Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 1. Muchos invitados a una boda y un solo reencuentro #2
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Capítulo 1. Muchos invitados a una boda y un solo reencuentro #2

El marqués las contempló con una satisfacción imposible de disimular.

Besó primero a Lorna y luego a Annabelle, que prácticamente había crecido bajo su techo; después tomó las manos de su esposa y también las besó; y, por último, se detuvo frente a Helen con una expresión que mezclaba el orgullo y una leve melancolía.

—Estás preciosa, niña mía.

Helen rio con suavidad.

—Gracias, papá. Aunque confieso que siento unas ganas terribles de salir corriendo.

—Con su bicicleta —añadió Lorna. El marqués arqueó ambas cejas.

—Si quieres irte, dilo ahora. Todavía estamos a tiempo.

—¡Walter! —protestó lady Beth, aunque la sonrisa la traicionaba. Miró a sus amigas y se encogió de hombros con ecuanimidad—. Lo peor es que lo dice en serio.

El marqués ni siquiera volvió la cabeza hacia ella.

—¿Qué? Por supuesto que lo digo en serio. Si mi hija cambia de idea, yo la acompaño.

—Vaya. —Lorna carraspeó con fingida gravedad—. ¿Y nosotras? ¿Nos dejarías aquí abandonadas?

Lord Terrace la miró con expresión escandalizada.

—Jamás. Tu madre y tú vendríais también, por supuesto. Y Annabelle, si quisiera. Y sus padres. Alquilaríamos un carruaje más grande.

Lorna soltó una carcajada.

—Pobre cochero.

—Y pobre Peter —añadió lady Deelright—. Está hecho un nudo de nervios esperando a la novia y resulta que están organizando su fuga.

—No te preocupes, Juliet, él también puede venirse.

Y Max y tú. Cabemos todos en el coche. —Cuando las risas comenzaron a apagarse, añadió con un sentimiento imposible de ocultar en la mirada—.

Además, sé que Helen no se iría a ninguna parte, en realidad no desea hacerlo.

Yo me limito a recordarle que siempre tiene elección.

Que siempre tendrá elección. —Alzó una mano y le acarició la mejilla—.

Que Terrace House siempre será su casa, ese hogar donde sus padres, en todo momento, estarán deseando recibirla.

Helen dejó escapar una risa temblorosa. Durante un instante intentó responder, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta.

En lugar de hacerlo, se puso de puntillas y rodeó el cuello de su padre con los brazos, ciñéndolo con tanta fuerza que la delicada diadema se fue de lado y el velo dio un peligroso tirón.

Se oyó un leve crujido de tela y, antes incluso de comprobar si había ocurrido una desgracia, media docena de mujeres se abalanzaron sobre ella con la rapidez de un cuerpo de bomberos.

—¡Helen, por el amor de Dios! —exclamó lady Beth mientras sujetaba el velo con ambas manos—. ¡Todavía no estás casada y ya quieres arruinar el vestido!

—Odio esta diadema —dijo ella.

—Pues yo estoy deseando usarla. —Lorna suspiró mirándola—. Me parece lo más bonito del mundo.

—¿Más que los pendientes que heredarás de lady Gormlaith? —preguntó Helen, refiriéndose a su tía abuela, que les había dejado un buen número de joyas a repartir cuando cumplieran lo estipulado en el testamento.

Lorna se lo pensó un segundo.

—Casi. Los usaré también en la boda.

—No harás tal cosa —dijo su madre, mientras terminaban de reparar el desastre del tocado—. Son demasiado ostentosos para una novia.

—Además, para conseguirlos tienes que ir a Escocia —se burló su hermana—, a lavarte los pies en un arroyo. ¡Con lo fría que estará el agua!

Lorna se estremeció.

—¡Oh! ¡Odio el agua fría! No pienso ir. Vete tú, solo tiene que ir una de las dos y a ti siempre te ha gustado bañarte en el río o el mar, y aunque lloviera, como una loca.

—¡Ya, pero a mí me dan igual los pendientes y el resto de las joyas!

—¡Claro, pero esperas que vaya yo para repartirlas!

—Niñas... —suspiró su madre.

—¿A lavarse los pies? —preguntó lady Eve, sorprendida.

Lady Beth agitó la cabeza.

—Me temo que nuestra tía abuela, lady Gormlaith...

—¡La Gorgona del Tartán! —exclamaron a la vez Helen, Annabelle y Lorna, y luego estallaron en risas. Lady Beth suspiró.

—Niñas... En fin, que nuestra tía era muy peculiar.

Dejó escrito en su testamento que, si mis hijas querían heredar sus joyas, una colección de piezas realmente valiosas, una de ellas debía ir a Escocia al menos una vez antes de los veinticinco años y meter los pies en el agua de un arroyo que al parecer corre cerca de la casa de verano de su abuela.

—Agitó una mano en el aire—. No sé, en el documento están las indicaciones.

También señala que, de no hacerlo, Helen y Lorna recibirán la fortuna, pero no las joyas, que irán para la beneficencia.

Lady Eve parpadeó.

—¿Dejó unas joyas vinculadas a eso?

—Consideraba muy importante el arroyo —la defendió Helen—. Nos lo contó muchas veces, ¿verdad?

Lorna y Annabelle asintieron.

—Era una mujer bastante peculiar, mamá —explicó esta última—. De niña se escapaba de la institutriz para ir allí, se quitaba los zapatos y metía los pies en el agua. Dijo que, para ella, aquello era sinónimo de felicidad.

—Lo recordaba con mucho cariño, amaba aquel sitio —convino Lorna.

—Sí —prosiguió Annabelle—. Pero, en cierta ocasión, se cayó al arroyo, regresó a casa empapada y tuvo una pulmonía. Su madre le prohibió volver, y al parecer eso fue una de las grandes tragedias de su infancia. Y, cuando era muy ancianita, recordó todo aquello.

—Y ahora pretende que sus descendientes repitan la hazaña —bufó Lorna—. Me veo cayéndome al arroyo. Si me muero de una pulmonía, será culpa de Helen.

—No te preocupes, iremos en cuanto tu padre tenga unos días, y yo personalmente me ocuparé de que no te caigas al agua.

—Gracias, mamá. Así usaré todas las joyas mientras Helen está de viaje de novios. —Helen y Lorna volvieron a sacarse la lengua y a reír—. ¿Tardaremos mucho, papá? Me encantan esos pendientes.

El marqués sonrió.

—Quizá incluso antes de que acabe el mes. O quizá el que viene. Tengo que solucionar unas cosas y luego debo ir a Edimburgo. Cuando ocurra, podríamos aprovechar el viaje.

—¡Eso sería estupendo! ¿Verdad, mamá?

—Ya veremos. Eve, ¿te sucede algo? —preguntó lady Beth a la madre de Annabelle. Esta también la miró. Lady Eve se había quedado mirando por la ventana frente a la que había estado ella poco antes y se había llevado una mano al pecho.

—Eh... No. Es solo que Caltrey —así solía llamar su madre a su padre— había ido a buscar a ese amigo francés que te pidió que invitaras. Temí que les hubiera pasado algo. Pero ya están ahí.

—¡A ver! —dijeron a la vez Lorna y Helen, que bajó de la banqueta de un salto. Annabelle se unió a ellas, aunque más reacia. Las tres miraron por la ventana.

El padre de Annabelle, el conde de Caltrey, un hombre de más de cincuenta años, cabello canoso y apariencia más que elegante, caminaba cojeando con su bastón por el sendero de tierra blanca que unía la zona de los carruajes con las grandes puertas de entrada.

El coronel Sanders, como lo llamaban todavía muchos, tenía la rodilla derecha casi rígida; arrastraba aquella lesión desde la guerra de los bóeres, en la que había caído del caballo durante una acción en Sudáfrica.

Los médicos consiguieron salvarle la pierna, pero nunca volvió a recuperar del todo la movilidad.

Años después, siempre usaba bastón, no por elegancia, sino por necesidad, y evitaba permanecer demasiado tiempo de pie.

Incluso, algunos días le dolía tanto que debía tomar unas gotas de láudano diluido, aunque procuraba aguantar, porque había visto a muchos compañeros quedar destruidos por la adicción a aquella sustancia.

Una condición difícil para alguien que, tras dejar el ejército, llevaba mucho tiempo trabajando como consejero para asuntos militares y coloniales del Foreign Office, donde sus conocimientos y su experiencia lo habían convertido en hombre de confianza para determinadas misiones diplomáticas.

Desde que Annabelle tenía memoria, había estado viajando de un lado a otro, traqueteando con su bastón, y con su madre siempre de esposa atenta y fiel a su lado.

Todas esas veces, ella se había quedado con Helen y Lorna. Prácticamente, había crecido con ellas.

El hombre que lo acompañaba ese día por el camino de la iglesia era alto, elegante y extraordinariamente atractivo.

Su cabello oscuro, cuidadosamente peinado, contrastaba con unos ojos de un verde intenso que parecían divertirse por el simple hecho de contemplar el mundo que se extendía a su alrededor.

Una sonrisa que Annabelle solo pudo describir como seductora terminaba de iluminar su rostro.

—¡Oh! —exclamó Lorna, llevándose una mano al corazón—. ¡Creo que me he enamorado!

—Sí que es atractivo —convino Helen, con los ojos muy abiertos—. ¿Cómo dijiste que se llama, Annabelle?

—Es le comte de Noailles —replicó ella, usando el título en francés, tal como se lo habían dicho a ella.

Observó al hombre pensativa, y un tanto cautelosa.

Su padre lo había llevado a cenar un par de veces a Caltrey House en las últimas semanas y no podía negar que era encantador, aunque le gustaría más si no sospechase que sus padres estaban intentando organizar un acuerdo matrimonial entre ellos.

Un vistazo de reojo a su madre confirmó sus sospechas.

La miraba expectante—. Armand de Villeneuve.

Suele moverse mucho en los círculos diplomáticos de París.

Mis padres y él se conocieron en París hace algunos años.

—Nos ayudó mucho, sí —explicó lady Eve—.

Hubo un robo en el hotel en el que nos alojábamos y a Caltrey le desaparecieron unos documentos de gran importancia.

Monsieur le comte era nuestro contacto diplomático, colaboraba con el Quai d’Orsay y no paró hasta conseguir recuperarlos. Fue sumamente amable.

—¿Qué es el Quai d’Orsay? —preguntó Lorna.

—El Ministère des Affaires étrangères —respondió su padre—. Está situado precisamente en el muelle del Quai d’Orsay, de ahí que se use ese nombre para el ministerio. Es un caso semejante al de Scotland Yard, que recibió el nombre del punto en el que está situado.