Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 1. Muchos invitados a una boda y un solo reencuentro #3
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Capítulo 1. Muchos invitados a una boda y un solo reencuentro #3

—Eso es —convino lady Eve—. Ahora, monsieur de Noailles ha venido a conocer Londres en un viaje por Inglaterra y hemos tenido la fortuna de convencerlo para que alargue su estancia un tiempo. Es un caballero encantador. ¿Verdad, Annabelle?

—Eh... sí, mamá. Sin duda es muy agradable.

—Y muy rico —añadió lady Eve.

—Y muy guapo —aportó Lorna con un suspiro.

—Y muy francés —dijo Helen, y le lanzó una sonrisa de entendimiento—. Como Le Spectre ...

—Oh, por Dios. —Annabelle rio—. Pobre Noailles. No creo que sea lo bastante listo como para ser un espía.

—¡Annabelle! —protestó lady Eve, enfadada.

—¿Qué? Es cierto —insistió, a ver si lograba desalentarla antes de que el asunto se complicase demasiado—. No me pareció listo y, desde luego, tampoco lo encontré muy culto.

—No digas más tonterías. —El tono de su madre fue como un filo de acero: cortó por completo aquel tema. Al darse cuenta de que todos la miraban sorprendidos, lady Eve carraspeó y añadió, en tono ligero—: Juliet, por favor, comprueba si vamos a asistir a una boda o a un funeral.

Lady Deelright lanzó una risa de compromiso y se asomó a la puerta.

—Boda. Pero está más rojo todavía.

—¿A ver...? —Lady Beth se asomó también—. Oh, Dios mío. Casi roza el escarlata.

—Será mejor que nos apresuremos, entonces —dijo lord Terrace, ofreciendo el brazo a Helen. Ella lo tomó, cogió en la otra mano el ramo de azahar y rosas blancas que le ofrecía Lorna y todos fueron hacia la salida.

Nada más abandonar la estancia, lady Deelright se adelantó para llegar por uno de los laterales hasta el altar, donde iba a ser la madrina del novio. Los demás se dispusieron a recorrer ceremoniosamente el pasillo que conducía hasta la nave principal.

En cuanto los divisó el párroco, hizo un gesto y el sonido del órgano empezó a reverberar en los muros de piedra, interrumpiendo el murmullo de los invitados —que atestaban la gran nave de la iglesia, ocupando por completo los bancos o llenando los pasillos laterales de pie— con los primeros acordes de la marcha nupcial.

Annabelle se colocó junto a Lorna y un poco por delante de Helen y su padre.

Las dos damas de honor sostenían pequeñas cestas de mimbre dorado llenas de pétalos de rosa de distintos tonos que debían ir esparciendo a su paso.

Se miraron con una sonrisa nerviosa y estaban a punto de comenzar, cuando el ruido de la gran puerta principal llamó su atención.

Annabelle también miró hacia allí casi sin pensarlo, movida por la misma curiosidad que el resto de los presentes, y durante un instante sintió que el mundo perdía consistencia a su alrededor.

Oliver Cartwright estaba en el umbral.

Durante un segundo, la realidad se volvió difusa y Annabelle creyó estar soñando, pero no.

Oliver estaba allí, no lo imaginaba. ¿Había crecido en altura?

Diría que sí, aunque no podría jurarlo. La vida al aire libre bajo el sol africano había aclarado su cabello rubio pajizo; por el contrario, había oscurecido ligeramente su piel, lo que volvía más luminoso el azul translúcido de sus ojos, y el tiempo parecía haber endurecido unas facciones que ella recordaba más juveniles.

Se lo veía cambiado, más adulto, más hombre, pero lo hubiera reconocido en cualquier lugar.

Annabelle llevaba años imaginando aquel momento.

Al principio, había esperado cada día una carta anunciando su regreso, tras comprender que no podía vivir sin ella.

Más tarde, terminó por convencerse de que, en realidad, le daba lo mismo, pero eso se desmintió cuando Peter y Helen anunciaron su boda.

Entonces se dijo que Oliver tenía que ir. Pero no quería hacerse ya ilusiones...

Sin embargo, allí estaba, respirando el mismo aire que ella, separados apenas por unos metros y por un silencio que de pronto le pareció mucho más difícil de atravesar que un océano entero.

Entonces, él recorrió el lugar con la vista y la vio.

Sus ojos se encontraron con los de Annabelle sin vacilación alguna.

No sonrió enseguida. Incluso pareció sorprendido, quizá la encontraba tan cambiada como ella a él; después, muy despacio, la comisura de sus labios dibujó un gesto apenas perceptible, suficiente para que ella sintiera cómo el corazón se le aceleraba en el pecho.

—Si quieres, te presto la iglesia, mi ramo y esta maldita diadema —bromeó entre susurros Helen inclinada sobre su oído.

Annabelle se ruborizó y fue a contestar, pero el órgano retomó entonces los primeros compases de la marcha nupcial, y cualquier asunto ajeno a la ceremonia quedó relegado a un lado.

El cortejo empezó a avanzar hacia el altar; Lorna y Annabelle, arrojando los pétalos de rosa al aire un par de pasos por delante de Helen y su padre.

Al fondo, Peter esperaba frente al altar —lady Deelright ya estaba a su lado—, guapo como nunca, emocionado y con una gran sonrisa.

Annabelle procuró concentrarse en el recorrido, en el eco de la música bajo las altas bóvedas y en la ceremonia que habían organizado para la ocasión.

Intentó disfrutarla, compartir aquel momento con su amiga.

Pero no pudo evitarlo: se le hizo eterna.

Y, por fin, terminó.