31 El abismo #3
Idena no estaba allí para oírlo, y quizá eso salvó la ruta. La voz de Laro era joven, agotada, real o suficiente para destrozar cualquier protocolo. Adrián tembló. Sam se mordió los nudillos. Rhea cerró los ojos. Christina no respondió al muchacho. Habló a la ausencia.
—No es para usted.
—Lo sé.
—No lo recoja.
—Lo sé.
—Siga.
La ausencia siguió. La voz de Laro lloró una vez, muy bajo. No volvió a hablar. La ciudad negra perdió otra línea.
Brida gritó por radio:
—Drenaje estabilizando. Cementerio baja. Lavadero baja. Escuela estable. Dulces sueños residual en rojo... espera... hay retorno por cabinas privadas... Volkar no tenía todo en el edificio de luz... algo quedó programado en la sede... la torre intenta reconstruirse desde las cabinas de sótano.
Rhea soltó una maldición seca.
—La cápsula R.P.-ESTABLE.
—La dañaron —dijo Adrián.
—Dañar no es quemar.
Christina miró hacia el valle. Desde allí arriba se veía Dulces sueños como una mancha baja de luz enferma entre calles, aunque la mayoría de sus carteles estaban apagados.
En el sótano, las cabinas privadas podían seguir alimentando un patrón de torre si alguna firma había sobrevivido, si algún residuo comercial había quedado sin quemar, si Volkar había previsto que la matriz de luz sería solo una parte del plan.
Por supuesto que lo había previsto. Los hombres que diseñan jaulas nuevas no confían en una sola cerradura.
—Olin —dijo Christina.
—No me gusta cómo suena mi nombre cuando lo dice así.
—Vuelva con Rhea a Dulces sueños. Quemen la cápsula estable. Todas las privadas. Todo lo que cante, prometa o huela bien.
Rhea la miró.
—Necesitará mi firma.
—Por eso va.
—Si bajo, puede que no vuelva a subir a tiempo.
—No he prometido finales cómodos.
Rhea sostuvo la mirada de Christina. Luego asintió. No había redención en ese gesto. Había, quizá, una forma mínima de propiedad sobre su propia voz: nadie la archivaba mientras respirara, había dicho. Ahora le tocaba demostrarlo en un sótano lleno de versiones útiles.
Olin cargó la escopeta de nuevo, aunque ya lo estaba.
—Vamos, señora de los sueños podridos.
—Operadora senior —corrigió Rhea.
—Esta noche todos estamos degradados.
Bajaron hacia el valle. Christina se quedó con Adrián y Sam hasta que la ausencia alcanzó el último poste visible de la carretera. Allí se detuvo y levantó la campana manual.
—No puedo ir más lejos con su cara —dijo.
Adrián entendió antes que Christina.
—No.
—Si conservo su cara, la ciudad puede soñar con él. Necesito dejarla.
—¿Cómo?
La ausencia miró la campana.
—Como se deja un nombre que no es tuyo.
La ciudad negra volvió a mostrarse. Esta vez no ocultó su forma.
Al contrario: dejó ver una avenida imposible, agua suspendida sobre torres, una plaza sin suelo, miles de puertas cerradas con sombras de gente detrás.
En una de esas sombras había algo que se parecía a Harrow.
En otra, a Laro. En otra, a la madre de Christina.
En otra, a todos los muertos que Dulces sueños había vendido por paquetes.
El abismo no rugía. Esperaba a que cada cual escogiera su sombra.
Christina levantó la campanilla y la tocó una vez.
Fea. Seca. Humana.
La ausencia tocó su campana de sangre.
El sonido fue distinto: más bajo, más exterior, con nieve dentro.
El rostro de Adrián empezó a desprenderse de la copia como una máscara húmeda.
No cayó al suelo. Se deshizo en aire gris.
Debajo no había monstruo ni calavera. Había una forma humana sin rasgos, hecha de falta, de sueño no ocurrido, de lectura negada, de años administrados.
Algo que no podía entrar en una casa ni venderse en una cabina ni figurar en un expediente con nombre civil.
Adrián cayó de rodillas.
La forma sin rostro cruzó el último tramo visible de carretera y se perdió en la niebla sucia, no hacia la ciudad negra, sino hacia un lateral donde los postes de campanas torcidas formaban una curva estrecha.
La ciudad intentó inclinarse hacia allí.
No pudo del todo. La carretera se cerró detrás de la ausencia como una herida mal cosida, dejando solo aire frío y olor a gasolina vieja.
Brida gritó por radio:
—Drenaje norte estable. La presión baja. La malla aguanta. Quedan cabinas privadas en rojo. Repito, cabinas privadas en rojo. Si Rhea no las corta, la torre vuelve por sótano.
Christina miró a Adrián.
—Arriba se acabó.
Él seguía de rodillas.
—Ha dejado mi cara.
—Le favorece.
—No sé qué soy sin esa culpa.
—Averígüelo después. Ahora corra.
Bajaron hacia Dulces sueños mientras la estación de Aguas Frías quedaba atrás, más real y más incompleta que cualquier sueño.
Sam los siguió sin discutir, quizá porque ya había desobedecido bastante.
Al llegar a media ladera, el valle emitió un sonido nuevo: no campana, no dron, no sirena.
Un quejido de muchas casas a la vez. Las cabinas privadas estaban intentando cantar.
La sede de Dulces sueños aparecía cercada por vecinos, agentes y estériles.
Livia Noss estaba en la entrada, cubierta de hollín, gritando órdenes a técnicos que cargaban recipientes metálicos hacia la calle para quemarlos.
Olin había llegado antes por una ruta más directa y estaba junto a la puerta del sótano, apuntando hacia abajo. Rhea no se veía.
—Dónde está —preguntó Christina.
Olin no apartó la escopeta.
—Bajó sola. Dijo que, si oíamos su voz pidiendo ayuda, no era ella salvo que insultara mi abrigo.
—¿La oyó?
—Tres veces. Ninguna insultó el abrigo.
Del sótano subía luz rosa mezclada con negro.
No la luz cálida de la empresa, sino una versión enferma, pegajosa, con olor a azúcar quemado y agua estancada.
Las cabinas privadas cantaban con voces de despedida, descanso, madre, hijo, amante, exterior.
Todas a la vez. En la pared del vestíbulo, la sombra de la torre empezaba a reconstruirse desde abajo, no como proyección de farolas, sino como mancha subiendo por la pintura.