar de manera considerable el conocimiento geográfico de aquella parte del continente.

Los informes recibidos en Europa indican que los nuevos trazados han sido realizados con especial atención a los cursos de los ríos, las elevaciones del terreno y los caminos utilizados por las poblaciones locales.

Los mapas resultantes podrían tener un considerable valor estratégico para futuras expediciones y para la explotación de los recursos de una región de cuya riqueza apenas se tiene conocimiento, lo que ha despertado un gran interés entre distintas instituciones y empresas.

El joven explorador, que ya había adquirido cierta notoriedad por anteriores trabajos en África, se encuentra actualmente de regreso hacia la costa, quizá con la intención de preparar una nueva expedición al interior del continente.

No eran muchas noticias, no se veían muchos artículos de Angola y Congo en los periódicos ingleses, precisamente.

Pero Annabelle las releía una y otra vez y comprobaba los sitios mencionados en la bola del mundo que tenía su padre en el despacho.

Podría haberlo hecho en cualquier mapamundi, pero le gustaba girar aquella enorme esfera y enfrentarse a sus distancias.

Cuando las noticias se referían a Oliver en concreto, siempre añadía unas flores cogidas en el jardín ese mismo día, y se secaban junto a los recortes. Como si de ese modo pudiera hacerle llegar un poco de todo aquello que sentía en su corazón.

Qué tonta era...

—Eso es privado —le recriminó a su madre. Lady Eve controló un gesto de culpabilidad.

—No era mi intención mirar nada, te aseguro que solo lo encontré por casualidad. Y no te dije nada, ni a ti ni a tu padre, pero sabes tan bien como yo que no le gustaría nada descubrir que una y otra vez rechazas toda posibilidad de un enlace por ese encaprichamiento infantil.

—No es un encaprichamiento infantil.

—Peor me lo pones.

Annabelle apretó los labios. La irritación le subió por el pecho, pero consiguió contenerla.

—No he hecho nada.

—Precisamente. Y quiero que siga siendo así.

Oliver Cartwright no está a tu altura —continuó su madre con más suavidad, aunque las palabras resultaron todavía más dolorosas por eso—.

Puedes apreciarlo, puedes considerarlo un amigo de la infancia, aunque bien sabe Dios que no lo veo apropiado en absoluto, ni siquiera eso; pero no debes confundir esas cosas con algo que jamás podría funcionar.

¿Ha quedado claro? En caso contrario, no tendré más remedio que contárselo a tu padre.

Annabelle no respondió.

Se limitó a bajar la mirada y asentir, porque sabía que cualquier palabra podía hacerla llorar o, peor aún, decir exactamente lo que estaba pensando.

Pero mientras regresaba al salón para participar de un baile que no podía importarle menos, ya no podía escuchar las conversaciones a su alrededor.

Solo podía pensar en Oliver y en cómo escapar con él hacia el otro lado del horizonte.