Capítulo 2. La inesperada simpatía del francés #2
Tomada por sorpresa, Annabelle dejó escapar una risa.
—Me temo que lady Helen habría considerado poco práctico llegar así vestida. Sobre todo, por el velo.
—Ah... vous voyez? Eso demuestra que todavía tengo mucho que aprender sobre Inglaterra.
Esa vez rieron los dos, y Annabelle lo contempló con mayor aprecio. Era un hombre divertido.
—Mi padre parece tener una opinión muy alta de usted, monsieur le comte , y, sin embargo...
—Por favor, llámeme simplemente Noailles —la interrumpió él—. Así lo hacen mis amigos, y lo prefiero. Tanto título resulta abrumador.
Lo miró algo desconcertada, pero asintió.
—Gracias, puede llamarme Annabelle, si lo desea.
— Quel joli prénom .
—Gracias... Pero, como le decía, disculpe, parece usted demasiado joven como para andar en ciertos círculos y tener tantos contactos.
—No crea, no lo soy tanto. Pronto cumpliré los veintiocho.
Pero sí que es verdad que he contado con claras ventajas: ocupé el lugar de mi abuelo en el terreno de la diplomacia gracias a que en su momento me llevó con él por toda Europa y me transmitió todos sus contactos.
Del mismo modo en que nuestro flamante novio —señaló hacia la mesa donde Peter y Helen charlaban y reían, mirándose llenos de amor.
Annabelle sintió que el corazón se le estremecía de ternura.
¡Parecían tan felices!— ocupará algún día el sitio de su padre.
—Sí, cierto... —La joven suspiró—. En todo caso, tiene usted mucho mérito: sepa que no resulta fácil hacerse con las simpatías sinceras de mi padre. Bien sabe Dios que el coronel Sanders tiene un temperamento... campechano, pero también tempestuoso como pocos.
— Je m’en doute . —Lo vio titubear—. ¿Puedo serle sincero?
—Por favor.
—Pues, aunque me alegro de que hayamos coincidido en Londres y guardo buen recuerdo de nuestro encuentro en París, debo admitir que, siempre que estoy con él, siento que camino por terreno peligroso.
Annabelle lo miró con curiosidad.
—¿Por qué?
—Porque él es un hombre brillante, como lo fue mi abuelo, pero también comparten un carácter...
decidido a imponer su voluntad. A veces me resulta difícil.
Cuando murió mi abuelo me sentí liberado de un peso que no sabía que cargaba.
—Agitó el cubierto que sostenía con la mano derecha—.
No se equivoque, por favor, yo lo quería, pese a todo, y ojalá pudiera volver atrás y tenerlo de nuevo a mi lado.
Pero ahora haría las cosas de un modo muy distinto.
Ella arqueó las cejas, insegura. ¿Hablaba en serio o simplemente quería ganársela con aquel toque vulnerable unido a la admiración declarada por su padre y al análisis acertado sobre su carácter? Decidió ir con cuidado.
—Lamento lo de su abuelo.
— Oh, rassurez-vous . Ahora mismo, me alegro de que no esté aquí.
Me estaría riñendo con ganas por sacar un tema tan poco apropiado para una ocasión como esta.
« Sapristi , Armand, ¿cómo se te ocurre?
», me diría, «solo tú eres capaz de sentarte junto a la dama más hermosa del banquete para ponerte a criticar a su padre».
—Se encogió de hombros—. En mi defensa, le diré que ya se lo dije a su padre también.
—¿Se lo dijo a mi padre? ¿Que era un hombre de carácter dominante? —El francés asintió—. ¿Y qué hizo?
— Il m’a grondé . Reñirme. Sin misericordia.
Annabelle no pudo evitar reír de nuevo. Definitivamente, Noailles era mucho más divertido de lo que esperaba, y se descubrió disfrutando de su compañía, pese a todo.
Durante cosa de media hora, hasta el fin de la comida, charlaron con soltura.
Él le habló de Europa, de sus viajes y de las personas que había conocido con una naturalidad que hacía difícil aburrirse a su lado.
Ella le habló de Minstrel Valley, de la Escuela de Señoritas de lady Acton, de cómo adoraba el hermoso lago Minstrel y los densos bosques de la zona; y las ruinas del viejo castillo en la colina, casi siempre envuelto en la niebla de la leyenda trágica de unos amantes, y las romanas, en las que quedaba un viejo pozo que, tal como se aseguraba en el lugar, concedía deseos.
Gracias a todo eso, la comida se le pasó volando.
Cuando llegó el momento de cortar la tarta, Helen y Peter ocuparon el centro de la atención —hasta se hicieron fotografías de los novios esgrimiendo una espada que parecía la mismísima Excalibur— mientras los invitados levantaban sus copas y los felicitaban entre aplausos.
Después comenzaron los discursos con brindis, primero por los recién casados y luego por sus respectivas familias, tras lo cual el salón se llenó de risas, conversaciones y música.
En una tarima, a un lado, se había colocado una orquesta de más de una docena de músicos. Iba a empezar el baile.
—¿Me concederá un vals, milady? —le preguntó Noailles.
—¿Un vals? Si lo ha elegido por eso, le advierto que esos bailes europeos ya no provocan ningún escándalo por aquí.
Él rio.
— Vraiment? Qué decepción. Tendré que contentarme entonces con disfrutar del baile en sí.
—De ser así... —Sus ojos se toparon con la figura de Oliver, al otro lado de la sala.
Surgió de detrás de una gruesa columna y lo vio irse por una de las puertas del fondo.
¡Estaba allí! ¡Había estado allí todo el tiempo, quizá viéndola con Noailles!
¿Por qué no se había acercado a sentarse en esa mesa? Le hubieran hecho un hueco encantados.
Se puso en pie con brusquedad. Noailles la miró sorprendido y también se levantó, caballeroso.
—Menudo ímpetu —bromeó—. Dudo que nos dejen bailar el vals de apertura, milady. Es para los novios.
—Disculpe —se limitó a decir, y fue hacia la puerta por la que había desaparecido Oliver, atravesando todo el comedor. Tuvo que esquivar a los camareros que se movían de un lado a otro para retirar las mesas y preparar el lugar para el baile.
No tardó ni un minuto en olvidar por completo al conde de Noailles.
Atravesó la puerta y siguió por el pasillo que encontró al otro lado, comprobando las salas de camino.
Finalmente localizó a Oliver en una de las estancias contiguas, apartado del bullicio, aunque unos pocos invitados a la boda se movían también por allí, mirando cuadros o fumando junto a la chimenea.
Annabelle saludó con un gesto a algunos conocidos, que la miraron con cara de preguntarse qué estaba haciendo deambulando sola por ahí. Ella sonrió nerviosa y se escabulló lo más rápido que pudo.
Oliver se había detenido frente a un gran mapa antiguo que decoraba una de las paredes y lo observaba con tanta atención que cualquiera habría pensado que intentaba aprendérselo de memoria.
Quizá fuera así...