Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2) Capítulo 1. Muchos invitados a una boda y un solo reencuentro
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Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2)

Lady Annabelle contra el mundo (Más allá del jardín 2)

Por Bethany Bells

© inepub.com

Capítulo 1. Muchos invitados a una boda y un solo reencuentro

Muchos invitados a una boda y un solo reencuentro

E l día de la boda de lady Helen Bowler, primogénita del marqués de Terrace, con lord Peter Swann, barón Hallwoke, hijo único del conde de Deelright, el sol bañaba la piedra clara de la iglesia de Saint Mary Abbots —la elegida para el enlace— y la envolvía en un resplandor casi dorado.

Esa luz parecía condensarse y entraba a raudales por la amplia ventana de una pequeña habitación contigua a la nave principal, una sala sobria y escasamente amueblada en la que las novias podían dar los últimos retoques a sus atuendos antes de dirigirse al altar.

Lady Annabelle Sanders era la mejor amiga de lady Helen, y una de sus dos damas de honor. Por ambas razones, ese día se sentía muy feliz o, al menos, todo lo feliz que era capaz de sentirse en esos tiempos.

Apoyada en el marco de la ventana, escuchaba la charla que mantenían a su espalda Helen y su hermana pequeña, Lorna —en la que intervenía de vez en cuando su madre, lady Beth, la marquesa de Terrace—, mientras contemplaba pensativa el exterior: el jardín con la bonita arboleda, parte del impresionante muro del templo, la zona usada para los coches de los invitados...

Esa mañana, se apiñaban allí numerosos carruajes de distintos tamaños, pero todos de la mayor elegancia, y podía ver a los lacayos y cocheros vestidos de etiqueta charlando animadamente en grupos.

Sobre todos ellos, como un buen augurio para el enlace, se veía un cielo inmenso y muy azul.

Pero Annabelle casi no era consciente de nada de aquello.

Su mente volaba por su cuenta, llena de nostalgia, y se preguntaba si Oliver estaría observando ese mismo cielo, en África.

Casi podía verlo, con el mismo aspecto del día en que se despidió para marcharse —salacot, traje cómodo, sencillo pero elegante, y botas adecuadas para recorrer muchas millas por terrenos difíciles—, sentado en alguna jungla densa y rebosante de aventuras, mientras dibujaba uno de sus mapas...

¿Habría visto la nota que le deslizó en el bolsillo de la chaqueta cuando nadie miraba? La tarjeta con aquel escueto:

Si quieres que nos escribamos sin que nadie lo sepa, manda tu carta a

Box No. 42

Kensington High Street Post Office

London, W.

Pero nada, nunca había recibido carta. ¡Con lo que le había costado alquilar aquel apartado!

Había tenido todo el tiempo la sensación de que el hombre de la oficina de correos sabía que era para una correspondencia muy poco apropiada.

Pero no pudo evitarlo, se le ocurrió la idea y ya no logró apartarla de su mente.

Oliver iba a irse muy lejos, necesitaba crear un vínculo privado entre ellos.

Los primeros meses, vivió el fervor de la esperanza.

Iba en tren a Londres casi cada semana, acompañada de una profesora de la Escuela de Señoritas de lady Acton, donde estudiaba.

No le costó convencer a la señorita Willis de que fuera su cómplice en las excursiones: la pobre mujer tenía en la ciudad una madre mayor y enferma y aprovechaba cualquier ocasión para visitarla.

¡Hasta podía considerarse su trastada un acto de compasión y amabilidad! De ese modo, ambas salían ganando.

Por lo general, la directora de la escuela era muy estricta en cuanto a las salidas del pueblo, aunque se tratara de un trayecto breve y para un recado, pero Annabelle inventaba miles de excusas —«Necesito hilos especiales para un bordado, es un regalo para lady Terrace», «Tengo que ir a una librería de High Street donde reservé un libro que me recomendó lord Deelright»—, y la señorita Willis mostraba de inmediato su predisposición a acompañarla.

Así, entraba en la oficina de correos con el corazón desbocado y esquivaba el ir y venir de las elegantes señoras y los caballeros de la alta sociedad que se movían siempre acompañados de doncellas o criados cargados de paquetes o correspondencia.

Siempre había mucha gente. Todos ellos tenían carta...

Pero Annabelle, no.

Se acercaba llena de emoción al lugar donde estaba el majestuoso mueble empotrado de los apartados de correos, que iba del suelo al techo y había sido fabricado en caoba oscura, y buscaba: estaba dividido en cientos de pequeñas casillas cuadradas y cada portezuela era de bronce pulido con su número grabado en relieve.

En el centro de la portezuela había un pequeño cristal biselado.

Annabelle pegaba el rostro para ver el interior.

Siempre estaba vacío. No veía más que el fondo de madera de la caja y, reflejados en el vidrio biselado, sus propios ojos llenos de ansiedad.

Semana tras semana, la decepción...

Pasó el tiempo y sus visitas se fueron espaciando, aunque era raro que estuviera dos meses seguidos sin comprobar el casillero, así de tonta se sentía.

El jefe de correos o los empleados del mostrador, que al principio la habían observado con cautela, como si pensasen que era una jovencita alocada que tenía una aventura —exactamente lo que le hubiera gustado ser—, empezaron a mirarla con una mezcla de lástima y sospecha...

—Annabelle, ¿nos echas una mano? —la llamó Lorna, sacándola bruscamente de sus ensoñaciones. Mejor. No le gustaba pensar en todo aquello.

—Claro —replicó, y se apresuró a ayudarlas, a ella y a su madre, a extender la larga cola del vestido de novia de Helen. El velo era todavía más largo, alcanzaba casi los tres metros y estaba exquisitamente bordado.

—Te veo muy ensimismada, querida —dijo lady Beth.

—Solo miraba el cielo —se excusó, con la sensación de que nadie la creía, porque todas sabían la verdad—. Hace un día muy bonito.

Helen rio con un eco nervioso.

—Pues yo estoy deseando salir corriendo, coger mi bicicleta y pedalear lo más lejos posible.

—¡Por Dios! —protestó su madre—. Ese escándalo con ruedas lleva un año dando de qué hablar en todo Kensington. Dejemos que descanse una temporada.

—Además, Peter no se merecería algo así —le recordó Lorna.

—Ya...

Helen suspiró, resignada. Parecía una mosca atrapada en una telaraña.

A su alrededor todo era una sucesión de manos que colocaban y recolocaban el velo, enderezaban un guante o comprobaban que la diadema de diamantes no hubiese decidido desobedecer otra vez, porque tenía la fea costumbre de torcerse hacia la izquierda.

Bien podrían haberla dejado tranquila, porque lo cierto era que nadie necesitaba ya corregir nada.

Lady Helen Bowler estaba preciosa. Radiante.

Annabelle sonrió para sí, llena de amor por ella.

Resultaba increíble pensar que, en apenas unos minutos, su mejor amiga, su hermana realmente, dejaría atrás una etapa entera de su vida.

Ya no sería más lady Helen Bowler y pasaría a ser lady Helen Swann, baronesa Hallwoke, a la espera de convertirse algún día en la condesa de Deelright.

Una mujer que, pese a su estatus social, estaba trabajando con entusiasmo en un despacho de abogados, además de ser muy activa en la causa feminista.

Ella jamás tendría opción a tal felicidad...

—Si sigues mirándome así —dijo Helen sin apartar la vista del espejo—, terminaré por creer que se ha vuelto a torcer la maldita diadema.

Annabelle se echó a reír y negó con la cabeza.

—Hay que vigilarla de cerca. No podemos permitir semejante tragedia.

Lorna, que ajustaba el broche de su cinturón frente a otro espejo, dejó escapar una risa.

—No habléis de tragedias el día de una boda. Bastante ha sufrido mamá intentando convencer a papá de que no discutiera con el párroco por la elección de las músicas.

Las tres rieron al mismo tiempo, con la complicidad de siempre. ¡Cómo las quería! Eran, ciertamente, sus hermanas.

La condesa de Deelright —de soltera la Honorable señorita Juliet Hobbs, madrastra del novio desde hacía varios años y antigua institutriz de ellas tres—, que había estado ocupada con su esposo asegurándose de que todos los invitados importantes recibían un saludo personal, apareció entonces por la puerta.

Tras ella iba el padre de Helen, el marqués de Terrace, encargado de llevar a su hija al altar, y también lady Eve Sanders, condesa de Caltrey, la madre de Annabelle.

Lady Eve sonrió a su hija y ella respondió igual. Adoraba a su madre, siempre había lamentado las largas temporadas en las que había viajado con su padre por el mundo, por sus tareas diplomáticas. Había sido siempre muy feliz con Helen y Lorna, pero echaba de menos a su madre.

Físicamente se parecía mucho a ella, algo que iba más allá del puro aspecto —compartían el mismo cabello castaño claro con reflejos dorados, los mismos ojos grandes del color de la miel; el mismo corte elegante del rostro—, y que estaba relacionado más que nada con una misma elegancia innata.

De su padre, lord Horatio Sanders, el conde de Caltrey —o el coronel Sanders, como le conocían en entornos militares—, tenía menos.

Quizá su determinación por hacer siempre lo que creía correcto, poco más.

El conde, más de diez años mayor que su esposa, era un hombre cariñoso y muy afable, pero también de carácter demasiado dominante, con el que no siempre resultaba fácil convivir.

Annabelle lo quería también, pero menos, a su pesar.

Sobre todo sentía por él un profundo respeto reverencial.

—Todo está preparado —anunció lady Deelright con entusiasmo—. Peter ya espera en el altar y el vicario comienza a impacientarse. Será mejor que estés lista, Helen, o terminará por darle un soponcio y tendremos que cambiar de planes y usar la iglesia para su funeral.

—¡Juliet! —exclamó lady Beth con cara de escándalo, pero riendo.

—¡Tiene razón! —la apoyó lady Eve—. Juro que se está poniendo rojo por momentos.

Las tres rieron juntas y Annabelle pensó que estaba viendo una versión más madura de Helen, Lorna y ella misma. Sus madres y la madrastra de Peter también habían sido amigas desde muy jovencitas y sentían gran afecto entre ellas.

—Pues el vicario tendrá que esperar un poco más —dijo lord Terrace, a quien Annabelle siempre había considerado el hombre más guapo de Londres—, porque yo tengo que admirar a mis damas, que están bellísimas.