Ladrones de sueños 31 El abismo #4
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31 El abismo #4

Christina no esperó. Bajó con Adrián, Livia, Olin y dos agentes.

El sótano estaba lleno de vapor dulce. Tres cabinas ardían en un fuego bajo, controlado con productos químicos y sal.

Dos estaban abiertas y vacías. La sexta, la del anfitrión, seguía cerrada.

Frente a ella, Rhea Plass estaba de rodillas, con una mano pegada al lector biométrico y la otra sosteniendo una herramienta de corte clavada en la cápsula R.P.

-ESTABLE. La cápsula no estaba en la sala de firma, sino duplicada allí en un módulo portátil que Volkar había escondido bajo la cabina.

La cara de Rhea estaba blanca. Su voz salía por los altavoces, pero no exactamente suya.

—Duerme —decían los altavoces con su tono—. Yo firmo por ti. Yo firmo por todos.

Rhea real apretó los dientes.

—Mi firma... no... sobrevive... a mi vergüenza.

Livia corrió hacia ella.

—Si corta así, se quema el nervio de patrón. Puede afectarle la cápsula real.

—Qué tragedia administrativa.

Christina apuntó a la cápsula.

—¿Disparo?

Rhea soltó una risa rota.

—No. Por una vez, esto exige delicadeza.

Olin se quedó en la escalera.

—Entonces estorbo por definición.

Adrián se acercó al panel. La torre negra en la pared crecía. La cabina seis vibraba. Algo dentro golpeaba con el ritmo de una persona dormida contra una puerta acolchada.

—Hay alguien dentro —dijo.

Rhea negó sin apartar la mano.

—No alguien. Anfitrión residual. Volkar dejó una sala vacía con hambre de usuario. Si se abre, buscará al más cansado.

Todos miraron a Christina sin querer.

—Qué bonito —dijo ella—. Me siento halagada y ofendida.

Livia conectó un cable de emergencia al módulo portátil.

—Necesito que Rhea pronuncie revocación completa y que alguien introduzca residuo feo manualmente.

—Manual cómo —preguntó Olin desde la escalera.

Livia señaló unos recipientes abiertos: residuos de duelo crudo, despertar quirúrgico, frío de piedra, vómito, olor hospitalario, pan mohoso, miedo infantil sin imagen.

No eran sustancias normales. Eran soportes sensoriales, aceites, geles, registros químicos y eléctricos de experiencias descartadas.

—Hay que volcarlos en la cámara de mezcla.

Olin bajó dos escalones.

—Eso sí sé hacerlo.

—Sin mirar la cabina.

—También sé no mirar cosas. He estado casado.

Volcó los recipientes mientras Livia estabilizaba el panel y Adrián cortaba rutas comerciales. La sala empezó a oler tan mal que la canción de las cabinas perdió armonía. Rhea, temblando, pronunció la revocación, no con voz de operadora, sino con una rabia desnuda:

—Dulces sueños no garantiza esta imagen.

Dulces sueños no firma este descanso. Dulces sueños no autoriza despedida, salida, reencuentro ni madre.

La firma Rhea Plass queda revocada en vida.

La firma Rhea Plass queda revocada muerta.

La firma Rhea Plass no se hereda, no se archiva, no se estabiliza y no canta.

La cápsula R.P.-ESTABLE se agrietó.

De dentro salió una voz idéntica a la suya, pero más dulce:

—Solo quería ayudarles a dormir.

Rhea clavó más la herramienta.

—Yo también. Ese fue el problema.

La cápsula se partió. La luz rosa se apagó. La torre en la pared perdió base. La cabina seis dejó de golpear. Durante un segundo, el sótano entero quedó negro.

Luego se encendieron las lámparas de emergencia.

Rhea cayó hacia un lado. Livia la sostuvo. No estaba muerta, pero sus ojos habían perdido algo de enfoque, como si una parte de su voz hubiera sido arrancada a la fuerza y otra hubiera vuelto demasiado rápido. Christina comprobó pulso. Vivo. Suficiente.

La radio de Brida explotó con estática y luego con una frase:

—Torre disuelta. Malla estable. Cascada en descenso.

Tiempo de estabilidad... seis horas pasan a nueve...

doce... espera... no, no es estable... hay superposición exterior residual en todos los drenajes.

Bequer, han evitado patrón común, pero el abismo ya tocó el valle.

Repito: lo tocó. Esta noche no se cierra limpia.

Christina se sentó un segundo en el suelo del sótano, entre humo, sal, residuos sensoriales y plástico quemado. No era descanso. Era caída controlada. Olin se apoyó en la escopeta.

—¿Ganamos algo?

Christina miró la cabina seis, la cápsula rota, a Rhea respirando, a Adrián con las manos quemadas, a Livia llorando sin darse cuenta, a los agentes tapándose la boca por el olor.

—Ganamos que el abismo no eligiera una sola puerta.

—Eso suena a perder repartido.

—Es exactamente lo que es.

Subieron al vestíbulo cuando las primeras luces del amanecer empezaban a ensuciar la niebla por encima de las montañas, aunque aún faltaban horas para que el sol tocara el fondo del valle.

Afuera, los drones seguían volando. No veinte rutas perfectas.

Veinte heridas luminosas cosiendo mal el cielo.

La gente en la calle no dormía. Algunos lloraban por sueños que ya empezaban a olvidarse.

Otros se abrazaban. Otros miraban hacia Aguas Frías.

Otros hacia el archivo municipal. Otros hacia las tumbas.

Nadie sabía qué versión de la verdad sobreviviría a la mañana.

Entonces, desde todos los puntos de control, salió una lectura simultánea, no en voz comercial ni administrativa, sino en el tono neutro de diagnóstico que el valle había obedecido toda la vida:

SUEÑO DETECTADO

No en una persona ni en una calle. En todo Ðawn’s Falł.

Christina levantó la vista hacia el cielo.

Los drones no dispararon alarmas ni bloquearon ni robaron. Por primera vez en ochenta y cinco años, intentaron acompañar el sueño sin cerrarlo del todo y, muy lejos, más allá de la garganta occidental de las montañas, una campana exterior reaccionó una sola vez.