Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 3. El señor Cartwright sigue siendo igual de sensato
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Capítulo 3. El señor Cartwright sigue siendo igual de sensato

El señor Cartwright sigue siendo igual de sensato

A nnabelle se acercó despacio.

—¿Es exacto? —preguntó.

Oliver volvió la cabeza y, al verla, sonrió.

—No. En absoluto.

—Entonces, ¿por qué lo miras con tanta atención?

—Porque es una maravilla. ¿No es evidente?

—Hizo un gesto para mostrarlo—. Los hombres que dibujaban estos mapas no contaban con nuestros métodos de medición ni tenían tanta información como de la que disponemos hoy en día.

Que fueran capaces de conseguir una aproximación tan clara siempre me asombra.

—Ella asintió, sin saber qué replicar. Oliver siguió centrado en el dibujo—.

Es una copia del mapa de Nicolaes Visscher —explicó, señalando el título grabado en la parte superior—.

Orbis Terrarum Nova et Accuratissima Tabula .

Apareció originalmente en el Novus Atlas de Jan Jansson de 1658, en Ámsterdam.

Es un mapa de doble hemisferio y, si te fijas, también aparecen aquí las proyecciones polares del norte y del sur.

Movió la mano según se refería a un detalle u otro, y Annabelle se inclinó para observarlo mejor. El mapa estaba rodeado por una profusión de dibujos y escenas que parecían sacadas de una historia mitológica.

—Es precioso... —susurró. Tenía que reconocerlo, había algo... fascinante en todos aquellos trazos. Ese era el mundo, quizá no del todo así, pero permitía hacerse una idea. Un mundo inmenso lleno de posibilidades.

Pensó en Londres y, por primera vez, lo percibió como una hermosa prisión que le impedía alcanzar aquellas costas remotas, aquellos paisajes exóticos iluminados por un sol tropical o dominados por la ventisca.

—Lo es —prosiguió Oliver—. Las escenas que lo decoran fueron realizadas por Nicolaes Berchem.

Zeus, Neptuno, Perséfone y Deméter. Los holandeses tenían una verdadera afición por convertir los mapas en obras de arte.

Este es uno de los primeros ejemplos tan profusamente decorado —añadió, recorriendo pensativo con un dedo uno de los hemisferios.

Annabelle lo observó de reojo.

—Pareces conocer bien este mapa.

—Pues sí. —Sonrió—. Dentro de unos días voy a participar en la organización de una exposición de mapas antiguos en el Museo Rutshore.

—Annabelle lo conocía. Helen, Lorna y ella lo habían visitado muchas veces desde la primera vez que las llevó la señorita Hobbs...

bueno, lady Deelright. La hermosa momia de una sacerdotisa egipcia las fascinó una larga temporada, cuando tenían quince o dieciséis años.

Incluso llegaron a aprenderse su nombre, Nefer-Anjet-Ast—.

De este en concreto solo contamos también con una copia, pero es bastante mejor que esta.

—¿Por eso has vuelto? —preguntó, tratando de mostrar un tono neutro.

—En parte. También por la boda, por supuesto. Y para buscar ayuda financiera para mi próxima expedición.

«Se va a volver a marchar», pensó Annabelle, sintiendo que la golpeaba una oleada de desolación. Sí, Oliver volvería a irse a recorrer esas tierras que mostraban los mapas y ella se quedaría atrapada en el luminoso Londres, consumida por la tristeza de su propia oscuridad.

De pronto, odió a muerte el maldito mapa y el maldito mundo. A los hombres que creaban aquellas trampas para atraer a los espíritus libres y curiosos como el de Oliver. A los que los decoraban, convirtiéndolos en obras de arte, para terminar de seducirlos.

Se acercó más todavía y lo examinó con cuidado.

—Pues hasta yo veo que África está deformada hacia la derecha —replicó con voz tensa.

¿Se daría cuenta?—. Y qué rara parece América, ¿no?

Y la parte del sur... —Agitó una mano ante el lienzo—.

No sé, parece una cara sonriente mirando con condescendencia al viejo mundo...

—bufó—. Definitivamente, el cartógrafo debía estar muy borracho cuando cogió la pluma.

Oliver rio. El sonido provocó un estremecimiento en el corazón de Annabelle.

—No seas mala, milady —replicó él, que no pareció darse cuenta ni de su furia ni de su dolor—. Si vamos a detalles curiosos y errores llamativos, fíjate que California está representada como una isla.

Señaló la zona con el dedo. Ella miró sorprendida.

—Es cierto... ¿Pensaban que era así?

—Eso parece. Te recuerdo que es un mapa del siglo XVII. Lo sorprendente es todo en lo que acierta. Y es precioso.

—Eso no puedo negarlo —replicó ella, con una voz tan cargada de emociones que Oliver se volvió a mirarla.

Sus ojos se encontraron y se quedaron así, atrapados en el repentino silencio—.

¿Por qué no me escribiste al apartado de correos?

—preguntó Annabelle, al fin. No sonó a acusación; su voz solo estaba teñida de nostalgia.

Oliver titubeó unos instantes antes de responder.

—Sabes que no debía hacerlo.

—¿Por qué?

—Ya sabes por qué, Anna.

Ella bajó la mirada.

—Quiero que lo digas...

Lo oyó suspirar.

—Está bien. Ni quería ni debía comprometerte. No te voy a negar que empecé varias cartas, pero siempre terminaba escribiendo cosas que un hombre como yo no debería escribirle a una mujer como tú.

La respuesta la dejó sin palabras. Nerviosa, se apartó de su lado y caminó hasta una de las ventanas. Él no tardó en seguirla.

—Annabelle, por favor... —Lo oyó suplicar—. No me lo pongas más difícil.

—¿Difícil? ¡Oliver! —exclamó, y esta vez sí había condena en su tono, y en su mirada—.

Te aseguro que lo difícil es quedarse aquí y sentir cómo la vida te pasa por encima como si fuese una lluvia ligera, sin llegar a calar.

Sin dejar mayor recuerdo. Lo fácil, lo realmente fácil, es marcharse y empacharse de nuevos paisajes y nuevas experiencias.

Oliver apretó los labios. Pareció culpable.

—¿Qué esperas que te diga? Ya sabes cómo soy, sabes que mi pasión está más allá de cualquier horizonte conocido.

—Eso no es verdad. No es la única verdad, al menos. No niegues lo que siempre ha habido entre nosotros. No lo hagas más.

—Anna...

—Por favor...

Él vaciló y lanzó un suspiro.

—¿Sabes lo que ha pasado cuando he llegado aquí, al Savoy?

—dijo entonces. Annabelle se limitó a seguir mirándolo, pero lo tomó como alguna clase de respuesta—.

Peter y Helen me han dicho que estaba en tu mesa, que me habían puesto a tu lado.

Eso me hizo absurdamente feliz. Pero, cuando iba hacia allí, tu madre me ha interceptado y me ha dicho que había habido un cambio de planes por un inesperado invitado francés.

Me han colocado al fondo, lo más lejos posible.

—Hizo una mueca—. De ser por ellos, me hubieran echado.

Porque soy el nieto de un mayordomo, Anna. Me miran y solo ven a un criado.

Annabelle se ruborizó. No, no iba a consentir que su relación girase siempre alrededor de lo mismo. Observó cómo un grupo de tres hombres abandonaba la sala. Eran los últimos, al parecer. Se habían quedado solos.

Mejor, porque iba a lanzarse a por todas. No en vano era la hija del coronel Sanders. De muy niña —en realidad, ni lo recordaba bien, solo lo sabía por algún destello fugaz en su mente o porque se lo habían contado— la llamaban «la coronela».

—Me da igual lo que mis padres piensen o quieran —protestó—. ¿Es que no te das cuenta? Se trata de nuestras vidas.

—Anna...

Diría que se volvió loca, pero no del todo.

Echó un último vistazo alrededor, para estar segura de que no quedaba nadie más que ellos en la sala —hubo un momento en el que creyó captar una sombra junto a la puerta, pero debió provocarla su aprensión, porque no volvió a percibir nada—, se giró hacia Oliver, lo cogió por la corbata y tiró de él, poniéndose de puntillas.

Sus labios se unieron en un beso largamente esperado.

Annabelle había soñado con ese momento durante años, incluso cuando eran niños y ni podía imaginar ser capaz de reunir tanto valor como para hacerlo.

Los labios de Oliver eran firmes pero a la vez suaves, y sus brazos la rodearon por la cintura, atrayéndola con fuerza.

Algo se sacudió en el interior de Annabelle, allí donde todo era caos y alegría y emociones intensas que no dejaban de crecer y crecer, junto con el beso.

Tenía la sensación de haber estado toda la vida respirando poquito, como podía ocurrirle a un asmático, y haber dado por fin una bocanada profunda de aire fresco.

Aquel era su lugar. Por fin estaba donde su corazón pedía.

Apenas tuvieron tiempo de separarse al oír los pasos llegando por el pasillo. Al momento, ambos se apoyaron en el alféizar y fingieron estar contemplando el paisaje exterior con un interés que ninguno sentía.

Annabelle contuvo una sonrisa.

—Seguimos siendo unos pésimos espías.

Él rio.

—Siempre lo fuimos.

No llegaron a decir nada más. La voz de su madre llamó a Annabelle desde muy cerca.

—Annabelle...

Ella se volvió con un sobresalto y encontró a lady Eve en el umbral de la salita.

No sonreía y su expresión en general tenía esa cualidad plácida que enseñaban en Minstrel Valley, con la que una Dama Selecta —como llamaban a las jóvenes que se graduaban en su escuela— podía sobrellevar cualquier circunstancia.

—¡Mamá! —exclamó Annabelle—. ¿Qué...?

No estaba muy segura de qué más decir. Por eso no le importó que su madre cortase su frase con un frío:

—Ven conmigo, por favor.

—Lady Caltrey, Annabelle no ha... —empezó Oliver, pero lady Eve le lanzó una mirada furiosa. Helada pero furiosa. Una vez más, algo digno de cualquier Dama Selecta que se preciase.

—Gracias, señor Cartwright —dijo, con un tono muy acorde—, pero puedo ocuparme por mí misma de mi hija, si no le importa.

Oliver se ruborizó.

—No, claro que no.

—Y le ruego, señor, que nunca más dé pie a una situación así. Annabelle puede pecar de imprudente muchas veces, pero estoy segura de que usted sigue siendo igual de sensato que siempre.

Él bajó la cabeza.

—Sí, milady. Lamento lo incómodo de la situación.

—Mamá... —empezó a protestar Annabelle, pero su madre le frunció el ceño.

—Ni una palabra más. Vamos.