Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 2. La inesperada simpatía del francés
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Capítulo 2. La inesperada simpatía del francés

La inesperada simpatía del francés

P or suerte, el ambiente cambió en cuanto abandonaron la iglesia.

La solemnidad de la ceremonia dio paso al murmullo alegre de las felicitaciones, al roce de las sedas y la mezcla de aromas y, casi de inmediato, al tintineo de las copas.

En el gran salón reservado en el Savoy para la ocasión, todo estaba dispuesto para un convite de lujo, como no podía ser menos: era el enlace de un futuro conde y la hija de un marqués.

Annabelle pensó que había cierto aire internacional en las mesas: habían sido vestidas con manteles blancos de hilo italiano, la vajilla era de porcelana francesa y la cristalería de Bohemia, tallada con delicadeza; los cubiertos de plata, artísticamente labrados, relucían bajo la luz de las lámparas, y los centros de flores se repartían entre las mesas con una elegancia impecable.

Un ejército de criados se movió en todo momento con discreción, sirviendo el champán y retirando los platos sin interrumpir las conversaciones.

El banquete comenzó con un consomé claro seguido de una crema de cangrejo y, a continuación, de salmón con salsa mousseline y lenguado servido con mantequilla.

Después llegaron las entradas de carne: filetes de ternera con salsa madeira, vol-au-vent de pollo y jamón y hermosas piezas de cordero acompañadas de patatas nuevas, guisantes y zanahorias glaseadas.

Había también espárragos con salsa holandesa, mariscos variados y ensaladas de temporada.

El servicio de carnes continuó con pollo asado y pato, además de un gran lomo de ternera trinchado delante de los invitados, que fue sustituido por otro, tal como tenían previsto, cuando fue evidente que no alcanzaba para el gran número de comensales.

Después aparecieron los platos fríos, entre ellos jamón glaseado y lengua de ternera, antes de dar paso a los postres: fresas y otras frutas frescas, helado de vainilla, frutas en almíbar, tartaletas, petits fours y una elaborada tarta nupcial de varios pisos, decorada con flores y filigranas de azúcar.

Cada uno de los platos fue muy celebrado por los invitados, aunque Annabelle apenas prestó atención a lo que le servían. Había pasado demasiado tiempo esperando aquel momento como para preocuparse ahora por la comida.

Y eso que, para su sorpresa, la habían sentado justo al lado de monsieur de Noailles, en la mesa contigua a la presidencial.

El francés ocupaba el puesto que Helen, Lorna y ella habían reservado en su momento para Oliver, por si asistía.

Se hubiera preguntado qué podría haber ocurrido, de no ser porque lo imaginaba.

Sus padres habrían maniobrado para conseguir una distribución más de su gusto.

Por más que lo intentó, no logró localizar a Oliver.

¿Dónde lo habrían ubicado? ¿Y de qué iba a poder hablar con monsieur de Noailles, por mucho que la hubieran educado en el arte de ofrecer conversación amena a cualquier comensal con el que pudieran sentarla?

No tenía mayor interés en tratar ningún tema con aquel hombre que intentaban imponerle, por atractivo que le resultase.

Y ese día, ni siquiera quería pensar en él. Que le dieran charla sus padres.

Hubiera podido solventar el asunto conversando con Lorna, pero resultaba difícil porque su amiga estaba al otro lado, sentada entre los nietos del antiguo reverendo de Christ Church Kensington, los gemelos Edward y Frederick Fletcher, conocidos desde niños como «los vikingos» por su más que elevada estatura, sus anchos hombros, sus cabellos de un rubio casi platino y sus ojos de un azul tan claro y frío que podían parecer grises bajo cierta luz.

Annabelle los conocía desde hacía años y los apreciaba mucho, aunque seguía sin estar del todo segura de cuál era cuál.

Por lo general, era algo que no importaba, porque los dos eran jóvenes agradables y de excelente educación.

Edward, el mayor por apenas unos minutos, trabajaba como secretario del marqués de Terrace; Frederick, en cambio, había estudiado Derecho y llevaba ya unos meses en el despacho de abogados de la señora Thompson, en el que era uno de los colaboradores de confianza de Helen.

Aquello hacía que los Fletcher estuvieran siempre cerca de la familia Bowler, aunque Annabelle sospechaba que ni siquiera ellos mismos eran capaces de recordar cuántas veces habían sido confundidos entre sí a lo largo de los años.

Precisamente por eso, las bromas a su costa eran casi inevitables.

Los dos tenían la misma sonrisa franca, la misma voz grave y una desconcertante facilidad para aparecer vestidos de manera prácticamente idéntica, aunque juraban que aquello era pura casualidad.

Lorna aseguraba que podía distinguirlos perfectamente; los Fletcher sostenían que mentía.

Annabelle había aprendido que lo más prudente era no apostar nunca por cuál de los dos tenía delante.

En el banquete, como no podía ser de otro modo, jugaron a despistar a todos, provocando desconcierto. Una de las jóvenes invitadas, sobrina de una amiga de lady Beth, los miró alternativamente y con un claro interés. No era de extrañar, los vikingos se habían convertido en hombres muy atractivos.

—¿Cuál de ustedes es el que trabaja con lady Helen? —preguntó la muchacha.

—Yo, milady —dijo al pronto uno de ellos. Annabelle no supo qué pensar, aunque tuvo poco margen para la duda, porque Lorna replicó de inmediato.

—Mentiroso —dijo—. Tú eres el que trabaja con papá.

Los dos gemelos sonrieron, sin conceder ni negar. Annabelle arqueó una ceja.

—¿Seguro, Lorna? —preguntó.

—Por supuesto —replicó su amiga, toda ufana.

—¿Y cómo puedes saberlo?

—Porque el otro tiene todo el aspecto de estar muy arrepentido de trabajar con Helen.

Todos se echaron a reír. Y Annabelle tuvo la sensación de que Lorna se había equivocado, pero que los vikingos no pensaban sacarla de su error. O quizá era ella la que se equivocaba.

—Creo que su amiga se ha confundido —susurró monsieur de Noailles cuando la conversación se dividió por grupos. Annabelle lo miró sorprendida.

—¿Por qué lo dice?

—Por el modo en que se han mirado los hermanos Fletcher al escucharla. Fíjese bien la próxima vez. Son sutiles, pero sus miradas se buscan entre sí al menos un instante. No creo equivocarme al decir que la broma les ha supuesto una pequeña victoria, y la han compartido.

Annabelle vaciló. Esa mañana, cuando habló con su madre, había mentido: monsieur de Noailles no le parecía ni tonto ni inculto, al contrario. Pero tampoco había imaginado que fuera tan detallista.

Quizá sí que podría ser un buen espía. Su Le Spectre .

Rio para sí. Ojalá pudiera volver a aquellos años, a aquellos juegos...

—Le agradezco la información, entonces —le dijo.

— Je vous en prie —replicó el conde, inclinando ligeramente la cabeza con su elegancia natural.

Comieron un par de bocados en silencio mientras ella recapacitaba sobre que, quizá, había sido injusta con él, pero sin desear concederle más tiempo del que ya le había dado.

Con disimulo, intentó de nuevo localizar a Oliver.

Nada, no estaba por ningún lado. Quizá no había querido quedarse al banquete, lo creía muy capaz de hacer algo así, ir a la iglesia y marcharse luego para no tener que verse obligado a nadar entre dos aguas: la marea profunda de los criados a los que pertenecía por origen y las olas cristalinas de los nobles entre los que había hecho buenos amigos.

Daba igual. Ahora que sabía que Oliver Cartwright estaba en Londres, no iba a permitir que se fuera sin haber aclarado las cosas con él.

—Una libra por sus pensamientos, milady —dijo monsieur de Noailles de pronto, y rio—.

Aunque, ma foi , mi patriotismo francés me impulsa a ofrecerle la misma cantidad en francos de oro.

De hecho, creo que sería más apropiado —añadió, inclinándose hacia ella para mirarla de cerca—.

¿Nadie le ha dicho que brillan chispas doradas en sus ojos?

—No sea absurdo, monsieur le comte —replicó Annabelle, retrocediendo con algo de apuro, pero halagada a su pesar—. Mis ojos son castaños, y de lo más comunes.

— Mon Dieu , milady, eso es injusto. Sus ojos son del color de la miel y por eso guardan destellos de luz del sol. Pero no esquive mi propuesta. ¿Me dirá en qué pensaba? Tenía una expresión muy... interesante.

Annabelle sonrió con cortesía mientras buscaba rápidamente una excusa.

—Solo reflexionaba sobre su deducción, y en que tendré que fijarme más en el futuro en las señales que se pasen los vikingos.

—¿Los vikingos?

—Así llamamos a los gemelos Fletcher. —Sonrió volviéndose hacia ellos. Peleaban entre risas por trocear el contenido del plato de Lorna y por rellenar sus copas de vino y agua—. Reconozca que lo parecen.

El conde francés evaluó a los gemelos con mirada inteligente.

—Sin duda. Aunque parecen demasiado... civilizados para el título.

—Sí, eso sí. Por suerte, son gente de lo más amable.

Su única pequeña maldad es jugar a confundir y usted ha sabido de inmediato cómo descubrir sus tretas.

—Le dedicó una sonrisa, la primera realmente auténtica desde que se conocieron.

Él no era el culpable de todo aquel lío—.

Tendré que agradecer a papá que haya conseguido convencerlo de venir hoy.

Él entrecerró los ojos y rio.

— J’en suis ravi . Aunque eso último no ha sido difícil. Lord Caltrey me prometió una auténtica boda inglesa y sospecho que todavía no se me ha mostrado la parte más interesante.

—¿Y qué esperaba encontrar?

Monsieur de Noailles inclinó la cabeza a un lado, como cavilando el asunto con gran seriedad.

—Si le digo la verdad, no lo sé. No estoy seguro.

—La miró de reojo—. Quizá lo que he encontrado, en definitiva.

—¿Había captado alguna insinuación en su mirada?

Annabelle se removió incómoda y él debió darse cuenta, porque añadió, quitando hierro al momento—: Aunque reconozco que, tras lo que había oído decir por ahí, esperaba que la novia llegara en bicicleta.